A oscuras
Cenizas y Confesiones a Contraluz
La luz del amanecer se filtraba tímidamente por las rendijas de las persianas de la habitación de Bakugo, dibujando líneas doradas sobre el desorden de uniformes escolares y libros de texto esparcidos por el suelo. El silencio de la madrugada en los dormitorios de la U.A. era absoluto, pero dentro de esas cuatro paredes, el aire todavía se sentía denso, cargado con el rastro eléctrico de una noche que ninguno de los dos había planeado, pero que ambos habían deseado con una intensidad aterradora.
Junko Aoi abrió los ojos lentamente. Lo primero que registró fue el calor. Un calor seco, casi febril, que emanaba del cuerpo sólido que la rodeaba. Bakugo estaba profundamente dormido, algo inusual en él, con un brazo musculoso rodeando firmemente su cintura, como si incluso inconsciente temiera que ella fuera a escaparse en medio de la noche.
Ella se quedó inmóvil, observándolo. Sin el ceño fruncido y los gritos constantes, las facciones de Katsuki perdían esa agresividad cortante para revelar a un joven de diecisiete años cuya carga era demasiado pesada. Sus pestañas rubias proyectaban sombras suaves sobre sus pómulos. Junko sintió una punzada extraña en el pecho, algo que no podía clasificar con su lógica académica. Se suponía que eran rivales. Se suponía que se odiaban.
—Deja de mirarme mientras duermo, pecosa. Es espeluznante.
La voz de Bakugo era un gruñido ronco, apenas un susurro que vibró contra la nuca de Junko. Ella dio un pequeño brinco, dándose cuenta de que él ya estaba despierto.
—No te estaba mirando —mintió Junko de inmediato, recuperando su tono sarcástico a pesar de la desnudez—. Estaba analizando lo ridículo que te ves cuando no estás intentando explotar algo. Tienes cara de idiota cuando duermes.
Bakugo abrió un ojo, el iris rojo brillando con una mezcla de cansancio y esa chispa desafiante que siempre la encendía. En lugar de soltarla, apretó más el agarre, pegando la espalda de Junko contra su pecho sudado.
—Mentirosa —dijo él, enterrando el rostro en el hueco de su cuello, inhalando su aroma—. Tu corazón está martilleando como si acabaras de correr un maratón. ¿Qué pasa? ¿Te asusta que el gran Bakugo Katsuki sea lo mejor que te ha pasado en la vida?
Junko soltó una risa seca, aunque sus mejillas se tiñeron de un rojo que nada tenía que ver con el frío matutino.
—Eres un ególatra de cuidado. Solo fue sexo, Bakugo. Una forma de liberar tensión para que no nos matemos en el próximo examen de combate. No te creas tan especial.
Sintió cómo los músculos de Bakugo se tensaban. Él se incorporó sobre un codo, obligándola a girarse para quedar frente a frente. La intensidad en su mirada era abrumadora. Ya no quedaba rastro del sueño; solo estaba esa determinación feroz que lo hacía el mejor de su clase.
—¿"Solo sexo"? —repitió él, con una sonrisa torcida que no llegaba a ser una burla—. No me jodas, Aoi. Me entregaste tu virginidad y me llamaste por mi maldito nombre de pila como si fuera tu única salvación. No intentes actuar como si fueras de hielo ahora que salió el sol.
Junko se sentó, cubriéndose instintivamente con la sábana oscura, aunque ya no había secretos entre ellos. Sus ojos violetas se clavaron en los de él con la misma terquedad de siempre.
—¿Y qué quieres que diga? ¿Que estoy enamorada de ti? —espetó ella, su voz ganando fuerza—. Somos rivales. Mañana seguiremos peleando por el primer puesto en matemáticas y pasado mañana intentaré derribarte en el campo de entrenamiento. Esto... esto no cambia quiénes somos.
Bakugo se levantó de la cama con una gracia atlética, sin importarle su propia desnudez. Se acercó a la ventana y abrió un poco más las persianas, dejando que la luz iluminara las cicatrices de sus manos, esas manos que horas antes la habían tocado con una delicadeza que la había hecho llorar.
—Tienes razón —dijo él de espaldas, su voz extrañamente tranquila—. No cambia quiénes somos. Yo sigo siendo el número uno y tú sigues siendo la extra que intenta alcanzarme. Pero no vuelvas a decir que fue "solo sexo". No soy un idiota, Junko. Sé cuándo alguien está fingiendo y tú anoche no fingiste ni una maldita cosa.
