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El Precio de la Libertad

La brisa de las Azores era distinta a la de Grecia; era más húmeda, cargada de una salinidad que calaba hasta los huesos y un aislamiento que pesaba en el pecho. En la terraza de la villa privada, Han observaba el océano Atlántico, cuyas olas rompían con furia contra los acantilados de roca volcánica. Había pasado una semana desde que llegaron a este refugio y el silencio, que antes era su aliado, empezaba a asfixiarlo.

Owen Shaw estaba sentado a unos metros, revisando una serie de informes encriptados en su tableta. Su presencia era constante, una sombra eficiente que garantizaba que nada ni nadie perturbara la paz impuesta por su hermano mayor.

Han dejó la bolsa de frutos secos vacía sobre la mesa de madera y se puso de pie. No miró a Owen, sino al horizonte, donde el cielo y el mar se fundían en un gris infinito.

—Me voy, Owen —dijo Han. Su voz era tranquila, desprovista de drama, pero cargada de una finalidad absoluta.

Owen no levantó la vista de inmediato. Sus dedos siguieron moviéndose sobre la pantalla un par de segundos más antes de detenerse. Lentamente, dejó la tableta sobre sus rodillas y fijó sus ojos fríos en el hombre que había rescatado de las calles de Berlín.

—No es un buen momento para hacer turismo, Han —respondió Owen—. Dante sigue activo. La Agencia está patrullando el Mediterráneo y tu "familia" está bajo vigilancia constante. Fuera de aquí, eres un blanco móvil.

—He sido un blanco móvil toda mi vida —replicó Han, girándose para encararlo—. Agradezco lo que hiciste en Berlín. Agradezco la cabaña y los suministros. Pero esta jaula, por muy lujosa que sea y por muy buenas vistas que tenga, sigue siendo una jaula. Y no me gusta que me cierren la puerta por fuera.

Owen se puso de pie, adoptando esa postura rígida que recordaba a su pasado en el ejército.

—No es una jaula, es un búnker —corrigió Owen—. Y mi hermano ha invertido mucho tiempo y recursos en asegurar que este lugar sea invisible. Si te vas ahora, comprometes nuestra seguridad y la tuya.

—Tu hermano es el problema, Owen —Han dio un paso adelante, acortando la distancia—. Deckard no me está protegiendo. Me está coleccionando. Y ambos sabemos que su paciencia tiene un límite, igual que la mía. No voy a esperar a que decida que la mejor forma de mantenerme a salvo es ponerme grilletes.

—¿A dónde irías? —preguntó Owen, cruzando los brazos—. ¿Con Toretto? ¿Para que Dante los use a todos como carnada en su próximo juego de demolición?

—Eso no es asunto tuyo —dijo Han—. He muerto una vez, Owen. El miedo a lo que pueda pasar ya no es una moneda que puedas usar conmigo. Mañana al amanecer, tomaré uno de los botes.

—No vas a tomar nada, cariño.

La voz de Deckard Shaw llegó desde el umbral de la puerta acristalada, tan afilada y peligrosa como una navaja automática. Entró en la terraza con esa zancada felina, vestido con un traje de lino que parecía fuera de lugar en una isla remota, pero que en él lucía como una armadura. Su mirada no era de sorpresa, sino de una decepción calculada.

—Estaba escuchando desde el pasillo —continuó Deckard, acercándose a Han hasta quedar a escasos centímetros—. Y debo decir que me duele tu falta de gratitud. Te salvé de las cenizas de Tokio, te di un hogar y he eliminado a cada mercenario que se atrevió a poner precio a tu cabeza. ¿Y así es como me pagas? ¿Con una huida nocturna?

—No es una huida si te lo estoy diciendo a la cara —respondió Han, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Es una salida. He cumplido mi parte. Ayudé a Owen con las células de Dante en Berlín, París y Grecia. Estamos a mano.

Deckard soltó una risa seca, una que no llegó a sus ojos.

—Nunca estaremos a mano —susurró Deckard, inclinándose hacia Han—. Te debo una vida, Han. Y tengo la intención de pagártela día a día, durante los próximos cincuenta años. No vas a irte a ninguna parte. No mientras yo respire.

