A
Lazos de Sangre, Balas de Plata
El invierno en Londres no perdonaba. Una lluvia fina y persistente, esa neblina gélida que calaba los huesos, envolvía las calles de Southwark. Owen Shaw se movía con dificultad por un callejón estrecho, presionando una mano contra su costado. El tejido de su chaqueta técnica estaba empapado, no solo de agua, sino de un calor pegajoso que delataba la herida de bala.
—Owen, no te detengas —la voz de Deckard retumbó a sus espaldas, tensa y cargada de una furia gélida—. Tenemos a dos equipos de contratistas de Dante a menos de tres manzanas. Si te desmayas aquí, te juro que te arrastraré por el asfalto.
—Cierra la boca, Deckard —gruñó Owen, aunque su respiración era un silbido errático—. Solo necesito un segundo para...
El sonido de un motor rugiendo a lo lejos cortó sus palabras. No era un motor cualquiera; era el bramido de un bloque de alta cilindrada, un sonido que no pertenecía al ordenado tráfico londinense. Luces blancas cegadoras barrieron las paredes de ladrillo del callejón. Dos todoterrenos negros bloquearon la salida trasera, y del frente, un grupo de hombres armados con subfusiles empezó a avanzar con precisión militar.
Los hermanos Shaw estaban acorralados. Deckard sacó su última pistola, verificando el cargador con un movimiento seco. Sabía que las probabilidades eran nulas. Estaban heridos, sin munición pesada y rodeados por los perros de presa de Dante Reyes.
—Ha sido un placer, hermanito —murmuró Deckard, colocándose frente a Owen para cubrirlo con su propio cuerpo.
De repente, el estruendo de unos neumáticos chirriando contra el pavimento mojado rompió la tensión. Un Mazda RX-7 veloide, pintado de un negro mate que absorbía la poca luz de las farolas, entró en el callejón marcha atrás a una velocidad suicida. El coche giró sobre su propio eje en un "J-turn" perfecto, golpeando a dos de los mercenarios y lanzándolos contra las cajas de basura.
La ventanilla del conductor bajó lentamente. Han Seoul-Oh, con una bolsa de snacks en la mano y una calma que desafiaba toda lógica, miró a los hermanos Shaw.
—Parece que necesitan un taxi —dijo Han, metiéndose un fruto seco en la boca—. Subid. Ahora.
Deckard se quedó paralizado por una fracción de segundo, la incredulidad luchando contra su instinto de supervivencia. Owen, menos orgulloso en ese momento de agonía, se lanzó hacia la puerta trasera.
—¡Muévete, Deckard! —gritó Owen mientras se desplomaba en el asiento de cuero.
Deckard reaccionó, saltando al asiento del copiloto justo cuando una lluvia de balas empezaba a granizar contra la carrocería reforzada del Mazda. Han no mostró ni un ápice de pánico. Metió primera, el motor rugió como una bestia herida y el coche salió disparado hacia la salida principal, esquivando los todoterrenos con una maniobra de drifting que solo alguien que hubiera dominado las calles de Tokio podría ejecutar.
—¿De dónde demonios has salido? —preguntó Deckard, agarrándose al asidero mientras Han esquivaba un autobús de dos pisos por apenas unos centímetros.
—Londres es pequeño cuando sabes qué frecuencias de radio interceptar —respondió Han, manteniendo la vista en el retrovisor—. Os seguían desde el aeropuerto. Owen es un estratega brillante, pero deja un rastro de sangre muy fácil de oler.
—Me alegra verte, Han —logró decir Owen desde atrás, con la voz debilitada—. Creí que estarías en algún lugar del Pacífico disfrutando de tu libertad.
—La libertad es aburrida si Dante Reyes sigue respirando —dijo Han con sencillez—. Además, os debía una por lo de Grecia. Ahora estamos en paz de verdad.
—En paz —repitió Deckard, su voz recuperando ese tono posesivo y oscuro mientras observaba el perfil de Han bajo las luces de neón de la ciudad—. Todavía no entiendes que "en paz" no está en mi vocabulario, cariño.
El Mazda se perdió en el laberinto de túneles bajo el Támesis, dejando atrás las sirenas y el caos. Han condujo durante veinte minutos, realizando cambios de sentido aleatorios y atravesando garajes privados para sacudirse cualquier posible rastreador. Finalmente, se detuvieron en un almacén aparentemente abandonado en las afueras de Greenwich.
Al apagar el motor, el silencio resultó ensordecedor. Han suspiró y se pasó una mano por el pelo, soltando finalmente la tensión de sus hombros.
—Bajad. Tengo equipo médico dentro —dijo Han, abriendo su puerta.
Deckard no se movió de inmediato. Se quedó mirando a Han con una intensidad que habría intimidado a cualquiera. Habían pasado tres meses desde que Han escapó de las Azores, tres meses en los que Deckard había movido cielo y tierra para encontrarlo, solo para que el hombre apareciera por su propia voluntad para salvarles la vida.
