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Lazos de Sangre y Sentencias de Hierro

El sol de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de la biblioteca, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire. Para Rabastan Lestrange, esa luz era un insulto. Había pasado la noche en vela, alternando entre el agotamiento físico y una ansiedad corrosiva que le quemaba las entrañas. Se sentía como un espectro atrapado en una mansión de vivos, un intruso en un santuario de rectitud que lo asfixiaba.

Cuando la puerta de la biblioteca se abrió, Rabastan se puso en pie de un salto. Frank y Alice entraron, seguidos por la imponente presencia de Augusta. Los tres tenían ojeras profundas, pero sus rostros reflejaban una mezcla de triunfo y sombría resolución.

—Ya ha terminado —dijo Frank, dejando su capa de viaje sobre una silla. Su voz era ronca, cargada de un cansancio que iba más allá de lo físico—. Los hemos atrapado.

En ese momento, una neblina plateada irrumpió en la habitación. Un Patronus en forma de lince se materializó frente a ellos y la voz de Kingsley Shacklebolt resonó con claridad cristalina: «Frank, Alice. Bellatrix, Rodolphus y Barty Crouch Jr. han sido capturados tras un enfrentamiento en las afueras de Manchester. Están bajo custodia en las celdas de alta seguridad del Ministerio. Los juicios se acelerarán. Buen trabajo».

El lince se desvaneció, dejando un silencio sepulcral. Rabastan sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Sus manos comenzaron a temblar, no de miedo, sino de una desesperación que no sabía cómo procesar.

—Ya está —dijo Rabastan, dando un paso hacia adelante—. Ya los tienen. Mi presencia aquí ya no tiene sentido. Devuélvanme mi varita y déjenme marchar.

—No —respondió Frank de inmediato, sin siquiera mirarlo mientras revisaba unos documentos.

—¡Me acabo de enterar de que mi familia ha sido capturada! —estalló Rabastan, su voz subiendo de tono hasta casi convertirse en un grito—. ¡Rodolphus es mi hermano! ¡Bellatrix es mi cuñada! Ahora que están presos, ustedes me niegan mi libertad. Necesito ir con ellos, necesito saber qué les va a pasar.

—Lo que les va a pasar es que irán a juicio y luego a Azkaban por el resto de sus miserables vidas —sentenció Augusta, golpeando su bolso contra la mesa—. Y tú, jovencito, deberías dar gracias de que no estás encadenado junto a ellos.

—¡No me importa! —Rabastan se acercó a Frank, ignorando el peligro—. Frank, por favor. Hicimos un trato implícito. Protegí a tu hijo. No puedes mantenerme aquí como un trofeo de guerra mientras mi propia sangre se pudre en una celda.

Frank finalmente levantó la vista. Sus ojos, generalmente cálidos, eran ahora dos trozos de pedernal.

—No fue un trato, Lestrange. Fue una medida de gracia —dijo Frank con una calma gélida—. Y la respuesta sigue siendo no. No vas a ir al Ministerio para que te arresten y te condenen por asociación, ni vas a intentar una misión de rescate suicida que solo terminará contigo muerto.

—¡Es mi decisión! —rugió Rabastan, golpeando la mesa con el puño—. ¡Es mi vida!

—En esta casa, por ahora, tu vida nos pertenece —intervino Alice, cruzándose de brazos—. Vamos al Ministerio para formalizar las declaraciones. Augusta se quedará aquí. Ni se te ocurra intentar forzar las protecciones, Rabastan. Sería lo último que harías.

Sin esperar respuesta, Frank y Alice se dirigieron hacia la chimenea. Rabastan intentó seguirlos, pero Augusta levantó su varita con una agilidad sorprendente para su edad, obligándolo a retroceder. Con un destello de llamas verdes, los dos Aurores desaparecieron, dejando al joven Lestrange consumiéndose en su propia impotencia.

El Ministerio de Magia estaba en un estado de euforia contenida. La captura de los Lestrange era la mayor victoria desde la caída del Señor Oscuro. Frank y Alice caminaron por los pasillos ignorando las felicitaciones, dirigiéndose directamente a las celdas de detención temporal en el Nivel 2.

