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El Despertar del Viento y el Rubor del Fuego

El hielo se resquebrajó con un estruendo que pareció sacudir los cimientos mismos del mundo. No fue una ruptura natural; fue una explosión de energía pura, una columna de luz azulada que perforó las nubes y pintó el cielo del Ártico con una luminiscencia divina. Katara, con los ojos muy abiertos y el corazón galopando contra sus costillas, retrocedió mientras Sokka intentaba, inútilmente, protegerla con su lanza de hueso.

En el centro del cráter de hielo, una figura emergió. No era el niño que las leyendas describían. El hombre que salió de la esfera congelada parecía estar en la plenitud de su juventud, con hombros anchos, una postura relajada y tatuajes de flechas azules que brillaban con una intensidad eléctrica. Sus ojos, antes blancos y cegadores, recuperaron su color gris tormenta mientras sus pies tocaban la nieve. Aang, el último Maestro Aire, estiró los brazos y dejó escapar un suspiro que generó una brisa cálida, algo imposible en aquellas latitudes.

—Cien años... —murmuró Aang, su voz era profunda, aterciopelada y cargada de una confianza que no debería poseer alguien que acaba de despertar de un sueño secular—. Definitivamente necesito un baño y quizás algo de compañía.

Antes de que Katara pudiera articular palabra, el sonido metálico de un motor rompió el silencio del glaciar. Un navío de la Nación del Fuego, negro y humeante como una bestia de hierro, se abrió paso entre los icebergs. La rampa descendió con un golpe seco, y de ella emergió una guarnición de soldados liderada por un joven cuya armadura roja brillaba bajo el sol pálido.

Zuko, el Príncipe de la Nación del Fuego, caminó con paso firme. Su rostro, marcado por una cicatriz que solo acentuaba la nobleza de sus facciones, estaba contraído en una mueca de determinación. A diferencia de los rumores que corrían por el mundo sobre la crueldad de su linaje, los ojos de Zuko no reflejaban odio, sino una carga pesada, una responsabilidad que no deseaba pero que aceptaba por el bien de su pueblo. Él no quería la guerra; quería el equilibrio, pero su deber lo ataba a esa búsqueda.

Aang no se movió. No adoptó una postura de combate ni mostró miedo. En su lugar, cruzó los brazos sobre su pecho, observando al príncipe con una sonrisa juguetona que descolocó a todos los presentes.

Aang caminó un poco más cerca, sus pasos ligeros apenas dejaban huella en la nieve.

—Me llamo Aang —dijo, extendiendo la mano con una elegancia casi aristocrática—. ¿Y tú eres mi Sunshine?

El silencio que siguió fue absoluto. Sokka dejó caer su lanza. Katara parpadeó, confundida. Los soldados de la Nación del Fuego se miraron entre sí, preguntándose si el Avatar había sufrido daño cerebral por la congelación.

Zuko, por su parte, sintió que el calor le subía a las mejillas, y no era precisamente por su control del fuego.

—¡No soy tu Sunshine! —exclamó el príncipe, su voz quebrándose ligeramente por la indignación.

Aang inclinó ligeramente la cabeza, sus ojos recorriendo la figura de Zuko con un descaro que hizo que el joven de la cicatriz retrocediera un paso.

—Todavía no —respondió Aang con una voz suave, casi un susurro que el viento llevó directamente a los oídos de Zuko.

Hubo otra pausa. El aire parecía vibrar con una tensión que no era bélica, sino algo mucho más desconcertante.

—Pero podemos trabajar en eso —añadió el Avatar, guiñándole un ojo.

—¡Lo arrestaré! Voy a capturarte —declaró finalmente Zuko, intentando recuperar la compostura y señalando a Aang con un dedo tembloroso—. Eres el Avatar, el enemigo de mi nación. Mi deber es llevarte ante mi padre.

Aang sonrió de nuevo, una expresión depredadora y encantadora a la vez.

—¿Eso significa que pasaré más tiempo contigo? —preguntó Aang, dando un paso más hacia el espacio personal del príncipe—. Porque si me prometes celdas de seda y tu visita diaria, me rindo ahora mismo, precioso.

Zuko estaba estupefacto. Había pasado años estudiando la historia del Avatar, preparándose para una batalla épica contra un guerrero legendario, un maestro de los cuatro elementos que desataría la furia de la naturaleza sobre él. No estaba preparado para un hombre que coqueteaba como si estuviera en un banquete real en lugar de un campo de batalla.

