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Tormenta de Arena y Corazones de Fuego

El mercado del pequeño pueblo del Reino Tierra estaba sumido en un caos absoluto. El olor a especias volcadas y a tierra seca llenaba el aire mientras los civiles corrían a refugiarse. Zuko, con sus espadas dobles desenvainadas, se movía con una precisión que rozaba la danza, aunque su rostro reflejaba una frustración creciente.

—¡Quédate quieto de una vez, Avatar! —gritó Zuko, lanzando un tajo circular que Aang esquivó con un salto hacia atrás, aterrizando sobre el tejado de un puesto de frutas.

—Oh, vamos, Sunshine, ¿por qué tanta prisa? —Aang se sentó en el borde del tejado, balanceando sus piernas con una despreocupación que ponía a Zuko al borde de un ataque de nervios—. Si me quedo quieto, no podré apreciar lo bien que te queda ese ceño fruncido. ¿Sabías que cuando te enfadas tus ojos brillan como brasas? Es fascinante.

—¡Cállate! —Zuko saltó hacia el tejado, lanzando una patada de fuego que Aang bloqueó simplemente soplando una brisa suave—. ¡Deja de decir tonterías y pelea!

—Estoy peleando, mi pequeño Sol —respondió Aang, apareciendo de repente detrás de él y rozándole el hombro con la punta de su bastón—. Solo que mi estilo de lucha incluye apreciar las cosas bellas de la vida. Y tú estás en el primer puesto de mi lista.

Zuko giró sobre sus talones, lanzando un golpe que Aang detuvo con la palma de la mano. Por un segundo, sus rostros estuvieron a escasos centímetros. El príncipe podía sentir el calor del aliento de Aang y ver la intensidad en sus ojos grises, una profundidad que no encajaba con su tono burlón.

—Eres un maníaco —susurró Zuko, con el corazón latiendo con fuerza contra sus costillas.

—Soy tu maníaco —corrigió Aang con un guiño, justo antes de deslizarse entre las piernas de Zuko y aparecer varios metros abajo, en la calle.

La persecución continuó por las estrechas callejuelas, pero la atmósfera cambió drásticamente cuando el sonido de botas pesadas y el crujir de metal resonaron desde la entrada principal del pueblo. Un destacamento de la Nación del Fuego, mucho más grande y agresivo que el de Zuko, irrumpió en la plaza. Al frente, montado en un rinoceronte de guerra, estaba el Comandante Zhao.

—¡Suficiente de este espectáculo patético! —rugió Zhao, desmontando con arrogancia—. ¡Soldados! ¡Capturen al Avatar! Y escuchen bien: intenten no dañar al príncipe... si es que puede quitarse de en medio.

Zuko se tensó, guardando sus espadas.

—Zhao, yo tengo esto bajo control. ¡Retírate!

—Lo que tienes es una obsesión vergonzosa, príncipe —escupió Zhao—. Muévase. Ahora el Avatar se enfrentará a un verdadero guerrero.

Aang, que hasta hace un momento parecía un niño jugando a las escondidas, cambió por completo. Su postura se volvió rígida, sus hombros se ensancharon y una sombra cayó sobre su rostro. El aire a su alrededor dejó de ser una brisa juguetona para convertirse en un zumbido sordo que hacía vibrar las ventanas de las casas cercanas.

—Tú —dijo Aang, y su voz no era la de un joven de doce años, ni siquiera la de un hombre joven. Era una voz que parecía resonar con el eco de mil vidas pasadas—. Tienes una lengua muy larga para alguien tan pequeño, Zhao.

—¡Ataquen! —ordenó Zhao, ignorando el escalofrío que recorrió su columna.

Los soldados de Zhao lanzaron ráfagas masivas de fuego. Eran ataques diseñados para incinerar todo a su paso. Sin embargo, lo que sucedió a continuación dejó a todos, incluidos Katara y Sokka que observaban desde un callejón, paralizados de terror.

Aang no esquivó. Con un movimiento seco de sus manos, el aire se volvió sólido. No era solo viento; era una fuerza de presión atmosférica tan inmensa que las llamas de los soldados se extinguieron antes de llegar a la mitad del camino, aplastadas por el peso del oxígeno manipulado.

