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Sombras en el Pedestal de Mármol

El sol de la mañana se filtraba tímidamente a través de las vidrieras de la cocina en la Mansión Longbottom, creando patrones geométricos de luz dorada sobre la mesa de madera rústica. Rabastan Lestrange se movía con una agilidad que le era extraña hacía apenas unas semanas. Ya no quedaba rastro del joven cadavérico y tembloroso que Frank había rescatado de aquel mausoleo de polvo; sus hombros habían recuperado su anchura aristocrática y el brillo en sus ojos grises, aunque melancólico, denotaba una claridad mental absoluta.

Se preparó el desayuno con movimientos mecánicos y precisos. El aroma del café recién hecho y las tostadas con mantequilla llenaba el aire, un contraste violento con la frialdad que sentía en el pecho. Mientras cortaba una pieza de fruta, su mirada se posó en el almanaque mágico que colgaba cerca de la despensa. Las páginas pasaban solas, marcando el ritmo implacable del tiempo.

Se detuvo en seco. La fecha brillaba con un suave resplandor plateado. Había pasado exactamente un mes desde el ataque. Un mes desde que su vida se fragmentó en mil pedazos imposibles de recomponer.

—Ya estoy bien —susurró para sí mismo, y su voz sonó extraña en el silencio de la cocina—. Ya no hay excusas.

Dejó el cuchillo sobre la encimera. Sus manos no temblaban. Se sentía fuerte, físicamente restaurado por las pociones de Alice y la dieta estricta de Augusta, pero esa misma fortaleza le recordaba su propia deshonra. Cada bocado de comida que tomaba en esa casa era un recordatorio de que estaba viviendo de la caridad de las personas a las que se suponía debía destruir. La hospitalidad de los Longbottom, aunque genuina, se había convertido en una carga de gratitud que amenazaba con asfixiarlo.

Terminó su desayuno en silencio, lavó cuidadosamente cada utensilio y los dejó en su lugar. No quería dejar rastro de su desorden. Caminó hacia el pequeño escritorio de la estancia y tomó una pluma y un trozo de pergamino. Sus dedos dudaron un momento antes de empezar a escribir. No era una carta de agradecimiento, porque las palabras le parecían insuficientes y, en cierto modo, humillantes. Era una declaración de intenciones.

Dobló el pergamino, lo dejó en el centro de la mesa y, tras una última mirada hacia el piso de arriba —donde el pequeño Neville probablemente aún dormía bajo la vigilancia de sus padres—, salió de la casa. El aire fresco de la mañana lo golpeó en el rostro. Caminó hasta el límite de las protecciones, sintiendo el hormigueo de la magia ancestral de los Longbottom despidiéndolo, y con un giro brusco de su varita, desapareció en el aire.

Varias horas después, la cocina volvió a cobrar vida. Frank bajó las escaleras frotándose los ojos, seguido de cerca por Alice, quien llevaba a Neville en brazos. El niño balbuceaba, buscando con la mirada el cabello oscuro y los ojos grises que se habían vuelto una constante en sus mañanas.

—¿Rabastan? —llamó Frank, extrañado por el silencio absoluto—. Es raro que no esté ya aquí peleando con el café.

Alice dejó a Neville en su trona y se acercó a la mesa. Sus ojos se fijaron de inmediato en el trozo de pergamino solitario.

—Frank —dijo ella, con un tono de voz que hizo que su esposo se pusiera alerta al instante—. Mira esto.

Frank se acercó y tomó la nota. La caligrafía era elegante, angulosa y perfectamente legible, típica de la educación de un sangre pura de los estratos más altos:

*"Mi salud ha sido restaurada, y con ella, mi juicio. No puedo seguir siendo una sombra en los rincones de su hogar, alimentándome de una piedad que no merezco y que ya no puedo soportar. He regresado a la Mansión Lestrange. No intenten buscarme; hay deudas de sangre que solo se pueden pagar en soledad. Gracias por la vida de la que no supe qué hacer."*

Frank soltó un gruñido de frustración y golpeó la mesa con el puño, haciendo que las tazas tintinearan.

—¡Maldito sea! —exclamó Frank—. ¡Es un suicida! Sabe perfectamente que esa casa es una trampa. Los mortífagos que quedan lo buscarán para castigarlo por su "traición", y el Ministerio lo tiene bajo vigilancia.

—Es un Lestrange, Frank —dijo Alice, sentándose pesadamente mientras Neville comenzaba a llorar, sintiendo la tensión en el ambiente—. Su orgullo siempre iba a ser más fuerte que su sentido común. No puede soportar debernos nada.

