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El Eco de los Motores en la Niebla

El calor de Río de Janeiro era sofocante, una mezcla de humedad, salitre y el olor metálico de la sangre que siempre parecía preceder a Dante Reyes. Dominic Toretto y lo que quedaba de su equipo estaban acorralados en el corazón de una favela, rodeados por un contingente de mercenarios que superaba con creces sus municiones. Las balas repicaban contra la carrocería del Charger de Dom como granizo infernal.

—¡No tenemos salida, Dom! —gritó Tej por la radio, su voz distorsionada por las interferencias—. ¡Están cerrando el perímetro!

Justo cuando la esperanza empezaba a evaporarse, el sonido de un motor de alta gama rugió desde las alturas. Un vehículo todoterreno blindado saltó desde una rampa improvisada, aterrizando con un estruendo metálico justo entre los hombres de Reyes y el equipo de Toretto. Antes de que los mercenarios pudieran reaccionar, el parabrisas se iluminó con el destello de armas automáticas disparando con una precisión aterradora.

Desde un segundo coche, un deportivo negro que se movía como una sombra, Han Lue mantenía el volante con una mano mientras con la otra arrojaba una carga explosiva hacia un nido de ametralladoras. La explosión iluminó la noche, creando el hueco perfecto para la huida.

—¿Pero qué...? —Dom se quedó paralizado un segundo al ver la silueta del conductor del deportivo a través del humo. A pesar de las gafas de sol y la velocidad, reconoció esa forma de conducir, esa calma letal.

—¡Muévanse ahora! —rugió la voz de Owen Shaw a través de un megáfono externo, mientras Deckard, asomado por la ventana del todoterreno, vaciaba un cargador tras otro.

El equipo de Toretto no necesitó que se lo dijeran dos veces. Aprovecharon la distracción y el caos para romper el cerco. Sin embargo, cuando Dom intentó acercarse al deportivo negro para confirmar lo que sus ojos se negaban a creer, Han pisó el acelerador a fondo. No hubo saludos, ni abrazos, ni explicaciones. Solo el rastro de neumáticos quemados desapareciendo en la jungla de asfalto de Río.

Dos horas después, el ruido de la batalla había sido sustituido por el zumbido constante del motor en una carretera secundaria que serpenteaba hacia el interior del país. Han conducía el deportivo, con Owen en el asiento del copiloto y Deckard desparramado en la parte trasera, recuperándose de sus heridas con una arrogancia que ni las balas podían mermar.

—Podrías dejar de molestarme, Shaw —dijo Han, ajustando el espejo retrovisor para evitar la mirada insistente de Deckard.

—Tú puedes llamarme Deckard, cariño —respondió el mayor de los Shaw con una sonrisa ladeada, estirando sus piernas a pesar del espacio reducido—. Después de todo, acabamos de salvar a tus amigos. Un poco de familiaridad no vendría mal.

Han suspiró, sintiendo cómo la paciencia se le escapaba entre los dedos. La presencia de los dos hermanos Shaw en un espacio tan pequeño era suficiente para agotar a cualquiera.

—Owen —dijo Han, endureciendo el tono—, dile a tu hermano que se calle o lo arrojo del auto en marcha. No me importa lo rápido que vayamos.

Owen, que había estado revisando un mapa digital, ni siquiera levantó la vista, aunque una pequeña y casi imperceptible sonrisa curvó sus labios.

—Deckard, cállate —ordenó Owen con desgana—. Han no está de humor para tus juegos mentales.

—Oh, vamos —se quejó Deckard, acomodándose mejor—. Solo intento amenizar el viaje. Además, necesitamos un lugar donde lamer las heridas antes de que Reyes envíe a la siguiente oleada.

Pasaron otras dos horas de silencio tenso, interrumpido solo por el crujido de las bolsas de aperitivos que Han sacaba de vez en cuando. La carretera comenzó a ascender, adentrándose en una zona montañosa donde la vegetación se volvía densa y la niebla empezaba a lamer el asfalto.

—Tengo un escondite en medio de la nada —anunció Deckard de repente, señalando un desvío apenas visible entre los árboles—. Podemos quedarnos ahí. Está en una montaña rodeada de bosques. Nadie nos encontrará, ni siquiera con satélites térmicos.

Han tomó el desvío. El camino era de tierra y piedra, una ruta que pondría a prueba cualquier suspensión, pero el deportivo avanzó con firmeza. Finalmente, llegaron a una estructura de hormigón y cristal reforzado que parecía brotar de la misma roca de la montaña. Era una fortaleza moderna, elegante y letal.

—Mi habitación tiene la mejor vista, cariño —volvió a hablar Deckard mientras bajaban del coche—, puedo compartirla contigo si te sientes solo en esta inmensidad.

Han lo ignoró, caminando hacia la entrada con su bolsa de snacks en la mano. Owen caminaba a su lado, manteniendo una distancia protectora que no pasaba desapercibida para el hermano mayor. Deckard se adelantó y abrió la pesada puerta blindada mediante un escáner de retina.

—Aquí nadie podrá encontrarnos —dijo Deckard, abriendo los brazos con teatralidad mientras las luces automáticas se encendían de forma gradual—. Mi casa es tu casa, cariño.

