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A oscuras

Geometría de la Rendición

La noche en los dormitorios de la U.A. tenía un peso distinto cuando el silencio se volvía cómplice. Junko Aoi se encontraba sentada en el borde de su cama, con la mirada perdida en el resplandor de la luna que bañaba sus libros de cálculo. Sin embargo, su mente no estaba en las derivadas, sino en el calor residual que aún sentía en la punta de sus dedos. La puerta de su habitación emitió un chasquido casi imperceptible. No necesitó preguntar quién era; el olor a pólvora y ozono precedía siempre a la explosión.

Katsuki Bakugo entró cerrando la puerta con una patada silenciosa y precisa. No traía su habitual uniforme, sino una camiseta negra ajustada que remarcaba cada músculo de su torso atlético. Sus ojos rojos ardían con una intensidad que Junko ya había aprendido a descifrar: no era solo ira, era una necesidad posesiva que rivalizaba con su ambición de ser el número uno.

—Sigues despierta, maldita sabelotodo —dijo Bakugo, caminando hacia ella con la gracia de un depredador que conoce su territorio.

—Difícil dormir cuando sé que mi vecino de pasillo tiene el autocontrol de un volcán en erupción —replicó Junko, levantándose para enfrentarlo. Sus ojos violetas brillaron con ese desafío que siempre lograba sacarlo de sus casillas—. ¿A qué debo esta visita, Bakugo? ¿Vienes a admitir que mi estrategia en el entrenamiento de hoy fue superior a la tuya?

Bakugo soltó una risa seca, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se rozaban. Junko podía sentir el calor irradiando de él.

—Tu estrategia fue una basura técnica —gruñó él, atrapando un mechón de cabello violeta oscuro entre sus dedos—. Ganaste por un tecnicismo, pero aquí no hay jueces, Aoi. Aquí solo estamos tú y yo, y estoy harto de tus palabras.

Sin darle tiempo a replicar, Katsuki la tomó por la nuca y la besó con una ferocidad que le robó el aliento. Junko respondió con la misma intensidad, enredando sus manos en el cabello rubio cenizo de él, tirando con fuerza, reclamando su espacio en esa guerra silenciosa. Se separaron jadeando, con los labios hinchados y el pulso acelerado.

—Eres una terca insufrible —susurró él contra su boca.

—Y tú un ególatra obsesivo —respondió ella, desabrochando con dedos ágiles los botones de su propia camisa escolar.

La ropa cayó al suelo como cáscaras inútiles. La piel pecosa de Junko resplandecía bajo la luz lunar, contrastando con la piel tensa y marcada de Bakugo. Él la guio hacia la cama, empujándola con suavidad pero firmeza. Junko se dejó caer, con sus caderas anchas hundiéndose en el colchón, observando cómo él se deshacía de su ropa con una urgencia contenida.

Bakugo se posicionó sobre ella, pero esta vez no buscó la penetración inmediata. Se quedó observándola, recorriendo con sus manos cada curva de su cuerpo atlético, deteniéndose en la pequeña marca que aún quedaba en su cuello.

—Hoy quiero algo diferente —dijo él, su voz bajando a un tono gutural que hizo que Junko vibrara—. Quiero que nos entreguemos por completo. Sin ventajas, sin que uno espere al otro.

Junko arqueó una ceja, su orgullo académico asomando incluso en la intimidad.

—¿Estás proponiendo una simetría, Bakugo? ¿Una ecuación donde ambos recibamos el mismo estímulo?

—Deja de hablar como un libro de texto —espetó él, girando su cuerpo de modo que sus pies quedaran hacia la cabecera y su rostro frente a la entrepierna de ella—. Vamos a hacer un 69, pecosa. Quiero saborear cada uno de tus gemidos mientras tú pierdes la cabeza con los míos.

Junko sintió un escalofrío recorrer su columna. La propuesta era audaz, incluso para alguien tan impulsivo como Katsuki. Requería una entrega total, una vulnerabilidad que ambos solían ocultar tras capas de sarcasmo y explosiones.

—Acepto el desafío —susurró ella, acomodándose mientras él se deslizaba sobre ella en la dirección opuesta—. Pero no esperes que sea amable. Voy a destruirte, Katsuki.

—Inténtalo si puedes —respondió él antes de bajar la cabeza.

El contacto inicial fue como una descarga eléctrica. Cuando la lengua de Bakugo encontró la intimidad de Junko, ella soltó un grito que ahogó contra los muslos de él. Al mismo tiempo, Junko tomó la virilidad de Katsuki entre sus manos y labios, decidida a demostrar que su técnica no se limitaba a los libros de estudio.

La habitación se llenó de sonidos pesados: respiraciones entrecortadas, el roce de la piel contra las sábanas y gemidos sofocados. Era una lucha de poder en su forma más pura. Junko sentía cómo la lengua de Bakugo trabajaba con una precisión casi quirúrgica, encontrando cada punto sensible, cada terminación nerviosa que la hacía arquear la espalda y clavar las uñas en las sábanas.

—Maldita sea... Aoi... —el gemido de Bakugo fue amortiguado por el cuerpo de la chica, pero ella lo sintió vibrar a través de ella.

Katsuki estaba perdiendo el control. Sus manos apretaban los muslos de Junko con una fuerza que dejaría marcas, pero a ella no le importaba. Estaba demasiado concentrada en el sabor de él, en la forma en que su cuerpo reaccionaba a cada caricia de su lengua. Era una danza de reciprocidad salvaje. Junko sentía que su cerebro se derretía; ya no había estrategias, ya no había rankings escolares, solo existía el calor húmedo de Bakugo y la forma en que él la devoraba.

