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El Precio del Silencio

El zumbido de los motores Rolls-Royce del jet privado era lo único que llenaba el vacío de la cabina de lujo mientras sobrevolaban el Atlántico. El interior, revestido de cuero color crema y maderas oscuras, se sentía más como una celda de alta gama que como un medio de transporte. Han estaba sentado en uno de los amplios sillones giratorios, observando cómo las nubes se teñían de un violeta profundo con los últimos restos de luz solar.

Owen estaba concentrado en la parte delantera de la cabina, hablando en voz baja por un teléfono satelital, coordinando la llegada a su refugio en el Mediterráneo. Su postura era rígida, profesional, la de un hombre que acababa de asegurar un activo y no pensaba dejar que se escapara.

Sin embargo, el verdadero peligro estaba sentado justo enfrente de Han.

Deckard Shaw no había dejado de observarlo desde que despegaron de Río. Tenía una pierna cruzada sobre la otra y sostenía un vaso de cristal con dos dedos, haciendo girar el whisky con una lentitud calculada. Sus ojos, afilados y carentes de la frialdad metódica de Owen, brillaban con una chispa de diversión maliciosa y algo mucho más oscuro.

—Sabes, cariño —rompió Deckard el silencio, su voz arrastrada y profunda compitiendo con el murmullo del avión—, he estado observando la dinámica entre tú y mi hermano durante estas semanas. Es fascinante. Owen siempre fue el más... eficiente de los dos. Va directo al grano. Te rescató, te dio un arma y, por lo que he podido notar en el lenguaje corporal de ambos en los hoteles, también te ha dado bastante más que solo munición.

Han no se inmutó. Mantuvo la vista en la ventana, aunque sus dedos jugaban con una bolsa de frutos secos vacía.

—Owen y yo tenemos un entendimiento —respondió Han con su habitual tono monocorde—. Sobrevivimos juntos. Eso crea un vínculo.

—Un vínculo —repitió Deckard con una risa seca, dejando el vaso sobre la mesa plegable—. Qué palabra tan aséptica para describir lo que tienen. Has sido el amante de mi hermano desde que viajan juntos, cariño. Lo huelo en ti. Lo veo en la forma en que él te reclama con la mirada cada vez que entro en la habitación. Él cree que te ha marcado como su territorio.

Deckard se puso en pie. Se movía con la gracia de un felino, sin que el ligero vaivén del avión afectara su equilibrio. Caminó hacia Han y se detuvo justo encima de él, obligando al asiático a levantar la cabeza para mantener el contacto visual.

—Pero aquí está el problema —continuó Deckard, inclinándose hacia adelante, apoyando las manos en los brazos del sillón de Han, encerrándolo—. Yo también puse sangre y sudor para sacarte de Brasil. Yo también arriesgué mi cuello para que Toretto no viera tu cara. Y, sin embargo, yo no he recibido ni siquiera un beso.

Han arqueó una ceja, manteniendo esa máscara de imperturbabilidad que tanto desesperaba a sus enemigos.

—No soy un premio que se divide a partes iguales, Deckard.

—Oh, te equivocas —susurró Deckard, acercándose tanto que Han podía oler el whisky y el sándalo en su aliento—. En esta familia, compartimos las cargas... y los beneficios. Owen te encontró primero, de acuerdo. Pero yo soy el que va a asegurarse de que no eches de menos tu antigua vida.

Deckard extendió una mano y recorrió con el pulgar la mandíbula de Han, una caricia que tenía la misma suavidad que el filo de una navaja.

—Bésame —ordenó Deckard. No era una petición, ni un ruego. Era un comando suave pero imperativo, cargado con toda la autoridad de un hombre que no conocía la palabra "no".

Han no se movió. Sus ojos oscuros buscaron los de Deckard, analizando la tormenta de posesividad que hervía en ellos.

—¿Y si no lo hago? —preguntó Han en un susurro.

Deckard sonrió, pero no fue una expresión amable. Sus ojos se desviaron brevemente hacia la parte trasera del avión, donde se encontraba el dormitorio privado, una estancia insonorizada y cerrada con llave.

