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Resurgir de las cenizas de la sangre

El veredicto del Ministerio de Magia fue como un mazo golpeando directamente el corazón de Rabastan Lestrange. Cadena perpetua en Azkaban para Bellatrix, Rodolphus y Barty Crouch Jr. Sin fianza, sin posibilidad de apelación, sin derecho a visitas hasta que se completara el traslado a las celdas de alta seguridad.

En la biblioteca de la Mansión Longbottom, el aire se sentía denso, casi irrespirable. Rabastan estaba de pie frente a la gran chimenea, observando cómo las llamas consumían un periódico que detallaba la caída de su familia. Frank y Alice acababan de entrar, portando la noticia con una solemnidad que rayaba en la compasión, algo que Rabastan despreciaba profundamente en ese momento.

—Se acabó, Rabastan —dijo Frank, cruzándose de brazos—. Los han trasladado hace una hora. No habrá más juicios.

Rabastan se giró con una lentitud predatoria. Su rostro, habitualmente de una belleza aristocrática imperturbable, estaba desencajado por una furia contenida.

—Me prohibieron verlos —susurró, y su voz vibró con un odio sordo—. Me mantuvieron aquí encerrado como a un animal doméstico mientras decidían el destino de mi propia sangre. No tenían derecho.

—Teníamos el derecho de mantenerte con vida —replicó Alice, cuya paciencia empezaba a agotarse—. Si hubieras puesto un pie en el Ministerio, estarías hoy en el mismo barco hacia la isla. Te salvamos, Rabastan.

—¡Yo no pedí ser salvado por ustedes! —rugió él, dando un paso hacia adelante—. Me quitaron la oportunidad de luchar por ellos, de estar a su lado. Me obligaron a ser un espectador de mi propia ruina.

Frank sacó la varita de Rabastan de su túnica y la puso sobre la mesa. El joven Lestrange la miró como si fuera un espejismo.

—Eres libre de irte —sentenció Frank—. Las protecciones de la mansión se han abierto para ti. Pero no digas que no te lo advertimos: fuera de estos muros, solo eres el hermano de un monstruo y el cuñado de una demente.

Rabastan tomó su varita con dedos temblorosos. La magia fluyó a través de él, una descarga gélida que pareció reafirmar su propósito. Sin una palabra de agradecimiento, sin siquiera mirar a Neville, que dormía plácidamente en un moisés cercano, se giró y caminó hacia el vestíbulo.

—¿A dónde irás? —preguntó Alice con una nota de preocupación genuina.

—A donde pertenezco —respondió él sin detenerse.

Con un chasquido seco que resonó como un latigazo, Rabastan se apareció.

La Mansión Lestrange era un mausoleo de piedra negra y recuerdos amargos. Cuando Rabastan llegó, el silencio lo recibió como una bofetada. No había elfos domésticos correteando, ni el eco de las risas desquiciadas de Bellatrix, ni el sonido de los pasos firmes de Rodolphus. Solo el polvo bailando en los escasos rayos de sol que lograban atravesar los ventanales mugrientos.

Se recluyó en el ala este. Durante una semana, el mundo dejó de existir. No encendió chimeneas, no buscó comida en las despensas vacías. Se sentaba en la oscuridad, con la varita en el regazo, escuchando el crujir de la casa. El hambre empezó como un dolor agudo y terminó como un vacío sordo que le nublaba los sentidos. La culpa, sin embargo, era mucho más voraz. Se sentía un traidor por estar vivo, un cobarde por haber protegido al hijo de un auror mientras los suyos se hundían en la locura.

Siete días después, Frank Longbottom apareció en los límites de la propiedad. Había pasado la semana inquieto, incapaz de sacarse de la cabeza la imagen del joven que había salvado a su hijo. Alice le decía que era un error, que Rabastan era un adulto y un Lestrange, pero Frank sabía que había una diferencia entre un enemigo y un hombre roto.

Las protecciones de la mansión estaban debilitadas, casi inexistentes. Frank caminó por el jardín descuidado y empujó la puerta principal, que cedió con un quejido lastimero. El olor a cerrado y a abandono era abrumador.

—¡Lestrange! —gritó Frank, su voz rebotando en las paredes de mármol—. ¡Rabastan!

No hubo respuesta. Frank subió las escaleras, guiado por un instinto que lo llevó hasta una habitación al final del pasillo. Allí, sentado en el suelo, apoyado contra una cama deshecha, estaba Rabastan. Parecía un espectro. Sus ojos estaban hundidos, su piel pálida tenía un tinte grisáceo y sus manos temblaban visiblemente.