—No se trata de orgullo, Alice, se trata de supervivencia —replicó Frank, caminando de un lado a otro—. Lo traje de esa casa porque se estaba dejando morir. ¿Y qué hace ahora? Regresa al mismo agujero. Es como si quisiera que el mundo lo devorara para dejar de sentirse culpable.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Alice, mirando la nota con amargura—. No podemos obligarlo a quedarse. Si lo traemos de vuelta por la fuerza, lo convertiremos realmente en un prisionero, y eso destruiría lo poco que hemos avanzado con él.

—No me gusta —sentenció Frank, deteniéndose frente a la ventana—. No me gusta nada. Siento que lo estamos dejando caminar directamente hacia un verdugo.

Mientras tanto, en el otro extremo de Inglaterra, Rabastan Lestrange cruzaba el umbral de su herencia. La Mansión Lestrange parecía haber envejecido un siglo en su ausencia. El aire era gélido y el olor a humedad y estancamiento lo envolvió como un sudario. No encendió las luces mágicas. Caminó en la penumbra hacia el gran salón, donde los retratos de sus antepasados lo observaban con un silencio ensordecedor.

Se dejó caer en un sillón de cuero descolorido. La soledad de la casa era absoluta, pero por primera vez, no intentó huir de ella. Se quedó allí, con la varita en la mano, esperando. No sabía exactamente qué esperaba: si era el ataque de los antiguos aliados de su hermano, la visita de los Aurores o simplemente el colapso definitivo de sus propias fuerzas.

—Estoy en casa —susurró, y su voz se perdió en las vigas del techo—. Que venga lo que tenga que venir.

Las horas pasaron. El crepúsculo empezó a teñir las estancias de sombras alargadas y siniestras. Rabastan se levantó para cerrar las cortinas cuando un ruido seco, un *crack* de aparición, resonó en el vestíbulo principal. Su cuerpo reaccionó por instinto, levantando la varita y apuntando hacia la puerta. Su corazón latía con fuerza, una mezcla de adrenalina y un oscuro alivio. Finalmente, el enfrentamiento que esperaba había llegado.

—¡Sal de donde estés! —gritó Rabastan, con la voz firme pero cargada de tensión.

Unos pasos lentos y rítmicos se escucharon sobre el mármol. No era el paso pesado de un auror ni el paso errático de un mortífago enloquecido. Era algo diferente. De las sombras emergió una figura alta, envuelta en una capa de viaje de excelente calidad. Cuando la luz de la luna iluminó su rostro, Rabastan sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

—¿Qué haces aquí, Frank? —preguntó Rabastan, sin bajar la varita—. Te dije que no me buscaras.

Frank Longbottom se detuvo a tres metros de él. No tenía su varita fuera, pero su postura era la de un hombre preparado para cualquier cosa. Sus ojos recorrieron la estancia con desprecio antes de volver a centrarse en el joven.

—Tu nota era una basura, Lestrange —dijo Frank con total franqueza—. Una pieza de dramatismo puro que no me impresionó en lo más mínimo.

—Vete de aquí —insistió Rabastan, aunque su mano empezaba a temblar ligeramente—. Esta es mi casa. No tienes jurisdicción aquí a menos que traigas una orden de arresto.

—No vengo como auror —replicó Frank, dando un paso adelante a pesar de la varita que lo apuntaba—. Vengo como el hombre que no quiere ver cómo un estúpido desperdicia la vida que tanto nos costó salvar. ¿Crees que esto es noble? ¿Crees que quedarte aquí a pudrirte en nombre de una lealtad familiar que ya no existe te hace un héroe?

—¡No busco ser un héroe! —estalló Rabastan—. Busco ser yo mismo. Y aquí es donde están mis raíces.

—Tus raíces están podridas, Rabastan —dijo Frank, señalando los retratos de las paredes—. Mira a estos hombres. Mira a tu hermano. ¿De verdad quieres que este sea tu final? ¿Solo en una casa que huele a muerte?

—Es mi destino —susurró Rabastan, bajando finalmente la varita, abrumado por la presencia del auror.

—El destino es lo que uno hace con sus manos —dijo Frank, suavizando un poco el tono—. Alice está furiosa. Augusta dice que eres un malagradecido. Y Neville... Neville se pasó la mañana buscando al "hombre de los ojos tristes" por toda la cocina.

Rabastan cerró los ojos, sintiendo una punzada de dolor al mencionar al niño.

—No puedo volver, Frank. No puedo seguir fingiendo que soy parte de su mundo. Cada vez que los miro, recuerdo lo que mi familia intentó hacerles. Cada vez que veo a Neville, veo la varita de Bellatrix apuntándole. Es una tortura que no puedes entender.

—Lo entiendo mejor de lo que crees —dijo Frank, acercándose lo suficiente como para poner una mano en el hombro de Rabastan—. Pero la tortura no se cura con soledad. Se cura con propósito.

Rabastan levantó la mirada, encontrándose con la determinación inquebrantable de Frank.

—¿Qué propósito puedo tener yo? —preguntó con amargura—. Soy un paria.

