A oscuras
Dominio de Pólvora y Terciopelo
La tensión en la sala común de la U.A. era tan espesa que incluso Kaminari, con su habitual falta de tacto, había decidido retirarse temprano a su habitación. Habían pasado tres semanas desde la última vez que Katsuki Bakugo y Junko Aoi se habían encerrado en una habitación para canalizar su rivalidad a través de la piel. Tres semanas de miradas cargadas, de roces accidentales en los pasillos que enviaban descargas eléctricas a sus columnas vertebrales, y de una guerra de notas y entrenamientos que estaba agotando los nervios de ambos.
Junko estaba sentada en un rincón de la biblioteca de los dormitorios, rodeada de libros de física avanzada que no estaba leyendo. Sus ojos violetas seguían las líneas de texto, pero su mente estaba atrapada en el recuerdo del aroma a nitroglicerina y la sensación de unas manos grandes y ásperas sobre sus caderas anchas. Estaba terca, decidida a no ser la primera en ceder, a no demostrar que la abstinencia la estaba volviendo loca.
—Si sigues apretando ese bolígrafo así, vas a terminar clavándotelo en la mano, pecosa.
La voz de Bakugo, ronca y cargada de una agresividad contenida, rompió el silencio del lugar. Junko no levantó la vista, aunque sintió que el vello de sus brazos se erizaba.
—Y si tú sigues acechando en las sombras como un acosador de cuarta, voy a tener que informar a Aizawa-sensei de que el "gran Bakugo" ha perdido los estribos —replicó ella con su habitual sarcasmo, aunque su voz flaqueó un poco al final.
Katsuki caminó hacia ella. No se detuvo a una distancia prudencial; se colocó justo detrás de su silla, inclinándose hasta que su aliento caliente golpeó la nuca de Junko.
—Llevas tres semanas evitándome —gruñó él, su mano enguantada en el uniforme escolar apretando el respaldo de la silla—. Tres semanas actuando como si no te estuvieras muriendo por que te empotre contra la pared más cercana.
Junko soltó el bolígrafo y se giró bruscamente, quedando cara a cara con él. Sus ojos violetas ardían.
—No te necesito, Bakugo. Mi rendimiento académico ha subido un cinco por ciento desde que dejaste de distraerme con tus impulsos primitivos.
Bakugo soltó una risa seca, una que no llegó a sus ojos rojos. Sin previo aviso, la tomó del brazo y la puso en pie de un tirón, arrastrándola hacia la parte trasera de la biblioteca, donde las estanterías de historia antigua creaban un rincón oscuro y olvidado.
—¡Suéltame, idiota! —siseó ella, aunque no hizo ningún esfuerzo real por activar su don o golpearlo.
Él la empujó contra la pared de madera, silenciándola con un beso que sabía a desesperación y a una posesividad salvaje. No fue un beso de exploración; fue un reclamo. Sus lenguas lucharon por el dominio, un reflejo de su rivalidad constante, hasta que Junko soltó un gemido ahogado y enredó sus dedos en el cabello rubio cenizo de él.
Bakugo se apartó apenas unos centímetros, jadeando. Sus manos bajaron con una urgencia violenta, deshaciéndose de la chaqueta del uniforme de Junko y luego de su camisa, dejando a la vista su piel perfecta y pecosa, apenas cubierta por el sujetador de encaje oscuro.
—Estás ardiendo —susurró él, bajando una mano hacia el muslo de ella, apretando la carne firme a través de la falda—. Estás tan desesperada como yo, pero eres demasiado orgullosa para admitirlo.
—Te odio —respondió ella, aunque su espalda se arqueó buscando más contacto.
—Mentirosa —Bakugo terminó de desnudarla con una eficiencia que rayaba en lo cruel, dejándola expuesta en la penumbra de la biblioteca. Él se mantuvo vestido, una táctica deliberada para enfatizar su control—. Quieres que lo haga, ¿verdad? Quieres que te quite esta tensión.