El uso de su nombre de pila por parte de él tuvo el mismo efecto que una descarga eléctrica. Junko tragó saliva, sintiéndose vulnerable por primera vez en su vida. Se puso de pie, recogiendo su ropa interior del suelo con dedos temblorosos.
—Tengo que irme a mi cuarto antes de que los demás empiecen a salir al área común —murmuró ella, evitando su mirada.
—Huye si quieres —dijo Bakugo, girándose para verla. Se cruzó de brazos, resaltando sus hombros anchos—. Pero recuerda esto: yo no hago las cosas a medias. Si decidiste cruzar esa puerta anoche, entraste en mi territorio. Y yo no dejo ir lo que es mío.
Junko se detuvo mientras se abrochaba el sujetador, sintiendo un escalofrío.
—No soy tuya, Bakugo. No soy un trofeo que ganaste.
—No —concedió él, caminando hacia ella hasta que sus pechos rozaron su pecho—. Eres mi rival. La única persona en esta maldita escuela que no baja la mirada cuando le grito. Y ahora, eres la única que sabe qué ruido hago cuando pierdo el control. Eso te hace mía de una forma que ninguno de esos otros idiotas entendería.
Junko levantó la barbilla, recuperando su máscara de sarcasmo, aunque sus ojos violetas traicionaban su emoción.
—Eres un posesivo insufrible.
—Y a ti te encanta —respondió él, bajando la cabeza para darle un beso corto, pero tan posesivo que le dejó los labios ardiendo.
Ella terminó de vestirse a toda prisa, el silencio volviendo a caer sobre la habitación, pero esta vez era un silencio diferente, uno que compartía un secreto compartido. Cuando estuvo lista para salir, se detuvo con la mano en el pomo de la puerta.
—Bakugo —llamó ella sin girarse.
—¿Qué?
—En el examen de hoy... no esperes que te lo ponga fácil por lo de anoche. Te voy a aplastar.
Bakugo soltó una carcajada auténtica, una que rara vez escuchaba alguien que no fuera Kirishima. Era un sonido rico y vibrante que hizo que el corazón de Junko diera un vuelco.
—Eso espero, pecosa. Porque si bajas el nivel, me aseguraré de recordarte por qué soy el mejor hasta que pidas clemencia.
Junko salió al pasillo, asegurándose de que no hubiera nadie en el corredor. Caminó hacia su propia habitación con el paso firme, pero con las piernas todavía un poco temblorosas. Al entrar en su cuarto, se dejó caer contra la puerta, cerrando los ojos. Su piel todavía olía a él: a caramelo quemado y a esa pólvora característica que era la esencia de Katsuki Bakugo.
Se miró al espejo. Su cabello violeta oscuro estaba alborotado y tenía una pequeña marca rojiza en la base del cuello, justo donde terminaban sus pecas. Una marca de propiedad que él había dejado a propósito.
—Idiota... —susurró para sí misma, pero no pudo evitar que una pequeña sonrisa, una llena de una satisfacción peligrosa, apareciera en su rostro.
Unas horas más tarde, el comedor de la U.A. era un caos de estudiantes desayunando y hablando sobre las clases del día. Junko estaba sentada con algunas chicas de la Clase B, manteniendo su habitual fachada de indiferencia intelectual, cuando el grupo de Bakugo entró.
Él caminaba al frente, como siempre, con las manos en los bolsillos y esa expresión de "no me molesten o morirán". Sin embargo, cuando sus ojos se cruzaron con los de Junko a través de la sala, no hubo el habitual intercambio de insultos visuales. Bakugo simplemente mantuvo la mirada durante tres segundos exactos, un tiempo eterno en el código de comunicación silenciosa que habían desarrollado. Sus ojos rojos recorrieron el cuello de Junko, deteniéndose justo donde sabía que estaba la marca, y luego volvió a mirar sus ojos con un destello de triunfo.
—¡Oye, Bakugo! ¡Te estoy hablando! —gritó Kaminari, agitando una mano frente a su cara—. ¿Te quedaste dormido de pie o qué?
—¡Cállate, cargador con patas! —rugió Bakugo, aunque su voz carecía de la ira real que solía tener—. Solo estaba pensando en cómo voy a humillar a todos en el entrenamiento de hoy.
Junko bajó la vista hacia su café, ocultando una sonrisa.
—¿Pasa algo, Aoi? —preguntó Pony Tsunotori, ladeando la cabeza—. Estás muy callada hoy.
—Nada, Pony —respondió Junko, tomando un sorbo largo—. Solo estoy ansiosa por ver cómo "el gran Bakugo" muerde el polvo hoy. Se nota que no durmió bien, tiene la guardia baja.