—¡Cállate! —gritó Zuko, aunque el tono carecía de verdadera malicia—. ¡Soldados, aseguren el perímetro! ¡No dejen que se escape!

—Oh, no planeo irme a ninguna parte —dijo Aang, haciendo girar su planeador con una mano—. De hecho, creo que este es el comienzo de una relación muy... chispeante.

Mientras los soldados rodeaban a Aang con cautela, una segunda figura apareció en la cubierta del barco. El Comandante Zhao, con sus patillas prominentes y una expresión de superioridad que irritaba incluso a sus propios subordinados, observaba la escena con desdén.

—Príncipe Zuko —bramó Zhao, bajando por la rampa con pasos pesados—, parece que su "presa" es más habladora de lo esperado. Si no puede manejar a un simple monje, apártese. Yo me encargaré de llevar al Avatar encadenado a la capital. La gloria no es para los que dudan.

Zuko se tensó. Su relación con Zhao era, en el mejor de los casos, hostil. Zhao representaba todo lo que Zuko detestaba de la guerra: la ambición ciega, la falta de honor y el deseo de aplastar al débil.

—El Avatar es mi responsabilidad, Comandante —dijo Zuko, interponiéndose entre Zhao y Aang—. Yo llegué primero.

Aang, ignorando por completo la amenaza de Zhao, se apoyó en su bastón y miró a Zuko con fingida tristeza.

—¿Ves eso, Sunshine? Ya se están peleando por mí. Me haces sentir especial, aunque ese tipo de las patillas tiene un aura muy aburrida. Tú, en cambio... —Aang se acercó lo suficiente como para que Zuko pudiera oler el aroma a ozono y aire fresco que emanaba de él—, tú tienes fuego en el alma. Me gusta el fuego.

—¡Deja de decir tonterías! —le siseó Zuko, tratando de ignorar cómo su corazón martilleaba contra su pecho—. Estás en peligro. Zhao no es como yo. Él no busca justicia, busca poder.

Aang soltó una carcajada cristalina que pareció resonar en las montañas de hielo.

—Peligro, dice. Qué tierno —Aang miró a Zhao de reojo, y por un breve instante, la calidez en sus ojos desapareció, siendo reemplazada por una frialdad ancestral que hizo que el Comandante se detuviera en seco—. Escucha, Sunshine. Si ese hombre intenta ponerme una mano encima, tendré que demostrar por qué el mundo me temió y me amó a partes iguales. Pero preferiría seguir hablando de lo bien que te queda ese tono de rojo en las mejillas.

Zhao, enfurecido por ser ignorado, lanzó una ráfaga de fuego hacia Aang.

—¡Suficiente de esta farsa!

Aang ni siquiera miró hacia la llamarada. Con un movimiento fluido de su mano, creó un vacío de aire que extinguió el fuego antes de que pudiera acercarse. La onda expansiva fue tan potente que empujó a Zhao y a sus soldados varios metros hacia atrás.

—¡Zhao! —gritó Zuko, extendiendo una mano para detener a sus propios hombres—. ¡No ataques sin orden! ¡Podrías destruir el glaciar!

—¡No me des órdenes, príncipe desterrado! —rugió Zhao, levantándose con la cara roja de ira—. ¡Ese hombre es una amenaza que debe ser erradicada o sometida!

Aang suspiró, volviendo su atención a Zuko.

—Es un poco ruidoso, ¿verdad? —preguntó Aang, acercándose un paso más al príncipe—. Deberías dejar que me encargue de él. Podríamos ir a algún lugar más privado. Conozco un templo en el aire donde la vista es casi tan hermosa como tú.

Zuko sintió que perdía el control de la situación. Se suponía que él era el captor. Se suponía que él era el enemigo.

—No voy a ir a ningún templo contigo —dijo Zuko, tratando de sonar firme—. Vas a venir a mi barco. Como prisionero.

—Solo si me prometes que tú llevarás las llaves —respondió Aang con una sonrisa de lado—. Me gusta la idea de estar bajo tu custodia, Sunshine.

Katara y Sokka, que habían estado observando la escena desde una distancia segura, intercambiaron miradas de pura incredulidad.

—¿Ese es realmente el Avatar? —susurró Sokka—. Pensé que sería... no sé, ¿menos coqueto?

—Es poderoso —respondió Katara, notando cómo la nieve alrededor de Aang ni siquiera se derretía a pesar del calor de los ataques de fuego—. Pero parece más interesado en molestar al príncipe que en luchar.

