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El Altar de la Indulgencia
Juhoon intentó decir algo, pero solo pudo soltar un suspiro tembloroso. Sentirse tan expuesto, con las piernas abiertas ante la mirada de Keonho y su intimidad aún palpitando y supurando por la estimulación previa, lo hacía sentir una mezcla de terror y una excitación sin precedentes. La forma en que Keonho lo miraba, como si fuera el tesoro más valioso del mundo, era más embriagadora que cualquier contacto físico.
Keonho rompió el trance visual con una inclinación suave, sellando los labios de Juhoon con un beso corto, casi inocente, que contrastaba con la tormenta que ocurría bajo sus cinturas. Al separarse, sus manos subieron con determinación, enganchando las costuras de la camiseta que ya estorbaba. Con un movimiento fluido, despojó a Juhoon de la prenda, lanzándola a algún rincón olvidado de la cocina.
El menor se quedó un instante en silencio, simplemente admirando la estampa. Juhoon, sentado sobre la frialdad del granito, con el torso desnudo y la piel erizada, ofrecía una visión que desafiaba cualquier rastro de autocontrol. La luz cenital de la cocina resaltaba la delicadeza de sus clavículas y la curva de su vientre, descendiendo hasta la vista cruda y desarmante de su sexo, que brillaba por la humedad acumulada.
Keonho se mordió el labio inferior, un gesto de pura hambre contenida. Sin previo aviso, comenzó a descender, sembrando besos húmedos por el esternón de Juhoon. Sus labios dejaban un rastro de saliva brillante, marcando el territorio con una voracidad que hacía que el mayor se retorciera. Cada succión en la piel pálida dejaba una mancha rosácea, un testimonio silencioso de quién era el dueño de aquel momento.
—Eres tan malditamente hermoso, hyung —murmuró Keonho contra su piel, su voz vibrando directamente sobre las costillas de Juhoon—. Me dan ganas de devorarte entero aquí mismo.
Cuando la boca de Keonho alcanzó uno de sus pezones, Juhoon soltó un gemido que rebotó en los azulejos. El maknae comenzó a chupar y mordisquear la pequeña protuberancia, usando su lengua para trazar círculos de fuego que enviaban descargas directas a la columna de Juhoon. El cuerpo del mayor reaccionó con violencia; sus dedos se hundieron en el cabello castaño de Keonho, tirando ligeramente mientras su cabeza caía hacia atrás.
Mientras su boca se ocupaba de los pechos de Juhoon, la mano derecha de Keonho descendió una vez más hacia la hendidura caliente. Esta vez no hubo preámbulos. Con tres dedos juntos, comenzó un masaje firme sobre el clítoris antes de deslizarse hacia el interior. Debido a la lubricación natural que ya empapaba los muslos de Juhoon, la entrada fue suave, casi aceitosa, permitiendo que Keonho se hundiera profundamente sin resistencia.
—¡Ah! ¡Keonho, no! —el grito de Juhoon fue una mezcla de súplica y deleite.
Keonho sincronizó la succión rítmica en el pezón con el embate de sus dedos. Era una sobreestimulación cruel. Juhoon sentía que sus sentidos se colapsaban; el calor en su pecho y la invasión en su entrepierna creaban un cortocircuito en su cerebro. Sus piernas intentaron cerrarse por instinto, un último intento de proteger lo poco que quedaba de su compostura, pero el cuerpo atlético de Keonho, firme como una roca entre sus muslos, lo hacía imposible.
—Es demasiado... para... por favor —sollozó Juhoon, sus lágrimas finalmente desbordándose mientras sus caderas se elevaban buscando más de esa fricción que lo estaba matando.
—No voy a parar —respondió Keonho, separándose apenas un segundo del pecho de Juhoon para mirarlo fijamente. Sus ojos estaban oscuros, inyectados en una determinación posesiva—. No te atrevas a cerrar las piernas. Quiero verte. Quiero que te vengas para mí ahora mismo.
