Volver al resumen

A

El Eco de la Tormenta

La habitación estaba sumergida en una penumbra plateada, rota únicamente por los destellos intermitentes de los relámpagos que iluminaban la nieve cayendo con furia tras los ventanales. El beso de Deckard no era una invitación, era una invasión. Sus labios se movían contra los de Han con una urgencia que rayaba en la desesperación, una mezcla de alivio violento y hambre acumulada durante años de creer que aquel hombre era solo un fantasma en su memoria.

Han sintió que el oxígeno se volvía escaso. El peso de Deckard, la firmeza de sus músculos contra su propio cuerpo y el agarre férreo en sus muñecas lo mantenían anclado al colchón. Intentó morder el labio inferior del británico, una pequeña chispa de rebeldía que buscaba causar dolor, pero Shaw solo soltó un gruñido gutural, profundizando el contacto. El sabor metálico de la sangre se mezcló con el del whisky, encendiendo una llama de intensidad cruda entre ambos.

Cuando Deckard finalmente se separó unos centímetros, sus frentes quedaron apoyadas la una contra la otra. Sus respiraciones eran erráticas, nubes de vapor que se mezclaban en el aire frío de la habitación.

—No intentes pelear contra lo inevitable, Han —susurró Deckard, su voz era un roce áspero contra la piel de Han—. Podría haberte dejado en ese apartamento. Podría haber dejado que la Agencia te encontrara y te encerrara en una caja negra por el resto de tus días. Pero te elegí a ti. Te elegí para mí.

Han jadeó, tratando de recuperar el aliento, su pecho subiendo y bajando con violencia.

—No me elegiste, Deckard. Me robaste. Hay una diferencia —logró articular Han, aunque su voz sonaba más débil de lo que pretendía—. Esto no es afecto. Es una obsesión enferma.

Deckard soltó una de las muñecas de Han, pero solo para deslizar su mano por el cuello del asiático, apretando ligeramente, no lo suficiente para asfixiarlo, pero sí para recordarle quién tenía el control total de la situación. Sus dedos trazaron la línea de la mandíbula de Han con una delicadeza que resultaba inquietante dada la brutalidad de los momentos anteriores.

—Obsesión, posesión, amor... son solo palabras para hombres que no tienen el poder de tomar lo que desean —replicó Deckard con una frialdad absoluta—. Yo soy un hombre de acción. Y mi acción fue sacarte de la muerte y traerte a mi santuario. Aquí no eres Han Lue, el agente fantasma. Aquí eres mío.

—Dom te encontrará —insistió Han, aunque una parte de su mente estratégica ya estaba calculando las probabilidades. Shaw era un experto en desapariciones. Si los había traído a este lugar, era porque era impenetrable.

—Toretto es un hombre de familia, Han. Y la familia es una debilidad —Deckard se inclinó de nuevo, besando la cicatriz cerca de la oreja de Han—. Él está ocupado protegiendo a los suyos. Tú, en cambio, ya no tienes a nadie que te proteja. Excepto a mí.

Deckard comenzó a bajar por el cuerpo de Han, sus labios dejando un rastro de fuego por su cuello y clavícula. Cada beso era una marca, una reclamación de territorio. Han apretó los puños, cerrando los ojos con fuerza. El conflicto interno lo estaba desgarrando. Por un lado, el odio hacia el hombre que había intentado matarlo en Tokio ardía con fuerza; por otro, una atracción oscura y magnética, alimentada por la adrenalina y la pura presencia física de Shaw, comenzaba a despertar en sus venas.

—Mírame —ordenó Deckard de nuevo, sintiendo la tensión en el cuerpo bajo el suyo—. No te escondas detrás de tus párpados. Quiero ver cómo te rompes. Quiero ver el momento exacto en que aceptes que este es tu nuevo mundo.

Han abrió los ojos, encontrándose con la mirada depredadora de Deckard. No había rastro de duda en el británico. Shaw se movía con la confianza de un rey en su propio dominio. Con un movimiento fluido, Deckard se deshizo de lo que quedaba de su propia ropa, revelando un cuerpo que era un mapa de guerra, cada cicatriz contando una historia de supervivencia.

Se posicionó entre las piernas de Han, su piel caliente contrastando con las sábanas de seda. El contacto era eléctrico. Deckard no se apresuró; quería que Han sintiera cada centímetro de su dominio. Se inclinó hacia adelante, capturando de nuevo los labios de Han, pero esta vez el beso fue diferente. Fue lento, casi agónico, una promesa de que la noche apenas comenzaba.

—Dilo —exigió Deckard entre besos, su mano bajando para acariciar el muslo interno de Han.