En ese momento, Zhao ordenó un ataque conjunto. Una docena de maestros fuego lanzaron una red de llamas hacia Aang. El Avatar, en un despliegue de poder absoluto, saltó en el aire, girando sobre sí mismo. No usó solo aire; el agua del mar cercano se elevó en grandes látigos que interceptaron el fuego, convirtiéndolo en vapor instantáneamente.

Aang aterrizó suavemente justo frente a Zuko, quien no había atacado. El príncipe estaba allí parado, con las espadas duales en sus manos pero sin levantarlas contra el monje.

—¿Por qué no me atacas, Sunshine? —preguntó Aang, su voz ahora carente de burla, llena de una curiosidad genuina—. Tienes la oportunidad.

—No estás luchando en serio —respondió Zuko, bajando la mirada hacia las manos de Aang—. Y no voy a atacar a un hombre que solo se defiende. No es... no es honorable. Además, mis hombres podrían salir heridos en el fuego cruzado.

Aang suavizó su expresión. Extendió una mano y, con una audacia que dejó a los soldados de la Nación del Fuego sin aliento, acarició suavemente el lado no quemado del rostro de Zuko.

—Eres demasiado bueno para este uniforme, Zuko —dijo Aang. Era la primera vez que usaba su nombre—. Tienes un corazón que brilla más que cualquier llama. Por eso me gustas.

Zuko se quedó paralizado. El contacto era cálido, extrañamente reconfortante. Por un momento, olvidó la guerra, olvidó a su padre y olvidó su destierro.

—¡Atrápenlo ahora! —gritó Zhao, lanzándose hacia adelante con una lanza de fuego.

Aang reaccionó en un milisegundo. Empujó suavemente a Zuko fuera del camino y, con un movimiento circular de sus brazos, generó un tornado en miniatura que envolvió a Zhao y lo lanzó directamente hacia la cubierta de su propio barco, donde aterrizó en un montón de metal y dignidad herida.

—Vaya, eso fue grosero —dijo Aang, sacudiéndose el polvo inexistente de su túnica—. Interrumpir un momento tan dulce.

Aang miró a Zuko, quien se estaba levantando de la nieve, luciendo completamente aturdido.

—Bueno, Sunshine, ha sido un placer conocerte —dijo Aang, comenzando a retroceder hacia donde Katara y Sokka lo esperaban—. Pero creo que mis amigos y yo tenemos cosas que hacer. El mundo no se va a salvar solo, aunque ahora tengo una motivación extra para terminar rápido.

—¡No te dejaré ir! —gritó Zuko, aunque no hizo ningún movimiento para perseguirlo.

Aang saltó sobre su planeador y se elevó unos metros, quedando suspendido en el aire.

—Oh, sé que nos volveremos a ver. Después de todo, el destino nos ha unido, ¿no crees? —Aang le lanzó un beso al aire—. ¡Practica tu sonrisa, Sunshine! ¡La próxima vez quiero ver algo más que ese ceño fruncido!

Con un poderoso movimiento de sus alas de tela, Aang se alejó volando, dejando tras de sí una estela de nieve y a un Príncipe de la Nación del Fuego cuyo rostro estaba tan rojo como su armadura.

Zuko se quedó allí, mirando al cielo mucho después de que el Avatar desapareciera.

—Señor... —dijo uno de sus soldados, acercándose con cautela—. ¿Deberíamos preparar las catapultas?

Zuko suspiró, guardando sus espadas.

—No. Volvamos al barco. Tenemos mucho que... procesar.

—¿Y el Comandante Zhao, señor? —preguntó el soldado, señalando al hombre que aún intentaba desenredarse de una red de cuerdas en la cubierta superior.

Zuko esbozó una sonrisa diminuta, casi imperceptible.

—Que se quede ahí un rato. El "Sunshine" necesita un momento de paz.

Mientras tanto, en el aire, Aang reía mientras Katara lo miraba como si fuera un extraterrestre.

—¿"Sunshine"? —preguntó ella—. ¿En serio?

—¿Viste sus ojos, Katara? —respondió Aang con un suspiro dramático—. Son como ámbar fundido. Definitivamente va a ser divertido salvar el mundo si él es quien me persigue.

Sokka solo pudo cubrirse la cara con las manos.

—Estamos condenados. El Avatar es un ligón incorregible.

Aang solo miró hacia atrás, hacia el barco negro que se hacía pequeño en el horizonte, y su sonrisa se volvió algo más profunda, más real. El juego acababa de empezar, y él tenía toda la intención de ganar no solo la guerra, sino también el corazón del príncipe que se atrevía a desafiar al viento con su fuego.

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