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A oscuras

Ecuaciones de Combustión y el Peso del Secreto

El silencio en la habitación de Katsuki Bakugo era pesado, cargado con el olor a ozono, sudor y ese rastro dulce de nitroglicerina que siempre emanaba de su piel. Junko Aoi sentía el pecho subir y bajar con violencia, sus ojos violetas fijos en el techo mientras recuperaba el aliento. Sus muñecas, ahora libres de la corbata que las había mantenido cautivas, hormigueaban por la falta de circulación, pero no le importaba. El calor de Bakugo a su lado era una presencia sólida, una ancla en medio del caos sensorial que acababan de vivir.

—No te acostumbres a esto, pecosa —la voz de Bakugo rompió la quietud, ronca y cargada de una fatiga que rara vez mostraba.

Junko se giró de lado, apoyando la cabeza en su brazo. Sus pecas resaltaban contra su piel sonrosada por el esfuerzo físico.

—¿A qué? ¿A que me ganes por una vez en algo? —replicó ella, recuperando su tono sarcástico como un escudo—. No te preocupes, Bakugo. Mañana en el examen de estrategia volveré a ponerte en tu lugar. Esto solo fue... un paréntesis necesario.

Bakugo soltó un bufido, una mezcla de risa y desprecio, y se incorporó sobre un codo. Sus ojos rojos brillaron con una intensidad depredadora, recorriendo el cuerpo atlético de Junko sin rastro de vergüenza.

—Un paréntesis que te dejó rogando por más —dijo él, extendiendo una mano para trazar con el pulgar la marca que le había dejado en el cuello—. Mañana puedes intentar lo que quieras en clase. Pero ambos sabemos que después de esto, ya nada es igual. Ya no puedes mirarme a la cara y fingir que solo soy "ese rubio ruidoso".

Junko sintió una punzada de vulnerabilidad. Él tenía razón. La rivalidad académica que los definía, esa necesidad constante de superarse en cada examen y en cada entrenamiento, se había mezclado con algo mucho más oscuro y adictivo.

—Sigo pensando que eres un ruidoso —murmuró ella, aunque no se apartó de su toque—. Pero ahora sé que ese ruido es lo único que logra callar mis propios pensamientos. Eres una distracción peligrosa, Katsuki.

—Y tú eres una molestia necesaria —respondió él, acercándose para darle un beso corto, casi agresivo, antes de levantarse de la cama con una gracia animal.

Él empezó a vestirse con movimientos rápidos, volviendo a ponerse la máscara de frialdad que mostraba al mundo. Junko lo observó, sintiendo el frío del aire de la habitación ahora que él no estaba pegado a ella. Se sentó, envolviéndose en las sábanas, viendo cómo él se abrochaba el pantalón.

—Tienes que irte antes de que el delegado de clase empiece su ronda de "orden y moral" —dijo Bakugo, señalando la ropa de Junko esparcida por el suelo—. Si Iida te encuentra aquí, no dejará de gritar sobre el reglamento hasta que nos graduemos.

—Sería un escándalo interesante —dijo Junko, bajándose de la cama y empezando a recoger sus cosas—. La estudiante modelo y el futuro héroe número uno, rompiendo todas las reglas en una habitación llena de pesas y libros de texto.

—No somos un escándalo —gruñó él, deteniéndola por el brazo cuando ella pasó a su lado—. Somos un secreto. Y así se va a quedar. No quiero que ninguno de esos extras meta las narices en lo que pasa entre nosotros.

Junko lo miró a los ojos, buscando alguna señal de duda, pero solo encontró esa determinación feroz.

—¿Tienes miedo de que piensen que te has ablandado, Bakugo?

—¡No me he ablandado nada, maldita sea! —espetó él, sus manos soltando pequeñas chispas por el enfado—. Solo digo que esto es nuestro. Mi victoria sobre ti no es para que la vea el resto del mundo.

Junko sonrió, una expresión pequeña y genuina que rara vez mostraba.

—Bien. Un secreto entonces. Pero prepárate, porque mañana en el entrenamiento no tendré piedad. Voy a usar cada gramo de esta "tensión liberada" para patearte el trasero delante de toda la clase 1-A.

—Inténtalo —desafió él, abriendo la puerta unos centímetros para comprobar que el pasillo estuviera despejado—. Ahora lárgate, pecosa.

Junko salió al corredor en silencio, moviéndose como una sombra. Al llegar a su propia habitación, cerró la puerta y se apoyó contra ella, dejando escapar un suspiro que había estado conteniendo. Se miró al espejo del baño; su cabello violeta estaba hecho un desastre y sus labios estaban hinchados. Pero lo que más le llamó la atención fue el brillo en sus ojos. Ya no era solo competitividad; era el fuego de alguien que había encontrado un rival a su altura en todos los sentidos posibles.

A la mañana siguiente, el comedor de la U.A. bullía con la energía habitual. Junko estaba sentada con su bandeja, analizando unos apuntes de termodinámica, cuando el grupo de Bakugo entró.

