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La Geometría del Deseo
El aire en la cocina se había vuelto denso, cargado de un magnetismo que hacía que cada vello del cuerpo de Juhoon se erizara. La presión de la mano de Keonho sobre la tela de sus pantalones era constante, un recordatorio de que el espacio personal ya no existía en aquel rincón del apartamento. Juhoon sentía que su cordura se deshilachaba con cada movimiento circular, con cada gramo de peso que el menor aplicaba sobre su centro. Sin embargo, el roce a través de la ropa pronto se volvió insuficiente, una promesa a medio cumplir que solo servía para aumentar la agonía de la espera.
Keonho, notando la urgencia en los espasmos de las caderas de su hyung, soltó un suspiro corto y cargado de intención. Sus dedos se deslizaron con una agilidad felina por debajo de la banda elástica de las bragas, buscando el contacto directo con la piel. Al encontrar la vulva supurante e hinchada, el maknae soltó un gruñido bajo, una mezcla de triunfo y deseo puro. La textura era distinta a todo lo que había imaginado: una suavidad aterciopelada que contrastaba con la firmeza de la inflamación provocada por la excitación.
—Estás ardiendo, Juhoon-ah —susurró Keonho, relamiéndose el labio inferior mientras sus dedos comenzaban a explorar los pliegues sensibles—. Mira cómo me recibes. Estás tan jugoso que parece que vas a deshacerte en mis manos.
Juhoon soltó un chillido ahogado, su cuerpo arqueándose violentamente. El contacto de la piel de Keonho contra su sexo, que ya se sentía latente y lloroso por la falta de atención, fue un impacto para su sistema nervioso. Las lágrimas de placer comenzaron a agolparse en las comisuras de sus ojos, nublando su visión y dándole al mundo un aspecto onírico y distorsionado.
—Ah... Keonho... por favor... —balbuceó Juhoon, sus palabras perdiéndose en un lloriqueo que denotaba una vulnerabilidad absoluta.
—¿Por favor qué? —preguntó el menor, moviendo sus dedos con una lentitud tortuosa, masajeando la zona con una presión que hacía que Juhoon perdiera la fuerza en las rodillas—. Hace un momento parecías tan reservado, tan nuestra "princesa" distante. Y ahora mírate, suplicando por un poco más. Eres un desesperado, ¿verdad?
Juhoon no pudo negar la acusación. Sus caderas se movían por instinto, buscando desesperadamente que el contacto fuera más profundo, más invasivo. El sentimiento de estar supurando entre las manos de su compañero era humillante y electrizante a la vez. Sentía su interior palpitando, una cavidad que reclamaba ser llenada para calmar el fuego que lo consumía desde dentro.
Sin previo aviso, Keonho hundió un dedo en su interior.
El grito de Juhoon fue silenciado por la otra mano de Keonho, que cubrió su boca con firmeza. El contraste entre la suavidad de la palma del menor contra sus labios y la intrusión firme en su parte baja hizo que Juhoon viera estrellas. Sus piernas flaquearon, y si no fuera por el agarre de Keonho, se habría desplomado en el suelo.
—Shhh... —siseó Keonho cerca de su oído, su aliento caliente provocándole un escalofrío—. No queremos que Seonghyeon nos escuche, ¿verdad? Está ahí mismo, en la sala. Si se entera de lo bien que suenas, vendrá aquí y tendré que compartirte. Y hoy... hoy no tengo ganas de ser generoso. Quiero que seas solo para mí un rato más.
Keonho comenzó a mover el dedo con un ritmo constante, explorando las paredes internas de Juhoon, que lo recibían con una calidez envolvente. El sonido de la lubricación natural, un chapoteo suave y rítmico, llenó el pequeño espacio entre sus cuerpos. Era un sonido húmedo y vergonzoso que solo servía para que Juhoon se sintiera más abrumado. Sus ojos se pusieron en blanco por el placer, y su cabeza cayó hacia atrás, apoyándose en el hombro de Keonho mientras su cuerpo sufría una serie de espasmos incontrolables.
—Eres tan estrecho... y estás tan mojado —continuó Keonho, añadiendo un segundo dedo a la intrusión—. Me encanta cómo tiemblas cuando entro en ti. Es como si cada parte de tu cuerpo estuviera gritando mi nombre.
Juhoon soltó los palillos que aún sostenía, el sonido de la madera chocando contra el suelo siendo el único ruido externo a sus jadeos. Con una mano se aferró desesperadamente al brazo de Keonho que lo penetraba, como si intentara guiarlo o detenerlo, sin saber realmente qué quería. La otra mano se cerró con fuerza sobre el bíceps del menor, sus uñas marcando la piel en un intento de anclarse a la realidad.
