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Entre el Fuego y la Niebla
El trayecto desde los muelles de Londres hacia el norte fue un ejercicio de paciencia que Han nunca pensó que tendría que realizar. El ronroneo del motor del todoterreno era lo único constante, además de la voz de Deckard Shaw, que parecía haberse propuesto como misión personal agotar la reserva de calma del hombre sentado detrás de él.
—Podrías dejar de molestarme, Shaw —dijo Han, rompiendo finalmente su silencio mientras abría con parsimonia una nueva bolsa de snacks. El sonido del plástico crujiendo pareció irritar a Deckard, lo cual era una pequeña victoria.
—Tú puedes llamarme Deckard, cariño —respondió Deckard desde el asiento del copiloto, girando levemente la cabeza con esa sonrisa de suficiencia que lo caracterizaba—. Después de todo, compartimos una historia íntima. No cualquiera sobrevive a un encuentro tan... explosivo conmigo.
Han cerró los ojos un segundo y dejó escapar un suspiro largo. El aire en el vehículo estaba cargado de una tensión extraña, una mezcla de hostilidad militar y un juego de poder que Han no estaba seguro de querer jugar.
—Owen —dijo Han, proyectando su voz hacia el conductor—, dile a tu hermano que se calle.
Owen Shaw, cuyas manos no se habían movido ni un milímetro del volante en la última hora, soltó un bufido que casi pareció una risa contenida.
—Es un Shaw, Han. No viene con botón de silencio —respondió Owen—. Y técnicamente, él es el mayor. Si lo hago callar, probablemente intentará sacarnos de la carretera.
—Qué poca fe tienes en mi autocontrol, Owen —intervino Deckard, volviendo su atención a Han—. Solo trato de ser hospitalario. No todos los días uno tiene la oportunidad de redimirse con el hombre al que envió al otro mundo.
—No te estás redimiendo —replicó Han, masticando una patata frita con lentitud—. Estás siendo un estorbo.
—Oh, cariño, el estorbo es el que no sabe apreciar la compañía —dijo Deckard, guiñándole un ojo a través del espejo retrovisor.
Dos horas después, el paisaje urbano de Londres había desaparecido por completo, reemplazado por la silueta imponente de las Highlands escocesas. La niebla se arrastraba por el suelo como un sudario gris, ocultando los desniveles del terreno. Owen conducía por caminos que no aparecían en ningún GPS comercial, ascendiendo por una ladera boscosa que parecía conducir al fin del mundo.
—Tengo un escondite en medio de la nada —anunció Deckard, señalando hacia una estructura de piedra y cristal que empezaba a asomar entre los pinos—. Podemos quedarnos ahí. Está en una montaña rodeada de bosques. Es el lugar más seguro de Gran Bretaña, fuera de los búnkeres de la Reina.
Owen asintió, reconociendo el valor táctico del lugar. Era una fortaleza moderna disfrazada de refugio de lujo.
—Nadie nos encontrará aquí —continuó Deckard, girándose por completo en su asiento para mirar a Han—. Mi habitación tiene la mejor vista, cariño. Puedo compartirla contigo si el sofá te parece demasiado... rústico.
Han simplemente lo miró con expresión inexpresiva, aunque por dentro se preguntaba en qué momento su vida se había convertido en una película de espías con un compañero de celda sociópata.
El vehículo se detuvo ante una pesada puerta de acero reforzado que se camuflaba con la piedra de la montaña. Deckard bajó primero, respirando el aire gélido con satisfacción. Owen y Han lo siguieron, manteniendo los ojos en el perímetro por puro instinto.
Deckard tecleó un código complejo en un panel oculto y la puerta se abrió con un silbido hidráulico. El interior era una mezcla de elegancia minimalista y tecnología de vanguardia. Armeros empotrados en las paredes, pantallas de vigilancia que cubrían cada ángulo del bosque y muebles de diseño que gritaban riqueza y aislamiento.
—Aquí nadie podrá encontrarnos —dijo Deckard, abriendo los brazos como si presentara un palacio—. Mi casa es tu casa, cariño.
Han avanzó unos pasos más hacia el centro de la estancia principal, sin bajar la guardia. Sus ojos escaneaban las salidas de emergencia, los puntos ciegos y la ubicación de las cámaras. Era un hábito que no podía abandonar, ni siquiera en una "fortaleza".
—La suite del centro tiene vistas al bosque —dijo Deckard, suavizando su tono, volviéndolo casi seductor mientras se acercaba a Han—. Pero mi habitación... tiene vistas únicas para ti, si decides venir, cariño.
Han se detuvo y se giró para enfrentar a Deckard. La diferencia de altura era mínima, pero la intensidad entre ambos era palpable. Owen, al fondo, ya estaba revisando los sistemas de armas, ignorando deliberadamente el intercambio.
