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Fantasmas y Británicos
El aire gélido de las tierras altas de Canadá aún parecía estar pegado a la piel de Han cuando aterrizaron en suelo británico. Owen se movía con una energía renovada, casi eléctrica. En las últimas setenta y dos horas, habían desmantelado una operación de transporte de tecnología militar en Quebec, dejando tras de sí un rastro de cenizas y mercenarios confundidos. Para el mundo exterior, y especialmente para Luke Hobbs, Owen Shaw era un lobo solitario que se había vuelto loco, un vigilante que estaba limpiando el tablero de Dante Reyes por razones puramente egoístas.
Hobbs, desde su centro de mando, seguía reportando bajas al equipo de Toretto. "Owen eliminó a otro grupo en Canadá", les había dicho por radio. Lo que nadie sospechaba, lo que ni siquiera el ojo más agudo de la Agencia había detectado, era que el hombre que conducía el vehículo de apoyo, el que cubría las espaldas de Owen desde las sombras con una calma imperturbable, era Han Seoul-Oh. Para Dom, para Letty, para todos, Han era una memoria dolorosa grabada en el asfalto de Tokio.
—Inglaterra no estaba en el itinerario original —comentó Han, mirando por la ventanilla del jet privado mientras las luces de Londres empezaban a dibujarse bajo la niebla.
Owen, que estaba revisando un transmisor de radio de corto alcance, levantó la vista. Sus ojos, generalmente fríos, mostraban una chispa de algo que Han solo podía describir como una lealtad retorcida.
—Mi hermano está en Londres —dijo Owen con voz seca—. Deckard ha estado siguiendo el rastro de la madre de Dante, pero se ha metido en un nido de avispas. Sus comunicaciones están encriptadas, pero el código de emergencia se activó hace una hora. Está rodeado.
Han arqueó una ceja y abrió una bolsa de galletas saladas que había encontrado en el catering del avión.
—¿El hombre que mató a la mitad de la mafia rusa necesita ayuda? —preguntó Han con ironía.
—Incluso los tiburones se ahogan si hay demasiada sangre en el agua —respondió Owen, poniéndose de pie y cargando un rifle de asalto—. Vamos. Si Deckard muere antes de que yo le dé una lección, estaré muy molesto.
Llegaron a un complejo industrial cerca del Támesis en menos de veinte minutos. El lugar era una sinfonía de disparos y explosiones. Deckard Shaw estaba atrincherado en una oficina acristalada en el segundo piso, usando su última munición para mantener a raya a un pequeño ejército de contratistas privados que no escatimaban en granadas.
Owen no esperó a que el coche se detuviera por completo. Saltó del vehículo en movimiento y abrió fuego con una precisión quirúrgica, barriendo el flanco izquierdo de los atacantes. Han, suspirando ante la falta de sutileza de los hermanos Shaw, tomó una posición elevada tras un contenedor de carga, eliminando a dos francotiradores que apuntaban directamente a la posición de Deckard.
El caos fue breve pero intenso. Con la llegada de Owen, el equilibrio de poder cambió instantáneamente. Deckard aprovechó la distracción para saltar a través de la ventana rota, rodando sobre el suelo de hormigón y acabando con los últimos tres hombres que se interponían en su camino.
Cuando el silencio regresó, solo roto por el siseo de las tuberías de vapor rotas, Deckard se puso de pie, sacudiéndose el polvo de su impecable abrigo oscuro. Miró a Owen con una mezcla de sorpresa y molestia.
—Llegas tarde, hermanito —dijo Deckard, recargando su pistola sin mirar.
—Te salvé la vida, Deckard. No seas malagradecido —replicó Owen, bajando su arma.
Deckard iba a responder, pero sus ojos se desviaron hacia la figura que caminaba lentamente desde las sombras de los contenedores. Han se acercó, con las manos en los bolsillos de su chaqueta y esa expresión de aburrimiento existencial que siempre lo acompañaba.
El rostro de Deckard Shaw, usualmente una máscara de hierro, se resquebrajó por un segundo. Sus ojos se abrieron con una incredulidad genuina.