Keonho aumentó la velocidad de sus dedos, convirtiendo la penetración en un movimiento frenético y chapoteante. El sonido de la humedad siendo agitada era obsceno, llenando el aire junto con los lloriqueos de Juhoon. El mayor comenzó a convulsionar levemente, sus uñas hincándose en el cuero cabelludo de Keonho mientras su respiración se volvía errática.
—¡Me voy a... ya viene! ¡Keonho! —advirtió Juhoon con un hilo de voz quebrado.
—Hazlo. Dame todo, Juhoon-ah.
El clímax golpeó a Juhoon como una marejada. Un espasmo final recorrió sus piernas y un chorro inminente y caliente brotó de su interior, empapando la mano de Keonho y salpicando la manga de su sudadera y parte de la encimera. Juhoon se quedó sin aliento, su cuerpo hundiéndose contra el pecho de Keonho mientras los últimos temblores del orgasmo lo abandonaban, dejándolo en un estado de sopor absoluto.
Keonho, con una calma que resultaba casi aterradora, retiró los dedos lentamente del interior de Juhoon. Los miró un momento, cubiertos por el fluido nacarado y espeso del mayor, y sin apartar la vista de los ojos desorbitados de Juhoon, se los llevó a la boca. Lamió cada dedo con una lentitud deliberada, saboreando la esencia de su hyung con un placer evidente.
Juhoon, todavía sonrojado y con el pecho subiendo y bajando con violencia, lo miró con una mezcla de horror y desagrado, aunque en el fondo de sus ojos aún brillaba el rastro de la sumisión.
—Está delicioso —comentó Keonho con una sonrisa angelical, inclinándose para darle un beso casto en la frente—. Eres la mejor princesa del mundo.
Un carraspeo seco desde el umbral de la cocina hizo que ambos se congelaran.
Seonghyeon estaba allí, apoyado contra el marco de la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho. Su expresión era ilegible, pero sus ojos, afilados como cuchillas, recorrían la escena: Juhoon desnudo y deshecho sobre la encimera, y Keonho con la mano aún húmeda.
—¿Se divirtieron? —preguntó Seonghyeon, su voz limpia y elegante cortando el aire como un cuchillo—. No sabía que el maknae era tan pervertido como para masturbar al mayor en la cocina, donde James podría entrar en cualquier momento con las bolsas de la compra.
Juhoon, golpeado por una ola de timidez repentina, ocultó el rostro en el cuello de Keonho, abrazándolo con fuerza para intentar cubrir su desnudez. Keonho, lejos de amedrentarse, rodeó la cintura de Juhoon con un brazo, devolviéndole a Seonghyeon una mirada desafiante y cargada de una posesividad territorial.
—Llegas tarde, Seonghyeon-ah —dijo Keonho con un tono burlón—. Pero no te preocupes, Juhoon todavía tiene mucho para dar.
Seonghyeon soltó una risa baja y desprovista de humor, comenzando a caminar hacia ellos. A medida que se acercaba, sus ojos bajaron hacia su propio pantalón. Sin el menor reparo, se llevó una mano a la entrepierna, apretando el bulto prominente que deformaba la tela de su pantalón.
—Supongo que ahora tendré que unirme —dijo Seonghyeon, deteniéndose justo frente a ellos—. Mi erección no se va a bajar sola después de ver este espectáculo. Y dudo que Juhoon sea tan cruel como para dejarme así.
Juhoon levantó la vista, sus ojos abriéndose de par en par al notar la evidencia del deseo de Seonghyeon. Miró a Keonho, esperando algún tipo de defensa, pero el maknae simplemente bufó y soltó una risita cómplice.
—Bueno —dijo Keonho, ajustando su agarre sobre Juhoon—, al final tendré que compartir. Mi propia erección me está matando y no creo que pueda aguantar mucho más sin entrar en alguna parte.
Seonghyeon se colocó al otro lado de Juhoon, atrapándolo efectivamente entre ambos. Juhoon tragó saliva, sintiendo el calor de los dos menores cerrándose sobre él. Sus miradas, cargadas de una intención oscura y hambrienta, lo fijaron en su sitio. En ese momento, Juhoon supo que ya no era el centro de atención, sino la presa en una cacería que apenas comenzaba.