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Lazos de Obsesión y el Vuelo del Halcón

La villa en la Costa del Sol era un paraíso de mármol y cristal, una prisión de oro rodeada por el azul infinito del Mediterráneo. Durante tres meses, Han Lue había desempeñado el papel perfecto del cautivo agradecido. Había compartido la mesa con Owen y Deckard, había permitido que sus manos lo reclamaran en la penumbra de las noches cálidas y había mantenido esa calma imperturbable que los hermanos Shaw confundían con sumisión.

Había aprendido sus rutinas, sus códigos de seguridad y, lo más importante, el momento exacto en que su arrogancia los hacía vulnerables. Los Shaw creían que habían domesticado al lobo, que el fantasma de Tokio finalmente había aceptado que su lugar estaba entre ellos, como un activo preciado y un amante compartido.

Pero Han nunca había dejado de correr. Solo estaba esperando el momento de pisar el acelerador.

La oportunidad llegó una noche de tormenta eléctrica, cuando Owen tuvo que viajar a Madrid para una reunión de emergencia con un contacto de la Interpol y Deckard estaba distraído supervisando un cargamento de armas en el puerto local. Han utilizó un duplicado de la tarjeta de seguridad que había fabricado pacientemente durante semanas, sorteó los sensores térmicos del jardín y se desvaneció en la oscuridad de los acantilados.

No llevaba nada más que su astucia y un pasaporte falso que había ocultado en el forro de su chaqueta. Caminó kilómetros bajo la lluvia, robó un coche en un pueblo cercano y se dirigió al aeródromo privado de Málaga. Sentía la adrenalina quemando sus venas, una sensación de libertad que no experimentaba desde antes de Londres.

Sin embargo, el error de Han fue subestimar la red que los Shaw habían tejido a su alrededor. No eran solo cámaras y guardias; era una obsesión que rozaba lo sobrenatural.

Había logrado llegar a la pista, estaba a punto de subir a un jet de carga con destino a Ginebra, cuando las luces de un Range Rover negro cegaron su camino. El chirrido de los neumáticos contra el asfalto mojado sonó como una sentencia de muerte.

Owen bajó del asiento del conductor, empapado por la lluvia, con una expresión de decepción tan gélida que hacía que la tormenta pareciera cálida. Deckard salió del lado del copiloto, moviéndose con una lentitud aterradora, sus ojos brillando con una furia contenida que Han no le había visto ni siquiera durante la guerra contra Reyes.

—¿A dónde ibas, cariño? —preguntó Deckard, su voz apenas un susurro sobre el trueno—. Creía que habíamos dejado claro que este viaje no tenía billete de vuelta.

Han dio un paso atrás, buscando una salida que ya no existía.

—No soy de los que se quedan quietos por mucho tiempo —respondió Han, intentando mantener su tono lánguido, aunque su pulso martilleaba contra sus oídos.

—Te dimos todo —dijo Owen, acercándose con paso firme—. Te dimos protección, lujo, y nos dimos a nosotros mismos. Y nos pagas con una traición de manual.

—No es traición si nunca fui suyo —replicó Han con firmeza.

Deckard soltó una carcajada seca, carente de humor.

—Oh, eres nuestro, Han. Lo eres desde que te sacamos de aquel coche en llamas. Y si pensaste que podías simplemente marcharte, es que todavía no conoces lo que un Shaw es capaz de hacer para recuperar lo que le pertenece.

El regreso a la villa fue un silencio sepulcral, cargado de una tensión eléctrica que amenazaba con explotar en cualquier momento. Han fue escoltado directamente a la habitación principal, el santuario donde los tres habían compartido noches de una intimidad retorcida.

Owen cerró la puerta blindada con un clic metálico que resonó como un disparo. Se quedó de pie junto a la entrada, cruzado de brazos, observando mientras Deckard se quitaba la chaqueta empapada y la arrojaba al suelo sin dejar de mirar a Han.

—¿Sabes cuánto esfuerzo nos costó borrar tu rastro? —preguntó Deckard, dando un paso hacia él—. ¿Sabes cuántas vidas tuvimos que comprar para que Toretto creyera que estabas bajo tierra? Y tú vas y dejas un rastro de migas de pan desde la villa hasta el aeropuerto.

—Solo quería mi vida de vuelta —dijo Han, retrocediendo hasta que sus piernas chocaron contra el borde de la enorme cama.

Deckard sonrió, una expresión fría y cruel que no auguraba nada bueno. Sin previo aviso, se inclinó, agarrando a Han por la cintura con una fuerza brutal. Han intentó zafarse, pero Deckard era una masa de músculo y determinación. Con un movimiento seco, lo empujó hacia atrás sobre la cama.

Han cayó sobre el colchón suave, el aire escapando de sus pulmones en un jadeo. Antes de que pudiera intentar levantarse, Deckard estaba sobre él, arrodillado entre sus piernas, inmovilizándolo con su peso y su presencia dominante.

