A oscuras
Ecuaciones de Combustión
La atmósfera en la sala común de la U.A. era la habitual de un jueves por la tarde: Denki y Mineta discutían sobre algún videojuego, lida movía los brazos de forma robótica mientras regañaba a alguien por dejar una taza sucia, y Midoriya garabateaba frenéticamente en uno de sus cuadernos. Sin embargo, para Junko Aoi, el mundo se sentía extrañamente distorsionado, como si alguien hubiera subido el volumen de sus sentidos y bajado el de su paciencia.
Sentada en uno de los sofás individuales, Junko intentaba concentrarse en un libro de tácticas avanzadas, pero su mirada se desviaba inevitablemente hacia la mesa alta donde Bakugo estaba sentado. Él no estaba gritando. De hecho, estaba inusualmente silencioso, con los auriculares puestos y el ceño fruncido sobre un cuaderno de notas. El roce de su piel contra la de él esa misma mañana, durante el entrenamiento, todavía le quemaba en el recuerdo.
—Aoi, ¿estás bien? Estás leyendo la misma página desde hace diez minutos —comentó Jirou, sentándose cerca con su bajo en el regazo.
Junko parpadeó, recomponiéndose al instante. Sus ojos violetas recuperaron su brillo sarcástico.
—Solo estoy analizando lo patético que es el sistema de defensa de la ciudad de Hosu, Kyoka. Es tan aburrido que me distraje —mintió con una naturalidad asombrosa.
—Claro —dijo Jirou, arqueando una ceja—. O tal vez es que Bakugo está respirando demasiado fuerte y te distrae. Sabes que puedes lanzarle un diccionario, ¿verdad?
Junko soltó una risa nasal, cerrando el libro de golpe.
—No gastaría un buen libro en esa cabeza hueca. Me voy a la biblioteca de los dormitorios. Aquí hay demasiado ruido de "extras".
Al decir la última palabra, lo hizo con una intención clara. Bakugo, que parecía estar en su propio mundo, levantó la vista de inmediato. Sus ojos rojos chocaron con los de ella. No hubo insultos, solo una tensión eléctrica que pareció hacer vibrar el aire entre ellos. Junko se puso de pie, acomodando su falda sobre sus caderas anchas, y caminó hacia las escaleras con una elegancia deliberada.
No pasaron ni tres minutos antes de que escuchara las pisadas pesadas y decididas detrás de ella. No eran las pisadas de alguien que va a estudiar; eran las de un depredador que ha reconocido una señal.
Junko entró en la pequeña biblioteca del ala de estudiantes, un lugar que a esa hora solía estar vacío. Se dirigió al rincón más alejado, entre las estanterías de historia de los dones. Apenas se giró, se encontró con el pecho de Bakugo a escasos centímetros. Él cerró la puerta detrás de sí con un movimiento seco, pero sin hacer ruido.
—¿Qué quieres ahora, explosivo? —preguntó ella, cruzándose de brazos. Su corazón, traidor, empezó a latir con fuerza contra sus costillas.
—Me llamaste extra —gruñó Bakugo, acortándola aún más la distancia hasta que ella sintió el calor de su cuerpo—. Nadie me llama así y se va como si nada, pecosa.
—Es lo que eres cuando no estás tratando de ser el centro de atención —desafió ella, aunque su voz sonaba un poco más ronca de lo habitual—. Un ruido de fondo molesto.
Bakugo apoyó una mano en la estantería, justo al lado de la cabeza de Junko, atrapándola. Sus ojos rojos ardían con una intensidad que nada tenía que ver con la furia académica.
—Sabes perfectamente que no soy ruido de fondo para ti —susurró él, inclinándose hasta que su aliento rozó su oreja—. Sé que todavía sientes mis manos encima de ti. Sé que no puedes concentrarte porque estás esperando que te arrincone otra vez.
Junko sintió un escalofrío recorrerle la columna. Odiaba que él tuviera razón. Odiaba que supiera leerla tan bien a través de sus capas de sarcasmo y superioridad.
—Eres un arrogante —dijo ella, pero sus manos, en lugar de empujarlo, subieron por sus antebrazos musculosos, sintiendo la dureza de su cuerpo atlético—. Un arrogante que cree que puede tenerlo todo.
—No lo creo —dijo él, bajando la mano para agarrar con firmeza su mandíbula, obligándola a mirarlo—. Lo sé.
El beso que siguió fue una colisión de voluntades. No había rastro de la duda de la noche anterior. Ahora había una familiaridad peligrosa, un hambre que se alimentaba de su rivalidad. Las manos de Bakugo bajaron con urgencia hacia sus caderas, apretándola contra él, mientras Junko enredaba sus dedos en su cabello rubio cenizo, tirando con una fuerza que le arrancó un gruñido profundo de la garganta.
—A mi cuarto —ordenó él entre besos, su voz vibrando contra los labios de ella.
—No —respondió Junko, su terquedad saliendo a flote incluso en ese estado—. Al mío. Quiero que seas tú el que tenga que caminar por el pasillo escondiéndose como un ladrón.
Bakugo soltó una risa ronca, una que sonaba casi como un desafío aceptado.
—Como quieras, maldita sea. Camina.
El trayecto por el pasillo fue una tortura de adrenalina. Se movieron con sombras, con la cautela de dos héroes en una misión de infiltración, aunque el objetivo fuera mucho más carnal. Una vez dentro de la habitación de Junko, el ambiente cambió. El cuarto de ella era ordenado, olía a lavanda y a libros viejos, un contraste total con la energía caótica de Bakugo.
Él no perdió el tiempo. En cuanto la puerta se cerró con llave, la empujó contra la madera, devorando sus labios de nuevo. Sus manos, grandes y callosas por el entrenamiento, bajaron por su espalda, deshaciéndose del uniforme con una eficiencia impaciente.