Entonces, Aang se movió. No fue un movimiento fluido de aire, sino un estallido de velocidad pura. En un parpadeo, estaba en medio de las filas de Zhao. No usaba movimientos suaves; sus golpes de aire tenían la fuerza de martillos de guerra. Los soldados salían despedidos contra las paredes de piedra con una violencia que hacía crujir los huesos.

Lo más aterrador era la precisión. A pesar de la devastación que estaba causando, ni una sola ráfaga de viento, ni un solo escombro, tocó a Zuko ni a sus hombres, que se habían quedado rezagados a un lado de la plaza. Era como si el Avatar hubiera trazado una línea invisible en la realidad: de un lado, la aniquilación total; del otro, una calma absoluta para el príncipe.

—¡Es un monstruo! —gritó uno de los oficiales de Zhao mientras era elevado diez metros en el aire por un tornado en miniatura antes de ser estampado contra el suelo.

Zhao, viendo que su infantería estaba siendo desmantelada en cuestión de segundos, desesperó.

—¡Arqueros de fuego! ¡Ahora! ¡Fuego cruzado! —gritó, señalando hacia donde Aang estaba de espaldas, pero donde también se encontraba Zuko, tratando de asimilar la masacre.

Los soldados de élite de Zhao lanzaron una extensión de fuego combinada, una técnica prohibida que creaba un muro de llamas blancas y azules capaz de derretir el hierro. Zuko, atrapado en la trayectoria por la sorpresa, apenas tuvo tiempo de cruzar los brazos en una defensa desesperada. Iroh, que acababa de llegar a la escena, gritó el nombre de su sobrino con angustia, corriendo hacia él.

Pero Aang fue más rápido que el fuego y más rápido que el tiempo.

En un estallido que levantó el pavimento de la calle, Aang apareció frente a Zuko. No usó su bastón. Extendió ambas manos y, con un rugido que sacudió los cimientos del pueblo, abrió un vacío en el aire. El fuego cruzado, la técnica más poderosa de Zhao, fue absorbido por el vacío y disipado como si nunca hubiera existido.

El silencio que siguió fue sepulcral. Aang permaneció de espaldas a Zuko, con los puños apretados y el aire todavía girando violentamente a su alrededor.

—Sunshine —dijo Aang. Su voz era profunda, cargada de una autoridad antigua, pero cuando pronunció ese apodo, recuperó una pizca de la calidez anterior—. Aléjate un momento, por favor.

Zuko parpadeó, con el rostro pálido por el calor que casi lo alcanza.

—Aang... —susurró, sin saber por qué usaba su nombre por primera vez.

—Quiero limpiar el suelo —continuó el Avatar, girando la cabeza lo suficiente para que Zuko viera el brillo gélido de sus ojos—. Y necesito golpear a este idiota hasta que olvide cómo se llama.

Aang dio un paso hacia Zhao, y el suelo bajo sus pies se agrietó.

—¡Retirada! —gritó Zhao, cuya arrogancia se había convertido en puro pánico—. ¡Retirada inmediata! ¡Vámonos de aquí!

El comandante no esperó a sus hombres. Se montó en su rinoceronte y huyó a toda velocidad, seguido por los pocos soldados que aún podían caminar. Habían visto la cara de un dios enfurecido, y no tenían intención de quedarse a ver el final del acto.

Aang exhaló un largo suspiro, y la presión en el aire desapareció de golpe. Los remolinos de arena se asentaron y el cielo volvió a su azul habitual. Se giró hacia Zuko, y la expresión letal se desvaneció, reemplazada por esa sonrisa traviesa y coqueta que tanto irritaba al príncipe.

—Vaya, eso ha sido agotador —dijo Aang, sacudiéndose el polvo de la ropa como si nada hubiera pasado—. ¿Viste eso, Sunshine? Te dije que te protegería.

Zuko todavía tenía las espadas en las manos, pero le temblaban ligeramente. Miró a su alrededor: la mitad de la plaza estaba destruida, los soldados de Zhao estaban esparcidos por el suelo quejándose, y sus propios hombres lo miraban a él y al Avatar con una mezcla de reverencia y miedo absoluto.

—Tú... podrías habernos matado a todos —dijo Zuko, su voz apenas un hilo—. Dicen que el Avatar es un monje pacifista. Eso no fue pacifismo.

