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11 Locos viviendo juntos

Festín de Egos

El primer amanecer en la jaula de oro no trajo consigo cantos de pájaros ni una serena epifanía, sino el sonido de una guerra de bajo calibre que se libraba en el comedor. Una guerra librada con cubiertos, sorbos ruidosos y una tensión tan espesa que se podía cortar con el cuchillo de la mantequilla.

En una punta de la absurdamente larga mesa de caoba, Michael Kaiser intentaba disfrutar de un café solo, negro y amargo como su opinión sobre la mayoría de la humanidad. El intento, sin embargo, estaba siendo saboteado sistemáticamente por el hombre sentado en la otra punta: Don Lorenzo.

El italiano no comía, devoraba. Había apilado en su plato una montaña caótica de huevos revueltos, salchichas, bacon y tortitas, todo ello bañado en un lago de sirope de arce que amenazaba con desbordarse. Comía con las manos, con la boca abierta, y cada bocado era acompañado por una sinfonía de ruidos húmedos y chasquidos que hacían que el vello de la nuca de Kaiser se erizara.

—¿Es absolutamente necesario que comas como un jabalí en celo? —preguntó Kaiser, su voz era un murmullo peligroso, sin levantar la vista de su taza—. ¿O es que en Italia los modales en la mesa son un concepto opcional que se puede comprar y vender?

Lorenzo levantó la vista, un hilo de yema de huevo colgando de su barbilla. Sonrió, una sonrisa perezosa y desafiante.

—*Mamma mia*, Kaiser. ¿Te molesta el sonido de un hombre disfrutando de la vida? Quizás si comieras algo más que esa agua sucia amarga, no estarías tan tenso. Relájate, *principessa* alemana. Este festín es gratis. Bueno, «gratis». Ya sabes a qué me refiero.

Se limpió la boca con el dorso de la mano, dejando una mancha grasienta.

—Mi existencia entera te molesta, ¿no es así, espagueti con joyas de imitación? —replicó Kaiser, sus ojos azules ahora fijos en Lorenzo, fríos como el hielo—. No es el sonido. Es la ofensa estética. Eres un atentado andante contra el buen gusto. Tu mera presencia devalúa el valor de esta propiedad.

—¡Ja! ¿Valor? ¡Yo soy el valor! —Lorenzo se golpeó el pecho, haciendo tintinear sus cadenas—. Todo lo que toco se convierte en oro, ¿entiendes? Esta mansión es más valiosa ahora que yo estoy en ella. Tú, en cambio, solo añades un olor a arrogancia barata y tinte de pelo.

Antes de que Kaiser pudiera lanzar un contraataque verbal aún más venenoso, Julian Loki entró en el comedor. Vestido con un impecable conjunto de entrenamiento, su cabello perfectamente rapado, parecía un atleta profesional en medio de un manicomio. Se sirvió un vaso de agua con limón y un bol de avena con frutas cortadas con precisión milimétrica. Se sentó en el centro de la mesa, equidistante de los dos focos de conflicto, y comenzó a comer en un silencio disciplinado, ignorando activamente la tormenta que se gestaba a su alrededor. Su presencia, sin embargo, actuó como un amortiguador temporal.

Fue entonces cuando Sae Itoshi apareció. No entró, se materializó. Con la misma expresión de fría indiferencia de siempre, se dirigió directamente a la cafetera, se sirvió una taza y se apoyó contra la encimera, lejos de la mesa, como si el simple hecho de sentarse con ellos fuera una concesión inaceptable. Sus ojos barrieron la escena: Kaiser fulminando con la mirada a Lorenzo, Lorenzo masticando ruidosamente, Loki comiendo su desayuno de astronauta. Un profundo y apenas audible suspiro de hastío escapó de sus labios. Para él, aquello no era una competición de egos, era una guardería de idiotas.

Vivian Hugo seguía durmiendo. Su lógica interna probablemente había calculado que las primeras horas del día en esa casa serían un desperdicio de energía y había optado por la autoconservación.

Y luego estaba Bunny Iglesias.

Sae, habiendo decidido que el café no era suficiente para soportar el ambiente, se dirigió hacia la puerta que daba al jardín, buscando el campo de entrenamiento. Fue entonces cuando se topó con el español. Bunny estaba de pie junto a un gran ventanal, observando el rocío sobre la hierba. En sus manos sostenía una pequeña regadera, y estaba regando con sumo cuidado una maceta que contenía una orquídea blanca y solitaria.