—Tu vida es lo que nosotros digamos que es —gruñó Deckard, sujetando las muñecas de Han por encima de su cabeza con una sola mano—. Te portaste como un buen chico, nos hiciste creer que estabas cómodo. Todo fue una mentira, ¿verdad?

Han luchó por liberarse, sus ojos fijos en los de Deckard.

—No pueden obligarme a amarlos —escupió Han.

—No necesitamos tu amor —intervino Owen desde la puerta, su voz resonando en la habitación—. Solo necesitamos tu presencia. Pero parece que la libertad condicional se ha terminado. No volverás a salir de esta habitación sin que uno de nosotros esté a tu lado.

Deckard bajó la cabeza, su rostro a milímetros del de Han. Sus ojos ardían con una mezcla de deseo y rabia.

—Me dolió, cariño —susurró Deckard—. Ver que preferías el frío de la lluvia a mi calor. Me hizo darme cuenta de que fui demasiado blando contigo.

—Déjame ir, Deckard —pidió Han, aunque sabía que era inútil.

—Nunca —respondió Deckard, su mano libre bajando para presionar el cuello de Han, no para asfixiarlo, sino para recordarle quién tenía el control—. A partir de ahora, vas a aprender lo que significa realmente pertenecer a alguien. No habrá más juegos, no habrá más obediencia superficial.

Deckard se inclinó y mordió el lóbulo de la oreja de Han, un gesto posesivo que hizo que un escalofrío recorriera la columna del asiático.

—Vas a estar tan cansado, tan saturado de nosotros, que la idea de correr te parecerá un sueño lejano —continuó Deckard—. Owen y yo vamos a asegurarnos de que olvides incluso tu propio nombre si eso significa que dejarás de mirar hacia la puerta.

Owen se acercó a la cama, sentándose al borde, observando cómo su hermano dominaba al hombre que ambos codiciaban. Extendió una mano y acarició el cabello de Han con una ternura que resultaba más aterradora que la violencia de Deckard.

—Te dimos la oportunidad de ser un compañero —dijo Owen suavemente—. Ahora vas a ser nuestra posesión. Es una lástima, Han. Realmente esperaba que no llegáramos a esto.

Han miró a Owen y luego a Deckard. Estaba atrapado entre dos depredadores que no tenían intención de soltar a su presa. La villa, que antes parecía un refugio, ahora se sentía como una mazmorra infranqueable.

—¿Qué van a hacer? —preguntó Han, su voz apenas un hilo.

Deckard sonrió de nuevo, una expresión que prometía una noche larga y exhaustiva.

—Vamos a recordarte por qué no puedes escapar de un Shaw —dijo Deckard, bajando sus labios hacia el cuello de Han—. Vamos a marcarte de tantas formas que, incluso si lograras huir, cualquier hombre que te viera sabría que ya tienes dueños.

Han cerró los ojos cuando sintió los labios de Deckard reclamar su piel con una urgencia renovada. Sabía que esta vez no habría tregua. La obediencia superficial ya no bastaría. Los hermanos Shaw habían decidido que si no podían tener su lealtad, tendrían su rendición absoluta.

—Owen —llamó Deckard sin levantar la vista del cuello de Han—. Ayúdame a quitarle esta chaqueta. Me molesta que lleve algo que usó para intentar dejarnos.

Owen se inclinó, sus manos expertas comenzando a desvestir a Han con una parsimonia que era una tortura en sí misma. Han sintió el frío del aire de la habitación contra su piel, pronto reemplazado por el calor abrasador de los dos hermanos.

—No vuelvas a intentar correr, cariño —susurró Deckard contra su boca, justo antes de sellar sus labios en un beso que sabía a posesión y a una promesa de cautiverio eterno—. Porque la próxima vez, las cadenas no serán metafóricas.

Han se hundió en el colchón, aceptando finalmente que el fantasma de Tokio no podía huir de las sombras que él mismo había permitido entrar en su vida. En la penumbra de la habitación, rodeado por el aroma de la pólvora, el whisky y la obsesión de los Shaw, Han Lue comprendió que su carrera había terminado. No había más asfalto, no había más horizontes. Solo estaban ellos, y la eternidad de una prisión que compartía su misma cama.

—Eres nuestro —repitió Owen, su voz siendo lo último que Han escuchó antes de que el mundo se redujera únicamente al contacto de sus captores—. Y el mundo puede seguir creyendo que estás muerto, porque para nosotros, nunca has estado más vivo.

La tormenta seguía rugiendo afuera, pero dentro de la villa, el destino de Han Lue se sellaba con cada caricia forzada y cada palabra de dominio. Los hermanos Shaw habían recuperado su tesoro, y esta vez, se asegurarían de que el halcón nunca volviera a extender sus alas.