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11 Locos viviendo juntos

El Fantasma en la Máquina

***

El desayuno del día del juicio fue una anomalía. Un silencio tenso y expectante había reemplazado las habituales pullas matutinas. Cada uno había pedido su plato individual, la última comida democrática, y la consumían con la solemnidad de un condenado disfrutando de su última voluntad. La comida, sin embargo, no sabía a nada. El único sabor presente en el aire era el de la anticipación.

Kaiser, por una vez, no se quejó de la forma en que Lorenzo atacaba su *cornetto* con crema. Lorenzo, a su vez, ignoró la mirada de superioridad con la que Sae sorbía su té verde. Loki estiraba sus isquiotibiales debajo de la mesa. Hugo leía un libro sobre la teoría de juegos. Y Bunny, con su eterna y tranquila sonrisa, cortaba una manzana en gajos perfectos con una precisión quirúrgica, como si no tuviera ninguna otra preocupación en el mundo.

Eran dos equipos. Dos trincheras separadas por el brillante barniz de la mesa de caoba. La guerra fría estaba a punto de calentarse.

Cuando llegaron al campo, el aire fresco de la mañana pareció crepitar con electricidad. Se dividieron en sus respectivos lados sin necesidad de palabras. El equipo de Kaiser, con sus camisetas de entrenamiento negras, parecía un escuadrón de asesinos de élite. El de Lorenzo, con camisetas blancas, parecían los retadores, los desvalidos, una imagen que a Lorenzo le encantaba cultivar para luego destrozarla.

—¿Listos para besar el suelo que pisa vuestro emperador? —canturreó Kaiser, haciendo rebotar el balón sobre sus rodillas.

—La única cosa que besarás hoy será mi bota cuando te la estampe en la cara para quitarte el balón, *pagliaccio* —replicó Lorenzo, estirando su cuello con un crujido audible.

Hugo, actuando como árbitro improvisado, colocó el balón en el centro del campo reducido.

—Tres contra tres. Sin porteros. Gana el primero que llegue a cinco goles, o el que vaya por delante al cabo de treinta minutos. Sin reglas sucias, pero se permite el contacto físico. El honor y la cena de una semana están en juego. Empiecen.

Y con esa palabra, el universo pareció contraerse hasta las dimensiones de aquel rectángulo de hierba.

La primera jugada fue una declaración de intenciones. Sae Itoshi, desde el saque inicial, ejecutó un pase de una belleza matemática, un arco perfecto que cortó el aire y aterrizó, como por magnetismo, en el empeine de Michael Kaiser. Era un pase que decía: *Soy superior a esto, pero haré mi trabajo con una perfección que te humillará*.

Kaiser recibió el balón con la arrogancia de quien se sabe receptor de un regalo divino. Loki, una mancha de velocidad, se abalanzó sobre él, pero Kaiser, con un giro de tobillo casi imperceptible, lo eludió. Su famoso *Kaiser Impact* era demasiado potente para un campo tan pequeño, así que optó por una versión más sutil y cruel: un disparo colocado, con efecto, que pasó rozando el poste interior antes de anidarse en la red. 1-0.

—¡Demasiado fácil! —exclamó, abriendo los brazos como un mesías ante sus fieles—. ¿Es todo lo que tenéis? ¿Un cohete sin cerebro y un espagueti con cadenas?

Lorenzo le dedicó una sonrisa llena de dientes.

—Buen comienzo, *principessa*. Disfrútalo. Es el único que tendrás.

Y entonces, el juego cambió. Lorenzo, el "Devorador de Ases", decidió que su única misión en la tierra era hacer de la vida de Kaiser un infierno. No le importaba el balón. No le importaba el marcador. Solo le importaba Kaiser. Se pegó a él como una segunda piel, una sombra pegajosa y molesta que susurraba insultos en italiano y le pisaba los talones.