La escena era tan absurdamente doméstica y pacífica que chocaba violentamente con la tensión del interior.

Sae se detuvo. Miró a Bunny, luego a la orquídea, luego de nuevo a Bunny.

—¿Qué se supone que estás haciendo? —preguntó, su tono no era de curiosidad, sino de acusación.

Bunny se giró, la suave sonrisa de siempre en su rostro. Sus ojos rojos, sin embargo, parecían cansados.

—Buenos días, Itoshi-san. Estaba un poco seca. Me dio pena.

—¿Pena? —repitió Sae, la palabra le sonaba extraña en la boca—. Es una planta. No siente pena. Y tú no eres un jardinero. Eres un futbolista. ¿O ya lo has olvidado?

La hostilidad era palpable, pero Bunny pareció no notarla. O eligió no notarla.

—No lo he olvidado —respondió con calma, dejando la regadera a un lado—. Solo pensaba que… si vamos a estar aquí mucho tiempo, deberíamos cuidar el lugar. Incluso las cosas pequeñas. Hace que el espacio se sienta menos… prestado.

Sae lo miró fijamente, buscando una grieta en esa fachada de amabilidad serena, un indicio de burla o de estupidez. No encontró ninguna. Y eso era lo que más le irritaba. La actitud de Bunny era como una niebla; no podías golpearla, no podías discutir con ella, simplemente estaba ahí, suave, silenciosa y exasperante.

—Qué pérdida de tiempo —espetó Sae, y sin esperar respuesta, salió al jardín, sus pasos eran rápidos y decididos. Necesitaba un balón. Necesitaba la familiaridad del cuero contra su bota, la lógica pura de la física y el movimiento. Cualquier cosa para borrar la imagen de su rival cuidando una flor.

Bunny observó a Sae alejarse, su sonrisa se desvaneció por un instante, reemplazada por una sombra de melancolía.

—Tal vez tengas razón —susurró al aire—. Es una pérdida de tiempo.

***

El campo de entrenamiento era una obra de arte. El césped, un híbrido reforzado importado de los mejores estadios del mundo, era un tapete verde perfecto. Las porterías de última generación tenían sensores para medir la velocidad y la precisión de los disparos. A un lado, un complejo de gimnasio con paredes de cristal albergaba todo el equipo imaginable.

Sae fue el primero en llegar, como era de esperar. Durante casi una hora, fue el único dueño de ese paraíso. Practicó tiros libres, una y otra vez, con una precisión robótica. Cada golpe, cada curva, era un cálculo perfecto. No había alegría en sus movimientos, solo una eficiencia implacable.

Loki fue el segundo. Tras su sesión de cardio en la cinta, que había llevado a la máquina a sus límites, llegó al campo para hacer sprints. Se movía como un relámpago, una mancha de velocidad que apenas tocaba el suelo. No intercambiaron palabras, solo un breve asentimiento de reconocimiento mutuo. Eran rivales, sí, pero había un respeto tácito por la disciplina del otro.

La paz se rompió con la llegada de Kaiser y Lorenzo. Llegaron juntos, no por camaradería, sino porque su discusión había continuado desde el comedor hasta el vestuario y ahora hasta el campo.

—…y te digo que un verdadero emperador no necesita demostrar nada a un bufón de la corte que se viste con las cortinas de su abuela! —estaba diciendo Kaiser.

—¡Y yo te digo que por el precio de una de mis cadenas, podría comprar tu club de tercera, tu aldea bávara y construir una piscina de oro encima! —replicaba Lorenzo, gesticulando ampliamente.

Bunny llegó poco después, caminando con su paso tranquilo y observador. Por último, apareció Vivian Hugo, bostezando. Se había despertado, había analizado la situación, había concluido que se había perdido la parte más irracional del día y había decidido unirse al grupo para la parte relevante: el fútbol.

Se detuvo junto a Bunny, observando el caos. Sae seguía en su mundo, disparando a puerta. Loki corría en la pista que rodeaba el campo. Kaiser y Lorenzo ahora se lanzaban un balón con una agresividad apenas disimulada, cada pase era un misil.

—Una interesante muestra de dinámicas de grupo —comentó Hugo, su voz era somnolienta pero analítica—. Tenemos al solitario obsesivo, al atleta disciplinado, la pareja disfuncional en constante conflicto… y nosotros. Los observadores.

