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Llamas, Secretos y el Brillo del Espíritu Azul

El aire en el Oasis Sagrado aún vibraba con la energía residual del Estado Avatar. Aang, suspendido en una esfera de luz blanca cegadora, extendió sus brazos hacia el horizonte. No hubo una explosión de violencia destructiva, sino un despliegue de control absoluto. Con un movimiento circular y fluido, el Avatar convocó una corriente de aire de proporciones titánicas que envolvió a los barcos de la Nación del Fuego que aún quedaban en la bahía.

Las naves, pesadas moles de metal negro, fueron empujadas hacia mar abierto con una fuerza irresistible pero extrañamente suave, como si fueran barquitos de papel en un estanque. Aang no quería cenizas; quería espacio. Los soldados de Zhao, aterrorizados, solo pudieron ver cómo la ciudad de la Tribu del Agua del Norte se alejaba rápidamente mientras sus motores rugían en vano contra la voluntad del viento.

Una vez que la amenaza inmediata fue expulsada más allá del horizonte, la luz de los tatuajes de Aang comenzó a desvanecerse. Descendió con la ligereza de una pluma, aterrizando suavemente sobre el césped cubierto de escarcha del oasis. Sus pies apenas hicieron ruido al tocar el suelo.

—Hola, *Sunshine*... —dijo Aang, recuperando instantáneamente esa sonrisa traviesa y coqueta que parecía florecer solo en presencia del príncipe.

Sin dudarlo, Aang se lanzó hacia adelante con los brazos abiertos, buscando un abrazo que sellara el final de la batalla. Zuko, que todavía estaba procesando el hecho de que el mundo no se había acabado, reaccionó por puro instinto. Dio un paso lateral, esquivando el gesto afectuoso con una mueca de fastidio.

—¡No! —gruñó Zuko, extendiendo una mano para mantener la distancia—. ¡Y deja de llamarme así! ¡Ya te lo he dicho mil veces!

Aang se detuvo, balanceándose sobre los talones con las manos detrás de la cabeza, sin parecer ni un poco ofendido por el rechazo.

—Oh, vamos, Zuko. Después de todo lo que hemos pasado hoy, ¿ni siquiera un abrazo de victoria? —Aang inclinó la cabeza, entornando los ojos con diversión—. Estás muy tenso. Deberías dejar que el aire fluya un poco más.

Zuko no respondió con palabras. En su lugar, cerró el puño y, con un movimiento rápido y seco, le propinó un golpe en la parte superior de la cabeza al Avatar. No fue un ataque de fuego, sino un golpe físico cargado de semanas de frustración acumulada.

—¡Auch! —Aang se llevó las manos a la coronilla, frotándose el lugar del impacto mientras soltaba una risita—. ¡Oye! ¿Y eso por qué ha sido?

—Eso fue por hacer que explotaran mi barco —sentenció Zuko, cruzándose de brazos y mirando al Avatar con una intensidad que habría intimidado a cualquiera que no fuera Aang.

Aang dejó de frotarse la cabeza y su expresión se suavizó, volviéndose extrañamente dulce.

—Cierto —dijo Aang, asintiendo con calma—. Me lo merecía. Fue un golpe justo.

Zuko parpadeó, sorprendido por la sumisión inmediata.

—Pero... —continuó Aang, dando un paso más hacia el espacio personal del príncipe—, yo no sabía que tú eras el Espíritu Azul, cariño. Si lo hubiera sabido, jamás habría dejado que te acercaras a ese peligro.

El silencio que siguió fue tan pesado que se podría haber cortado con un cuchillo. Katara, que estaba ayudando a Yue a levantarse, se quedó petrificada. Sokka, que estaba limpiando su bumerán, lo dejó caer sobre la nieve con un golpe sordo. Incluso Iroh, que siempre parecía saberlo todo, alzó las cejas con una mezcla de sorpresa y orgullo mal disimulado.

—¿El qué? —soltó Sokka, rompiendo el silencio—. ¿Zuko es el Espíritu Azul? ¿El tipo de las espadas que nos sacó de la fortaleza de Pohuai?

Katara se acercó, mirando a Zuko como si lo viera por primera vez bajo una luz nueva.

—¿Tú nos rescataste? —preguntó ella, con la voz llena de incredulidad—. ¿Tú salvaste al Avatar?

Zuko sintió que el calor le subía al rostro, una mezcla de vergüenza y rabia por haber sido descubierto de la manera más absurda posible. Miró a Aang, quien lo observaba con ojos brillantes, llenos de una adoración que Zuko encontraba absolutamente insoportable.

—¡No lo hice por él! —exclamó Zuko, señalando a Aang con un dedo acusador—. Solo no quería que Zhao se llevara el crédito de su captura. Fue una decisión táctica.

—Claro, claro —dijo Aang, acercándose aún más, bajando la voz hasta que solo Zuko pudiera sentir la calidez de su aliento—. Una decisión táctica que implicó arriesgar tu vida por la mía. Eres tan noble, *Sunshine*. Me conmueve el corazón.

—¡Deja de decir eso! —Zuko retrocedió un paso, pero Aang lo siguió como una sombra—. Y sobre el barco... fue Zhao quien lo explotó. Él puso los explosivos porque me buscaba a mí, pero en realidad te buscaba a ti a través de mí. Es un cobarde.

Aang asintió, su rostro endureciéndose por un breve segundo al mencionar al comandante.