La frustración de Kaiser comenzó a crecer. Sae y Hugo jugaban un fútbol de posesión exquisito, moviendo el balón con una fluidez que mareaba, pero cada vez que el balón llegaba a Kaiser, Lorenzo estaba allí, bloqueando, interceptando, provocando.

Fue en una de esas jugadas que el equipo de Lorenzo encontró su oportunidad. Sae, viendo a Kaiser marcado, le hizo un gesto para que se moviera, para crear espacio. Pero el ego de Kaiser no le permitía huir. Intentó superar a Lorenzo en un uno contra uno, un duelo de machos alfa. Lorenzo, con una sincronización perfecta, le robó el balón limpiamente.

—¡Demasiado lento, alemán! —gritó, y sin mirar, lanzó un pase largo y preciso hacia el otro lado del campo.

Loki ya estaba corriendo. Había anticipado la jugada, la pérdida de balón del egoísta. Su aceleración fue brutal. Hugo, aunque posicionalmente correcto, no tenía nada que hacer contra esa velocidad divina. Loki controló el balón en carrera y lo fusiló en la portería vacía. 1-1.

Loki no celebró. Simplemente se giró, miró a Kaiser directamente a los ojos y le dedicó una sonrisa fría y afilada. Una sonrisa que decía: *Tu arrogancia es mi mejor arma*.

El partido se convirtió en una batalla de estilos. El trío de Kaiser era técnica y estrategia pura. El de Lorenzo era caos, físico y velocidad. Sae era un director de orquesta tratando de dirigir a una prima donna y a un estratega, mientras que en el otro lado, Lorenzo era un perro de presa, Loki una flecha, y Bunny… Bunny era un fantasma.

El español se movía por el campo con una economía de esfuerzo que rayaba en la pereza. Parecía desinteresado, a la deriva. A veces, se detenía por completo, observando el juego desde la distancia con su sonrisa melancólica. Kaiser lo apodó "el conejito dormido". Pero entonces, de la nada, interceptaba un pase que nadie más había visto, o aparecía en un espacio vacío para recibir un balón imposible. Su juego no tenía la lógica de Sae, la explosividad de Kaiser o la velocidad de Loki. Era… intuitivo. Inquietante.

El 2-1 llegó de una jugada de Sae, un pase filtrado que ni Hugo ni Kaiser esperaban, pero que el japonés había visto tres segundos antes que el resto de los mortales. Hugo, entendiendo la genialidad, la dejó pasar y fue Kaiser quien remató. 2-1.

El 2-2 fue obra de Lorenzo. En un córner, se elevó por encima de Hugo y del propio Kaiser, y remató de cabeza con la furia de un dios romano. El balón entró como un cañonazo. 2-2.

El partido era una guerra de desgaste. Los minutos pasaban. El marcador subía y bajaba. 3-2 para el equipo de Kaiser, un gol de Hugo tras una jugada ensayada. 3-3, una combinación rapidísima entre Loki y Bunny que dejó a la defensa helada. 4-3, un tiro libre directo de Kaiser, imparable. 4-4, Lorenzo de nuevo, aprovechando un rebote con una ferocidad animal.

A falta de dos minutos, el marcador estaba empatado a cuatro. El siguiente gol lo decidía todo. La tensión era insoportable. El aire olía a sudor, a hierba y a orgullo herido.

Fue entonces cuando ocurrió. La jugada que definiría la semana.

Sae Itoshi tomó el control. Con el balón en sus pies, se deslizó entre Loki y Lorenzo como si fueran estatuas. Era una danza, una obra de arte en movimiento. Vio a Kaiser desmarcarse, pidiendo el balón a gritos, la gloria en sus ojos. Vio a Hugo posicionándose para un posible rebote. Y vio algo más. Vio la arrogancia en la mirada de Kaiser, la certeza de que él, y solo él, debía marcar el gol de la victoria.

Y Sae, en un acto de pura y fría rebelión, decidió que no le daría esa satisfacción.