Aang caminó hacia él, deteniéndose justo cuando sus botas tocaron las de Zuko. Se inclinó hacia adelante, invadiendo su espacio personal con la misma confianza de siempre.

—Soy un monje, Zuko. Y amo la paz —susurró Aang, acercando su mano a la mejilla del príncipe, aunque se detuvo antes de tocarlo—. Pero nadie toca a mi rayo de sol y vive para contarlo sin un par de moretones. El equilibrio del mundo es importante, pero mi equilibrio personal empieza contigo.

Zuko sintió que el calor subía de nuevo a su rostro, pero esta vez no era solo por la rabia. Era una confusión interna que lo devoraba.

—Vete de aquí, Avatar —logró decir Zuko, aunque no se movió de su sitio—. Mi gente... tenemos que irnos.

—Como digas, jefe —Aang retrocedió, haciendo una reverencia exagerada—. Pero cuídate mucho, ¿entendido? Ten cuidado, Sunshine, hasta que nos veamos de nuevo. No dejes que tipos como Zhao te amarguen el día, tu sonrisa es demasiado valiosa.

Aang saltó hacia un balcón cercano y, con una pirueta, desapareció entre los tejados, gritando un último "¡Te quiero!" que resonó por todo el pueblo.

Zuko se quedó allí, de pie en medio de la destrucción, sintiéndose el centro de todas las miradas.

—Príncipe Zuko —la voz de Iroh fue suave mientras se acercaba y ponía una mano en su hombro—. Creo que deberíamos regresar al barco.

Zuko asintió mecánicamente y comenzó a caminar hacia las afueras del pueblo, ordenando a sus hombres que recogieran a los heridos y se prepararan para la marcha. No dijo una palabra en todo el camino de regreso.

Horas más tarde, el barco de Zuko cortaba las olas del mar en silencio. El príncipe se había encerrado en su camarote, alegando que necesitaba meditar, aunque en realidad solo quería esconderse del mundo.

En la cubierta principal, la tripulación estaba inusualmente parlanchina. El encuentro había sacudido los cimientos de lo que creían saber sobre el enemigo.

—¿Vieron cómo lo hizo? —susurró uno de los timoneles, asegurándose de que la puerta del camarote del príncipe estuviera cerrada—. Ese chico... no era un niño. Parecía un espíritu de la guerra.

—Y la forma en que el aire se detuvo —añadió un cocinero, todavía pálido—. Podría habernos aplastado como a insectos. Pero nos dejó intactos. A todos los del barco del príncipe.

—Es por lo que le dijo al señor —dijo un soldado joven, rascándose la nuca—. "Sunshine". Nunca he oído a nadie hablarle así al príncipe Zuko. Y menos un enemigo.

Iroh, que estaba sentado en un rincón preparando té, dejó escapar una pequeña risita mientras observaba el vapor salir de su taza.

—El amor suele manifestarse de formas muy extrañas, mis amigos —comentó el anciano con los ojos brillantes de diversión—. Y el Avatar parece tener un corazón muy... expansivo.

—¿Amor, General Iroh? —preguntó el timonel, incrédulo—. ¡Es el Avatar! ¡Y nuestro príncipe es, bueno, nuestro príncipe!

—Precisamente —respondió Iroh, tomando un sorbo de té—. El fuego necesita aire para arder con fuerza, y el aire necesita calor para elevarse. Es una combinación muy poderosa. Aunque me temo que mi sobrino va a necesitar mucho más té de jazmín para sobrevivir a este "cortejo".

Dentro de su camarote, Zuko estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, intentando concentrarse en su respiración. Pero cada vez que cerraba los ojos, no veía la llama de su vela. Veía unos ojos grises llenos de una picardía peligrosa y escuchaba una voz suave susurrándole al oído.

—Sunshine... —susurró Zuko para sí mismo, golpeando su frente contra la mesa de madera—. Ese idiota... ese maldito y poderoso idiota.

Se llevó una mano al pecho, justo donde el corazón le latía con una fuerza que no podía explicar. No sabía si era miedo, si era la adrenalina de la batalla o si, como decía Aang, alguien realmente le había lanzado una piedra de fuego al corazón. Lo único que sabía era que la próxima vez que se encontraran, probablemente no tendría la fuerza para atacarlo primero. Y eso era lo más aterrador de todo.

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