—Me mentiste —dijo Deckard en voz baja—. Owen dijo que te habías ido para siempre.
—Tenía que hacerlo, Deckard —respondió Han, bajando del coche y ayudando a Owen a salir de la parte trasera—. Tu idea de "hospitalidad" es un poco asfixiante. Pero los tiempos cambian. Dante ha atacado a la familia en Los Ángeles. Necesitamos trabajar juntos, nos guste o no.
Ayudaron a Owen a sentarse en una camilla de campaña dentro del almacén. Han, con movimientos expertos, empezó a limpiar la herida de Owen. Deckard observaba cada gesto, cada roce de los dedos de Han sobre la piel de su hermano, sintiendo una mezcla corrosiva de gratitud y deseo de control.
—¿Por qué has vuelto, Han? —preguntó Deckard, caminando hacia él hasta invadir su espacio personal—. Podrías haber desaparecido. Podrías haber regresado con Toretto. ¿Por qué buscarnos a nosotros?
Han dejó las pinzas quirúrgicas y miró a Deckard a los ojos. No había rastro de miedo en él, solo un cansancio infinito.
—Porque Toretto juega bajo unas reglas que Dante ya ha roto —explicó Han—. Vosotros no tenéis reglas. Para ganar esta guerra, necesito a los monstruos, no a los héroes.
Deckard acarició la culata de su arma, una sonrisa lenta y peligrosa curvando sus labios.
—Me gusta que nos llames monstruos, cariño —susurró Deckard—. Pero debes saber una cosa. Ahora que has vuelto a entrar en mi órbita por tu propio pie, no voy a cometer el error de dejar la puerta abierta de nuevo.
—No soy tu prisionero, Deckard —dijo Han, volviendo su atención a Owen—. Soy un aliado. En cuanto Dante caiga, me iré. Y esta vez, no habrá botes en la cala sur que puedas vigilar.
—Ya veremos —replicó Deckard—. Por ahora, tenemos una ciudad llena de gente que quiere vuestras cabezas. Owen necesita descansar y tú necesitas un arma mejor que ese coche japonés.
—El coche japonés nos ha salvado el cuello —intervino Owen, siseando de dolor mientras Han vendaba su costado—. No empieces con tu nacionalismo británico ahora, Deckard.
Pasaron las horas. Londres seguía bajo la lluvia, y el almacén se convirtió en una burbuja de tensión compartida. Mientras Owen dormía bajo el efecto de los analgésicos, Han se sentó en un banco de trabajo a limpiar su pistola. Deckard no se había movido de una esquina oscura, observándolo como un depredador que vigila a su presa favorita.
—¿Sabes qué es lo que más me molestó de que te fueras, cariño? —preguntó Deckard de repente, rompiendo el silencio.
Han no levantó la vista.
—¿Que no pudiste tener la última palabra?
—No —dijo Deckard, caminando hacia la luz—. Fue que me di cuenta de que tenías razón. Te traté como a un activo. Como algo que poseer. Y un hombre como tú... un hombre que ha engañado a la muerte tantas veces como yo... no se deja poseer fácilmente.
Han dejó el arma sobre la mesa y miró a Deckard.
—Entonces, ¿qué ha cambiado?
—He cambiado la estrategia —respondió Deckard, deteniéndose justo frente a él—. Ya no voy a encerrarte en una isla. Voy a hacer que este mundo sea tan peligroso para ti, que el único lugar donde te sientas seguro sea a mi lado. Voy a ser tu sombra, Han. Donde tú vayas, yo estaré. Si disparas, yo seré la bala. Si caes, yo seré el suelo.
Han soltó una risa amarga.
—Eso suena sospechosamente a una amenaza, Deckard.
—Es una promesa —corrigió el británico, extendiendo una mano para rozar la mejilla de Han con el dorso de sus dedos. Han se tensó, pero no se apartó—. Te maté una vez en Tokio. Pasé años cargando con eso. No voy a permitir que nadie más, ni siquiera tú mismo, te quite de mi vista otra vez.
—Dante Reyes viene a por todos nosotros —dijo Han, intentando recuperar la frialdad—. No tenemos tiempo para tus obsesiones románticas distorsionadas.
—Oh, tenemos todo el tiempo del mundo —dijo Deckard, su voz volviéndose un susurro ronco—. Porque mientras estemos en este almacén, mientras estemos en esta ciudad, tú eres mío. Y cuando esto acabe, Han... cuando Dante sea ceniza... tú y yo vamos a tener una conversación muy larga sobre dónde termina tu libertad y dónde empiezo yo.
Han se puso de pie, rompiendo el contacto físico. Se acercó a la ventana para vigilar la calle, donde las luces de las patrullas de policía empezaban a reflejarse en los charcos.
—Vienen hacia aquí —anunció Han, cambiando de tema instantáneamente—. El rastreador que pusiste en el coche de los mercenarios ha debido de ser detectado. Tenemos cinco minutos antes de que derriben la puerta.
