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a chaotic primeval loud situation

Legados entre dos mundos

La atmósfera en las oficinas de Home Office era lo más parecido a un funeral organizado por burócratas. El silencio solo se veía interrumpido por el zumbido de las computadoras y el roce de los bolígrafos sobre documentos ultra-secretos. En una sala de juntas acristalada, Nick Cutter y Abby Maitland firmaban con desgana la Ley de Secretos Oficiales bajo la mirada gélida de James Lester.

Al otro lado del cristal, en una sala de observación reforzada, la escena era mucho más surrealista. Lincoln, Clyde, Ronnie Anne y Lynn Jr. estaban sentados frente a una serie de científicos que los miraban como si fueran rompecabezas imposibles de resolver. Lincoln, con sus astas de jackalope brillando bajo los fluorescentes, se cruzó de brazos, ignorando el escáner térmico que pasaba sobre su cabeza.

—¿Podrían dejar de hacer eso? —preguntó Lincoln con una voz que denotaba cansancio—. No somos especímenes, somos Mobianos. Ya se los he dicho diez veces.

—Es por protocolo —respondió uno de los científicos, temblando ligeramente cuando Clyde, el rinoceronte de casi dos metros, soltó un bufido que hizo vibrar el cristal—. Necesitamos entender su... composición.

Mientras tanto, Claudia Brown intentaba razonar con Lester en el pasillo.

—James, esto es absurdo —dijo Claudia, señalando a los jóvenes en la sala de observación—. No solo tenemos portales al pasado abriéndose en el Bosque de Dean, sino que estos chicos detuvieron a un depredador que habría matado a civiles. Tuve que usar fondos de emergencia para silenciar a la madre de Ben Trent. La mujer estaba a punto de llamar a la prensa internacional después de ver a una chica con alas explotar plumas en su jardín.

Lester suspiró, ajustándose la corbata con fastidio.

—Involucrar civiles es una pesadilla logística, Claudia. Y estos... "mobianos"... son un riesgo biológico y político que no sé si estoy dispuesto a asumir.

—No son civiles, son soldados —intervino Cutter, saliendo de la sala de firmas—. Y por lo que he visto, saben más sobre lo que está pasando que nosotros.

En el Bosque de Dean, la realidad seguía siendo igual de inquietante. Connor Temple y Stephen Hart caminaban entre la maleza, examinando el rastro de destrucción. Connor, con su tableta en mano, no dejaba de comparar las huellas.

—Mira esto, Stephen —dijo Connor, señalando un rastro de pisadas masivas—. El animal que atacó la casa del niño y mató a los perros es un Gorgonopsido. Un depredador del Pérmico. Pero mira estas otras marcas.

Stephen se agachó. Junto a las garras del dinosaurio, había marcas de impactos circulares y lo que parecían ser cráteres de presión.

—Esas son de Lincoln y los otros —dijo Stephen—. El guardia dijo que el chico blanco se movía como un rayo. Lo que no entiendo es cómo el cadáver del Scutosaurus terminó así. Está... aplastado.

—Clyde —respondió una voz desde los árboles.

Ronnie Anne descendió con elegancia, sus alas plegándose tras su espalda. Detrás de ella, Lincoln, Cutter, Claudia, Clyde y Lynn Jr. emergieron de la espesura. El grupo se detuvo frente a la anomalía, que palpitaba en el aire como una herida abierta en la realidad, distorsionando la luz y el sonido.

—Nosotros pasamos por una de estas antes de encontrarlos —explicó Lincoln, mirando el portal con cautela—. No son simples puertas al pasado. Se sienten como fracturas en el tejido de la energía Chaos.

Cutter se acercó a la anomalía, su rostro reflejando una mezcla de terror y esperanza.

—Tengo que entrar —dijo Cutter con firmeza.

—Nick, es peligroso —advirtió Claudia—. No sabemos cuánto tiempo permanecerá abierta.

—Mi esposa desapareció en este bosque hace ocho años —replicó Cutter sin mirarla—. Si hay una posibilidad de que esté al otro lado, voy a tomarla.

Lincoln dio un paso al frente, ajustándose sus guantes.

—No irás solo, profesor. Algo me dice que si entras sin alguien que pueda reaccionar a Mach 4, no durarás ni cinco minutos.

Cutter asintió brevemente. Ambos cruzaron el umbral.

El cambio fue brutal. El aire fresco del bosque inglés fue reemplazado por un calor seco y asfixiante. El suelo era arena roja y rocas afiladas. El cielo tenía un tono amarillento que Lincoln reconoció vagamente de algunas zonas desérticas de Mobius, pero esto era diferente. Era el Pérmico.

Cutter comenzó a correr, buscando desesperadamente cualquier rastro. Lincoln, con sus sentidos agudizados, escaneaba el horizonte.

—¡Nick, por aquí! —gritó Lincoln.

Cutter llegó a un afloramiento rocoso y cayó de rodillas. En el suelo, medio enterrada en la arena, estaba una cámara fotográfica vieja pero reconocible. La tomó con manos temblorosas.

—Es de Helen... —susurró—. Estuvo aquí. Ella sobrevivió.

De repente, el suelo vibró. Lincoln sintió la presencia antes de escucharla.

—Tenemos que irnos, ¡ahora! —exclamó Lincoln, agarrando a Cutter por el hombro—. La anomalía se está cerrando. Puedo sentir la fluctuación de energía.

—¡Un momento más! —suplicó Cutter, mirando hacia el horizonte infinito.

—¡No tenemos un momento!