—Katsuki... —jadeó ella cuando él bajó los besos a su cuello, encontrando con precisión la marca que le había dejado esa mañana.
—Dilo otra vez —pidió él, su voz era una súplica disfrazada de orden.
—Katsuki —repitió ella, arqueando la espalda cuando sintió sus manos bajo su camisa, acariciando su piel pecosa—. Eres un idiota... pero eres el único que...
—El único que te hace perder el control —completó él, levantándola por los muslos. Junko envolvió sus piernas alrededor de su cintura, aferrándose a él como si fuera su único anclaje en medio de una tormenta.
Bakugo la llevó hasta la cama, depositándola con una mezcla de brusquedad y una sensibilidad que solo mostraba con ella. Se deshizo de su propia ropa con movimientos rápidos, revelando el cuerpo de un guerrero que Junko no podía dejar de admirar. Sus ojos violetas recorrieron cada músculo, cada cicatriz, antes de volver a encontrarse con los ojos rojos de él.
—Anoche fue... —empezó Junko, pero él la interrumpió, cubriendo su cuerpo con el suyo.
—Anoche fue el principio —sentenció Bakugo—. No voy a dejar que esto sea algo que simplemente "pasó". Si vas a ser mi rival, vas a serlo en todo.
Él comenzó a besarla de nuevo, pero esta vez bajó con lentitud, explorando su cuerpo con una atención que la hacía sentir que cada centímetro de su piel estaba siendo reclamado. Cuando sus labios rodearon uno de sus pechos pequeños, Junko soltó un gemido que intentó ahogar contra la almohada.
—No te escondas —gruñó él, mirándola desde abajo—. Quiero oírte. Quiero saber exactamente qué es lo que te vuelve loca.
Bakugo usó su mano para buscar la intimidad de ella, moviéndose con una destreza que hacía que Junko se retorciera bajo su toque. Estaba húmeda y lista para él, su cuerpo reconociendo el de su rival como si hubieran sido diseñados para encajar.
—Por favor... —suplicó ella, su orgullo intelectual completamente desintegrado por el placer físico.
—Pídemelo, Junko —dijo él, deteniendo sus movimientos justo cuando ella estaba al borde—. Dime qué quieres.
—Te quiero a ti, maldita sea —gritó ella en un susurro desesperado—. ¡Entra ya!
Bakugo sonrió, una expresión de triunfo absoluto, y se posicionó entre sus piernas. La penetró de un solo movimiento firme, llenándola por completo. Junko soltó un grito ahogado, enterrando sus uñas en la espalda de él mientras buscaba su boca para acallar sus propios sonidos.
El ritmo que establecieron fue intenso, casi violento, como una de sus peleas en el campo de entrenamiento. Cada embestida de Bakugo era una pregunta y cada respuesta de Junko era un desafío. Se movían en una sincronía perfecta, el sudor mezclándose, el aroma a lavanda de la habitación siendo reemplazado por el olor a sexo y a la pólvora dulce que emanaba de la piel de Katsuki.
—Mírame —ordenó él, su voz entrecortada por el esfuerzo—. No cierres los ojos.
Junko obedeció, encontrando una vulnerabilidad en la mirada de Bakugo que la dejó sin aliento. No era solo deseo; era una intensidad que rozaba algo mucho más profundo, algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. En ese momento, ella no era la sabelotodo sarcástica y él no era el chico explosivo con complejo de superioridad. Eran simplemente dos personas desnudas, entregándose la una a la otra con una honestidad brutal.
El clímax los golpeó casi al mismo tiempo. Junko sintió que su mente se ponía en blanco, una explosión de colores violetas y rojos que la dejó temblando. Bakugo se tensó, gruñendo su nombre contra su hombro mientras se vaciaba dentro de ella, apretándola contra el colchón con una fuerza posesiva.
Se quedaron así durante mucho tiempo, con las respiraciones agitadas sincronizándose poco a poco. El silencio de la habitación de Junko se sentía ahora acogedor, un refugio contra el mundo exterior donde todavía tenían que ser enemigos.
Bakugo se apartó con cuidado, pero se quedó a su lado, dejando que ella apoyara la cabeza en su pecho. Su mano, todavía temblorosa, acariciaba distraídamente el cabello violeta de Junko.
—Sigues teniendo el cerebro más grande que yo, ¿eh? —murmuró él, rompiendo el silencio con un rastro de su habitual arrogancia, pero sin la acritud de siempre.
Junko soltó una risa débil, sintiéndose exhausta pero extrañamente completa.
—En este momento, no puedo ni recordar cómo se hace una integral, Bakugo. Así que disfruta tu victoria temporal.
—La disfrutaré —dijo él, dándole un beso en la coronilla—. Pero no te acostumbres. Mañana volveré a ser el número uno.
—Eso está por verse —replicó ella, cerrando los ojos y dejándose llevar por el cansancio—. Mañana tenemos el examen de estrategia aplicada. Y ahí, rubio, no tienes ninguna oportunidad.
Bakugo soltó un bufido que era casi una risa de satisfacción.
—Ya veremos, pecosa. Ya veremos.
Se quedaron dormidos entrelazados, dos rivales que habían encontrado la forma de canalizar su fuego en algo que no destruía, sino que construía un vínculo inquebrantable. Al día siguiente volverían los gritos, las miradas desafiantes y la competencia feroz, pero ambos sabían que, bajo el uniforme y tras las máscaras de orgullo, existía una verdad que solo ellos compartían en la penumbra de sus habitaciones.
La guerra continuaba, pero la rendición nunca había sido tan dulce.