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El Precio de la Piedad
El Ministerio de Magia era un hervidero de caos. Los pasillos de mármol negro resonaban con los pasos apresurados de los Aurores y el eco de las órdenes gritadas por Alastor Moody. Frank y Alice Longbottom, todavía con las túnicas rasgadas y el rostro manchado de hollín y sangre seca, se mantenían firmes frente a Kingsley Shacklebolt.
—Se han escapado —dijo Frank, con la mandíbula apretada por la frustración—. Bellatrix y Rodolphus lograron romper el cerco antes de que pudiéramos asegurar el perímetro exterior. Capturamos a un par de los de la retaguardia, pero los cabecillas se han esfumado.
Kingsley asintió con gravedad, anotando los nombres en un pergamino oficial.
—Es un golpe duro, Frank —comentó el Auror de voz profunda—. Pero que ustedes dos hayan sobrevivido a un ataque directo de los Lestrange es un milagro. ¿Están seguros de que no hubo nadie más? Los informes hablaban de cuatro o cinco atacantes.
Alice intercambió una mirada fugaz con su esposo. El recuerdo de Rabastan sosteniendo a Neville, protegiéndolo de la luz roja de la maldición de Bellatrix, estaba grabado a fuego en su mente. Rabastan no era como su hermano; era joven, hermoso de una manera casi irreal y, lo más importante, no llevaba la Marca Tenebrosa en su piel. Si lo mencionaban ahora, su destino estaría sellado en una celda de Azkaban junto a los monstruos que acababan de intentar asesinarlos.
—Barty Crouch Jr. estaba con ellos —respondió Alice, desviando la pregunta con la habilidad de una negociadora experta—. Pero en la confusión de las protecciones de la mansión, todo fue un caos. Solo podemos confirmar a los que vimos lanzando hechizos.
Era una media verdad. Rabastan no había lanzado un solo hechizo ofensivo esa noche. Había sido un escudo humano para su hijo.
—Vuelvan a casa —ordenó Kingsley—. Necesitan descansar y asegurar su propiedad. Enviaremos una patrulla para vigilar los alrededores, aunque con las protecciones de los Longbottom activadas, dudo que alguien pueda siquiera ver la puerta principal.
El regreso a la mansión fue silencioso. El traslador los dejó en los jardines, donde el aire nocturno era frío y olía a pino. Al cruzar el umbral, el silencio de la casa los recibió como una pesada manta. Frank fue el primero en entrar a la biblioteca, con la varita en la mano, aunque no esperaba un ataque.
Rabastan Lestrange no estaba sentado. Caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado, su elegancia aristocrática rota por la ansiedad. En cuanto los vio entrar, se abalanzó hacia ellos, aunque se detuvo a un par de metros cuando Frank levantó la mano.
—¡Ya basta de esta farsa! —exclamó Rabastan, su voz vibrando de indignación—. Me han tenido aquí encerrado como a un criminal. Exijo que me devuelvan mi varita y me dejen marchar ahora mismo.
Frank lo miró con una frialdad que habría hecho temblar a un hombre menos terco.
—No vas a ir a ninguna parte, Lestrange —dijo Frank, sacando la varita de Rabastan de su cinturón solo para mostrarla antes de volver a guardarla—. El mundo exterior está buscando sangre. Si sales por esa puerta, te convertirás en un fugitivo o en un cadáver.
—¡Eso no es asunto suyo! —replicó Rabastan, sus ojos grises centelleando—. He cumplido mi parte. El niño está a salvo. Ahora, abran esas malditas protecciones.
—¡Deja de hacer escándalo! —intervino Alice, acercándose con paso firme—. No estás en posición de exigir nada. Te hemos salvado de Azkaban al no dar tu nombre al Ministerio. Si fueras inteligente, estarías agradecido.
—¿Agradecido por ser un prisionero en la casa de mis enemigos? —Rabastan soltó una risa amarga—. Prefiero arriesgarme afuera que quedarme aquí esperando a ver qué deciden hacer conmigo.
