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Cuando Han aparece en la puerta de Deckard, con sus amigos para pedir ayuda ( como en la película) en el momento en el que aparecen hombres armados Han y Deckard los eliminan, pero una pequeña explosion deja a Han inconsciente y tej, Ramsey y Román todavía no han abierto la puerta así que Deckard lo sube a su auto junto con algunas armas y se marcha antes de que otra explosión destruya su apartamento y decide llevárselo. Mientras conduce observa a Han inconsciente. Horas después están en el medio de la nada en una casa enorme y muy elegante, en una montaña rodeada de bosques y nieve. Deckard deja a Han en una cama en una habitación grande y elegante. Luego al ver que todavía no despertara se sirve un vaso de whisky. Han despierta. Deckard le dice ahí nadie los encontrará, pero Han le dice que él debe volver con los demás, Deckard solo lo observa y le dice que no puede salir de dónde están ya que están en medio de la nada. Deckard se acerca a Han y dice —Bésame —ordenó Deckard, suave pero imperativo—. O te ato a esa cama de atrás y te demuestro exactamente cuán serio estoy sobre conservarte. La elección es tuya. Pero sabes que ambas opciones terminan conmigo teniendo lo que quiero. Han estaba sentado al borde de la cama . Deckard Shaw se movía con una lentitud deliberada, desabrochándose los puños de su propia camisa mientras observaba a Han. No había prisa en sus movimientos. Tenía todo el tiempo del mundo. Se quitó la camisa, revelando un torso marcado por cicatrices de batalla, músculos tensos y una presencia física abrumadora. Se acercó a la cama, sus ojos oscuros fijos en Han como un depredador que ha acorralado a su presa. —Te dije que te quitaras el resto —dijo Deckard, su voz baja, ronca, vibrando con una autoridad absoluta. Se detuvo frente a Han, entre sus piernas abiertas, invadiendo su espacio personal hasta que Han pudo sentir el calor de su cuerpo—. O lo haré yo. Y ya te advertí que no seré gentil. Han levantó la vista, sus ojos brillando con lágrimas de rabia humillante que se negaba a dejar caer. —Vete al infierno, Deckard. Deckard sonrió, una expresión fría y cruel. Se inclinó, agarrando a Han por la cintura con fuerza brutal, y lo empujó hacia atrás sobre la cama. Han cayó sobre el colchón suave, el aire escapando de sus pulmones en un jadeo. Antes de que pudiera intentar levantarse, Deckard estaba sobre él, arrodillado entre sus piernas, inmovilizándolo con su peso y su presencia. Las manos de Deckard bajaron por el cuerpo de Han, desabrochando el cinturón de su pantalón con una eficiencia mecánica. Han intentó luchar, golpeando el pecho de Deckard con los puños, pero Deckard atrapó sus muñecas con una mano, aplastándolas contra la cama por encima de su cabeza. La fuerza de Deckard era implacable, entrenada para romper huesos si era necesario. —Déjame ir —gruñó Han, forcejeando inútilmente. —No —respondió Deckard simplemente.