—No puedes retenerme aquí para siempre, Deckard —dijo Han, su voz bajando a un tono letal—. No soy Letty, no he perdido la memoria. Sé exactamente quién eres y sé lo que hiciste. Si intentas detenerme, uno de los dos no saldrá caminando de esta terraza.

La tensión en el aire se volvió física. Owen dio un paso atrás, no por miedo, sino para evaluar la situación. Conocía a su hermano; sabía que Deckard estaba a un segundo de perder el control y convertir su obsesión en violencia. Pero también conocía a Han, y sabía que el hombre de los snacks era mucho más peligroso de lo que su actitud relajada sugería.

—Owen —dijo Deckard sin apartar los ojos de Han—, déjanos solos.

—Deckard, no hagas una estupidez —advirtió Owen—. Si lo lastimas, perderás lo único por lo que has estado trabajando estas semanas.

—He dicho que nos dejes solos —repitió Deckard, su voz vibrando con una autoridad que no admitía réplica.

Owen miró a Han por última vez, una mirada que decía "te lo advertí", y se retiró al interior de la villa, cerrando las puertas tras de sí.

Han y Deckard se quedaron solos frente al océano. El viento agitaba el cabello de Han, pero él permanecía como una estatua de sal.

—¿Crees que Toretto te recibirá con los brazos abiertos? —preguntó Deckard, rompiendo el silencio—. Después de que descubran que has estado trabajando con el hombre que intentó matarlos a todos, que has estado oculto mientras ellos enterraban a sus muertos... Te verán como un traidor, Han. O peor, como un extraño.

—Ellos son mi familia —respondió Han—. Me aceptarán porque eso es lo que hace la familia. Algo que tú pareces entender solo cuando se trata de sangre y venganza.

Deckard dio un paso lateral, rodeando a Han como un tiburón rodeando a una presa herida.

—La familia es una debilidad que Dante está explotando —dijo Deckard—. Aquí, conmigo, no tienes debilidades. Eres un fantasma en una fortaleza. Te ofrezco el mundo, Han. Te ofrezco seguridad, poder y una lealtad que esos corredores de coches no pueden ni imaginar.

—Me ofreces una celda con cortinas de seda —replicó Han—. No quiero tu mundo, Deckard. Quiero el mío.

En un movimiento repentino, Deckard agarró a Han por la solapa de su chaqueta y lo empujó contra la barandilla de piedra de la terraza. Han reaccionó instantáneamente, golpeando el brazo de Deckard y buscando un punto de presión en su cuello, pero el británico era más rápido y más fuerte. En segundos, ambos estaban enzarzados en una lucha sorda, una danza de agarres y bloqueos que buscaba la sumisión, no la muerte.

—¡Quédate conmigo! —rugió Deckard, inmovilizando los brazos de Han contra el muro—. ¡Te daré todo lo que desees! ¿Quieres Tokio? Te compraré el distrito de Shibuya entero. ¿Quieres venganza? Te traeré la cabeza de Dante en una bandeja de plata. Pero no me pidas que te deje volver a ese mundo de mediocres.

Han, jadeando por el esfuerzo, logró liberar una mano y golpeó a Deckard en la mandíbula, obligándolo a retroceder.

—No entiendes nada —dijo Han, limpiándose un hilo de sangre del labio—. No se trata de lo que puedas comprarme. Se trata de que no eres tú quien decide mi destino. Ya me "mataste" una vez, Deckard. No te daré el gusto de hacerlo dos veces convirtiéndome en tu mascota.

Deckard se tocó la mandíbula, sus ojos encendidos con una furia que bordeaba la locura.

—Si cruzas esa puerta —dijo Deckard, su voz ahora extrañamente calmada, lo cual era mucho más aterrador—, te cazaré. No como un aliado, no como un amigo. Te buscaré como el objetivo que fuiste en Tokio. Y esta vez, me aseguraré de quedarme hasta que el fuego se apague.

Han lo miró con una tristeza profunda.