—¿Somos observadores, Hugo-san? —preguntó Bunny, su mirada fija en el balón que volaba entre el alemán y el italiano—. A mí me parece que todos estamos en el mismo escenario. Solo que algunos gritan sus líneas más fuerte que otros.

Hugo sonrió levemente.

—Una buena metáfora. Pero el guion aún no está escrito. Ayer propusiste una competición. ¿Has pensado en el formato? PIFA no nos ha dado directrices sobre cómo usar el campo en grupo.

La pregunta de Hugo pareció viajar por el aire. Kaiser, interceptando un pase particularmente violento de Lorenzo, detuvo el balón en seco con la suela de su bota.

—El conejito tiene razón —dijo en voz alta, asegurándose de que todos lo oyeran—. Propusiste una guerra, así que dinos, ¿cuáles son las reglas de enfrentamiento?

Todos los ojos se posaron en Bunny. Incluso Sae detuvo su práctica, un balón bajo su pie, su atención finalmente capturada.

Bunny no pareció intimidado por el repentino foco de atención.

—No lo sé —admitió con una sinceridad desarmante—. No soy bueno con las reglas. Solo sé que quiero jugar.

—¡Patético! —se burló Kaiser—. Lanzas el desafío y luego te acobardas. Típico de un actor secundario.

—Propongo un tres contra tres —intervino Loki, deteniendo sus carreras y acercándose al grupo—. Es el formato más equilibrado para probar la habilidad individual y la química de equipo en un grupo de seis. Campo reducido, dos tiempos de veinte minutos. Los equipos se eligen al azar.

La propuesta de Loki era lógica, eficiente y sensata. Por lo tanto, estaba destinada a ser rechazada.

—¿Al azar? —escupió Lorenzo—. ¡No! ¡Eso es para perdedores! ¡El azar es para la lotería! Yo elijo mi propio destino. Y mi destino es aplastar al Kaiser. ¡Quiero estar en el equipo contrario a él!

—El sentimiento es mutuo, payaso —replicó Kaiser, una sonrisa depredadora en su rostro—. Sería un desperdicio de mi talento tener que cargar con tu incompetencia en mi equipo. Acepto. Tú y yo, en equipos opuestos.

—Bien —dijo Hugo, dando un paso al frente—. La lógica dicta que los dos elementos más volátiles y antagónicos deben ser separados. Kaiser y Lorenzo son los capitanes. Cada uno elige a dos compañeros.

La idea era simple y genial. Convertía la elección de equipos en una declaración de intenciones, en una nueva arena para el juego psicológico.

Kaiser evaluó sus opciones. Sae era la elección obvia, el mejor jugador disponible después de él mismo. Loki era velocidad pura. Bunny era un enigma, y Hugo, un cerebro.

—Yo elijo al japonés —dijo Kaiser sin dudar, señalando a Sae con la barbilla—. Un artista necesita un pincel de calidad. Aunque seas un pincel aburrido y sin emociones, eres eficiente.

Sae no reaccionó, más allá de un ligero estrechamiento de sus ojos. No le gustaba ser «elegido». Él era quien elegía. Pero la oportunidad de jugar contra Lorenzo, y potencialmente contra Kaiser si su ego los llevaba a enfrentarse, era suficiente para aceptar la alianza temporal.

Ahora era el turno de Lorenzo. Miró a los tres restantes: Loki, Bunny y Hugo.

—*Bene*. Necesito velocidad para contrarrestar a estos dos pavos reales. ¡Loki, el cohete francés! ¡Estás en el equipo del dinero! ¡Te haré rico… en goles!

Loki asintió.

—Acepto el rol, no la retórica.

Quedaban Bunny y Hugo. La elección final recaía en Kaiser. El estratega frío o el delantero impredecible.

Kaiser sonrió.

—Elijo a Hugo. Su cerebro podría ser útil para idear jugadas que los demás campesinos puedan entender.

Dejaba a Bunny para el equipo de Lorenzo. Era una jugada psicológica. Dejar al que había propuesto la competición para el equipo contrario, casi como una ocurrencia tardía. Un insulto sutil.

Bunny no pareció afectado. Simplemente se acercó a Lorenzo y Loki, su sonrisa amable intacta.

—Parece que somos compañeros, Lorenzo-san, Loki-san.

—¡Bienvenido al equipo ganador, conejito! —exclamó Lorenzo, dándole una palmada en la espalda que casi lo desequilibra—. ¡Hoy cenaremos como reyes!