Lincoln no esperó a que Cutter aceptara. Sus músculos se tensaron y, en un estallido de velocidad, cargó al profesor bajo el brazo. Corrió hacia el portal, que empezaba a parpadear y encogerse. Justo cuando la luz comenzaba a desvanecerse, Lincoln saltó, atravesando la grieta un milisegundo antes de que el espacio volviera a la normalidad con un crujido sónico.

Ambos rodaron por la hierba del Bosque de Dean.

—¡Cuidado! —el grito de Lynn Jr. resonó en el claro.

Dos Gorgonopsidos habían emergido de las sombras, atraídos por el cierre de la anomalía. Uno de ellos, el más grande, rugió y se lanzó directamente hacia Abby, quien estaba desprevenida cerca de los equipos de monitoreo.

—¡Abby! —gritó Connor.

Sin pensarlo, Connor y Stephen saltaron dentro de la camioneta de investigación. Stephen aceleró a fondo, embistiendo al primer Gorgonopsido justo antes de que alcanzara a la chica. El impacto fue brutal, lanzando a la bestia contra un árbol, pero el animal se incorporó rápidamente, destrozando el capó del vehículo con sus mandíbulas.

—¡Clyde, Lynn, ahora! —ordenó Lincoln, recuperando el aliento.

Clyde avanzó como un tanque viviente. El segundo Gorgonopsido intentó morder su hombro, pero sus dientes solo encontraron la piel endurecida del rinoceronte, que ni siquiera se inmutó. Con un rugido de esfuerzo, Clyde levantó al depredador por el cuello y lo lanzó contra una roca con la fuerza de cien toneladas.

Lynn Jr., por su parte, realizó un salto prodigioso de trescientos metros hacia el cielo, descendiendo como un meteoro. Sus brazos se estiraron, envolviendo el cuello del primer Gorgonopsido, y usando el impulso, lo proyectó contra el suelo mientras emitía un rugido que creó una onda sísmica, desorientando a la criatura por completo.

Cutter, viendo la oportunidad, le lanzó su arma a Stephen.

—¡Termina con esto! —gritó.

Varios disparos resonaron en el bosque. Los dos depredadores finalmente cayeron, derrotados por la combinación de tecnología humana y fuerza mobiana.

Horas más tarde, de vuelta en la base de Home Office, el ambiente era distinto. Los dos Gorgonopsidos estaban contenidos en cámaras de aislamiento criogénico para su estudio. Cutter estaba sentado en su oficina, mirando las fotos que había logrado recuperar de la cámara de Helen. Claudia y James Lester estaban a su lado, en silencio.

Las fotos mostraban paisajes imposibles, pero en una de ellas, se veía una silueta humana a lo lejos, y junto a ella, algo que hizo que Lester palideciera. Era una estructura metálica, tecnología que no pertenecía al Pérmico, ni a la Tierra actual.

—Alguien estuvo allí —dijo Cutter, su voz cargada de una mezcla de alivio y angustia—. Y no solo Helen. Alguien está rompiendo las leyes del universo.

—¿Crees que ellos tuvieron algo que ver? —preguntó Claudia, refiriéndose a los mobianos.

—No —respondió Cutter—. Ellos son víctimas de lo mismo que nosotros. Las anomalías no solo mueven animales, mueven mundos.

En ese momento, la puerta de la oficina se abrió de golpe. Lincoln entró, seguido de Ronnie Anne, Clyde y Lynn. El jackalope tenía una expresión sombría.

—Profesor, tenemos que hablar —dijo Lincoln, apoyando sus manos sobre la mesa—. Mi equipo y yo hemos estado analizando los restos de energía de la púa que dejé en la ciudad hace ocho años, y lo que encontramos no es bueno.

—¿A qué te refieres? —preguntó Lester, arqueando una ceja.

—Dark Gaia —respondió Ronnie Anne, cruzándose de brazos—. La energía que nos transformó no es de este mundo, pero se está filtrando a través de sus anomalías. Si esas grietas siguen abriéndose, no solo traerán dinosaurios. Traerán la oscuridad que casi destruye mi hogar.

Lincoln miró a Cutter a los ojos.

—Este algo, este fenómeno, está amenazando tanto a su mundo como al mío. Esto no ha acabado, Nick. Apenas está empezando.

Cutter se levantó, mirando a su equipo humano y luego a los jóvenes mobianos. Por primera vez en años, sintió que no estaba luchando una batalla perdida.

—Entonces sugiero que nos preparemos —dijo Cutter—. Lester, necesitamos recursos, no burocracia.

Lester suspiró, pero asintió.

—Tienen mi apoyo. Por ahora.

Minutos después, el grupo salió del edificio. Se ocultaron en una camioneta negra blindada, alejándose de las miradas curiosas. Mientras el vehículo se perdía en la noche londinense, Lincoln miró por la ventana hacia el cielo estrellado.

—¿Crees que podamos volver, Linc? —preguntó Lynn Jr. en voz baja, su forma de were-rabbit ocupando gran parte del espacio trasero.

Lincoln tomó la mano de Ronnie Anne, sintiendo el calor de sus plumas.

—Volveremos, Lynn. Pero primero, tenemos que asegurarnos de que quede un mundo al cual regresar.

La camioneta desapareció en la oscuridad, dejando atrás un rastro de luces rojas, mientras en el Bosque de Dean, una nueva fractura comenzaba a brillar débilmente, esperando a ser descubierta. La alianza entre humanos y mobianos acababa de sellarse, y el destino de dos realidades ahora dependía de su capacidad para trabajar como uno solo.