Tras una pesada rejilla de hierro encantado, Bellatrix Lestrange parecía una fiera enjaulada. Su cabello negro estaba enmarañado y sus ojos brillaban con una locura que ni siquiera las cadenas mágicas podían reprimir. Rodolphus, en la celda contigua, estaba hundido en un silencio sombrío, con el rostro oculto entre las manos.

Al ver a Alice, Bellatrix se abalanzó contra los barrotes, provocando un siseo de chispas eléctricas al contacto con el metal.

—¡Sangre sucia! —escupió Bellatrix, con una sonrisa desquiciada—. ¡Disfruta de tu victoria mientras puedas! ¡El Señor Oscuro volverá y les arrancará la piel tira a tira!

Alice se detuvo frente a ella, manteniendo una distancia prudencial. Su rostro era una máscara de absoluta indiferencia, lo que pareció enfurecer aún más a la mortífaga.

—¿Dónde está? —preguntó Bellatrix de repente, su voz volviéndose un susurro peligroso—. ¿Qué le han hecho a Rabastan? Sé que no escapó con nosotros. Sé que se quedó atrás con ustedes. ¡Díganme qué le han hecho!

Alice observó a la mujer que, horas antes, había intentado torturar a su hijo de un año. Sintió una punzada de satisfacción fría al ver la angustia genuina —aunque retorcida— en los ojos de Bellatrix.

—No podrás verlo, Bellatrix —dijo Alice, su voz resonando con una autoridad implacable—. Jamás volverás a ponerle un dedo encima, ni a él ni a nadie. Ustedes irán a Azkaban, y nosotros nos quedaremos con Rabastan.

Bellatrix soltó una carcajada estridente que terminó en un gruñido.

—¿Se lo quedarán? ¿Como una mascota? —se burló—. Rabastan es un Lestrange. Él vendrá por nosotros. Él los matará mientras duermen.

—Te equivocas —continuó Alice, acercándose un paso más, sus ojos brillando con una luz cruel—. De hecho, cuando regrese a casa, le diré que ustedes, en sus declaraciones iniciales, renegaron de él. Le diré que dijeron que ya no lo consideran familia, que es un traidor débil que no merece el apellido.

El silencio que siguió fue absoluto. Incluso Rodolphus levantó la cabeza, mirando a Alice con horror.

—¡Maldita! —chilló Bellatrix, golpeando los barrotes con una fuerza inhumana—. ¡Eso es mentira! ¡Es una mentira asquerosa! ¡Devuélvannos a Rabastan! ¡Él es nuestro! ¡Él nos pertenece!

—Ya no —sentenció Frank, apareciendo detrás de su esposa—. Él eligió la vida de nuestro hijo sobre tu locura. Para nosotros, eso lo aleja de ustedes para siempre. Disfruten del frío de Azkaban pensando en que el último de los Lestrange está aprendiendo lo que significa la verdadera decencia bajo nuestro techo.

Los gritos y maldiciones de Bellatrix los persiguieron por todo el pasillo mientras se alejaban. El sonido era desgarrador, una mezcla de furia y la agonía de perder lo único que esa familia aún valoraba: su propia estirpe.

Al regresar a la Mansión Longbottom, encontraron a Augusta sentada en la biblioteca, leyendo un libro de botánica avanzada mientras Rabastan permanecía sentado en un rincón, mirando fijamente a la chimenea apagada. Parecía haber envejecido diez años en una sola mañana.

Frank y Alice se reunieron con Augusta en el comedor, asegurándose de que la puerta estuviera bien cerrada.

—¿Cómo fue? —preguntó la anciana, dejando sus gafas sobre la mesa.

—Bellatrix está fuera de sí —respondió Frank, frotándose la nuca—. Pero Alice le dio donde más le duele. Le hemos hecho creer que Rabastan está perdido para ellos.

—¿Y qué vamos a hacer con él? —Augusta señaló con la cabeza hacia la biblioteca—. No podemos tenerlo aquí para siempre. Tarde o temprano, el Ministerio preguntará. O peor aún, él encontrará una forma de salir.

—No podemos dejarlo ir todavía —dijo Alice con firmeza—. No hasta que los juicios terminen y la sentencia sea firme. Si lo soltamos ahora, intentará alguna idiotez. Conozco ese brillo en sus ojos; es el mismo que tiene Frank cuando se le mete una idea en la cabeza. Intentará ayudar a su familia, intentará infiltrarse en el Ministerio o interceptar el traslado a Azkaban.