Los equipos estaban definidos.

Equipo Kaiser: Kaiser, Sae, Hugo. Equipo Lorenzo: Lorenzo, Loki, Bunny.

La batalla estaba servida. Se jugarían el orgullo, la supremacía y, lo más importante, el derecho a no tener que lavar los calcetines sucios de sus rivales durante una semana.

—Mañana. A esta misma hora —decretó Kaiser—. Prepárense para ser mis sirvientes.

***

La tensión del partido inminente se cernía sobre la casa como una nube de tormenta. El resto del día transcurrió en una tregua armada. Cada uno se retiró a su rincón, entrenando, estudiando, o en el caso de Hugo, observando grabaciones de los otros cinco jugar. La mansión estaba en silencio, pero era el silencio del ojo de un huracán.

El verdadero caos regresó, como un reloj, a la hora de la cena.

Se reunieron en el comedor, esta vez con el estómago vacío y los nervios a flor de piel. Sobre la mesa había una tableta de última generación, cortesía de PIFA. En la pantalla, un menú digital de un servicio de catering de lujo con opciones casi ilimitadas.

Herr Schmidt les había explicado que, hasta que se decidiera el primer ganador de la «competición de tareas», la primera cena era por consenso.

Fue como arrojar una cerilla a un bidón de gasolina.

—Yo quiero *Wurstsalat* y *Käsespätzle* —anunció Kaiser, tecleando en la tableta sin consultar a nadie—. Y una caja de mi marca de cola. No esa basura americana, la alemana. La que tiene el nombre impronunciable para ustedes, los plebeyos.

—¡Espera un momento, dictador de salchicha! —intervino Lorenzo, arrebatándole la tableta de las manos—. ¡Nadie come esa comida de leñador! ¡Mira esto! —Sus dedos se deslizaron por la pantalla, deteniéndose en la sección de mariscos—. ¡Ostras! ¡Langosta Thermidor! ¡Carpaccio de ternera con trufa blanca! ¡Vamos a pedirlo todo! ¡PIFA paga!

—No pienso comer esa comida de nuevo rico con mal gusto —dijo Sae con desdén, su voz era un témpano—. Quiero *yaki-zakana*, arroz al vapor y sopa de miso. Comida de verdad. No… eso.

—Una dieta equilibrada es clave para el rendimiento —apoyó Loki, mirando por encima del hombro de Lorenzo con desaprobación—. Proteínas magras, carbohidratos complejos, verduras. Pechuga de pollo a la plancha con brócoli sería lo ideal.

—Qué aburrido, Loki —se quejó Lorenzo—. ¡Vives una vez! ¡Come como si fueras a morir mañana!

—Prefiero comer como si fuera a jugar un partido mañana —replicó Loki con frialdad.

Bunny, que había estado en silencio, habló con su habitual suavidad.

—Una paella estaría bien. Es un plato para compartir. Podríamos…

—¡Nadie quiere tu arroz con cosas, conejito! —le interrumpió Kaiser—. Esto no es un picnic en la playa. Esto es la cima del mundo del fútbol. ¡Y la cima come comida alemana!

—¡La cima come lo que es más caro, idiota! —gritó Lorenzo.

—La cima come lo que es más eficiente —dijo Sae.

—La cima debería llegar a un consenso lógico —sugirió Hugo, que hasta ahora solo había observado con una ceja levantada—. Podríamos dividir el pedido. Cada uno pide un plato principal. Es la solución más equitativa.

La sugerencia de Hugo era tan razonable que fue ignorada por completo.

—¡No voy a permitir que el olor a pescado de Itoshi contamine mi langosta! —declaró Lorenzo.

—Y yo no voy a cenar rodeado de la peste a repollo fermentado de Kaiser —contraatacó Sae.

—¡Es *Sauerkraut* y es un manjar! ¡Ignorante!

—¡Suena asqueroso!

La discusión escaló rápidamente. De la comida pasaron a los estereotipos nacionales, de ahí a los estilos de juego, y finalmente, a insultos personales cada vez más creativos. La tableta yacía olvidada sobre la mesa, la pantalla de inicio del menú brillando como un faro de discordia.

Fue Bunny quien, una vez más, arrojó una piedra en el estanque de su furia.

—Entonces… —dijo, su voz era apenas un susurro, pero cortó el ruido como un cuchillo afilado—. Hagamos que esto también forme parte de la apuesta.