—¡Oye, Bakugo! ¡Casi llegas tarde al desayuno! —gritó Kirishima con su alegría habitual—. ¿Te quedaste entrenando hasta tarde otra vez?

—¡Cállate, pelo de pincho! —rugió Bakugo, golpeando la mesa con su bandeja—. Me quedé estudiando para aplastar a la sabelotodo en el examen de hoy.

Junko levantó la vista de sus apuntes justo en ese momento. Sus ojos violetas se encontraron con los rojos de él. Por un segundo, el ruido del comedor desapareció. Ella vio el ligero rastro de cansancio en las ojeras de él y supo que él estaba viendo la marca que ella había intentado ocultar con el cuello de la camisa.

—Espero que hayas estudiado mucho, Bakugo —dijo Junko con voz clara, atrayendo la atención de los demás—. Porque ayer noté que tu capacidad de concentración estaba... algo mermada. No querría que sacaras una nota mediocre por falta de sueño.

Varios estudiantes soltaron un "¡Uh!" colectivo. Bakugo apretó los cubiertos con tanta fuerza que el metal crujió.

—No te preocupes por mi concentración, Aoi —respondió él, con una sonrisa de lado que hizo que a Junko se le erizara la piel—. Estoy más enfocado que nunca. De hecho, me siento con una energía explosiva.

—Ya veremos si esa energía te sirve para resolver ecuaciones de tercer grado —replicó ella, volviendo a sus libros, aunque su corazón latía con fuerza.

El examen de estrategia aplicada fue una carnicería intelectual. El profesor Aizawa observaba desde su saco de dormir cómo los dos mejores estudiantes de la clase escribían con una furia casi violenta, sus bolígrafos rascando el papel como si fueran armas. Cuando terminó la hora, ambos entregaron sus hojas al mismo tiempo, chocando hombros al llegar al escritorio del profesor.

—Cuidado, Bakugo —siseó Junko—. Estás invadiendo mi espacio personal.

—Tu espacio personal me pertenece cuando yo lo decida —susurró él, tan bajo que solo ella pudo oírlo, antes de darse la vuelta y salir del aula.

La tensión alcanzó su punto máximo durante el entrenamiento de combate de la tarde. El escenario era una réplica de una zona industrial abandonada. Aizawa anunció los emparejamientos: Junko Aoi contra Katsuki Bakugo.

—El objetivo es la inmovilización del oponente —dijo Aizawa—. Pueden usar sus dones, pero recuerden que esto es una evaluación de control y técnica, no de destrucción masiva.

Junko se colocó en su posición inicial, ajustándose los guantes de su traje de héroe. Su cuerpo atlético estaba tenso, listo para la acción. Bakugo estaba frente a ella, haciendo crujir sus nudillos, con las palmas de las manos ya soltando pequeñas explosiones de advertencia.

—¿Lista para perder, pecosa? —preguntó él, bajando su centro de gravedad.

—He estado lista para ganarte desde que nací, rubio —respondió ella.

—¡Empiecen! —gritó Aizawa.

Bakugo se impulsó con una explosión masiva, volando hacia ella como un proyectil. Junko no retrocedió; usó su agilidad para deslizarse por debajo de su trayectoria, lanzando una patada ascendente que él bloqueó por milímetros.

El combate fue una coreografía de odio y deseo. Cada vez que sus cuerpos chocaban, el recuerdo de la noche anterior volvía a ellos como un eco. Cuando Bakugo la atrapó por la cintura para lanzarla contra una pared, Junko sintió el calor de sus manos y, por un instante, su mente voló a la cama de él. Bakugo pareció sufrir lo mismo, porque su agarre flaqueó una fracción de segundo, lo suficiente para que ella se zafara y le propinara un golpe directo en el estómago.

—¡Te distraes, Bakugo! —le gritó ella, jadeando.

—¡Cállate! —rugió él, lanzando una ráfaga de humo para cegarla.

Se movieron entre las estructuras metálicas, una persecución de sombras y luces explosivas. Finalmente, en lo alto de una pasarela, Bakugo logró acorralarla. La empujó contra la barandilla, sus rostros a centímetros de distancia, ambos sudorosos y con la respiración entrecortada.

—Te tengo —dijo él, sujetando sus muñecas contra el metal frío—. Otra vez.

Junko lo miró desafiante, a pesar de estar atrapada.

—¿Y qué vas a hacer ahora? ¿Vas a besarme delante de toda la clase o vas a terminar el ejercicio? —desafió ella en un susurro, sabiendo que las cámaras de vigilancia de la U.A. estaban captando cada movimiento, pero no su conversación.

Bakugo apretó los dientes, la lucha interna visible en sus ojos. El deseo de reclamarla allí mismo, de demostrarle a todos que ella era suya, luchaba contra su orgullo y su necesidad de ser el héroe perfecto.

—Voy a ganar —dijo él, y con un movimiento rápido, activó una pequeña explosión controlada que la desequilibró, permitiéndole colocarle las esposas de entrenamiento en las muñecas.

