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Rumores de Hielo y Promesas de Fuego
El viento del Polo Norte soplaba con una fuerza renovada, arrastrando consigo los restos de ceniza de las máquinas de guerra de la Nación del Fuego. En el muelle de la Tribu del Agua, el silencio era denso, roto únicamente por el crujido de los icebergs y el sonido metálico de las armaduras. Zuko, con la capa roja ondeando como una herida abierta contra el blanco inmaculado de la nieve, observaba a sus hombres. Sus rostros reflejaban una mezcla de alivio y terror absoluto tras haber presenciado el poder del Avatar.
—¡Retirada! —ordenó Zuko, y su voz, aunque firme, tenía un matiz de cansancio que no pudo ocultar—. A los barcos. Ahora. No hay nada más que hacer aquí.
Sus soldados no dudaron. Se movieron con una eficiencia mecánica, ansiosos por alejarse de aquel oasis que casi se convierte en su tumba. Pero antes de que Zuko pudiera dar un paso hacia su propia embarcación, una corriente de aire cálido le revolvió el cabello, trayendo consigo ese aroma a sándalo que ya empezaba a detestar por lo mucho que le gustaba.
Aang aterrizó a pocos metros, apoyado en su bastón con una elegancia pícara. Sus ojos grises brillaban con una intensidad que no tenía nada que ver con el Estado Avatar y todo que ver con el joven que se escondía tras la leyenda.
—¡Sunshine! —exclamó Aang, haciendo que los soldados de Zuko se detuvieran un segundo, intercambiando miradas confusas—. No te vayas tan rápido. Apenas estábamos empezando a conectar.
Zuko se giró lentamente, apretando los puños.
—Se acabó, Aang. La flota está destruida. Zhao ha desaparecido. Vete con tus amigos antes de que cambie de opinión y decida que mi honor vale más que mi paciencia.
Aang dio un paso adelante, ignorando la advertencia. Su expresión se volvió inusualmente seria por un momento, aunque la chispa de travesura seguía allí.
—Estaré en el Reino Tierra durante un tiempo —dijo Aang, bajando el tono de voz como si compartiera un secreto de Estado—. Tengo que aprender a dominar los otros elementos. Y después... después iré a buscar a tu padre para acabar con esta guerra de una vez por todas.
Zuko se tensó al oír la mención del Señor del Fuego. La idea de que ese monje sonriente se enfrentara a la fuerza más destructiva del mundo le revolvió el estómago de una forma que no supo explicar.
—Por favor, Sunshine... espérame —continuó Aang, extendiendo una mano hacia él sin llegar a tocarlo—. Cuando todo esto termine, quiero que seas el primero al que vea en un mundo en paz.
—Vete al infierno, Aang —escupió Zuko, aunque sus orejas se tiñeron de un rojo delatador—. Estás loco si crees que voy a esperarte para algo que no sea ponerte cadenas.
Aang soltó una carcajada melodiosa que resonó en las paredes de hielo.
—¿Al infierno? —Aang le guiñó un ojo con una desfachatez absoluta—. Solo si tú vienes conmigo para mantenerlo caliente, mi amor. Con ese carácter tuyo, dudo que pasemos frío.
Zuko no pudo más. Con un rugido de pura frustración, lanzó una ráfaga de fuego directamente a los pies de Aang. El Avatar saltó hacia atrás con una pirueta aérea, riendo mientras el fuego se extinguía contra la nieve.
—¡Lárgate de una vez! —gritó Zuko antes de darse la vuelta y caminar a zancadas hacia su barco, sin mirar atrás, con el corazón martilleando contra sus costillas.
Aang se quedó allí, observando la figura del príncipe hasta que desapareció tras la pasarela de metal. Suspiró, con una sonrisa soñadora grabada en el rostro.
—Qué carácter tan ardiente tiene... —comentó Aang al aire, mientras Katara, Sokka e Iroh se acercaban a él—. Pero en serio, chicos, no sé qué más hacer para que sea mi Sunshine de manera oficial. ¿Creen que debería haberle llevado flores? ¿Existen flores en el Polo Norte?
Sokka se golpeó la frente con la palma de la mano.
—Aang, el tipo intentó incinerarte los pies después de que le propusieras ir al infierno juntos. Creo que las flores son el menor de tus problemas.
Katara, sin embargo, observaba la escena con una expresión más suave.
—No lo sé, Sokka —dijo ella, mirando hacia donde el barco de Zuko comenzaba a alejarse—. Zuko podría haberlo atacado de verdad, pero solo lanzó fuego al suelo. Y se puso más rojo que su uniforme.
Iroh, que había estado observando todo con una calma envidiable, soltó una risita profunda y contagiosa. El anciano se acarició la barba, con los ojos brillando de pura diversión.
—El Avatar está realmente enamorado —comentó Iroh, dirigiéndose a los guerreros de la Tribu del Agua que se habían reunido alrededor—. Es verdaderamente gracioso ver cómo trata a mi sobrino. Zuko se esfuerza tanto por ser un príncipe serio y amenazante, y el joven Aang lo trata como a un niño molesto pero adorable. ¡Es el mejor entretenimiento que he tenido en años!
