A oscuras
Ecuaciones de Combustión y Silencios Compartidos
La luz del amanecer se filtraba tímidamente por las rendijas de las persianas de la habitación de Junko, dibujando líneas doradas sobre el desorden de uniformes escolares y libros de texto esparcidos por el suelo. El silencio de la madrugada en los dormitorios de la U.A. era absoluto, pero dentro de esas cuatro paredes, el aire todavía se sentía denso, cargado con el rastro eléctrico de una noche que ninguno de los dos había planeado, pero que ambos habían deseado con una intensidad casi violenta.
Junko Aoi abrió los ojos lentamente. Lo primero que registró fue el calor. Un calor seco, casi febril, que emanaba del cuerpo sólido que la rodeaba. Bakugo estaba profundamente dormido, algo inusual en él, con un brazo musculoso rodeando firmemente su cintura, como si incluso inconsciente temiera que ella fuera a escaparse en medio de la noche.
Ella se quedó inmóvil, observándolo. Sin el ceño fruncido y los gritos constantes, las facciones de Katsuki perdían esa agresividad cortante para revelar a un joven cuya carga interna era, quizás, demasiado pesada. Sus pestañas rubias proyectaban sombras suaves sobre sus pómulos. Junko sintió una punzada extraña en el pecho, algo que no podía clasificar con su habitual lógica académica. Se suponía que eran rivales. Se suponía que se odiaban con la fuerza de mil soles.
—Deja de mirarme mientras duermo, pecosa. Es espeluznante.
La voz de Bakugo era un gruñido ronco, apenas un susurro que vibró contra la nuca de Junko antes de que ella pudiera siquiera procesar que él había despertado.
—No te estaba mirando —mintió Junko de inmediato, recuperando su tono sarcástico a pesar de la vulnerabilidad de estar desnuda bajo las sábanas—. Estaba analizando lo ridículo que te ves cuando no estás intentando explotar algo. Tienes cara de idiota cuando duermes, Bakugo.
Bakugo abrió un ojo, el iris rojo brillando con una mezcla de cansancio y esa chispa desafiante que siempre lograba encender la sangre de Junko. En lugar de soltarla, apretó más el agarre, pegando la espalda atlética de la chica contra su pecho firme.
—Mentirosa —dijo él, enterrando el rostro en el hueco de su cuello, inhalando el aroma a lavanda y sudor que emanaba de su piel pecosa—. Tu corazón está martilleando como si acabaras de correr un maratón. ¿Qué pasa? ¿Te asusta que el gran Bakugo Katsuki sea lo mejor que te ha pasado en la vida?
Junko soltó una risa seca, aunque sus mejillas se tiñeron de un rojo que nada tenía que ver con el frío matutino.
—Eres un ególatra de cuidado. Solo fue una forma de liberar tensión para que no nos matemos en el próximo examen de combate. No te creas tan especial, rubio.
Sintió cómo los músculos de Bakugo se tensaban bajo su piel. Él se incorporó sobre un codo, obligándola a girarse para quedar frente a frente. La intensidad en su mirada era abrumadora, despojándola de cualquier defensa dialéctica. Ya no quedaba rastro del sueño; solo estaba esa determinación feroz que lo hacía el mejor de su clase.
—¿"Solo una forma de liberar tensión"? —repitió él, con una sonrisa torcida que no llegaba a ser una burla, sino algo mucho más peligroso—. No me jodas, Aoi. Me dejaste entrar, me buscaste con la misma desesperación con la que buscas la nota máxima y me llamaste por mi nombre como si fuera tu única salvación. No intentes actuar como si fueras de hielo ahora que salió el sol. No conmigo.
Junko se sentó, cubriéndose instintivamente con la sábana oscura, aunque sabía que ya no había secretos físicos entre ellos. Sus ojos violetas se clavaron en los de él con la misma terquedad de siempre, esa que los mantenía en un empate técnico constante.
—¿Y qué quieres que diga? ¿Que estoy enamorada de ti? —espetó ella, su voz ganando fuerza—. Somos rivales, Katsuki. Mañana seguiremos peleando por el primer puesto en física y pasado mañana intentaré derribarte en el campo de entrenamiento hasta que muerdas el polvo. Esto... esto no cambia quiénes somos.
Bakugo se levantó de la cama con una gracia atlética, sin importarle su propia desnudez. Se acercó a la ventana y abrió un poco más las persianas, dejando que la luz iluminara las cicatrices de sus manos, esas manos que horas antes la habían tocado con una delicadeza que ella no creía que él poseyera.
—Tienes razón —dijo él de espaldas, su voz extrañamente tranquila para los estándares de alguien tan explosivo—. No cambia quiénes somos. Yo sigo siendo el número uno y tú sigues siendo la extra que intenta alcanzarme. Pero no vuelvas a decir que no significó nada. No soy un idiota, Junko. Sé cuándo alguien está fingiendo y tú anoche no fingiste ni una maldita cosa.
El uso de su nombre de pila por parte de él tuvo el mismo efecto que una descarga eléctrica de Kaminari. Junko tragó saliva, sintiéndose más expuesta que cuando no llevaba ropa. Se puso de pie, recogiendo su uniforme del suelo con dedos ligeramente temblorosos.