—Ella tiene razón —coincidió Frank—. Rabastan es inteligente, pero es leal hasta la médula. No entiende que su familia es una causa perdida. Si sale de aquí, se convertirá en un criminal por intentar salvar a unos monstruos que no dudarían en sacrificarlo si el Señor Oscuro se lo pidiera.

—Es un riesgo —suspiró Augusta—. Pero supongo que es el precio de la hospitalidad que le debemos. Sin embargo, Frank, no puedes ser blando con él. Es un Lestrange, y la sangre siempre tira.

Frank asintió y regresó a la biblioteca. Rabastan ni siquiera levantó la vista cuando el Auror entró.

—He hablado con tu familia —mintió Frank, manteniendo la voz neutral.

Rabastan reaccionó entonces, sus ojos buscando desesperadamente los de Frank.

—¿Qué dijeron? ¿Están bien? ¿Puedo enviarles un mensaje?

Frank guardó silencio por un momento, fingiendo sopesar sus palabras. Recordó el rostro de Bellatrix y la determinación de Alice de romper el último vínculo que unía a Rabastan con la oscuridad.

—Están furiosos, Rabastan —dijo Frank—. Pero no con nosotros. Están furiosos contigo. Bellatrix te llamó traidor. Rodolphus ni siquiera quiso mencionar tu nombre. Para ellos, dejaste de existir en el momento en que no permitiste que lastimaran a Neville.

Rabastan retrocedió como si hubiera recibido un golpe físico. Se dejó caer en el sofá, con el rostro pálido como la cera.

—No... eso no es posible —susurró, su voz quebrándose—. Yo solo... yo no podía dejar que le hicieran eso al bebé. Ellos tienen que entenderlo.

—La gente como ellos no entiende la piedad, Rabastan —dijo Alice, entrando en la habitación y colocándose al lado de su esposo—. Para ellos, la piedad es una debilidad que debe ser extirpada. Te han repudiado. Ya no tienes una familia a la que volver.

—¡Mienten! —gritó Rabastan, aunque la duda ya empezaba a corroer su seguridad—. ¡Solo quieren que me quede aquí para usarme!

—¿Usarte para qué? —preguntó Frank con amargura—. No necesitamos nada de ti. Tenemos a los culpables, tenemos las pruebas. Te estamos ofreciendo una vida, Lestrange. Una oportunidad de empezar de cero sin el peso de un apellido manchado de sangre. Pero para eso, tienes que aceptar que ellos ya no están en tu futuro.

Rabastan se cubrió la cara con las manos, y por primera vez, los Longbottom vieron los hombros del joven sacudirse por sollozos silenciosos. Era el desmoronamiento de un mundo, la caída de un ídolo de barro que había adorado toda su vida.

—Se quedará aquí hasta que el último cerrojo de Azkaban se cierre tras ellos —sentenció Frank en voz baja, mirando a su esposa—. Y después... después veremos si queda algo de este hombre que valga la pena salvar.

Alice asintió, sintiendo una mezcla de lástima y alivio. Sabía que estaban manipulando al joven, pero también sabía que era la única forma de evitar que se destruyera a sí mismo. En la guerra, a veces las mentiras eran los únicos escudos que quedaban para proteger lo poco que quedaba de humanidad en el enemigo.

Mientras tanto, en el piso de arriba, el pequeño Neville comenzó a llorar. Alice subió rápidamente, dejando a los dos hombres en la biblioteca. Al tomar al niño en sus brazos, Neville se calmó de inmediato, mirando hacia la puerta como si esperara ver de nuevo al hombre hermoso de ojos tristes que lo había sostenido en medio de la tormenta.

—Él estará bien, pequeño —susurró Alice, besando la frente de su hijo—. Todos estaremos bien.

Pero en el piso de abajo, el silencio de Rabastan Lestrange era el sonido de un hombre que acababa de descubrir que el precio de su alma había sido la pérdida de todo lo que amaba. La Mansión Longbottom seguía siendo su refugio, pero ahora, más que nunca, se sentía como la tumba de su antigua vida.