—Entonces hazlo —dijo Han—. Prefiero morir huyendo que vivir en tu paraíso.

Han se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la salida de la terraza. Esperaba el impacto de una bala, o el peso de Deckard cayendo sobre él, pero solo hubo silencio.

Cruzó el salón, donde Owen estaba apoyado contra la pared con los brazos cruzados. El menor de los Shaw lo observó pasar con una expresión indescifrable.

—El bote está en la cala sur —dijo Owen en voz baja—. Las llaves están puestas. Tienes combustible para llegar a la isla vecina. A partir de ahí, estás solo.

Han se detuvo un momento, asintiendo levemente hacia Owen.

—Gracias, Owen. Por lo de Berlín.

—Vete de aquí, Han —respondió Owen—. Antes de que cambie de opinión o antes de que mi hermano decida quemar el muelle contigo encima.

Han no necesitó que se lo dijeran dos veces. Salió de la villa y descendió por el sendero empinado hacia la cala. El aire nocturno era frío, pero se sentía como la libertad. Al llegar al pequeño bote motorizado, saltó a bordo y encendió el motor. El rugido de la máquina rompió la paz de la noche.

Mientras se alejaba de la costa, Han miró hacia atrás. En lo alto del acantilado, la silueta de la villa se recortaba contra la luna. Pudo ver una figura solitaria de pie en la terraza, observándolo partir. Sabía que era Deckard. Y sabía que esto no era el final, sino el comienzo de un nuevo tipo de persecución.

Deckard Shaw permaneció inmóvil mientras las luces del bote desaparecían en la inmensidad del Atlántico. Owen apareció a su lado, guardando sus manos en los bolsillos.

—Lo dejaste ir —comentó Owen.

—No lo dejé ir —corrigió Deckard, su voz era un susurro gélido—. Le estoy dando una ventaja.

—Deckard, déjalo en paz. Ya ha tenido suficiente.

Deckard giró la cabeza hacia su hermano, y Owen vio algo en sus ojos que nunca había visto antes: no era solo obsesión, era una promesa inquebrantable.

—Él cree que la libertad es estar lejos de mí —dijo Deckard—. Pero pronto se dará cuenta de que el mundo exterior es mucho más cruel que yo. Y cuando Dante lo encuentre, cuando la Agencia lo acorrale... yo estaré allí. Y esa vez, Owen, él mismo me pedirá que cierre la puerta.

—¿Y si no lo hace? —preguntó Owen—. ¿Y si realmente llega con Toretto y desaparece de tu alcance?

Deckard miró de nuevo hacia el mar oscuro.

—Nadie desaparece de mi alcance, Owen. Ni siquiera un muerto.

Mientras tanto, a bordo del bote, Han Seoul-Oh sacó una bolsa de snacks del compartimento de la consola y la abrió con los dientes. El sabor salado le devolvió una sensación de normalidad. Sabía que los Shaw eran como una mancha de aceite: difíciles de quitar y propensos a expandirse. Pero por ahora, tenía el mar, tenía un motor y tenía un nombre que el mundo empezaba a recordar.

El juego de Dante Reyes seguía ahí fuera, y la familia Toretto estaba en peligro. Han sabía que su regreso causaría un terremoto, pero prefería el caos de sus amigos que la paz de sus enemigos.

Aceleró el motor, dejando atrás la isla de los Shaw. El fantasma de Tokio volvía a casa, y aunque sabía que Deckard Shaw estaría siguiendo su rastro como un sabueso incansable, Han sonrió por primera vez en semanas.

—Cariño —susurró Han para sí mismo, imitando con sarcasmo el tono de Deckard—, vas a tener que correr mucho más rápido si quieres alcanzarme.

La oscuridad del Atlántico lo envolvió, pero Han ya no tenía miedo a las sombras. Después de todo, él era la sombra más escurridiza de todas. Y la caza, tal como Owen había dicho una vez, acababa de cambiar de bando de nuevo. Solo que esta vez, el premio no era la venganza, sino la supervivencia de lo único que Han aún valoraba: su derecho a elegir su propio camino, incluso si ese camino lo llevaba directo al centro de la tormenta.