La velocidad de la mano de Keonho aumentó. Los movimientos se volvieron más técnicos, más exigentes. Cada vez que los dedos del maknae rozaban el punto exacto en su interior, Juhoon soltaba grititos sofocados contra la palma que cubría su boca. Sus piernas temblaban tanto que apenas podían sostener su peso, y sus ojos, nublados por las lágrimas, se desviaban hacia el techo, perdidos en una neblina de éxtasis.
—Esos pantalones me están estorbando —gruñó Keonho, algo molesto por la fricción de la tela contra su muñeca.
Con un movimiento fluido y decidido, Keonho retiró la mano de la boca de Juhoon solo para usar ambas manos y bajarle los pantalones y la ropa interior hasta los muslos. La piel de las piernas de Juhoon quedó expuesta, blanca y delicada, contrastando con el desorden de su ropa. El menor no perdió tiempo; aprovechando el estado de estupor de Juhoon, lo tomó por la cintura y lo giró, subiéndolo con cuidado pero firmeza sobre la encimera de la cocina.
Juhoon no opuso resistencia. Su mente estaba tan nublada por las sensaciones que se dejó manipular como si fuera un muñeco de porcelana. Sentía el frío del granito contra sus nalgas, un contraste brusco con el calor abrasador que emanaba de su entrepierna. Keonho se posicionó entre sus piernas, separándolas con suavidad y recostándolo un poco hacia atrás para obtener un mejor ángulo de visión y acceso.
—Mírame, hyung —pidió Keonho con una voz que ahora era extrañamente dulce, una caricia en medio de la tormenta de deseo.
Juhoon obedeció, sus ojos enfocándose con dificultad en el rostro del maknae. Keonho estaba radiante; sus ojos grandes brillaban con una mezcla de ternura y lujuria, y una sonrisa adorable curvaba sus labios. Con una mano, Keonho le acarició la mejilla, apartando un mechón de cabello castaño que se había pegado a su frente por el sudor.
—Eres lo más bonito que he visto en mi vida —susurró Keonho—. Me vuelves loco, ¿lo sabes? Me encanta cómo te ves así, totalmente entregado a mí. No tengas miedo, princesa. Solo deja que yo me ocupe de todo.
Juhoon intentó decir algo, pero solo pudo soltar un suspiro tembloroso. Sentirse tan expuesto, con las piernas abiertas ante la mirada de Keonho y su intimidad aún palpitando y supurando por la estimulación previa, lo hacía sentir una mezcla de terror y una excitación sin precedentes. La forma en que Keonho lo miraba, como si fuera el tesoro más valioso del mundo, era más embriagadora que cualquier contacto físico.
Keonho volvió a bajar la mirada hacia la vulva de Juhoon, que se veía hinchada y brillante bajo la luz de la cocina. Sin dejar de acariciar su mejilla, volvió a introducir sus dedos, esta vez con una profundidad que hizo que Juhoon soltara un gemido largo y sonoro, ya sin la mano del menor para silenciarlo.
—Eso es, gime para mí —alentó Keonho, aumentando la fricción—. Deja que Seonghyeon sepa lo que te estoy haciendo. Deja que todo el mundo sepa que, aunque seas la princesa de CORTIS, esta noche eres solo mía.
El chapoteo de la lubricación se hizo más evidente ahora que no había tela de por medio. La mano de Keonho se movía con una destreza que parecía nacer de un conocimiento instintivo del cuerpo de Juhoon. Cada movimiento era una caricia y una invasión, una danza de poder y entrega que estaba llevando a Juhoon al borde de un colapso sensorial. Sus piernas se cerraron instintivamente alrededor de la cintura de Keonho, buscando más cercanía, más calor, más de ese placer que lo hacía sentir que estaba flotando sobre las nubes.
—Keonho... por favor... no pares... —suplicó Juhoon, su voz apenas un hilo de sonido.
—No voy a parar hasta que te corras en mis dedos, Juhoon-ah —prometió el menor, sus ojos fijos en la expresión de puro éxtasis de su hyung—. Y después de eso, veremos qué más podemos hacer antes de que James regrese.
El silencio de la cocina solo era roto por el sonido de sus respiraciones agitadas y el ritmo constante de la intrusión de Keonho. Juhoon se sentía abrumado, perdido en un laberinto de sensaciones donde el tiempo y el espacio no tenían significado. Solo existía el tacto de Keonho, su voz susurrando promesas en la oscuridad y la certeza de que, pasara lo que pasara después, nada volvería a ser igual entre ellos. La jerarquía emocional del grupo se había reconfigurado en torno a ese momento, y Juhoon, en su vulnerabilidad, se había convertido en el eje sobre el cual giraba todo el universo de CORTIS.