Desde la otra mesa, Bakugo soltó un bufido que solo ella entendió.
El entrenamiento de la tarde fue, previsiblemente, un campo de batalla. Aizawa los había dividido en parejas para ejercicios de combate cuerpo a cuerpo y, como si el destino tuviera un sentido del humor retorcido, Junko y Bakugo terminaron frente a frente en el centro del gimnasio Gamma.
—Reglas simples —dijo Aizawa con su tono monótono—. Sin dones por los primeros cinco minutos. Solo técnica y fuerza física. Empiecen.
Bakugo no esperó. Se lanzó hacia ella con una velocidad explosiva, incluso sin usar sus explosiones. Junko, gracias a su cuerpo atlético y años de entrenamiento en artes marciales, esquivó el primer golpe, girando sobre sus talones y lanzando una patada dirigida a las costillas del rubio.
Él la bloqueó con el antebrazo, sintiendo el impacto sólido.
—Nada mal, pecosa —gruñó él, sus ojos brillando de emoción—. Pero eres lenta.
—Y tú eres predecible —replicó ella, aprovechando la cercanía para intentar un derribo de cadera.
Bakugo era más fuerte, pero Junko conocía su centro de gravedad. Durante unos segundos, estuvieron enredados, sus cuerpos presionados el uno contra el otro de una forma que recordaba demasiado a la noche anterior. El calor, el olor, la fricción de la piel. Junko sintió que su concentración flaqueaba por un instante al recordar el tacto de esas mismas manos en sus muslos.
Bakugo aprovechó ese segundo de distracción. Con un movimiento rápido, la hizo girar y la inmovilizó contra el suelo, atrapando sus muñecas por encima de su cabeza. Estaba jadeando, el sudor goteando de su frente y cayendo sobre la mejilla de Junko.
—Te tengo —susurró él, tan bajo que solo ella podía oírlo. Sus ojos rojos estaban fijos en sus labios—. Te dije que si te distraías, te aplastaría.
Junko, atrapada bajo su peso, no sintió la derrota habitual. En cambio, sintió un fuego que le recorría las venas.
—Aclara algo, Bakugo —respondió ella, también en un susurro, mientras sus piernas se envolvían instintivamente alrededor de la cintura de él, imitando la posición que habían tenido horas antes—. ¿Me ganaste porque eres mejor, o porque no puedes dejar de pensar en lo que hicimos anoche?
El rostro de Bakugo se encendió. No era un sonrojo de vergüenza, sino de una pasión contenida que amenazaba con explotar. Sus dedos apretaron sus muñecas con un poco más de fuerza, no para lastimarla, sino para reclamarla.
—Ambas cosas —admitió él, su voz cargada de una honestidad brutal que la dejó sin aliento—. Y si crees que esto termina aquí, estás muy equivocada, sabelotodo.
—¡Tiempo! —gritó Aizawa—. Bakugo gana este asalto.
Katsuki se levantó de inmediato, ofreciéndole una mano a Junko para ayudarla a incorporarse. Sus compañeros de clase los miraban con asombro; Bakugo nunca ayudaba a nadie a levantarse después de una pelea.
—¿Qué fue eso, Bakugo? —preguntó Kirishima, acercándose con una sonrisa curiosa—. ¿Desde cuándo eres un caballero?
—¡Cierra la boca, pelos de pincho! —gritó Bakugo, recuperando su máscara habitual—. Solo quiero que se levante rápido para poder patearle el trasero de nuevo en la siguiente ronda. ¡No se acostumbren!
Junko se sacudió el polvo del uniforme, acomodándose el cabello violeta. Sus ojos se encontraron con los de Bakugo una última vez antes de que el profesor diera la siguiente instrucción. No había necesidad de palabras. La tensión entre ellos ya no era solo una rivalidad académica o una competencia de egos. Era algo más profundo, una conexión forjada en la oscuridad y el sudor, una guerra que ambos estaban disfrutando perder.
Mientras caminaba hacia la línea de salida para el próximo ejercicio, Junko sintió el peso de la mirada de Bakugo en su espalda. Sabía que esa noche, después de que las luces de los dormitorios se apagaran, habría otro encuentro en la biblioteca, o quizás en su habitación esta vez.
La rivalidad seguía viva, pero ahora, cada insulto era un preludio y cada desafío era una invitación. Bakugo Katsuki había encontrado a su igual, y Junko Aoi había encontrado al único fuego capaz de no consumirla, sino de hacerla brillar con más fuerza.
—Esto apenas comienza, rubio explosivo —pensó ella, una sonrisa desafiante curvando sus labios mientras se preparaba para la siguiente explosión.