—Tengo que irme a mi cuarto antes de que los demás empiecen a salir al área común —murmuró ella, evitando su mirada mientras se ponía la camisa escolar—. No quiero que Iida empiece a dar discursos sobre el decoro y las reglas de convivencia.
—Huye si quieres —dijo Bakugo, girándose para verla. Se cruzó de brazos, resaltando sus hombros anchos y su musculatura definida—. Pero recuerda esto: yo no hago las cosas a medias. Nunca. Si decidiste dejarme entrar anoche, aceptaste las consecuencias. Y yo no dejo ir lo que considero un desafío a mi altura.
Junko se detuvo mientras se abrochaba la falda, sintiendo un escalofrío que no era de frío.
—No soy tuya, Bakugo. No soy un trofeo que ganaste por una noche de debilidad.
—No —concedió él, caminando hacia ella hasta que sus rostros quedaron a escasos centímetros—. Eres mi rival. La única persona en esta maldita escuela que no baja la mirada cuando le grito a la cara. Y ahora, eres la única que sabe qué ruido hago cuando pierdo el control. Eso te hace mía de una forma que ninguno de esos otros extras entendería jamás.
Junko levantó la barbilla, recuperando su máscara de sarcasmo y superioridad intelectual.
—Eres un posesivo insufrible. Un cavernícola con complejo de superioridad.
—Y a ti te encanta —respondió él, bajando la cabeza para darle un beso corto, pero tan cargado de posesividad que le dejó los labios ardiendo—. Ahora lárgate antes de que cambie de opinión y te encierre aquí otra vez.
Ella terminó de vestirse a toda prisa, el silencio volviendo a caer sobre la habitación, pero esta vez era un silencio diferente, uno que compartía un secreto eléctrico. Cuando estuvo lista para salir, se detuvo con la mano en el pomo de la puerta, dudando por una fracción de segundo.
—Bakugo —llamó ella sin girarse.
—¿Qué quieres ahora?
—En el examen de estrategia de hoy... no esperes que te lo ponga fácil porque me diste placer anoche. Te voy a aplastar de la forma más humillante posible.
Bakugo soltó una carcajada auténtica, una que rara vez escuchaba alguien que no fuera de su círculo más íntimo. Era un sonido rico y vibrante que hizo que el corazón de Junko diera un vuelco involuntario.
—Eso espero, pecosa. Porque si bajas el nivel por un par de polvos, me decepcionarás. Prepárate, porque me aseguraré de recordarte por qué soy el mejor hasta que pidas clemencia.
Junko salió al pasillo, asegurándose de que no hubiera nadie en el corredor. Caminó hacia su propia habitación con el paso firme, pero con las piernas todavía un poco débiles. Al entrar en su cuarto, se dejó caer contra la puerta, cerrando los ojos. Su piel todavía olía a él: a caramelo quemado, a sudor y a esa pólvora característica que era la esencia misma de Katsuki Bakugo.
Se miró al espejo. Su cabello violeta oscuro estaba alborotado y tenía una pequeña marca rojiza en la base del cuello, justo donde terminaban sus pecas. Una marca de guerra que él había dejado a propósito.
—Idiota impulsivo... —susurró para sí misma, pero no pudo evitar que una pequeña sonrisa de satisfacción apareciera en su rostro.
Unas horas más tarde, el comedor de la U.A. era un caos de estudiantes desayunando y hablando sobre las clases tácticas del día. Junko estaba sentada con su grupo habitual, manteniendo su fachada de indiferencia intelectual, cuando Bakugo entró con Kirishima y el resto de su grupo.
Él caminaba al frente, con las manos en los bolsillos y esa expresión de "no me molesten o morirán" que solía alejar a todo el mundo. Sin embargo, cuando sus ojos se cruzaron con los de Junko a través de la sala, no hubo el habitual intercambio de insultos visuales o muecas de desprecio. Bakugo simplemente mantuvo la mirada durante tres segundos exactos. Sus ojos rojos recorrieron el cuello de Junko, deteniéndose justo donde sabía que estaba la marca bajo el cuello de la camisa, y luego volvió a mirar sus ojos con un destello de triunfo absoluto.
—¡Oye, Bakugo! ¡Te estoy hablando, hermano! —gritó Kirishima, dándole una palmada en la espalda—. ¿Te quedaste dormido de pie o qué? Estás en las nubes.
—¡Cierra la boca, pelos de pincho! —rugió Bakugo, aunque su voz carecía de la ira real que solía tener—. Solo estaba pensando en cómo voy a humillar a todos en el examen de hoy. Especialmente a los que se creen demasiado listos.
Junko bajó la vista hacia su café, ocultando una sonrisa traviesa.
—¿Pasa algo, Aoi? —preguntó una de sus compañeras—. Estás muy callada hoy.
—Nada —respondió Junko, tomando un sorbo largo—. Solo estoy ansiosa por ver cómo el gran Bakugo muerde el polvo en la prueba de lógica. Se nota que no durmió bien, tiene la guardia baja. Es el momento perfecto para atacar.