En ese momento, el fuego de la chimenea estalló en llamas verdes y una figura imponente emergió de la Red Flu. Augusta Longbottom salió de las llamas con su habitual expresión de hierro, sosteniendo su bolso de piel de buitre con fuerza. Se detuvo en seco al ver al joven de cabello oscuro y facciones perfectas que se enfrentaba a su hijo y a su nuera.
—¿Qué significa esto? —preguntó Augusta, su voz cortando el aire como un cuchillo—. ¿Qué hace un Lestrange en mi sala de estar después de lo que ha pasado?
—Madre, es complicado —comenzó Frank, pero Augusta ya se acercaba a Rabastan con la mirada entrecerrada.
La anciana bruja rodeó al joven, quien se mantuvo erguido, aunque la tensión en sus hombros delataba su incomodidad. Sin previo aviso, Augusta agarró el brazo izquierdo de Rabastan y le subió la manga de la túnica con un movimiento brusco. La piel estaba limpia, pálida y sin rastro de la serpiente y la calavera.
—No está marcado —observó Augusta, soltando el brazo del joven como si fuera un objeto sin valor—. Así que este es el que dicen que es "diferente".
—Él protegió a Neville, Augusta —explicó Alice con suavidad—. Se interpuso entre Bellatrix y la cuna.
Augusta miró a su nieto, que dormía plácidamente en un moisés cercano bajo un hechizo de silencio, y luego volvió a mirar a Rabastan. Su expresión se suavizó apenas un milímetro, pero su tono siguió siendo imperioso.
—Escucha bien, muchacho —dijo Augusta—. Si no estás marcado, significa que todavía hay una pizca de juicio en esa cabeza tuya. Pero también significa que, para Bellatrix, eres un traidor. Ella no tolera la debilidad, y mucho menos que alguien frustre sus planes. Si sales de esta mansión, ella te encontrará y te matará antes de que puedas decir tu propio apellido.
—¡Bella no me haría daño! —gritó Rabastan, dando un paso hacia adelante, con el rostro encendido de furia y negación—. Es mi familia. Ella estaba... estaba fuera de sí por la adrenalina, pero no me mataría. ¡Déjenme ir! Yo puedo cuidarme solo. No necesito la caridad de los Longbottom.
Augusta golpeó el suelo con su zapato, un sonido seco que resonó en toda la habitación.
—¡Cállate! —sentenció la matriarca—. Si vuelves a gritar en esta casa, te lanzaré un hechizo de silencio que te durará una semana. Eres un tonto si crees que la sangre te protegerá de la locura de Lord Voldemort y sus seguidores. Aquí estarás a salvo porque nadie esperaría que los Longbottom escondieran a un Lestrange. Es el último lugar en el mundo donde te buscarían.
Rabastan apretó los puños, su respiración agitada. Se sentía humillado, atrapado entre la gratitud que no quería sentir y la lealtad que se desmoronaba en sus manos.
—No quiero quedarme aquí —insistió, aunque esta vez su voz fue un susurro cargado de desesperación—. No pertenezco a este lugar.
Alice se acercó a él, poniendo una mano con cautela en su hombro. Rabastan se tensó, pero no se apartó.
—Rabastan, ve a la habitación del segundo piso, la que está al final del pasillo —dijo Alice con un tono que no admitía réplicas—. Está preparada. Trata de dormir. Mañana las cosas se verán distintas.
—¡No quiero dormir! —estalló de nuevo el joven, apartando la mano de Alice de un manotazo—. ¡Quiero mi varita y quiero irme! No soy un niño al que puedan mandar a la cama.
Frank dio un paso al frente, interponiéndose entre Rabastan y su esposa. Su estatura y su presencia física eran abrumadoras cuando decidía dejar de lado su amabilidad habitual.