—Ayúdanos —dijo Frank de repente. Rabastan lo miró con incredulidad—. Los mortífagos que escaparon se están reorganizando. Conocen tus escondites, tus códigos, tu forma de pensar. No te pido que seas un espía, te pido que seas un consultor. Ayúdanos a detenerlos antes de que otra familia pase por lo que pasamos nosotros.

—¿Quieres que traicione a los que quedan? —Rabastan soltó una risa seca—. Eso me convertiría en el hombre más odiado de Gran Bretaña.

—Ya lo eres para ellos —le recordó Frank—. Pero para nosotros, podrías ser la clave para terminar esta guerra de una vez por todas. No regreses a la mansión para esconderte. Regresa para luchar, pero del lado correcto esta vez.

Rabastan guardó silencio durante un largo rato. El peso de la mansión parecía oprimirlo desde todas direcciones, como si las paredes intentaran aplastarlo por siquiera considerar la oferta. Miró a su alrededor, a la oscuridad y al vacío, y luego miró a Frank, quien representaba la luz y la vida que había probado durante el último mes.

—Si acepto... —comenzó Rabastan con voz trémula—, ¿qué pasará con el nombre Lestrange?

—Ese nombre ya está manchado, Rabastan —dijo Frank con sinceridad—. Pero tú puedes ser el que decida que la mancha no se extienda más. Puedes ser el último Lestrange, o el primero de algo nuevo.

Rabastan suspiró, sintiendo cómo una parte de su carga se aliviaba, sustituida por un miedo nuevo pero vital.

—No volveré a su casa —dijo Rabastan con firmeza—. No puedo. Sería una falta de respeto para su hospitalidad. Pero... me quedaré en Londres. En un lugar neutral. Y trabajaré contigo.

Frank asintió, satisfecho. Sabía que era lo máximo que podía obtener ese día.

—Está bien. Pero vendrás a cenar los domingos. Alice no aceptará un no por respuesta, y créeme, no quieres enfrentarte a ella cuando está decidida.

Rabastan esbozó una sonrisa débil, la primera que parecía llegarle a los ojos.

—Supongo que no tengo opción.

—Ninguna —confirmó Frank—. Ahora, recoge lo que necesites. No voy a dejarte solo en esta casa ni una noche más. Me da escalofríos solo de estar aquí diez minutos.

Mientras Rabastan subía a buscar sus pocas pertenencias, Frank se quedó en el salón, observando el retrato de Rodolphus Lestrange. El hombre del cuadro parecía rugir de furia silenciosa, pero Frank solo sintió lástima. Habían ganado una batalla importante esa noche, no con hechizos ni maldiciones, sino con la persistencia de la decencia humana.

El regreso a la civilización fue rápido. Frank instaló a Rabastan en un pequeño apartamento seguro en el Londres mágico, bajo la protección del Ministerio pero con el aval personal de los Longbottom. Cuando Frank regresó finalmente a su propia casa, Alice lo estaba esperando en la biblioteca con una taza de té y una expresión de "te lo dije".

—¿Y bien? —preguntó ella, levantando una ceja—. ¿Sigue vivo?

—Sigue vivo —respondió Frank, dejándose caer en su sillón favorito—. Y ha aceptado ayudarnos. No volverá aquí, ha alquilado un lugar en la ciudad.

Alice suspiró, aliviada.

—Es lo mejor. Necesita su propio espacio para reconstruirse. Pero... ¿cómo estaba?

—Roto —admitió Frank—. Pero dispuesto a intentar unir las piezas. Me costó convencerlo, pero creo que la idea de ver a Neville de nuevo fue lo que inclinó la balanza, aunque nunca lo admitirá.

Alice sonrió con tristeza.

—Ese niño tiene un don para ablandar los corazones más duros.

—No solo el niño, Alice —dijo Frank, tomando la mano de su esposa—. Nosotros también. Le hemos dado algo que nunca tuvo: una elección.

La noche cayó sobre la Mansión Longbottom, esta vez con una paz verdadera. En Londres, Rabastan Lestrange observaba las luces de la ciudad desde su nueva ventana. Ya no había retratos que lo juzgaran, ni el peso de un apellido que lo obligara a ser un monstruo. Había una nota sobre su mesa, escrita por él mismo, pero esta vez no era una despedida. Era una lista de nombres y lugares. Su primera contribución a la causa de los Longbottom.

El camino a la redención era largo y estaba lleno de espinas, pero mientras Rabastan cerraba los ojos esa noche, ya no sentía el vacío de la Mansión Lestrange. Sentía el calor de una pequeña mano agarrando la suya y la voz firme de un hombre que se negaba a dejarlo caer. Había dejado de ser un prisionero de su sangre para convertirse en un arquitecto de su propio futuro. Y por primera vez en toda su vida, Rabastan Lestrange no tenía miedo de lo que traería el mañana.