En lugar de pasar a Kaiser, el camino más obvio y quizás el más efectivo, Sae ejecutó un pase de tacón, ciego, hacia atrás, donde Hugo llegaba en carrera. Era una jugada de una belleza y una complejidad insultantes. Era Sae diciendo: *El fútbol es más grande que tu ego*.

Hugo, sorprendido por un instante por la genialidad inesperada, controló el balón. Tenía un tiro claro. Pero dudó. Su cerebro analítico procesó la situación: Sae había roto la jerarquía, Kaiser estaba furioso por no recibir el pase, la cohesión del equipo se había fracturado en un instante.

Esa micro-duda fue todo lo que necesitaron.

Lorenzo, ignorando por completo el balón, placó a Kaiser. No fue una falta, fue un bloqueo de cuerpo legal, pero ejecutado con la malicia de una vendetta personal. El choque fue tremendo. El grito de furia de Kaiser resonó en todo el complejo.

Loki, viendo la duda de Hugo, se lanzó a por él. Pero no fue Loki quien robó el balón.

Fue Bunny.

El fantasma. El conejito dormido. Había estado flotando cerca del mediocampo, aparentemente ajeno a todo. Pero en el instante en que Sae hizo su pase de tacón, Bunny comenzó a moverse. No corrió, fluyó. Se deslizó hacia el espacio que la duda de Hugo había creado.

Con una suavidad que desmentía la tensión del momento, le robó el balón a Hugo antes de que este pudiera reaccionar. No hubo lucha, no hubo fuerza. El balón simplemente cambió de dueño, como si hubiera decidido que prefería estar con el español.

Sae se giró, sus ojos verdes se abrieron de par en par al ver al español con el balón. Estaba completamente solo. La portería, a veinte metros, estaba vacía.

El tiempo pareció detenerse. Todos esperaban un sprint, un disparo potente.

Bunny no hizo ninguna de las dos cosas.

Con una calma que helaba la sangre, levantó la cabeza y miró a Kaiser, que se estaba levantando del suelo, con el rostro desencajado por la ira. Miró a Sae, cuya expresión de fría perfección se había roto por primera vez. Miró a Lorenzo, que sonreía como un demonio.

Y entonces, con el exterior de su bota, golpeó el balón.

No fue un tiro. Fue una caricia. Una vaselina lenta, parabólica, casi perezosa. El balón se elevó en el aire, girando suavemente sobre su eje, dibujando un arco perfecto contra el cielo azul. Parecía flotar durante una eternidad, desafiando la gravedad y la lógica.

Kaiser, Sae y Hugo solo pudieron mirar, paralizados, mientras el balón descendía lentamente, besaba el césped justo sobre la línea y rodaba mansamente hacia el interior de la portería.

5-4.

El partido había terminado.

Un silencio sepulcral cayó sobre el campo. Lorenzo fue el primero en romperlo. Soltó una carcajada que pareció hacer temblar los cimientos de la mansión. Corrió hacia Bunny, lo levantó en brazos como si fuera un trofeo y gritó:

—¡IL CONIGLIETTO MIRACOLOSO! ¡EL CONEJITO MILAGROSO! ¡HAS HECHO LLORAR AL EMPERADOR! ¡TE COMPRARÉ UNA ISLA!

Loki se acercó y le dio una palmada en el hombro a Bunny, una rara muestra de aprobación.

—Ese gol… no fue eficiente. Fue poético. Bien jugado.

Kaiser estaba inmóil. Su rostro era una máscara de incredulidad y furia. Había sido derrotado. Y no por un disparo poderoso, no por una jugada de velocidad, sino por un toque suave, casi burlón, del jugador que menos había respetado. Había sido humillado.

Sae Itoshi se acercó a Bunny. Su rostro era indescifrable.

—Ese gol…—comenzó, su voz era un susurro ronco.

Bunny, ya en el suelo, lo miró con su sonrisa tranquila.

—¿Sí, Itoshi-san?