—No puede ser —susurró Deckard, su voz bajando una octava—. Tú...
—No tenemos tiempo para reuniones familiares —lo interrumpió Owen, haciendo un gesto hacia la calle—. Hay más de ellos en camino. Muévete.
Subieron al todoterreno reforzado que Owen había preparado. Owen tomó el volante, mientras Deckard se sentaba en el asiento del copiloto y Han se acomodaba en la parte trasera, como si estuviera en un viaje de placer por el campo.
El silencio en el vehículo era tan denso que casi se podía tocar. Deckard no dejaba de mirar a Han a través del espejo retrovisor, como si esperara que se desvaneciera en una nube de humo.
—Entonces, cariño —dijo Deckard finalmente, usando ese tono burlón con el que intentaba ocultar su desconcierto—, no estabas muerto. Creo recordar haber hecho explotar tu auto en Tokio con bastante entusiasmo.
Han tardó un segundo en responder, mirando las luces de la ciudad pasar a toda velocidad.
—No fue tan simple —dijo al fin, sin emoción aparente.
Deckard soltó una risa corta, sin alegría, y se giró parcialmente en su asiento para observar mejor al hombre que creía haber asesinado.
—¿No fue tan simple? Te vi arder, Han. Te vi morir. Pasé meses convencido de que te había borrado del mapa para vengar a Owen. —Hizo una pausa, entrecerrando los ojos—. Entonces, cariño, ¿cómo terminaste acompañando a Owen? ¿Es esto algún tipo de broma cósmica?
Han mantuvo la vista al frente unos segundos antes de responder, su voz manteniéndose en un tono plano y controlado.
—No fue planeado. Nos encontramos en Berlín. Él quería cazar a la gente de Dante y yo... bueno, yo necesitaba un coche y alguien que disparara mejor que yo.
—No le creas, Deckard —intervino Owen desde el asiento del conductor, esquivando un camión con una maniobra brusca—. Me salvó el pellejo en Berlín. Es más útil de lo que parece para ser un fantasma.
Deckard se recostó en su asiento, cruzando los brazos sobre el pecho. No podía dejar de procesar la situación. El hombre al que había intentado ejecutar ahora estaba trabajando con su hermano menor.
—Entonces —continuó Deckard, sin quitarle la vista de encima al reflejo de Han—, ¿por qué aún no has regresado con tu equipo, cariño? ¿Los cambiaste por Owen? ¿Te gusta más el estilo de los Shaw?
—No —respondió Han de inmediato, su mirada encontrándose con la de Deckard en el espejo—. Y deja de llamarme así.
—Lo que tú digas, cariño —replicó Deckard con una sonrisa depredadora—. Aunque es raro que Owen acepte ayudar a alguien o viajar con compañía. Siempre ha sido un solitario insoportable. Así que debes ser especial, cariño.
Han suspiró, frotándose las sienes. El sarcasmo de Deckard era casi tan peligroso como sus balas.
—Si te cansas de mi hermano —añadió Deckard, bajando la voz de forma sugerente—, siempre puedes venir conmigo. Yo tengo mejores planes y, definitivamente, mejores hoteles.
Han lo miró con una frialdad que hizo que la sonrisa de Deckard flaqueara por un milisegundo.
—Tú trataste de matarme —le recordó Han.
—Eso fue en el pasado, cariño —dijo Deckard, restándole importancia con un gesto de la mano—. Las circunstancias cambian. Ahora estamos en el mismo bando, ¿no? Contra Dante. El enemigo de mi enemigo es mi... compañero de viaje.
Siguieron conduciendo por las calles secundarias de Londres, evitando las cámaras de seguridad que Owen ya había hackeado previamente. El ambiente seguía cargado de una tensión eléctrica. Deckard parecía disfrutar provocando a Han, probando sus límites.
—Entonces, cariño... —empezó Deckard de nuevo, con esa entonación arrastrada.
Antes de que Deckard pudiera terminar la frase, Han habló con una calma letal.