—¿Frank? —La voz de Rabastan era apenas un susurro rasposo—. ¿Has venido a... a terminar el trabajo?

—He venido a ver si seguías vivo, aunque parece que te has esforzado mucho por lo contrario —dijo Frank, acercándose con cautela—. Levántate. Vamos, esto es patético.

Rabastan intentó ponerse en pie, apoyándose en la pared. Sus piernas, debilitadas por la falta de alimento y el agotamiento mental, cedieron casi de inmediato.

—Yo... yo no necesito... —intentó decir, pero las palabras se le atascaron en la garganta.

El mundo empezó a dar vueltas para el joven Lestrange. El rostro de Frank se desdibujó en una mancha borrosa. El frío que sentía en los huesos se volvió una oscuridad cálida y envolvente. Antes de que sus rodillas golpearan el suelo, Frank se movió con la rapidez de un auror experimentado y lo atrapó por los hombros.

—Maldito seas, Rabastan —masculló Frank, sintiendo lo poco que pesaba el joven—. Eres demasiado terco para tu propio bien.

Sin dudarlo, Frank se concentró en la calidez de su propia sala de estar y se apareció.

El regreso a la Mansión Longbottom fue caótico. Alice soltó una exclamación de asombro al ver a su marido aparecer con el cuerpo lánguido de su enemigo en brazos. Augusta, que estaba de visita para ver a Neville, se puso en pie de inmediato, con su bolso de piel de buitre golpeando el suelo con un sonido seco.

—¡Por Merlín, Frank! —exclamó Alice—. ¿Qué ha pasado?

—Se estaba dejando morir de hambre en esa tumba de casa —respondió Frank, depositando a Rabastan en el sofá de terciopelo—. Está agotado, Alice. No creo que haya comido nada desde que se fue.

Augusta se acercó, observando al joven con una mezcla de desaprobación y una extraña forma de piedad que ocultaba tras su máscara de severidad.

—Es un Lestrange, pero parece un polluelo caído del nido —sentenció la matriarca—. Trae una poción vigorizante y un poco de caldo, Alice. Frank, súbelo a la habitación de invitados. Y esta vez, asegúrate de que no pueda salir tan fácilmente.

Rabastan despertó horas después. La luz de las velas era suave y el aroma a lavanda y madera de cedro le resultó extrañamente reconfortante hasta que recordó dónde estaba. Intentó incorporarse bruscamente, pero un mareo lo obligó a caer de nuevo sobre las almohadas.

—No lo intentes —dijo una voz imperiosa desde la esquina de la habitación.

Augusta Longbottom estaba sentada en una silla de respaldo alto, tejiendo algo que parecía una bufanda roja. Sus ojos, agudos como los de un halcón, se clavaron en él.

—¿Qué... qué hago aquí? —preguntó Rabastan, su voz todavía débil—. Exijo que me dejen ir. Soy un hombre libre.

Augusta dejó el tejido a un lado y se levantó, caminando hacia la cama con una parsimonia que ponía nervioso a cualquiera.

—Eres un hombre libre, sí —dijo ella, ajustando las mantas con una fuerza innecesaria—. Pero también eres un tonto. Has demostrado que, en cuanto te dejamos solo, decides que la mejor forma de lidiar con tus problemas es dejar de comer y esperar a que la muerte te encuentre.

—No es asunto suyo —masculló Rabastan, intentando recuperar su dignidad aristocrática.

—En esta casa, es asunto mío —replicó Augusta, dándole un golpecito en la frente con el dedo, como si fuera un niño pequeño—. Ya que quieres comportarte como un infante caprichoso que no sabe cuidarse solo, te trataremos como tal. No saldrás de esta habitación hasta que recuperes el peso que has perdido y hasta que dejes de tener esa mirada de mártir.

Rabastan se quedó boquiabierto. Nadie, ni siquiera su madre, le había hablado con tanta falta de respeto a su estatus.

—¡No puede hacerme esto! —exclamó, aunque el efecto se perdió cuando su estómago rugió ruidosamente—. ¡Soy un Lestrange!

—Y yo soy una Longbottom, y estoy en mi casa —respondió ella con una sonrisa gélida—. Ahora, vas a tomarte este caldo. Y si intentas escupirlo o tirarlo, te juro que llamaré a Frank para que te lo administre con un embudo. ¿He sido clara?

