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La Geometría del Deseo
El eco de los pasos de Seonghyeon desvaneciéndose por el pasillo dejó tras de sí un vacío que Keonho no tardó en reclamar. La cocina, sumida en una penumbra dorada, se convirtió en un santuario privado donde las reglas de la jerarquía habitual de CORTIS se disolvieron. Sin la mirada analítica de Seonghyeon, la energía entre ambos cambió; se volvió más cruda, más directa. Keonho ya no sentía la necesidad de compartir el escenario, y Juhoon, despojado de su armadura de reserva, se encontró a merced de la vitalidad desbordante del menor.
Keonho dio un paso al frente, acortando la distancia mínima que quedaba entre ellos. Sus ojos, grandes y brillantes, devoraban la figura de Juhoon con una mezcla de adoración y una picardía casi cruel. Sin mediar palabra, sus manos buscaron el dobladillo de la camiseta de Juhoon. Sus dedos, largos y hábiles, se engancharon en la tela de algodón, subiéndola con una lentitud tortuosa que obligó a Juhoon a alzar los brazos mecánicamente. La prenda quedó amontonada bajo sus axilas, dejando al descubierto la palidez láctea de su torso, esa cintura estrecha que parecía diseñada para ser rodeada por manos más grandes.
—Eres tan malditamente perfecto, Hyung —susurró Keonho, su voz era un murmullo ronco que erizó el vello de la nuca de Juhoon—. A veces me pregunto si eres real o si eres una muñeca que James compró para que todos perdiéramos la cabeza.
Juhoon intentó articular una respuesta, pero el aire se le escapó de los pulmones cuando Keonho rodeó sus pezones con las yemas de los dedos. El contacto fue suave al principio, apenas un roce circular que despertó una sensibilidad latente, pero pronto se volvió más firme. Keonho comenzó a pellizcar y tirar de las pequeñas protuberancias rosadas, usando sus pulgares para masajearlas con una cadencia hipnótica.
—Ah... Keonho... detente... —jadeó Juhoon, aunque sus manos, en lugar de apartar al menor, se aferraron a sus hombros anchos, buscando estabilidad.
—Tus labios dicen que me detenga, pero tu cuerpo es un mentiroso —se burló Keonho, su sonrisa ensanchándose al ver cómo los pezones de su hyung se endurecían bajo su cuidado—. Mira cómo reaccionas. Estás vibrando, Juhoon-ah.
El placer no fue una descarga repentina, sino una marea creciente. Juhoon sintió una serie de pulsaciones rítmicas naciendo en lo más profundo de su vientre, una calidez líquida que se extendía hacia sus extremidades. Sus caderas, poseídas por una voluntad propia, comenzaron a balancearse hacia adelante. Era un movimiento instintivo, una búsqueda de alivio contra el cuerpo atlético y firme de Keonho. El contraste entre la complexión delgada de Juhoon y la estructura de nadador del maknae era evidente; cada vez que Juhoon empujaba su pelvis contra el muslo de Keonho, sentía la solidez de los músculos del menor, lo que solo servía para alimentar el fuego en su interior.
En su entrepierna, la anatomía que lo hacía tan único y vulnerable comenzó a clamar por atención. Juhoon podía sentir cómo su vagina se hinchaba, las paredes internas comprimiéndose en una espera agónica. La humedad empezó a brotar, empapando la seda de su ropa interior, creando una sensación pegajosa y caliente que lo hacía sentir expuesto. Cada vez que sus caderas chocaban contra Keonho, el roce de la tela contra su clítoris enviaba oleadas de un deleite punzante que lo obligaba a arquear la espalda y soltar gemidos entrecortados.
Keonho se separó apenas unos milímetros, lo suficiente para admirar el espectáculo de Juhoon deshecho. Sus ojos recorrieron el rostro del mayor: las mejillas encendidas, los labios entreabiertos y esa mirada nublada que delataba que ya no estaba en este mundo.
—Mírate —dijo Keonho, su tono cargado de una posesividad juguetona—. Te mueves como si estuvieras desesperado. ¿Es esto lo que hace nuestra princesa cuando nadie la ve? ¿O es que solo yo puedo hacer que te retuerzas así?
—No... yo no... —Juhoon cerró los ojos, avergonzado por la evidencia de su propio deseo—. Es solo que... se siente demasiado...
—Se siente bien, ¿verdad? —Keonho no esperó respuesta. Se inclinó hacia adelante y hundió el rostro en el hueco entre el hombro y el cuello de Juhoon.
Sus labios eran calientes y exigentes. Comenzó a besar la piel suave, succionando con fuerza para dejar marcas violáceas que proclamaran su dominio. Juhoon soltó un quejido agudo, su cabeza cayendo hacia atrás, exponiendo más de su garganta a los ataques del menor. Los sonidos que salían de su boca ya no eran palabras, sino una sinfonía de suspiros y jadeos que alimentaban el ego de Keonho.
—Eres tan ruidoso hoy, Hyung —murmuró Keonho contra su piel, su aliento enviando escalofríos por toda la columna de Juhoon—. Me encanta cómo suenas cuando te marco. James se va a volver loco cuando vea esto, pero no me importa. Ahora mismo, eres mío.
