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Lazos de Sangre y Pólvora

El aire gélido de las tierras salvajes de Canadá aún parecía impregnado en la ropa de Han cuando aterrizaron en suelo británico. Owen había sido implacable en las montañas del norte; un grupo de mercenarios de élite de Dante Reyes, especializados en rastreo ártico, había sido borrado del mapa en menos de una hora. Para el mundo, y especialmente para el equipo de Toretto, aquello era un misterio absoluto.

En el centro de mando provisional de la Agencia, Luke Hobbs observaba una pantalla táctil con una mueca de satisfacción contenida.

—Canadá está limpio —informó Hobbs, cruzando sus brazos como vigas de acero—. Otro grupo de choque de Reyes ha sido eliminado. Los encontraron esparcidos por la nieve como piezas de un rompecabezas mal armado.

—Es Owen —afirmó Tej, ajustando sus gafas mientras revisaba los patrones de ataque—. El estilo es inconfundible. Es quirúrgico, frío y no deja testigos. Pero sigo sin entenderlo. Owen Shaw no es de los que juegan a ser el ángel de la guarda.

—No lo hace por nosotros —dijo Roman, suspirando mientras miraba una foto de Han en su tableta—. Lo hace por él. Pero desearía que Han estuviera aquí. Él siempre sabía cómo lidiar con tipos como los Shaw.

El equipo guardó un silencio fúnebre. Para ellos, Han era una sombra más en el muro de los caídos, una herida que no terminaba de cerrar. No tenían idea de que, en ese mismo instante, el hombre que lloraban estaba bajando de un jet privado en un aeródromo clandestino a las afueras de Londres, caminando hombro con hombro con el hombre que los estaba "protegiendo".

Londres se sentía diferente esta vez. El ambiente estaba cargado de una tensión eléctrica. Owen no se detuvo a admirar el paisaje urbano; su rostro estaba rígido, sus ojos fijos en una señal encriptada que parpadeaba en su teléfono.

—Deckard está en problemas —dijo Owen, su voz cortante como una cuchilla—. Mi hermano es un arrogante, pero no envía señales de auxilio a menos que esté rodeado por un ejército.

—Entonces iremos a sacarlo —respondió Han, metiéndose las manos en los bolsillos de su chaqueta con esa calma imperturbable que siempre desconcertaba a Owen.

La ubicación era un antiguo complejo industrial en los muelles, un lugar que Deckard Shaw solía usar como refugio seguro. Al llegar, el sonido de los disparos ya resonaba contra las paredes de ladrillo visto. Había al menos veinte hombres de Reyes rodeando la entrada principal, armados hasta los dientes.

Owen no esperó. Aceleró el Range Rover blindado, embistiendo la barricada improvisada, mientras Han abría fuego desde la ventana del copiloto con una precisión que obligó a los mercenarios a buscar cobertura.

—¡Muévete, Han! —gritó Owen saltando del vehículo antes de que este se detuviera por completo.

Entraron en el edificio bajo una lluvia de balas. En el centro del almacén, tras una pila de contenedores de acero, Deckard Shaw estaba recargando su última revista, con la camisa manchada de sangre y una expresión de fastidio absoluto. Al ver a su hermano entrar disparando, una chispa de alivio cruzó sus ojos, pero esa expresión se transformó rápidamente en una de puro shock cuando vio a la figura que cubría la retaguardia de Owen.

—¿Owen? —Deckard disparó a un enemigo que asomaba por una pasarela superior—. ¿Qué demonios haces aquí?

—Salvarte el pellejo, como de costumbre —respondió Owen, lanzándole una granada cegadora a un grupo que intentaba flanquearlos.

Deckard se puso en pie, moviéndose con la agilidad de un depredador, pero sus ojos se clavaron en Han, que acababa de derribar a dos hombres con disparos certeros al pecho.

—¿Lue? —Deckard soltó una carcajada seca, casi incrédula, mientras seguía disparando—. Esto tiene que ser una alucinación por la pérdida de sangre.

—Menos charla y más correr —intervino Han, indicando con la cabeza hacia la salida trasera—. Vienen más en camino.

Lograron abrirse paso hasta un segundo vehículo de escape que Owen había dejado preparado en un callejón cercano. Deckard se desplomó en el asiento trasero, presionando una herida en su costado, mientras Han tomaba el volante y Owen se situaba en el asiento del pasajero para vigilar los espejos.

El silencio que siguió al estruendo de la batalla fue casi incómodo. Deckard, a pesar del dolor, no dejaba de observar la nuca de Han a través del retrovisor.

—Entonces, cariño... no estabas muerto —dijo Deckard finalmente, con ese tono socarrón y peligroso que lo caracterizaba—. Creo recordar haber hecho explotar tu auto en Tokio con bastante entusiasmo.

Han tardó un segundo en responder, manteniendo la vista fija en la carretera mientras realizaba un giro brusco para perder a una patrulla enemiga.

—No fue tan simple —dijo al fin, sin emoción aparente.

Deckard se inclinó hacia adelante, ignorando el pinchazo de dolor en su costado, observando la interacción casi instintiva entre su hermano menor y el hombre que él mismo había intentado asesinar.

—¿Cómo terminaste acompañando a Owen, cariño? —preguntó Deckard, arqueando una ceja—. Mi hermano no suele recoger mascotas por el camino, y mucho menos a las que yo he intentado enviar al otro mundo.

Han mantuvo la vista al frente unos segundos antes de responder, su voz era un murmullo bajo que compitía con el rugido del motor.