Varios de los ancianos de la Tribu del Agua, que habían estado escuchando la interacción, comenzaron a reírse también.
—Nunca pensé que vería al Avatar coquetear en medio de un campo de batalla —dijo uno de los guerreros, guardando su lanza—. Ese chico del fuego tiene mucha paciencia, o está tan confundido como nosotros.
—Confundido no —corrigió una mujer mayor, sonriendo—. Está cautivado. Se nota en la forma en que evita mirarlo a los ojos. El fuego siempre se siente atraído por el viento que lo hace crecer.
En cuestión de horas, el chisme se propagó por toda la ciudadela del Norte como si fuera un incendio forestal. En las cocinas, en los cuarteles y en el Oasis Sagrado, no se hablaba de otra cosa. La noticia de que el Avatar estaba perdidamente enamorado del Príncipe Desterrado de la Nación del Fuego —y que este último era el misterioso Espíritu Azul que lo había rescatado— se convirtió en el "Secreto a Voces" más comentado de las tres naciones.
—¿Te enteraste? —susurraba una joven maestra agua mientras reconstruía un muro—. El Avatar le dijo "Sunshine" frente a todo el destacamento. ¡Y el príncipe casi se desmaya del coraje!
—¡Y lo del Espíritu Azul! —respondía otro—. Dicen que Zuko traicionó a Zhao solo para sacar al Avatar de la prisión. Si eso no es amor prohibido, no sé qué lo sea.
La identidad de Zuko como el Espíritu Azul añadió una capa de heroísmo romántico a la historia. Ya no era solo el enemigo; era el guerrero enmascarado que protegía al Avatar desde las sombras. La gente de la Tribu del Agua, que tanto había sufrido por la guerra, encontraba en esta extraña pareja una chispa de esperanza.
—Si el Avatar y el Príncipe de la Nación del Fuego pueden llevarse así —decía un anciano en la plaza central—, tal vez haya una oportunidad para que el mundo entero deje de sangrar. Todos queremos verlos casarse. Imaginen la paz que traería esa unión.
Mientras tanto, en el barco de la Nación del Fuego, Zuko estaba encerrado en su camarote, ajeno a que se había convertido en el protagonista del romance más comentado del siglo. Estaba sentado frente a su mesa, con la máscara del Espíritu Azul frente a él.
—Sunshine... —susurró, y esta vez la palabra no sonó como un insulto.
Se tocó la mejilla, donde el calor del encuentro todavía parecía persistir. Recordó la mirada de Aang, esa mezcla de poder absoluto y ternura juguetona. El Avatar era peligroso, sí. Era una amenaza para todo lo que Zuko creía que debía ser su vida. Pero también era la única persona que lo miraba y no veía una cicatriz o un fracaso, sino a alguien que valía la pena esperar.
En la cubierta, Iroh servía té a los soldados, quienes también susurraban entre ellos.
—General Iroh —preguntó un soldado joven—, ¿usted cree que el Avatar realmente hablaba en serio sobre lo de la boda?
Iroh tomó un sorbo de té, mirando hacia el cielo estrellado donde la luna brillaba con fuerza.
—En mis muchos años, he aprendido que el Avatar no hace nada a medias —respondió el anciano—. Si ha decidido que mi sobrino es su "rayo de sol", entonces el destino ya ha sido sellado. Solo espero que Zuko aprenda a usar protector solar, porque ese chico Aang brilla con mucha fuerza.
Los soldados rieron, y por primera vez en mucho tiempo, el ambiente en el barco no era de opresión, sino de una extraña y ligera expectativa.
A miles de kilómetros de distancia, sobre el lomo de Appa, Aang miraba las estrellas.
—¿Crees que fui demasiado directo, Sokka? —preguntó Aang, recostado sobre el pelaje del bisonte.
—Aang, le pediste que te esperara para casarse después de amenazar con derrocar a su padre —respondió Sokka sin abrir los ojos—. "Directo" es quedarse corto. Eres un desastre diplomático andante.
—Pero funcionó —intervino Katara con una sonrisa—. Zuko no lo negó. Solo dijo que estabas loco.
Aang sonrió, cerrando los ojos con satisfacción.
—La locura es solo otra forma de amor, Katara. Y mi Sunshine está loco por mí, aunque todavía no lo sepa. Solo tengo que ganar esta guerra... y comprar un anillo muy, muy grande hecho de meteorito.
El bisonte volador rugió en respuesta, perdiéndose en las nubes, llevando consigo la promesa de un Avatar que no solo buscaba salvar el mundo, sino también conquistar el corazón del fuego mismo. Y mientras la historia del Espíritu Azul y su Avatar se extendía por los mercados del Reino Tierra y los templos del aire, el mundo entero empezó a soñar con el día en que el sol y el viento finalmente dejaran de luchar para empezar a bailar.