—O me besas ahora, por tu propia voluntad —dijo Deckard, su voz volviéndose más oscura—, o te ato a esa cama de atrás y te demuestro exactamente cuán serio estoy sobre conservarte. La elección es tuya, cariño. Pero sabes que ambas opciones terminan conmigo teniendo lo que quiero. No soy tan paciente como Owen. Si tengo que forzar tu lealtad, lo haré.

Han sintió la descarga de adrenalina. Conocía a los Shaw lo suficiente para saber que Deckard no estaba fanfarroneando. Eran hombres que tomaban lo que querían y quemaban lo que no podían tener. Miró hacia la parte delantera del avión; Owen seguía de espaldas, ignorando —o quizás permitiendo deliberadamente— la escena.

La realidad se impuso con una claridad brutal. No había escape. No había familia Toretto a la que llamar, no había coches veloces que pudieran sacarlo de un avión a diez mil metros de altura. Solo estaban ellos tres y un pacto de sangre que lo incluía a él como el centro de la ecuación.

Han dejó escapar un suspiro lento. Con una calma que sorprendió incluso a Deckard, estiró la mano y agarró al británico por la nuca, tirando de él hacia abajo.

El beso fue una colisión de voluntades. No hubo delicadeza en el contacto; fue una lucha por el dominio. Deckard gruñó contra sus labios, profundizando el beso con una urgencia hambrienta, sus manos abandonando los brazos del sillón para enredarse en el cabello de Han y sujetarlo con fuerza. Sabor a alcohol, a peligro y a una rendición que sabía a victoria.

Cuando se separaron, Deckard respiraba con dificultad, su mirada fija en los labios humedecidos de Han.

—Eso es un comienzo —murmuró Deckard, su pulgar presionando el labio inferior de Han hasta que casi dolió—. Pero no creas que con eso basta para pagar tu deuda.

En ese momento, Owen terminó su llamada y se giró. Observó la escena con una calma gélida, sus ojos recorriendo la posición íntima de su hermano y Han. No hubo sorpresa en su rostro, solo una aceptación pragmática.

—Veo que ya se han puesto de acuerdo —dijo Owen, caminando hacia ellos—. Mejor así. No quiero peleas internas mientras nos instalamos en la villa.

Owen se detuvo al lado del sillón y puso una mano en el hombro de Han, reclamando su parte del contacto. Han se encontró atrapado entre los dos hermanos, una posición que habría aterrorizado a cualquiera, pero que a él le provocaba una extraña y oscura sensación de seguridad.

—El Mediterráneo nos espera —continuó Owen, mirando a Deckard—. He borrado los últimos rastros de la cuenta bancaria de Han en Tokio. Oficialmente, el mundo ha olvidado que existes.

—Perfecto —dijo Deckard, sin quitarle los ojos de encima a Han—. Porque a partir de ahora, solo existes para nosotros.

Han se recostó en el sillón, sintiendo el peso de las manos de los dos hermanos sobre él. Eran sus carceleros, sus salvadores y sus amantes, todo en uno. El precio de su supervivencia había sido su libertad, entregada a los hombres que una vez intentaron destruirlo.

—¿Alguna objeción, cariño? —preguntó Deckard con una sonrisa triunfal.

Han miró a uno y luego al otro. Sacó un paquete de snacks de su bolsillo con una lentitud deliberada, metiéndose uno en la boca.

—Mientras el café sea bueno y la villa tenga una buena vista —respondió Han, masticando tranquilamente—, creo que puedo acostumbrarme a este retiro.

Owen asintió, satisfecho, mientras Deckard soltaba una carcajada y se sentaba a su lado, pasando un brazo por encima de sus hombros. El avión siguió su curso a través de la noche, alejándose de todo lo que Han había conocido. El fantasma de Tokio había encontrado un nuevo hogar, uno rodeado de muros de acero, armas de élite y la obsesión inquebrantable de los hermanos Shaw.

—Bienvenido a la familia, Han —susurró Owen.

—A la verdadera familia —corrigió Deckard, apretando el agarre sobre él.

Han cerró los ojos, dejando que el rugido de los motores lo arrullara. La cacería había terminado, y aunque sus alas habían sido recortadas, nunca se había sentido tan poderosamente vivo. En la oscuridad del jet, el vínculo de los lobos se había sellado definitivamente, y el mundo exterior ya no era más que un recuerdo borroso en el retrovisor.