Deckard se enderezó, su modo de combate activándose como un interruptor. La obsesión dio paso a la eficiencia letal en un parpadeo.
—Owen, despierta —ordenó Deckard, lanzándole un chaleco antibalas a su hermano—. Tenemos compañía.
Owen se levantó con un gruñido, agarrando su subfusil. A pesar de la herida, sus ojos brillaban con la chispa de la batalla.
—¿Cuál es el plan? —preguntó Owen.
—El plan es el de siempre —dijo Deckard, mirando a Han de reojo—. Salimos disparando. Han conduce. Y si alguien intenta tocar al conductor, yo me encargo de que no tenga manos para volver a empuñar un arma.
Han revisó su cargador y asintió.
—Hay un túnel de servicio que conecta con el alcantarillado a cien metros. Si llegamos allí, podemos salir al río. Tengo una lancha preparada.
—Siempre tan precavido, cariño —comentó Deckard, colocándose a su lado mientras la primera granada de aturdimiento estallaba contra la puerta principal del almacén—. Por eso me encantas.
La puerta voló en mil pedazos y el aire se llenó de humo y gritos. Los tres hombres se movieron como una sola entidad, una trinidad de violencia y precisión. Owen cubría el flanco bajo, sus ráfagas cortas y controladas mantenían a raya a los primeros asaltantes. Han se movía con una agilidad sorprendente, usando el entorno para flanquear a los enemigos, mientras Deckard era el martillo, avanzando de frente con una ferocidad que hacía retroceder incluso a los mercenarios más curtidos.
—¡Al túnel! —gritó Han, lanzando una granada de humo para cubrir su retirada.
Corrieron por el pasaje estrecho, el sonido de sus botas resonando en el hormigón. Deckard se detuvo un momento para colocar una carga explosiva en el techo del túnel.
—Un pequeño regalo de despedida —dijo Deckard antes de activar el detonador.
El estruendo del derrumbe selló el camino tras ellos, dejando a sus perseguidores sepultados bajo toneladas de escombros. Salieron a la orilla del Támesis, donde una lancha rápida de color negro esperaba mecida por la corriente.
Han saltó a los mandos y encendió los motores. El sonido era un rugido sordo que se perdía en el murmullo del río. Deckard ayudó a Owen a subir y luego se sentó justo detrás de Han, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo tras la adrenalina del combate.
—Buen trabajo, Han —dijo Owen, dejándose caer en los asientos traseros—. Si sigues salvándonos así, voy a empezar a pensar que realmente nos tienes cariño.
Han no respondió, concentrado en navegar por las aguas oscuras del río, esquivando las boyas y los restos de naufragios.
—No es cariño, Owen —dijo Deckard, observando el perfil de Han recortado contra las luces del Tower Bridge—. Es destino. Él lo sabe, aunque le cueste admitirlo.
Han giró el volante con fuerza, haciendo que la lancha se inclinara bruscamente, obligando a Deckard a agarrarse para no perder el equilibrio.
—Menos hablar y más vigilar la retaguardia, Shaw —replicó Han con una pizca de irritación—. Todavía no hemos salido de Londres.
Deckard soltó una carcajada corta y seca, una que denotaba una satisfacción genuina. Estaba en una lancha robada, perseguido por media ciudad, con su hermano herido y el hombre que amaba y odiaba a partes iguales al timón. Para un Shaw, aquello era lo más parecido a la perfección.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto, Han? —preguntó Deckard, acercándose a su oído para que su voz se oyera por encima del viento y el motor—. Que ahora que estamos juntos de nuevo, el juego de Dante Reyes se ha acabado. Él cree que nos está cazando, pero no tiene ni idea de lo que pasa cuando un fantasma y dos monstruos deciden devolver el golpe.
Han miró por un segundo a Deckard a través del reflejo del parabrisas. Vio la determinación maníaca en sus ojos y, por primera vez, sintió que quizás, solo quizás, la obsesión de Deckard era la herramienta necesaria para acabar con la pesadilla de Dante.
—Solo conduce, Han —dijo Owen desde atrás—. Deja que mi hermano se encargue de la poesía de guerra. Tú solo sácanos de aquí.
La lancha aceleró, dejando una estela de espuma blanca en el Támesis. Londres quedaba atrás, sumergida en su niebla y su indiferencia, mientras tres de los hombres más peligrosos del mundo se adentraban en la noche. Han sabía que la libertad que tanto anhelaba estaba más lejos que nunca, encadenada a la voluntad de hierro de Deckard Shaw. Pero mientras sentía la mirada del británico quemándole la nuca, Han también supo que, en esta extraña y retorcida alianza, Dante Reyes no tenía ninguna oportunidad.
La cacería había comenzado, pero esta vez, los depredadores estaban unidos por la sangre, el acero y una promesa de posesión que ni la muerte misma podría romper. Han Seoul-Oh estaba vivo, los Shaw estaban de vuelta, y el mundo estaba a punto de arder bajo sus pies.