—Owen —dijo Han, dirigiéndose al conductor—, estoy considerando seriamente abandonar a tu hermano en la próxima esquina. O saltar del coche. Cualquiera de las dos opciones me parece mejor que escucharlo un minuto más.
Owen soltó una carcajada genuina, algo que Han no había escuchado en las dos semanas que llevaban juntos.
—Te dije que era irritante —dijo Owen—. Imagina crecer con él.
Deckard, lejos de sentirse ofendido, pareció encontrar la situación aún más divertida. Se inclinó hacia atrás, invadiendo el espacio personal de Han desde el asiento delantero.
—No respondiste a mi pregunta de por qué no estás con tu equipo, cariño —insistió Deckard—. Toretto y los demás están en apuros. Hobbs está como loco buscando al responsable de las bajas de Dante. Si regresaras, serías el héroe del día. ¿Por qué quedarte con un criminal buscado y un asesino rehabilitado?
Han apretó los puños sobre sus rodillas. La mención de Dom y los demás le dolía más de lo que estaba dispuesto a admitir, pero sabía que su "muerte" era su mayor protección para ellos en ese momento.
—Llámame así una vez más —dijo Han, su voz volviéndose tan afilada como un bisturí— y juro que te disparo. No me importa si Owen se queda sin hermano.
Deckard ensanchó su sonrisa, mostrando los dientes.
—Tienes carácter, lindura. Lo acepto. Pero de los dos, yo soy el más peligroso. No te conviene amenazarme. Sé dónde duermes, y técnicamente, ya te maté una vez.
Han lo miró fijamente a los ojos, sin parpadear, sin mostrar ni un ápice de miedo.
—No era una amenaza, Deckard —respondió Han con una seguridad que dejó el habitáculo en silencio—. Era un hecho. Si crees que salir de un coche en llamas me hizo más débil, no has estado prestando atención.
Deckard se quedó callado por un momento, evaluando la intensidad en la mirada de Han. Finalmente, se encogió de hombros y volvió a mirar hacia la carretera, aunque la chispa de diversión no abandonó su rostro.
—Me agradas, Han —admitió Deckard—. Es una lástima que tenga que seguir llamándote "cariño" solo para ver cómo se te hincha esa vena en la frente.
Owen tomó una curva cerrada y entró en un garaje subterráneo seguro en el distrito de Southwark. Los motores se apagaron y el silencio volvió a reinar, pero esta vez era diferente. Había una alianza tácita, una trinidad improbable formada por un hombre que no podía morir, un estratega que no podía perder y un asesino que no podía olvidar.
—Estamos en Londres —dijo Owen, rompiendo el momento—. Dante tiene ojos aquí, pero nosotros tenemos los dientes. Deckard, dime qué encontraste sobre la base de suministros en los muelles. Han, revisa el perímetro. Si alguien nos siguió, quiero saberlo antes de que respiren.
Han asintió y salió del coche sin decir una palabra más. Mientras se alejaba hacia la entrada del garaje, Deckard observó su espalda con una expresión pensativa.
—¿De dónde lo sacaste realmente, Owen? —preguntó Deckard en voz baja.
—Él me encontró a mí —respondió Owen, bajando del coche—. Y créeme, Deckard, es lo mejor que nos pudo haber pasado. Si queremos ganar esta guerra, necesitamos a alguien que ya haya estado en el infierno y haya regresado con ganas de tomar un snack.
Deckard se bajó también, ajustándose la chaqueta.
—Sigo pensando que es un desperdicio que no trabaje conmigo —murmuró Deckard—. Pero supongo que por ahora, me conformaré con no volver a matarlo. Al menos hasta que acabemos con Reyes.
En el exterior, Han miraba el cielo plomizo de Londres. Sacó una bolsa de frutos secos de su bolsillo y suspiró. Estaba rodeado de los hermanos Shaw, los hombres que casi destruyen a su familia, y sin embargo, se sentía más seguro allí que en cualquier otro lugar. El juego de Dante Reyes estaba a punto de volverse mucho más complicado, porque los fantasmas no solo asustan; también cazan.