Todos se callaron y lo miraron.

—El equipo ganador del partido de mañana —continuó, su mirada pasando de Kaiser a Lorenzo y viceversa—, no solo se libra de las tareas. También decide el menú. Para toda la semana. Desayuno, almuerzo y cena. Los perdedores comen lo que los ganadores decidan. Sin quejas.

El silencio que siguió fue profundo y cargado de posibilidades. Era una escalada genial. El castigo ya no era solo la humillación del trabajo físico, sino también la sumisión gastronómica. Imaginar a Kaiser forzado a comer pescado a la japonesa durante una semana, o a Sae teniendo que desayunar la montaña de grasa de Lorenzo… la idea era a la vez aterradora y deliciosamente tentadora.

La sonrisa de Kaiser fue lenta y malévola.

—Acepto. Prepárate para una semana de la mejor dieta alemana, Itoshi. Veremos si tu delicado paladar puede soportarlo.

Lorenzo se echó a reír, un sonido estruendoso.

—¡Sueñas, Kaiser! ¡Mis chicos y yo te vamos a aplastar! ¡Y ordenaré pizza con piña solo para verte sufrir! ¡Y pasta con ketchup! ¡La máxima ofensa italiana!

Sae no dijo nada. Simplemente miró a Bunny, y por primera vez, había algo más que irritación en sus ojos. Había una pizca de… reconocimiento. El español, con su actitud suave y sus propuestas tranquilas, era quizás el más peligroso de todos. No jugaba con el ruido y la furia, sino con las reglas mismas del juego.

—Entonces está decidido —dijo Loki, asumiendo el control—. Hoy, para evitar más… debate, pediremos la sugerencia de Hugo. Cada uno su plato. Es la última comida democrática que tendrán en mucho tiempo. Mañana, empieza la monarquía.

***

En una sala oscura a varios kilómetros de distancia, Herr Schmidt se mesaba el poco pelo que le quedaba. En una pared de monitores, veía las seis transmisiones de las cámaras de seguridad del comedor. Había escuchado toda la discusión.

—¡Es un desastre! —se lamentaba, caminando en círculos—. ¡Un completo y absoluto desastre! ¡Se van a matar antes del primer entrenamiento oficial! ¡Pizza con piña! ¡Dios nos ampare! ¡Esto no está aligerando la carga, la está convirtiendo en un arma!

Sentada en una silla cómoda, una mujer de aspecto severo con gafas, la Dra. Anya Sharma, psicóloga deportiva de PIFA, observaba las pantallas con una calma clínica.

—Al contrario, Herr Schmidt —dijo, sin apartar la vista de un primer plano del rostro sonriente de Bunny Iglesias—. Es un éxito rotundo.

—¿Un éxito? ¡Doctora, se están amenazando con comida!

—Mire de cerca —insistió ella, señalando la pantalla—. No están hablando de abandonar la casa. No están rompiendo las reglas de PIFA. Están creando sus propias reglas dentro de nuestro marco. Han convertido una tarea doméstica y el menú de la cena en un trofeo. Han canalizado toda su agresión, su ego y su competitividad en un único evento cuantificable: el partido de mañana.

Herr Schmidt se detuvo y miró las pantallas. Vio a Kaiser y Sae discutiendo tácticas en una esquina. Vio a Lorenzo animando a Loki y Bunny. Vio a Hugo tomando notas en una servilleta. Ya no estaban discutiendo. Estaban preparándose.

—Están colaborando con sus equipos —continuó la doctora—. Están construyendo jerarquías, estableciendo objetivos, motivándose a través de la rivalidad. No están aprendiendo a fregar los platos. Están aprendiendo a funcionar como una unidad, aunque sea por el motivo egoísta de dominar a la otra. Y todo empezó con la propuesta de ese chico, Iglesias. Fascinante. Es un catalizador silencioso.

Herr Schmidt la miró, atónito.

—Entonces… ¿esto es bueno?

La Dra. Sharma esbozó una pequeña sonrisa.

—Es volátil. Es peligroso. Es un polvorín psicológico. Pero es exactamente lo que esperábamos. La jaula de oro no era para contenerlos, Herr Schmidt. Era para obligarlos a chocar entre sí hasta que se forjaran en algo nuevo. El festín de egos acaba de comenzar. Y mañana… mañana veremos quién se sienta a la cabecera de la mesa.