—Lo sé. Zhao no tiene honor. Pero tú... tú te infiltraste en una fortaleza de tu propia nación, usaste una máscara y luchaste contra tus propios soldados para sacarme de allí. —Aang extendió una mano y, esta vez, Zuko no la apartó de inmediato—. Eso dice mucho más de ti que cualquier corona o uniforme, Zuko.

Sokka se rascó la cabeza, caminando en círculos alrededor de Zuko.

—Espera, espera. ¿Entonces el príncipe gruñón es un vigilante enmascarado en sus ratos libres? Esto cambia muchas cosas. ¡Katara, el tipo que nos perseguía por todo el mundo nos salvó la vida!

—No los salvó a ustedes —corrigió Zuko con los dientes apretados—, salvó al Avatar. Ustedes solo estaban... en el camino.

—Oh, admítelo, Zuko —rio Aang, rodeando los hombros del príncipe con un brazo, aprovechando que Zuko estaba demasiado aturdido para protestar—. Te importamos. Especialmente yo. No puedes ocultar ese fuego interior que arde por mí.

—¡Aang, suéltame ahora mismo o te juro que te quemaré las cejas! —amenazó Zuko, aunque no hizo ningún movimiento real para invocar sus llamas.

Iroh se acercó al grupo, soltando una risita profunda que resonó en el oasis.

—Parece que los secretos tienen una forma curiosa de salir a la luz en los momentos más inesperados —dijo el anciano, mirando a su sobrino con cariño—. Sobrino, siempre supe que tu máscara ocultaba más que solo tu rostro. Ocultaba un corazón que busca su propio camino.

Zuko suspiró, dejando caer los hombros. La revelación lo había dejado expuesto. Ya no era solo el príncipe desterrado persiguiendo una quimera; ahora era el hombre que había traicionado a su nación por el Avatar, aunque fuera por razones que él mismo intentaba negar.

—¿Y ahora qué? —preguntó Katara, mirando hacia el horizonte donde el sol comenzaba a asomarse, tiñendo el hielo de colores rosáceos—. La flota se ha ido, pero Zhao no se rendirá.

Aang soltó finalmente a Zuko, pero se quedó a su lado, hombro con hombro. La picardía en sus ojos fue reemplazada por una determinación serena.

—Ahora, Zuko tiene una elección —dijo Aang, mirando al príncipe—. Puedes seguir persiguiéndome, o puedes aceptar que el destino nos quiere en el mismo bando. El Espíritu Azul y el Avatar... suena como una leyenda bastante buena, ¿no crees?

Zuko miró a Aang, luego a su tío, y finalmente a los hermanos de la Tribu del Agua. Por primera vez en tres años, no sintió el peso asfixiante de su misión como una cadena.

—No voy a unirme a ustedes —dijo Zuko, aunque su voz carecía de la convicción habitual—. Tengo mis propios asuntos que resolver. Mi honor no se recupera con abrazos y palabras bonitas, Avatar.

—Pero el honor no es algo que te devuelven, Zuko —replicó Aang suavemente—. Es algo que tú mismo construyes. Y hoy, has construido mucho.

Aang se acercó una última vez, lo suficiente para que Zuko pudiera oler el ozono y el aire limpio que siempre lo rodeaba. Sin previo aviso, Aang depositó un beso rápido y ligero en la mejilla de Zuko, justo al lado de su cicatriz.

Zuko se quedó paralizado. Sus ojos se abrieron tanto que parecieron platos, y su rostro pasó de un rojo pálido a un escarlata intenso en menos de un segundo.

—¡¿PERO QUÉ CREES QUE HACES?! —gritó Zuko, dando un salto hacia atrás mientras se cubría la mejilla con la mano.

—Despedirme, *Sunshine* —dijo Aang con un guiño, saltando hacia Appa, que ya estaba listo para despegar—. ¡Nos vemos pronto! ¡Y no olvides lavar esa máscara, el azul te queda increíble!

Appa rugió y se elevó en el aire, llevando consigo a un Sokka que seguía murmurando sobre "giros de trama inesperados" y a una Katara que miraba hacia abajo con una sonrisa pensativa.

Zuko se quedó en el oasis, con la mano aún en la mejilla, sintiendo el hormigueo del beso y el calor de su propia sangre latiendo con fuerza. Iroh se acercó y le ofreció una taza de té que parecía haber aparecido de la nada.

—Ha sido un día largo, Zuko —dijo Iroh suavemente—. Pero creo que el Avatar tiene razón en algo. El azul te sienta muy bien.

Zuko no respondió. Miró hacia el cielo, siguiendo la silueta del bisonte volador hasta que se convirtió en un punto en la distancia. Por un momento, el odio y la necesidad de redención se sintieron pequeños, eclipsados por la imagen de un monje de ojos grises que lo llamaba por un nombre que, muy en el fondo, ya no quería dejar de escuchar.

—Ese idiota... —susurró Zuko, bajando la mano de su rostro—. Realmente es un idiota.

Pero mientras caminaba hacia lo que quedaba de la ciudad, Zuko sabía que la próxima vez que se encontraran, las espadas y el fuego no serían lo único que ardería entre ellos. La guerra continuaba, pero el Espíritu Azul ya no estaba solo en las sombras; ahora, tenía un rayo de sol obstinado que se negaba a dejarlo caer.

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