—Es una fortaleza —comentó Han, ignorando la invitación y señalando los muros de hormigón reforzado.
Deckard acortó la distancia, invadiendo el espacio personal de Han hasta que pudo oler el aroma a tabaco y snacks que siempre lo rodeaba.
—Ya que dices que es una fortaleza —susurró Deckard, su voz volviéndose una vibración baja en el pecho—, ¿qué tal si cierro todas las puertas contigo adentro, cariño? Prometo que me quedaré a tu lado para que no te sientas... atrapado.
Han no retrocedió. Sostuvo la mirada de Deckard con una calma que parecía descolocar al británico.
—Si cierras esas puertas conmigo adentro, Deckard —dijo Han con voz pausada—, asegúrate de que sea porque quieres protegerme de Dante, y no porque tienes miedo de lo que yo podría hacerte si me dejas libre.
Deckard soltó una carcajada seca, pero sus ojos no se apartaron de los de Han. Había un respeto peligroso creciendo entre ellos, una chispa de algo que iba más allá de la enemistad pasada.
—Me gusta cómo piensas, lindura —dijo Deckard, dando un paso atrás pero manteniendo la sonrisa—. Owen, prepara el sistema de vigilancia perimetral. Han y yo vamos a... discutir la logística de las habitaciones.
—Yo dormiré en el taller —intervino Owen sin levantar la vista de su tableta—. No quiero estar cerca de lo que sea que ustedes dos estén haciendo.
Han suspiró, caminando hacia la cristalera que daba al bosque. La vista era, efectivamente, impresionante. El bosque se extendía como un mar verde oscuro bajo la luz de la luna, y la soledad del lugar era absoluta.
—¿Por qué haces esto, Deckard? —preguntó Han, sin darse la vuelta—. Intentaste matarme. Destruiste mi vida en Tokio. Y ahora actúas como si fuéramos viejos amigos en unas vacaciones de invierno.
Deckard se acercó a la cristalera, parándose a un lado de Han. Por un momento, el sarcasmo desapareció de su rostro, dejando ver al hombre que había pasado años en las operaciones más oscuras del gobierno británico.
—En nuestro mundo, Han, la muerte es solo una interrupción —dijo Deckard, mirando hacia la oscuridad del bosque—. Te maté porque era lo que mi código exigía en ese momento. Pero ahora... ahora el mundo está cambiando. Dante Reyes es un animal diferente. Y tú... tú eres un activo que no puedo permitirme perder de nuevo.
—¿Un activo? —Han soltó una risa amarga—. ¿Eso es lo que soy para ti?
—Eres el único que ha logrado que me arrepienta de un trabajo bien hecho —confesó Deckard, volviendo a usar ese tono arrastrado—. Y eso, cariño, te hace extremadamente especial.
Han guardó silencio. No sabía si creerle o si aquello era otra capa de manipulación de los Shaw. Sin embargo, mientras observaba el reflejo de Deckard en el cristal, se dio cuenta de que no sentía el odio que debería sentir. Había cansancio, sí, y una extraña curiosidad por ver hasta dónde llegaría este juego.
—No voy a dormir en tu habitación —sentenció Han finalmente.
—Ya veremos, cariño —replicó Deckard, dándole una palmadita en el hombro antes de alejarse hacia la cocina—. La noche es larga y el frío de Escocia cala hasta los huesos. Quizás cambies de opinión cuando la calefacción "accidentalmente" falle en el resto de la casa.
Han lo vio alejarse y luego miró a Owen, quien seguía sumergido en sus mapas tácticos.
—Tienen una forma muy extraña de pedir perdón —murmuró Han.
—Los Shaw no pedimos perdón —respondió Owen sin mirarlo—. Sobrevivimos. Y te estamos haciendo sobrevivir con nosotros. Acéptalo, Han. Eres parte de la manada ahora, te guste o no.
Han se apoyó contra el cristal frío. Sabía que en algún lugar de la Agencia, Hobbs y Dom estarían moviendo cielo y tierra para encontrar a los responsables de las bajas de Dante. No sabían que la respuesta estaba en una montaña escocesa, custodiada por los dos hermanos más peligrosos de Europa y un hombre que se negaba a quedarse muerto.
—Mañana salimos a por el siguiente grupo —dijo Owen, rompiendo el silencio—. Dante tiene una terminal de datos en Edimburgo. Si la tomamos, tendremos acceso a su red de satélites.
—Yo conduciré —dijo Han.
—Ni hablar —gritó Deckard desde la cocina—. ¡En esta casa, el que pone el escondite, conduce el coche, cariño!
Han cerró los ojos y sonrió levemente. Quizás, después de todo, estar muerto no era tan aburrido como recordaba. Pero una cosa era segura: si iba a cazar a Dante con los Shaw, el mundo entero iba a enterarse de que el fantasma de Tokio había regresado, y esta vez, traía refuerzos británicos.