—Más... —logró articular Junko, aunque sus palabras se perdieron en un suspiro.

Bakugo aumentó el ritmo, sus dedos acariciando los muslos internos de ella mientras su boca hacía maravillas. Junko sintió que el clímax empezaba a formarse en su vientre, una presión insoportable que pedía a gritos ser liberada. Por su parte, ella no se quedó atrás. Usó todo lo que sabía sobre la fisiología de él, sobre sus reacciones, para llevarlo al mismo límite.

El cuerpo de Bakugo se tensó, sus músculos se marcaron bajo la luz de la luna como si estuviera a punto de lanzar la explosión más grande de su vida. Junko sentía los espasmos de él, la forma en que su respiración se volvía errática. Era una carrera hacia el abismo, y ninguno de los dos estaba dispuesto a frenar.

—¡Katsuki! —gritó Junko, perdiendo finalmente la batalla contra el placer.

Su cuerpo se sacudió en un orgasmo violento que la dejó sin fuerzas, sus piernas temblando sobre los hombros de él. Casi al mismo tiempo, sintió cómo Bakugo llegaba a su propio límite, entregándose con un gruñido profundo que resonó en toda la habitación. Durante varios minutos, el único sonido fue el de sus respiraciones tratando de volver a la normalidad.

Katsuki se dejó caer a su lado, jadeando, con el pecho subiendo y bajando con violencia. Junko se acomodó, sintiéndose extrañamente ligera, con la mente finalmente en paz.

—Eso... —empezó Junko, tratando de recuperar su dignidad—, eso fue un empate técnico, Bakugo.

Bakugo giró la cabeza para mirarla. Su cabello estaba más alborotado que nunca y sus ojos rojos tenían un brillo de satisfacción que no podía ocultar.

—Ni en tus sueños, pecosa —dijo él, aunque su voz carecía de la agresividad habitual—. Yo te hice gritar primero. Eso es una victoria para mí.

Junko soltó una carcajada suave, algo que solo hacía en su presencia. Se acercó a él, apoyando la cabeza en su hombro sudado.

—Eres un tramposo. Usaste tu lengua como si fuera un don de precisión. Eso debería estar prohibido en las reglas de la academia.

—Las reglas no existen aquí dentro —respondió él, rodeándola con un brazo y atrayéndola hacia su cuerpo caliente—. Aquí solo existe lo que yo diga. Y digo que eres la única persona en este maldito edificio que no me aburre.

Junko cerró los ojos, disfrutando del contacto. Era extraño pensar que este chico, el más temido y respetado de la clase 1-A, pudiera ser tan vulnerable y a la vez tan dominante en la intimidad.

—¿Crees que alguien sospeche? —preguntó ella después de un rato—. Digo, después de cómo nos miramos hoy en el comedor.

—Que piensen lo que quieran —gruñó Bakugo—. Si alguno de esos extras se atreve a decir algo, le volaré la cara. Además, nadie creería que la "perfecta Aoi" pasa las noches enredada con el "delincuente Bakugo".

—Tienes razón —concedió ella—. Nuestra reputación es nuestro mejor escondite.

Se quedaron en silencio un rato más, dejando que el sudor se enfriara en sus cuerpos. La tensión que siempre existía entre ellos, esa chispa de rivalidad constante, parecía haberse transformado en algo más sólido, algo que no necesitaba palabras ni explosiones para manifestarse.

—Oye, Aoi —dijo Bakugo de repente.

—¿Qué?

—Mañana en el examen de inglés... no creas que te lo voy a poner fácil por esto. Te voy a aplastar.

Junko sonrió contra su piel.

—Lo mismo digo, rubio. Lo mismo digo.

Katsuki la apretó un poco más fuerte antes de levantarse para buscar su ropa. Se vistió con la misma eficiencia de siempre, pero antes de salir por la ventana —su ruta de escape preferida para no ser visto por Iida o las cámaras del pasillo—, se detuvo y miró a Junko, que seguía envuelta en las sábanas.

—Esa marca en tu cuello... —dijo él, señalando el lugar que había mordido antes—. No intentes taparla mañana. Quiero que sepas quién te la puso cada vez que te mires al espejo.

—Eres un posesivo, Bakugo —replicó ella, aunque su corazón dio un vuelco.

—Soy el número uno —sentenció él con una sonrisa de suficiencia antes de desaparecer en la oscuridad de la noche.

Junko se quedó sola en su habitación, con el aroma de él todavía impregnado en sus sábanas y el eco de sus gemidos en sus oídos. Se tocó el cuello, sintiendo la leve inflamación de la marca. No era solo una marca de posesión; era una medalla de guerra, un recordatorio de que en la U.A. había encontrado a alguien que no solo desafiaba su intelecto, sino que también era capaz de incendiar su alma.

Se acomodó para dormir, sabiendo que mañana la guerra continuaría en las aulas. Pero también sabía que, al caer el sol, las ecuaciones y las explosiones volverían a encontrarse en el único lugar donde ambos se permitían ser ellos mismos, sin máscaras ni uniformes.

La rivalidad entre Junko Aoi y Katsuki Bakugo era una combustión constante, un ciclo de odio y deseo que ninguno de los dos estaba dispuesto a romper. Y mientras la luna seguía su curso sobre la academia, Junko se durmió con una sonrisa, esperando con ansias el próximo asalto de su interminable y deliciosa batalla.