—¡Bakugo gana! —anunció la voz de Aizawa por los altavoces.

Katsuki la soltó, pero no se alejó de inmediato. Se quedó allí, de pie frente a ella, mientras Junko se frotaba las muñecas, mirándolo con una mezcla de rabia y admiración.

—Te lo dije —murmuró él, dándose la vuelta para bajar de la pasarela—. Soy el número uno.

Junko lo siguió, bajando las escaleras con paso firme. Al llegar al suelo, se cruzaron con Kirishima y Kaminari, que corrían hacia ellos.

—¡Tío, eso ha sido increíble! —exclamó Kaminari—. ¡Parecía que se iban a matar de verdad!

—Casi —dijo Junko, mirando de reojo a Bakugo—. Pero Bakugo tiene suerte de que hoy me sentía generosa.

—¿Generosa? —Bakugo se detuvo y la miró por encima del hombro—. Te he pateado el trasero, Aoi. Admítelo de una vez.

—Admitiré que eres un buen luchador el día que tú admitas que pasaste la mitad del combate pensando en otra cosa —replicó ella, pasando por su lado y dándole un ligero golpe en el hombro.

El resto del día transcurrió en una bruma de clases y miradas robadas. Para sus compañeros, seguían siendo los mismos rivales de siempre, pero para ellos, cada palabra sarcástica era un código, cada insulto una caricia encubierta.

Al caer la noche, Junko estaba en su habitación intentando concentrarse en un libro de literatura clásica, pero las palabras bailaban ante sus ojos. De repente, escuchó un golpe suave en su ventana. Se levantó, extrañada, ya que su cuarto estaba en el tercer piso. Al abrir, se encontró con Bakugo, que se sujetaba de la cornisa con una mano mientras la otra sostenía una pequeña bolsa de papel.

—¿Qué demonios haces aquí? —susurró ella, ayudándolo a entrar—. ¡Te vas a matar!

—No digas estupideces —dijo él, saltando al interior de la habitación con la agilidad de un gato—. He escalado cosas mucho peores que este edificio de extras.

Bakugo dejó la bolsa sobre la mesa de Junko. El olor a comida picante inundó la habitación.

—Has estado muy callada en la cena —dijo él, sin mirarla directamente, fingiendo interés en los libros de la estantería—. Pensé que tendrías hambre después de que te humillara en el entrenamiento.

Junko se acercó a la bolsa y vio que era su comida favorita del restaurante cercano a la academia. Miró a Bakugo, sorprendida. El chico explosivo, el que gritaba a todo el mundo, se había tomado la molestia de salir a hurtadillas para traerle la cena.

—Gracias, Katsuki —dijo ella, usando su nombre de pila de nuevo.

Él se tensó al oírlo, pero no se quejó. Se sentó en la silla de su escritorio, observándola mientras ella empezaba a comer.

—Mañana hay examen de inglés —dijo él después de un rato—. Present Mic va a poner una prueba de audición.

—Lo sé —respondió Junko—. He estado practicando.

—Más te vale. No quiero ganar porque tú hayas bajado el nivel. Quiero ganarte cuando estés en tu mejor momento.

Junko dejó los palillos y se acercó a él, colocándose entre sus piernas. Bakugo la rodeó con sus brazos, apoyando la cabeza en su estómago, un gesto de vulnerabilidad que nunca mostraría a nadie más.

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —preguntó Junko, acariciando el cabello rubio de él.

—¿Qué? —gruñó él contra su ropa.

—Que me gusta más pelear contigo que con cualquier otra persona. Y que este secreto me está volviendo loca.

Bakugo levantó la vista, sus ojos rojos encontrándose con los violetas de ella.

—A mí también —confesó él, su voz apenas un susurro—. Pero es nuestra guerra, Aoi. Y no pienso rendirme.

—Yo tampoco —dijo ella, bajando la cabeza para besarlo.

En la oscuridad de la habitación de Junko, la rivalidad volvió a transformarse en fuego. No importaba lo que pasara en las aulas o en los campos de entrenamiento; allí, entre las sombras y el olor a comida picante, eran simplemente dos personas intentando descifrar la ecuación más difícil de todas: cómo quererse sin dejar de ser enemigos.

—Mañana —dijo Bakugo entre besos, mientras la tumbaba en la cama—, mañana te voy a destruir en ese examen de inglés.

—Sigue soñando, rubio —respondió Junko, envolviéndolo con sus piernas—. Sigue soñando.

Y mientras la luna se alzaba sobre los dormitorios de la U.A., el secreto de la clase 1-A seguía a salvo, oculto tras puertas cerradas y corazones que latían al ritmo de una combustión interna que nadie, ni siquiera ellos mismos, podía detener. La academia seguía su curso, los héroes se preparaban para el futuro, pero en ese rincón del mundo, la victoria no se medía en puntos o medallas, sino en la intensidad de un susurro en la oscuridad.