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El Altar de Mármol y Piel

La cocina, antes un espacio de orden y pulcritud, se había transformado en un santuario profano de deseo. Bajo la luz fría que caía sobre la encimera de mármol, los tres cuerpos desnudos contrastaban con la superficie inerte. Juhoon, con las piernas temblando como hojas al viento, sintió que su fuerza se evaporaba tras el violento espasmo de su clímax. El fluido que había brotado de su interior aún goteaba, marcando un camino brillante por sus muslos y perdiéndose en el suelo. Sus ojos castaños estaban nublados, perdidos en algún punto del techo, mientras su pecho subía y bajaba en jadeos roncos.

Sin previo aviso, Seonghyeon, que había estado disfrutando de la vista desde atrás, lo tomó por los hombros y lo obligó a girarse. El movimiento fue brusco pero firme, haciendo que Juhoon soltara un quejido de sorpresa mientras sus pies descalzos apenas lograban mantener el equilibrio sobre el suelo resbaladizo.

—¡Oye! ¿Qué crees que haces? —reclamó Keonho, frunciendo el ceño con una expresión de fastidio absoluto. Sus manos, que aún rodeaban la cintura de Juhoon, se tensaron ante la interrupción del menor—. Estaba justo en la mejor parte, Seonghyeon-ah. No me cortes el ritmo ahora.

Seonghyeon no se dejó intimidar. Con una sonrisa ladeada y los ojos oscurecidos por una lujuria que rayaba en la desesperación, estrechó a Juhoon contra su pecho. Sus brazos fuertes sostuvieron el cuerpo lánguido del mayor, cuya cabeza cayó pesadamente sobre el hombro de Seonghyeon.

—Ya has tenido suficiente tiempo reclamando su frente, Keonho —respondió Seonghyeon, su voz vibrando con una ronquera peligrosa—. Ahora es mi turno de mirar a nuestro hyung a los ojos mientras lo tomo. Además, no te atrevas a quejarte. Has estado restregando tu polla contra su coño todo este tiempo mientras yo solo podía mirar. Siento que mi miembro va a explotar en cualquier segundo.

Keonho soltó un bufido, pero su mirada descendió inevitablemente hacia el trasero de Juhoon, que ahora quedaba expuesto directamente frente a él. La vista era hipnótica: la piel pálida, las curvas delicadas y el rastro de humedad que lo cubría todo. Sintió un tirón violento en su propia entrepierna, su miembro palpitando con una fuerza renovada ante la perspectiva de lo que vendría.

—Está bien, no me quejo de la vista —admitió Keonho, mordiéndose el labio inferior mientras sus ojos recorrían cada centímetro de la piel de Juhoon—. Pero ya no puedo esperar más. Si no entro ahora, voy a perder la cabeza.

Keonho llevó una mano a su propio miembro, que ya estaba empapado por el presem y los jugos de Juhoon. Comenzó a masturbarse con movimientos rápidos y expertos, cerrando los ojos por un momento mientras el sonido del roce húmedo de su mano llenaba el silencio de la cocina. El chapoteo de la piel contra la piel era rítmico, obsceno y cargado de una urgencia que hacía que el ambiente fuera casi irrespirable.

—Ve despacio, idiota —advirtió Seonghyeon, sosteniendo el rostro de Juhoon con una mano para obligarlo a mirarlo—. No queremos romper a la princesa antes de que yo termine de jugar con ella.

Keonho rodó los ojos, pero la intensidad en su mirada no disminuyó. Se posicionó detrás de Juhoon, alineando la punta de su dureza contra la entrada anal del mayor, que aún latía tras la estimulación de los dedos de Seonghyeon. Con un movimiento controlado pero implacable, comenzó a empujar.

—¡Ahhh...! ¡Keonho, duele! —Juhoon soltó un gemido lastimero, un sonido cargado de dolor y súplica. Sus dedos se clavaron en los hombros de Seonghyeon, buscando un apoyo que evitara que se desmoronara por completo.

Seonghyeon reaccionó de inmediato. Se inclinó hacia adelante, pegando sus labios al oído de Juhoon mientras su mano libre descendía por el vientre del mayor hasta encontrar su clítoris hinchado y sensible.

—Tranquilo, hyung... Shhh, solo relájate para nosotros —susurró Seonghyeon, comenzando a masajear el pequeño botón de placer con movimientos circulares y expertos.