—¿Decir qué? —contestó Han con un hilo de voz, sintiendo que su resistencia se desmoronaba ante la caricia experta.

—Dime que te quedarás. Dime que entiendes que no hay salida.

Han soltó una risa amarga, una que terminó en un suspiro cuando los dedos de Deckard encontraron un punto sensible.

—¿Tengo otra opción? Me tienes atrapado en una montaña, sin ropa, sin armas y sin equipo.

—Siempre tienes una opción, Han —dijo Deckard, deteniéndose y mirándolo fijamente—. Puedes elegir ser mi invitado, mi compañero en este aislamiento... o puedes elegir ser mi prisionero. Pero de cualquier forma, estarás en mi cama cada noche.

La honestidad brutal de Shaw era lo que más desarmaba a Han. No había mentiras, no había manipulación emocional barata. Era pura voluntad. Han extendió una mano, dudando por un segundo antes de tocar el pecho de Deckard. Sintió el latido fuerte y constante del corazón del británico. Era el corazón de un hombre que no temía a nada, ni siquiera a las consecuencias de secuestrar a un aliado de los Toretto.

—Eres un bastardo, Shaw —susurró Han, sus dedos recorriendo una cicatriz de bala en el hombro de Deckard.

—Soy el bastardo que te mantiene vivo —corrigió Deckard, atrapando la mano de Han y besando la palma—. Y soy el único que sabe lo que realmente necesitas.

Deckard se movió entonces con una determinación renovada. Sus manos eran expertas, conociendo los ritmos del cuerpo humano no solo para destruir, sino para provocar placer. Han se encontró arqueando la espalda, sus dedos enterrándose en los hombros de Deckard mientras la habitación se llenaba con el sonido de sus respiraciones entrecortadas.

El mundo exterior, con sus misiones, sus coches y su caos, pareció desvanecerse. En aquel refugio de cristal, el tiempo se había detenido. Solo existía el calor de la piel, el peso de los cuerpos y la tormenta que golpeaba los cristales, aislándolos del resto de la humanidad.

Horas más tarde, cuando la intensidad del primer encuentro había dado paso a un cansancio pesado, Deckard permanecía despierto, apoyado en el cabecero de la cama, observando a Han. El asiático dormía, o al menos fingía hacerlo, con el rostro parcialmente oculto por las sábanas oscuras. La luz de la luna, ahora más clara tras la tormenta, perfilaba su silueta.

Deckard extendió la mano y apartó un mechón de cabello rebelde de la frente de Han. Por primera vez en años, Shaw sentía una extraña sensación de paz. Había pasado tanto tiempo planeando, huyendo y luchando, que la idea de tener algo —alguien— que fuera exclusivamente suyo, lejos de las deudas de sangre y las lealtades cambiantes, era embriagadora.

Han se removió en sueños, soltando un suspiro bajo. Deckard sabía que cuando despertara, la lucha comenzaría de nuevo. Han intentaría escapar, buscaría debilidades en la seguridad de la casa, trataría de contactar con el mundo exterior. Pero Deckard era más inteligente. Ya había bloqueado todas las señales, había minado los alrededores y el único vehículo capaz de salir de la montaña estaba bajo llave en un búnker subterráneo.

—Duerme, Han —murmuró Deckard, volviendo a tumbarse y atrayendo el cuerpo de Han hacia el suyo, envolviéndolo en un abrazo posesivo—. Mañana entenderás que las cadenas de seda siguen siendo cadenas.

Han abrió los ojos ligeramente en la oscuridad, escuchando el latido del corazón de Deckard contra su espalda. No estaba dormido. Había escuchado cada palabra. Sabía que estaba en una jaula de oro, diseñada por uno de los hombres más peligrosos del planeta. Y lo más aterrador de todo no era la posibilidad de no poder escapar, sino la comprensión de que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba seguro de si realmente quería hacerlo.

La montaña estaba en silencio, la nieve lo cubría todo, borrando los caminos y los pecados. En esa casa elegante, el cazador y su presa habían encontrado un equilibrio precario, un pacto silencioso sellado con fuego y posesión. Deckard Shaw finalmente tenía lo que quería, y Han Lue estaba empezando a entender que su antigua vida había muerto en aquel apartamento de Londres, dejando espacio para algo mucho más oscuro y complicado.

—No me dejarás ir, ¿verdad? —preguntó Han, su voz apenas un susurro en la habitación silenciosa.

Deckard no respondió de inmediato. Simplemente apretó más su agarre, enterrando el rostro en la nuca de Han, aspirando su aroma.

—Nunca —fue la única respuesta de Shaw antes de que el silencio volviera a reinar, absoluto y definitivo.