Han avanzó unos pasos más hacia el interior, observando los ventanales blindados que daban a un precipicio envuelto en nubes. El lugar estaba equipado con tecnología de punta y un arsenal que haría palidecer a una pequeña nación.

—Es una fortaleza —comentó Han, sin bajar la guardia del todo.

Deckard se apoyó en el marco de la puerta principal, observando cómo Han se adentraba en el salón. Había algo fascinante en ver al hombre que supuestamente había matado moviéndose con tanta libertad en su propio dominio.

—Ya que dices que es una fortaleza —dijo Deckard, su voz bajando un octavo, volviéndose más oscura y sugerente—, ¿qué tal si cierro todas las puertas contigo adentro, cariño? Prometo que me quedaré a tu lado para que no tengas miedo.

Han se detuvo y se giró lentamente. Owen, que estaba dejando sus armas sobre una mesa de acero, se tensó visiblemente, lanzándole a su hermano una mirada que prometía violencia si no se detenía.

—Deckard, ya te lo he dicho —intervino Owen, caminando hacia ellos—. Han está conmigo. No me obligues a recordártelo de la manera difícil.

Deckard soltó una carcajada suave, levantando las manos en señal de rendición fingida.

—Tranquilo, hermanito. Solo aprecio la buena compañía. Pero tienes razón, el viaje ha sido largo.

Han miró a ambos hermanos. Sabía que estaba en una situación surrealista. El mundo entero lo creía muerto, su "familia" estaba a salvo en algún lugar de Río preguntándose quién era el conductor del deportivo negro, y él estaba refugiado en una montaña con los dos hombres más peligrosos de Europa, uno de los cuales no dejaba de coquetear con la idea de su muerte y su vida al mismo tiempo.

—Voy a dormir —dijo Han, dirigiéndose hacia uno de los pasillos—. Y si alguno de los dos intenta entrar en mi habitación sin permiso, descubrirán que mis reflejos no han disminuido con la "muerte".

—Dulces sueños, cariño —susurró Deckard, viéndolo alejarse.

Owen esperó hasta que Han desapareció por el pasillo antes de encarar a su hermano. La atmósfera en la fortaleza cambió instantáneamente, volviéndose fría y profesional.

—Déjalo en paz, Deckard —dijo Owen con voz gélida—. No es un juguete. Es el hombre que nos ha mantenido con vida estas últimas semanas. Si le faltas al respeto, te aseguro que Reyes será el menor de tus problemas.

Deckard sonrió, pero esta vez no había burla en sus ojos, sino una chispa de comprensión.

—Vaya... realmente te importa —comentó Deckard, cruzando los brazos—. El pequeño Owen ha encontrado algo más que un aliado táctico. Interesante.

—Es más de lo que tú podrías entender —respondió Owen, dándose la vuelta para revisar los sistemas de seguridad de la casa.

Mientras tanto, en la habitación del fondo, Han se sentó en el borde de la cama. El silencio de la montaña era absoluto, roto solo por el murmullo del viento contra los cristales. Sacó su teléfono, un dispositivo encriptado que no podía rastrearse. Por un momento, sus dedos dudaron sobre el icono de los mensajes. Podría enviar una señal a Dom. Podría decirles que estaba vivo.

Pero luego miró hacia la puerta. Recordó la adrenalina de las últimas semanas, la forma en que Owen lo miraba cuando creía que nadie lo veía, y la extraña libertad que encontraba en ser un fantasma.

Si regresaba con la familia, volvería a las reglas, a los sermones de Dom, a la estructura. Aquí, con los Shaw, era otra cosa. Era el caos controlado. Era fuego contra fuego.

Han guardó el teléfono y se recostó, mirando el techo de hormigón.

—Todavía no —susurró para sí mismo.

La guerra contra Dante Reyes estaba lejos de terminar, y él estaba exactamente donde necesitaba estar: en el corazón de la tormenta, rodeado de monstruos que, por alguna razón, habían decidido que él era lo único en el mundo que valía la pena proteger.

En el salón, Deckard servía dos vasos de un whisky caro, deslizando uno hacia su hermano.

—A Brasil le espera un despertar sangriento mañana —dijo Deckard, mirando hacia la niebla—. Reyes cree que tiene el control, pero no sabe que hemos traído a un muerto a su fiesta.

Owen tomó el vaso y bebió un sorbo largo, sintiendo el calor del alcohol.

—No es un muerto, Deckard —corrigió Owen, mirando hacia el pasillo donde Han descansaba—. Es el arma secreta que nadie vio venir. Y cuando terminemos con esto, el mundo entero sabrá que no se debe jugar con lo que nos pertenece.

Deckard asintió, brindando al aire.

—Por el fantasma, entonces. Que nos guíe en el infierno que vamos a desatar.

Afuera, la niebla terminó de tragar la fortaleza, ocultando a los tres hombres del resto del mundo, preparando el escenario para el contraataque final que cambiaría el juego para siempre. Han Lue ya no corría para escapar; ahora, junto a los Shaw, corría para destruir. Y en el silencio de la montaña, el eco de los motores parecía una promesa de venganza que la noche no tardaría en cumplir.