Mientras su boca seguía reclamando el cuello de Juhoon, la mano derecha de Keonho abandonó el pecho del mayor para descender lentamente. El trayecto fue una tortura deliciosa; sus dedos rozaron el abdomen plano de Juhoon, sintiendo los espasmos de los músculos abdominales antes de llegar a la pretina del pantalón. La otra mano de Keonho permaneció en el pecho de Juhoon, continuando la estimulación de un pezón con una intensidad que mantenía al mayor en un estado de sobreestimulación constante.
—Keonho... por favor... —suplicó Juhoon, sus caderas moviéndose con más frenesí ahora que sentía la mano del menor tan cerca de su centro.
—¿Por favor qué? —lo molestó Keonho, deslizando finalmente la mano por debajo de la tela del pantalón—. ¿Quieres que te toque aquí? ¿Donde estás tan empapado?
Al entrar en contacto con la tela de las bragas, Keonho soltó un suspiro de satisfacción. El calor que emanaba de la entrepierna de Juhoon era abrumador. La prenda estaba saturada, pegándose a la piel sensible y revelando la anatomía hinchada que se escondía debajo. Keonho deslizó los dedos sobre el relieve del coño de Juhoon, notando cómo los labios mayores estaban turgentes y listos.
—Dios, Juhoon-ah... estás empapado —dijo Keonho, su voz vibrando con un deseo genuino—. Es increíble. Puedo sentir el calor a través de la tela. Estás tan excitado que casi puedes derretirte, ¿verdad?
—¡Ah! —Juhoon soltó un grito ahogado cuando Keonho aplicó presión directa sobre su clítoris por encima de la seda húmeda.
El contacto fue como una revelación. Juhoon sacudió las caderas contra la palma de Keonho, buscando más de esa fricción que prometía llevarlo al borde del abismo. La sensación era densa, viscosa y absolutamente embriagadora. Sentía su sexo palpitando, reclamando un contacto más íntimo, mientras su mente se nublaba por completo.
—Dilo, princesa —susurró Keonho, mordisqueando el lóbulo de la oreja de Juhoon mientras su mano comenzaba un masaje circular y rítmico—. Di que te gusta que tu pequeño coño esté así de sucio por mí. Di que necesitas que te lo frote hasta que no puedas más.
—Me gusta... —logró decir Juhoon entre dientes, sus uñas clavándose en los hombros de Keonho—. Me gusta cómo me tocas... me gusta sentir tu mano ahí... ¡Ah, Keonho, más rápido!
—Qué exigente —se rió Keonho, aunque obedeció, aumentando la velocidad de sus dedos. El sonido de la tela húmeda frotándose contra la carne sensible llenó el silencio de la cocina—. Te ves tan indecente ahora mismo. Si los fans pudieran verte, si supieran lo mucho que gimes cuando el maknae te toca así... se morirían de envidia.
—Cállate... solo... no te detengas —Juhoon estaba en el límite. Su cuerpo se sentía pesado, como si cada fibra de su ser estuviera concentrada en el punto donde la mano de Keonho trabajaba sin descanso.
Las pulsaciones en su vientre se volvieron más erráticas y potentes. Juhoon sentía que estaba a punto de romperse, de estallar en mil pedazos de puro placer. La calidez de Keonho, su olor a juventud y energía, y la forma en que lo dominaba físicamente, lo hacían sentirse pequeño y protegido, pero también peligrosamente expuesto.
—No voy a detenerme —prometió Keonho, sus ojos brillando con una intensidad depredadora—. Voy a hacer que te corras sobre mi mano, Hyung. Voy a hacer que olvides tu nombre y que solo puedas pensar en lo mucho que te gusta ser nuestra pequeña posesión.
—Keonho... yo... —Juhoon no pudo terminar la frase. Un espasmo recorrió sus piernas, obligándolo a ponerse de puntillas mientras se presionaba con todas sus fuerzas contra la mano del menor.
El masaje se volvió más firme, más técnico. Keonho sabía exactamente dónde presionar, cómo variar el ritmo para mantener a Juhoon en ese estado de agonía placentera. La humedad seguía fluyendo, lubricando el movimiento de los dedos de Keonho sobre la tela, creando una fricción que era pura gloria para Juhoon.
—Mírame, Juhoon-ah —ordenó Keonho.
Juhoon abrió los ojos con esfuerzo, encontrándose con la mirada profunda y victoriosa del menor. En ese momento, entendió que ya no había vuelta atrás. La dinámica de CORTIS había cambiado irrevocablemente en esa cocina. James y Martin estaban lejos, y Seonghyeon esperaba en algún lugar del apartamento, pero en ese instante, el universo se reducía a la mano de Keonho entre sus piernas y el fuego que consumía su voluntad.
—Eso es —murmuró Keonho, sonriendo con dulzura mientras su mano continuaba el asalto—. Eres tan hermoso cuando te rindes. Eres nuestra princesa, y yo voy a encargarme de que nunca olvides este día.
Juhoon solo pudo soltar un último gemido largo y quebrado, dejando que el placer lo arrastrara hacia la oscuridad, sintiendo cómo su cuerpo se entregaba por completo al capricho de quien, hasta hacía unas horas, solo consideraba el travieso maknae del grupo. La realidad se desvaneció, dejando solo el tacto, el calor y el hambre insaciable de dos almas que finalmente habían encontrado su centro.