Desde la otra mesa, Bakugo soltó un bufido que solo ella entendió como una promesa de represalias.
El entrenamiento de la tarde en el Gimnasio Gamma fue un campo de batalla mental y físico. Aizawa los había dividido en parejas para ejercicios de combate cuerpo a cuerpo y, como si el destino tuviera un sentido del humor retorcido, Junko y Bakugo terminaron frente a frente en el centro de la pista.
—Sin dones por los primeros cinco minutos —ordenó Aizawa con su tono monótono—. Solo técnica, fuerza física y reflejos. Empiecen.
Bakugo no esperó a que ella terminara de ponerse en guardia. Se lanzó hacia ella con una velocidad asombrosa. Junko, gracias a su cuerpo atlético y años de entrenamiento disciplinado, esquivó el primer golpe, girando sobre sus talones y lanzando una patada dirigida a las costillas del rubio.
Él la bloqueó con el antebrazo, sintiendo el impacto sólido de la chica.
—Nada mal, pecosa —gruñó él, sus ojos brillando de emoción bajo el sudor—. Pero te falta potencia. Eres demasiado técnica y poco instintiva.
—Y tú eres demasiado impulsivo y poco cerebral —replicó ella, aprovechando la cercanía para intentar un derribo de cadera.
Durante unos segundos, estuvieron enredados, sus cuerpos presionados el uno contra el otro de una forma que recordaba demasiado a la noche anterior. El calor, el olor a pólvora, la fricción de la piel contra el uniforme. Junko sintió que su concentración flaqueaba por un instante al recordar el tacto de esas mismas manos en su cintura.
Bakugo aprovechó ese milisegundo de distracción. Con un movimiento rápido, la hizo girar y la inmovilizó contra el suelo, atrapando sus muñecas por encima de su cabeza. Estaba jadeando, el sudor goteando de su frente y cayendo sobre la mejilla de Junko.
—Te tengo —susurró él, tan bajo que solo ella podía oírlo por encima del ruido de los otros combates—. Te dije que si te distraías, te aplastaría. ¿En qué estabas pensando, sabelotodo? ¿En lo bien que se sintió anoche?
Junko, atrapada bajo su peso, no sintió la derrota. En cambio, sintió un fuego que le recorría las venas, una adrenalina que no tenía nada que ver con el combate heroico.
—Aclara algo, Bakugo —respondió ella, también en un susurro, mientras sus piernas se envolvían instintivamente alrededor de la cintura de él, imitando la posición que habían tenido horas antes—. ¿Me ganaste porque eres mejor, o porque me obligaste a recordar lo que me hiciste sentir? Porque eso es hacer trampa.
El rostro de Bakugo se encendió. Sus dedos apretaron sus muñecas con una fuerza que no era para lastimar, sino para reclamar su atención absoluta.
—En la guerra y en el sexo todo vale —admitió él, su voz cargada de una honestidad que la dejó sin aliento—. Y si crees que esto termina aquí, estás muy equivocada. Esto es solo el calentamiento.
—¡Tiempo! —gritó Aizawa—. Bakugo gana este asalto por inmovilización.
Katsuki se levantó de inmediato, ofreciéndole una mano a Junko para ayudarla a incorporarse. Sus compañeros de clase los miraban con asombro; Bakugo nunca ayudaba a nadie a levantarse, mucho menos a una rival directa.
—¿Qué fue eso, Bakugo? —preguntó Kaminari, acercándose con una sonrisa pícara—. ¿Desde cuándo eres un caballero con Aoi? ¿Te golpeaste la cabeza?
—¡Cállate, maldito cargador con patas! —gritó Bakugo, recuperando su máscara habitual de furia—. Solo quiero que se levante rápido para poder patearle el trasero de nuevo en la siguiente ronda. ¡No se acostumbren a verme ser amable, extras!
Junko se sacudió el polvo del uniforme, acomodándose el cabello violeta con una calma que desquiciaba a Bakugo. Sus ojos se encontraron con los de él una última vez antes de que el profesor diera la siguiente instrucción. No había necesidad de palabras. La tensión entre ellos ya no era solo una rivalidad académica o una competencia de egos heridos. Era algo mucho más profundo, una conexión forjada en la oscuridad y el sudor, una guerra que ambos estaban disfrutando perder.
Mientras caminaba hacia la línea de salida para el próximo ejercicio, Junko sintió el peso de la mirada de Bakugo en su espalda. Sabía que esa noche, después de que las luces de los dormitorios se apagaran, habría otro encuentro. Quizás en la biblioteca, quizás en su habitación, o quizás en algún rincón oscuro donde nadie pudiera ver cómo los dos mejores estudiantes de la clase se entregaban al caos.
La rivalidad seguía viva, pero ahora, cada insulto era un preludio y cada desafío era una invitación al fuego. Bakugo Katsuki había encontrado finalmente a su igual, y Junko Aoi había encontrado al único fuego capaz de no consumirla, sino de hacerla brillar con más intensidad que nunca.
—Esto apenas comienza, rubio explosivo —pensó ella, una sonrisa desafiante curvando sus labios mientras se preparaba para la siguiente explosión de sensaciones.