—Ya has escuchado a mi madre y a mi esposa —dijo Frank con una calma peligrosa—. No vas a recuperar tu varita hasta que estemos seguros de que no vas a cometer una estupidez que nos ponga a todos en peligro. Ahora, sube esas escaleras antes de que pierda la poca paciencia que me queda después de haber sido torturado por tu hermano.
Rabastan miró a Frank a los ojos, buscando algún rastro de debilidad, pero solo encontró la determinación de un hombre que haría cualquier cosa por proteger a su familia. El joven Lestrange soltó un gruñido de frustración absoluta y, tras lanzar una última mirada llena de veneno a la habitación, se dio la vuelta y salió de la biblioteca, haciendo que sus pasos resonaran con fuerza en la escalera de madera.
El silencio volvió a reinar en la sala, roto solo por el crepitar de las brasas en la chimenea.
—¿Están seguros de esto? —preguntó Augusta, mirando hacia la puerta por donde se había ido el joven—. Es un riesgo enorme. Los Lestrange son veneno.
—Él no es como ellos, madre —respondió Frank, frotándose las sienes—. Vi su cara cuando Bellatrix apuntó a Neville. Estaba aterrorizado, pero no por él, sino por el bebé. Hay algo en él que todavía es rescatable.
—O tal vez solo es un cobarde que no tiene el estómago para la guerra —replicó Augusta, aunque su tono era menos severo—. Sea como sea, mientras esté bajo este techo, se hará lo que nosotros digamos. No permitiré que la locura de esa familia contamine mi casa más de lo que ya lo ha hecho esta noche.
Alice se acercó a la cuna de Neville y acarició la mejilla del pequeño. Neville se movió ligeramente en sueños, ajeno al hecho de que su destino y el de la familia Lestrange se habían entrelazado de una manera que nadie podría haber predicho.
—Le debemos la vida de nuestro hijo —susurró Alice—. Eso pesa más que cualquier apellido.
Mientras tanto, en la habitación del segundo piso, Rabastan se dejó caer sobre la cama de dosel. La habitación era lujosa, decorada en tonos verdes y dorados que le recordaban vagamente a las estancias de su propia infancia en el castillo Lestrange, pero aquí el ambiente era diferente. No había esa opresión oscura, ese frío constante que parecía emanar de las paredes de su casa.
Se cubrió el rostro con las manos. Podía sentir el calor de Neville todavía en sus brazos, el peso ligero de una vida que había decidido salvar a costa de su propia libertad. Sabía que Bellatrix lo buscaría. Sabía que su hermano Rodolphus lo consideraría un traidor.
—Malditos Longbottom —susurró para sí mismo en la oscuridad—. Maldita sea su nobleza y maldita sea mi debilidad.
Pero a pesar de su rabia y de su deseo de huir, una parte de él, una parte que había estado enterrada bajo años de expectativas familiares y retórica de pureza de sangre, sintió un alivio extraño. Por primera vez en su vida, no tenía que ser un soldado. Por primera vez, estaba en un lugar donde no se esperaba que causara dolor.
Sin embargo, el orgullo de un Lestrange no moría fácilmente. Rabastan se juró a sí mismo que encontraría la forma de escapar, que recuperaría su varita y que les demostraría a todos que no necesitaba la protección de nadie. Pero mientras el cansancio de la batalla y el efecto residual del estrés lo vencían, sus ojos se cerraron y el sueño lo reclamó, llevándolo a un lugar donde las luces rojas y los gritos de Bellatrix no podían alcanzarlo.
Abajo, en la biblioteca, los Longbottom comenzaron a planear su siguiente movimiento. La guerra apenas comenzaba, y ahora tenían un invitado que era tanto su mayor secreto como su mayor responsabilidad. La Mansión Longbottom, una vez un símbolo de paz y linaje auror, se había convertido en el epicentro de una alianza improbable, nacida del acto de piedad de un hombre que, según el mundo, no debería tener corazón.