—No fue planeado. Nos encontramos en Londres mientras nos cazaban. Resultó que teníamos los mismos enemigos.

Deckard soltó un silbido bajo, mirando a Owen, quien permanecía inusualmente callado, limpiando una mancha de sangre de su chaqueta.

—¿Los mismos enemigos? —Deckard se recostó, soltando una risita—. Qué conmovedor. El cazador y la presa uniendo fuerzas.

Lograron llegar a un piso franco seguro en las afueras de la ciudad, un búnker subterráneo oculto bajo una tienda de antigüedades. Una vez que Deckard estuvo sentado y Owen comenzó a vendarle la herida con manos bruscas pero expertas, la conversación se volvió más afilada.

—Dime una cosa, cariño —dijo Deckard, mirando directamente a Han, quien estaba apoyado contra una pared, observando la escena con una bolsa de snacks que acababa de encontrar en un estante—. ¿Por qué aún no has regresado con tu equipo? Toretto y los demás andan por ahí llorando tu pérdida como si fueras un santo. ¿Acaso los cambiaste por Owen?

—No —respondió Han con frialdad—. Y deja de llamarme así.

—Lo que tú digas, cariño —replicó Deckard con una sonrisa depredadora—. Pero es curioso. Owen no ayuda a nadie a menos que haya un beneficio muy claro. El hecho de que te tenga a su lado, viajando por medio mundo y eliminando células de Reyes juntos... es raro. Debes ser muy especial para él.

Owen apretó el vendaje con más fuerza de la necesaria, provocando un gruñido de Deckard.

—Cierra la boca, Deckard —ordenó Owen sin mirarlo—. Han es eficiente. Es el único que puede seguirme el ritmo sin que tenga que preocuparme por cubrirle las seis cada cinco minutos.

Deckard miró a su hermano y luego a Han, notando la sutil tensión eléctrica que flotaba entre ellos, una familiaridad que iba más allá de una simple alianza estratégica. Sus ojos se entrecerraron con diversión maliciosa.

—Vaya, vaya... —Deckard se echó hacia atrás, ignorando el vendaje—. Si te cansas de mi hermano, cariño, siempre puedes venir conmigo. Yo soy mucho más divertido y, honestamente, mis métodos de matarte son más creativos.

Han levantó la vista de su bolsa de snacks, encontrándose con la mirada desafiante de Deckard.

—Tú trataste de matarme —recordó Han con una voz carente de rencor, pero llena de una verdad absoluta.

—Eso fue en el pasado, cariño —desestimó Deckard con un gesto de la mano—. Los tiempos cambian. Ahora somos prácticamente familia, ¿no? El amigo de mi hermano es mi... bueno, lo que sea que seas para él.

Owen se puso en pie, lanzando los restos del equipo médico a un lado. Su mirada hacia Deckard era de advertencia pura.

—Él no va a ninguna parte —sentenció Owen.

Han observó a los dos hermanos Shaw. Dos hombres peligrosos, violentos y con un código moral que la mayoría de la gente no entendería. Y sin embargo, allí estaba él, en medio de esa tormenta de testosterona y pólvora, sintiéndose más útil de lo que se había sentido en años.

—Dante Reyes está moviendo sus piezas hacia Brasil —intervino Han, cambiando de tema para romper la tensión—. Si Deckard ya puede caminar, deberíamos movernos. El equipo de Dom está en el punto de mira y no saben que Reyes ha contratado a más mercenarios de los que pueden manejar.

Deckard se puso en pie con un esfuerzo evidente, probando la movilidad de su costado.

—Río de Janeiro —murmuró Deckard—. El lugar donde todo empezó para Reyes. Supongo que es poético que todo termine allí.

Owen miró a Han, buscando una confirmación silenciosa.

—¿Estás listo para volver a verlos? —preguntó Owen en voz baja, ignorando la presencia de su hermano—. Si apareces en Brasil, el juego del fantasma se acaba. Toretto no te dejará ir de nuevo.

Han guardó silencio, recordando las caras de Dom, de Letty, de Tej y Roman. Recordando el peso de la "familia" y las expectativas que venían con ella. Luego miró a Owen, el hombre que lo había aceptado sin preguntas, el hombre con el que había compartido noches de adrenalina y contacto crudo en habitaciones de hotel anónimas.

—No estoy volviendo con ellos —dijo Han finalmente—. Estoy terminando un trabajo. Lo que pase después... ya veremos.

Deckard soltó una carcajada, poniéndose su chaqueta de cuero.

—Me gusta tu estilo, cariño. Owen, has encontrado a alguien con una columna vertebral de acero. Vamos a Brasil. Tengo algunas deudas que cobrar y algunas explosiones que supervisar.

Mientras salían del refugio hacia la noche londinense, Han sintió que el círculo se cerraba. Estaba vivo, estaba siendo cazado y estaba trabajando con los hombres que una vez fueron sus mayores enemigos. La ironía no se le escapaba, pero mientras sintiera el motor rugir bajo sus pies y tuviera un arma cargada a su lado, Han Lue sabía que todavía tenía cartas que jugar.

—Andando —dijo Han, tomando las llaves del coche—. Tenemos un imperio que quemar.

Deckard le guiñó un ojo mientras subía al asiento trasero.

—Después de ti, cariño.

Owen simplemente se sentó al lado de Han, su mano rozando brevemente el brazo del asiático antes de prepararse para el viaje. El equipo más improbable del mundo estaba en marcha, y Dante Reyes no tenía idea de que el verdadero peligro no venía de frente, sino de las sombras que él mismo había ayudado a crear.