—…fue una pérdida de tiempo —terminó Sae, pero no había veneno en sus palabras. Solo una extraña y profunda confusión. Se dio la vuelta y se marchó del campo sin mirar a nadie más.

Hugo se ajustó las gafas y se acercó a su equipo perdedor.

—Análisis de la derrota: la excesiva concentración de ego en un único punto (Kaiser) creó una debilidad estructural que fue explotada. La desviación del plan óptimo (el pase de Sae) provocó un fallo en cascada. El factor impredecible (Iglesias) actuó como catalizador final. En resumen: perdimos porque dejamos de jugar como un equipo y empezamos a jugar como nosotros mismos. Lección aprendida.

Kaiser finalmente reaccionó. Se giró y le lanzó una mirada a Bunny tan llena de odio que podría haber incendiado la hierba.

—Disfruta de tu victoria, conejito —espetó, su voz era baja y temblorosa—. Porque a partir de mañana, tu vida, y la de tus platos sucios, me pertenece. Ah, no. Espera.

Una horrible comprensión cruzó su rostro.

—Mierda.

***

La cena de esa noche fue un festín para unos y una tortura para otros. Lorenzo, en su infinita capacidad para la crueldad, no había elegido la pizza con piña. Eso habría sido demasiado simple. En su lugar, había orquestado un menú diseñado para atacar las debilidades de cada uno de los perdedores.

Para Kaiser, que despreciaba la comida "plebeya", ordenó la hamburguesa más grande, grasienta y caótica del menú, con extra de todo, servida en una cesta de plástico con patatas fritas congeladas. Para Sae, que vivía de una dieta japonesa limpia y precisa, pidió un plato de *haggis* escocés, explicando con una sonrisa malévola que "también es comida de oveja, ¿no?". Y para Hugo, el hombre de la lógica y el orden, una fuente de gelatina de colores brillantes y sabor artificial, un plato que desafiaba toda categorización culinaria sensata.

El equipo ganador, por supuesto, cenó langosta, ostras y el mejor champagne.

Ver a Michael Kaiser intentar comer una hamburguesa que se desmoronaba con cuchillo y tenedor, con la cara manchada de kétchup, fue un espectáculo que Lorenzo saboreó más que su propia langosta. Ver la expresión de Sae al mirar el *haggis* fue una victoria silenciosa para Loki. Y ver a Hugo pinchar la gelatina temblorosa con su tenedor, como si estuviera diseccionando un organismo alienígena, hizo que incluso Bunny soltara una pequeña risa.

Después de la cena, el equipo perdedor cumplió la primera parte de su condena: limpiar la cocina. Kaiser, con guantes de goma amarillos que le llegaban casi hasta el codo, fregaba una olla con la furia de quien intenta asesinarla. Sae secaba los platos con una eficiencia mecánica, su rostro era una tormenta de humillación contenida. Hugo cargaba el lavavajillas, optimizando el espacio como si estuviera diseñando una formación táctica.

Mientras tanto, los ganadores se habían instalado en la colosal sala de estar. Lorenzo se había apropiado del mejor asiento del sofá. Loki leía un artículo sobre fisiología deportiva en una tableta. Y Bunny estaba de pie junto a la ventana, mirando la noche, como siempre.

Fue entonces cuando la pantalla gigante de la pared, que había estado mostrando un salvapantallas de paisajes alpinos, cobró vida. Era un canal de deportes internacional, resumiendo las últimas noticias del mundo del fútbol.

—…y la sensación de la Liga Neo Egoísta continúa siendo el delantero japonés Yoichi Isagi —dijo una presentadora con una sonrisa brillante—. Tras su increíble actuación con el Bastard München, donde rivalizó directamente con la estrella del equipo, Michael Kaiser, Isagi ha demostrado una y otra vez que su visión del campo y su capacidad para "devorar" a sus oponentes lo convierten en uno de los talentos más excitantes del momento. Veamos algunas de sus mejores jugadas.