El efecto fue instantáneo. Juhoon soltó un suspiro tembloroso, su cuerpo reaccionando a la doble sensación. El dolor punzante en su retaguardia comenzó a mezclarse con el placer eléctrico que la mano de Seonghyeon le proporcionaba. Sus caderas se movieron por instinto, tratando de huir y buscar el contacto al mismo tiempo.

—¡Maldita sea! —exclamó Keonho, echando la cabeza hacia atrás mientras sus ojos se cerraban con fuerza. Había logrado entrar a medias, y la sensación de las paredes de Juhoon apretando su miembro era casi insoportable—. Hyung, estás tan estrecho... Joder, se siente como si me estuvieras succionando el alma.

—Sostenlo, Keonho —ordenó Seonghyeon, sin dejar de masajear a Juhoon—. Agárralo fuerte para que no se mueva.

Keonho obedeció, rodeando el torso delgado de Juhoon con sus brazos atléticos. El agarre fue tan firme que el mayor se vio obligado a arquear la espalda, lo que facilitó que Keonho diera un empuje final y profundo, hundiéndose por completo en su interior. Juhoon soltó un grito sordo contra el hombro de Seonghyeon, sintiéndose completamente invadido, lleno hasta un punto que nunca creyó posible.

Mientras Keonho recuperaba el aliento, disfrutando de la calidez interna de Juhoon, Seonghyeon no perdió el tiempo. Con una mano aún en el clítoris del mayor, usó la otra para agarrar su propio miembro, que goteaba de anticipación. Con un movimiento fluido, bajó la mano que estaba estimulando a Juhoon y la pasó por la entrada de su vagina, recogiendo el desastre de fluidos mezclados que aún manaba de allí.

Untó su esencia y la de Juhoon por toda la longitud de su pene, preparándose para el asalto final. Con los dedos de una mano, abrió con cuidado los labios de la vulva de Juhoon, revelando la carne rosada y empapada que palpitaba de deseo. Alineó la punta de su glande contra la entrada y miró fijamente a Juhoon a los ojos.

—Mírame, Juhoon-ah —dijo Seonghyeon, su voz cargada de una posesividad que hizo que el mayor estremeciera—. Mira cómo te voy a llenar yo también.

Lentamente, Seonghyeon comenzó a adentrarse en el coño de Juhoon. El sonido fue un *splat* húmedo y profundo, el eco de la carne deslizándose dentro de una cavidad saturada de lubricación natural. Ambos gimieron al unísono; Seonghyeon por la calidez apretada que lo envolvía, y Juhoon por la sensación de estar siendo reclamado por ambos lados simultáneamente.

—¡Ahhh, Dios! —Seonghyeon soltó una risa ronca, una expresión de puro triunfo—. Joder, hyung... tu coño me está succionando de una forma deliciosa. Es como si estuvieras hecho solo para recibirnos a los dos.

—No... ah... es demasiado... —balbuceó Juhoon, con la cabeza dándole vueltas. Sus ojos se ponían en blanco mientras sentía el ritmo de Keonho empezando a aumentar tras él, mientras Seonghyeon se hundía más y más en su frente.

—Maldita sea, Juhoon —gruñó Seonghyeon, soltando una maldición sucia mientras sus caderas golpeaban contra las del mayor—. Estás tan jodidamente apretado. Siento cómo tus paredes me muerden cada vez que entro. Eres una pequeña perra insaciable, ¿verdad? Te encanta estar así de llena.

El sonido en la cocina se volvió una sinfonía de depravación. El choque de las pieles sudorosas, el chapoteo constante de los fluidos siendo removidos por las embestidas de los dos menores, y los gemidos desarticulados de Juhoon creaban una atmósfera de pecado puro. Keonho, desde atrás, comenzó a marcar un ritmo más agresivo, haciendo que el cuerpo de Juhoon saltara entre ellos como una muñeca de trapo.

—¡Más fuerte, Keonho! —incitó Seonghyeon, sin dejar de mirar el rostro de Juhoon, que estaba cubierto de sudor y lágrimas—. ¡Haz que grite mi nombre!

Juhoon ya no era dueño de sí mismo. Cada vez que Keonho empujaba, sentía la presión en su próstata, y cada vez que Seonghyeon se hundía en su vagina, sentía un roce eléctrico en su punto más sensible. Estaba siendo destrozado y reconstruido en