Rabastan miró el cuenco que Augusta le tendía. El olor era delicioso, una mezcla de pollo y hierbas que hizo que su boca salivara al instante. Miró a la anciana, buscando una grieta en su resolución, pero solo encontró una voluntad de hierro.

—¿Por qué? —preguntó en voz baja, tomando el cuenco con manos todavía temblorosas—. ¿Por qué se molestan con alguien como yo?

Augusta suspiró y su expresión se suavizó apenas un milímetro.

—Porque salvaste a mi nieto, muchacho. Y porque, aunque lleves ese apellido, tu piel está limpia de esa marca maldita. Frank y Alice creen que hay algo en ti que vale la pena salvar. Yo... yo solo creo que eres demasiado joven para rendirte ante la oscuridad de tu familia.

Rabastan bajó la mirada hacia el caldo. El calor del cuenco se filtraba en sus dedos, recordándole que seguía vivo, a pesar de sus propios esfuerzos por lo contrario.

—Mi hermano... ellos nunca me perdonarán —susurró.

—Tu hermano está en una celda donde no puede alcanzarte —dijo Augusta, volviendo a su silla—. Y si el precio de tu libertad es que ellos te consideren un traidor, entonces es un precio muy barato, Rabastan. Ahora come. Es una orden.

Durante los siguientes días, la Mansión Longbottom se convirtió en una extraña clase de santuario-prisión para Rabastan. Frank y Alice lo visitaban a menudo, trayéndole noticias del mundo exterior y, a veces, trayendo al pequeño Neville. El bebé parecía sentir una fascinación natural por Rabastan; en cuanto lo veía, estiraba sus bracitos y balbuceaba con entusiasmo.

—Parece que te recuerda —comentó Alice una tarde, mientras observaba a Neville intentar gatear sobre las piernas de un Rabastan que todavía se veía incómodo con la situación.

—No debería —respondió él, aunque sus dedos acariciaron con cuidado la mano del niño—. Los niños no deberían recordar el miedo.

—No te recuerda con miedo, Rabastan —dijo Frank, apoyado en el marco de la puerta—. Te recuerda como el hombre que lo sostuvo cuando todo lo demás era caos.

Rabastan guardó silencio. Sentía que las paredes de su identidad se desmoronaban día tras día. Ya no era el mortífago en potencia, ni el aristócrata altivo. Era un hombre sin bando, atrapado en la gratitud de sus enemigos.

Una noche, cuando ya recuperaba las fuerzas, Rabastan se encontró con Frank en la biblioteca. El auror estaba revisando unos informes, pero levantó la vista cuando el joven entró.

—Mañana podrás salir si quieres —dijo Frank de repente—. Las protecciones están listas. Puedes volver a tu mansión... o puedes quedarte un tiempo más.

Rabastan caminó hacia la ventana, observando los jardines bañados por la luna. Pensó en la casa fría y vacía de los Lestrange, en los retratos que lo juzgaban y en el silencio que lo consumía. Luego pensó en la calidez de esta casa, en los gritos de Neville, en la severidad protectora de Augusta y en la mano extendida de Frank.

—¿Por qué me das la opción? —preguntó Rabastan sin girarse—. Sabes que soy un peligro. Mi apellido es una diana para los Aurores y una decepción para los mortífagos.

—Porque todos merecemos una segunda oportunidad, incluso un Lestrange —respondió Frank—. Y porque Neville merece crecer en un mundo donde un hombre pueda cambiar su destino.

Rabastan cerró los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, no vio la oscuridad de Azkaban ni el rostro de Bellatrix. Vio una posibilidad. Una vida que no estaba escrita en los libros de genealogía de sangre pura.

—Me quedaré —susurró Rabastan—. Al menos... hasta que aprenda a cuidarme solo, como dice su madre.

Frank sonrió, una sonrisa genuina y poderosa.

—Buena elección, Rabastan. Augusta se pondrá furiosa si tiene que volver a buscarte en ese mausoleo.

Esa noche, Rabastan Lestrange no soñó con cadenas. Soñó con un sol que nacía sobre campos verdes, y con la risa de un niño que le recordaba que, a veces, el acto más valiente no es morir por una causa, sino vivir para encontrar una nueva. La Mansión Longbottom ya no era su cárcel; era el lugar donde el último de los Lestrange estaba empezando a convertirse en el primero de algo completamente distinto.