La pantalla se llenó de imágenes. Isagi marcando goles imposibles. Isagi anticipando jugadas con su *Metavisión*. Isagi celebrando con una intensidad casi salvaje.

En la cocina, el sonido de un plato rompiéndose contra el suelo hizo que todos se sobresaltaran. Pero no fue un plato.

En la sala de estar, Lorenzo se echó a reír al ver la reacción de Kaiser, que había entrado justo en ese momento, secándose las manos en un delantal con un estampado de patitos de goma que Lorenzo le había obligado a ponerse.

—¡Mamma mia, Kaiser! ¡Mira! ¡Es tu pequeño rival japonés! ¡El que te hizo parecer un extra en tu propio equipo!

Kaiser no respondió. Su mirada estaba fija en la pantalla. Su mano derecha, que sostenía un vaso de agua, se apretó con tanta fuerza que el cristal estalló, esparciendo fragmentos y gotas por la alfombra persa. Un hilo de sangre comenzó a brotar de su palma.

No pareció notarlo. Sus ojos azules eran dos pozos de furia pura. El nombre "Isagi Yoichi" era una blasfemia en su catedral del ego.

Sae, que había salido de la cocina tras él, se detuvo en seco. Por primera vez desde que habían llegado a la mansión, algo en la televisión había capturado toda su atención. Sus ojos verde azulado estaban clavados en las jugadas de Isagi, analizando, diseccionando. Una expresión de intenso interés, casi de hambre, se dibujó en su rostro habitualmente impasible. Este no era el Isagi que su hermano había descrito. Este era algo más.

Loki, en el sofá, forzó una sonrisa, pero sus nudillos estaban blancos donde apretaba la tableta. La voz de la presentadora se desvaneció y en su mente resonaron otras palabras, las que Isagi le había escupido en la cara durante su partido.

*«No eres más que un prodigio de la velocidad. Solo eres una escoria que nació con piernas rápidas.»*

La humillación de esa frase, el veneno en la palabra "solo", todavía ardía. Isagi no solo lo había superado; lo había deconstruido, lo había reducido a un mero atributo físico. Y eso, para un ego como el de Loki, era imperdonable.

Bunny se giró desde la ventana, observando la escena con una curiosidad genuina. Vio la furia asesina de Kaiser, la fascinación de Sae, la molestia mal disimulada de Loki, la burla cruel de Lorenzo.

—Vaya —dijo en voz baja, con su sonrisa amable—. Parece que ese chico, Isagi, es muy popular.

Hugo, que ni siquiera había levantado la vista de su libro durante todo el segmento, pasó una página.

—Definición de popularidad: estado o condición de ser gustado, admirado o apoyado por mucha gente. Incorrecto. La reacción en esta sala sugiere que "polarizante" sería un término más exacto. Genera emociones fuertes. Principalmente negativas. Es un disruptor. Un factor de caos. Interesante.

La sala quedó en silencio, salvo por el sonido de la sangre de Kaiser goteando sobre la alfombra. Seis de los mayores prodigios del mundo, reunidos en una jaula de oro, y la simple mención de un séptimo nombre, un chico de Japón, había electrificado el ambiente hasta un punto de ruptura.

Algo quedó claro en ese instante. La competición por ver quién fregaba los platos era un juego de niños. La verdadera rivalidad, el verdadero odio, la verdadera obsesión… estaba fuera de esas paredes. Y acababa de llamar a la puerta.

Dos jugadores, un alemán y un francés, odiaban a Yoichi Isagi con una intensidad que eclipsaba cualquier otra cosa. Un japonés lo veía como un enigma fascinante. Un italiano lo veía como una herramienta para atormentar a su rival. Un español lo veía como un nombre en una pantalla. Y un segundo francés lo veía como una variable en una ecuación.

La jaula de oro de repente se sentía mucho más pequeña. Porque ahora, un fantasma la rondaba. Un fantasma llamado Isagi Yoichi. Y su presencia prometía una guerra mucho más grande que la que se libraba por el control del menú de la cena.