Junko asintió, su respiración entrecortada. Esperaba que él la tomara allí mismo, que la hiciera suya con la intensidad explosiva que lo caracterizaba. Pero Bakugo dio un paso atrás, cruzándose de brazos mientras la recorría con la mirada, desde sus hombros pequeños hasta sus caderas anchas.
—No —dijo él, su voz volviéndose peligrosamente calmada—. Hoy no voy a mover un dedo por ti, Aoi.
Junko parpadeó, confundida y frustrada. El frío del aire de la biblioteca contrastaba con el fuego que sentía por dentro.
—¿De qué hablas? —preguntó ella, tratando de cubrirse con los brazos.
—Tócate —ordenó Bakugo.
Junko se quedó congelada. Sus ojos violetas se abrieron de par en par, brillando con una mezcla de indignación y sorpresa.
—¿Qué? —susurró, incrédula.
—Has oído bien —Bakugo dio un paso adelante, su mirada roja clavada en la de ella—. Quiero verte hacerlo. Quiero que me demuestres cuánto me has extrañado estas semanas. Tócate tú sola, ahora mismo.
—Estás loco —respondió Junko, recuperando algo de su terquedad—. No voy a darte ese espectáculo, Bakugo. No soy tu juguete.
—Eres mi rival —corrigió él, su voz bajando a un tono gutural que la hizo temblar—. Y ahora mismo, te estoy dando una orden. Si quieres que te toque después, si quieres sentirme dentro de ti, vas a tener que ganártelo. Así que hazlo. Mastúrbate frente a mí.
Junko apretó los dientes. Su orgullo luchaba contra una necesidad física que se había vuelto insoportable tras semanas de abstinencia. Miró a Bakugo, esperando ver una burla, pero solo encontró deseo puro y una autoridad que la subyugaba. Lentamente, con los dedos temblorosos, bajó una mano hacia su propia intimidad.
—Más rápido —le ordenó él, sin apartar la vista—. Y mírame a los ojos mientras lo haces.
Junko obedeció de manera sumisa, algo totalmente impropio de ella. Sus dedos acariciaron el borde de su ropa interior antes de deslizarse dentro. Soltó un suspiro tembloroso al sentir su propia humedad, su cuerpo reaccionando instantáneamente a la mirada fija y hambrienta del rubio.
—Buena chica —dijo Bakugo, y el elogio, saliendo de su boca, fue más excitante que cualquier caricia física.
Él dio un paso más, quedando a solo unos centímetros de ella, pero manteniendo sus manos en sus bolsillos, demostrando su dominio total de la situación.
—Usa dos dedos —instruyó él, sus ojos rojos brillando en la penumbra—. Quiero ver cómo te abres para mí. Enséñame lo empapada que estás por mi culpa.
—Katsuki... por favor... —suplicó ella, moviendo su mano rítmicamente. El placer empezaba a nublar su juicio, borrando cualquier rastro de sarcasmo.
—No te he dado permiso para parar —le espetó él—. ¿Así es como te tocas cuando piensas en mí en tu habitación? ¿Así de desesperada estás? Di mi nombre, pecosa. Dime quién manda aquí.
—Tú... tú mandas —jadeó Junko, arqueando la espalda contra la estantería de madera. Los libros de historia antigua vibraban suavemente tras ella—. Katsuki...
—Eso es —él se acercó a su oído, su aliento quemándole la piel—. Ahora, mete los dedos más profundo. Imagina que es mi polla la que te está reclamando. Imagina que te estoy destrozando mientras me suplicas que no pare.
Junko soltó un gemido alto, que resonó en el silencio de la biblioteca. Estaba perdida en las sensaciones y en la voz de Bakugo, que le decía cosas sucias, describiendo con detalle lo que quería hacerle una vez que ella terminara su tarea. El dominio de Katsuki era absoluto; él no necesitaba tocarla para hacerla arder, su presencia y sus órdenes eran suficientes para llevarla al límite.
—Más rápido, Junko —le ordenó él, su propia respiración volviéndose pesada. Sus pantalones se sentían ahora demasiado ajustados, pero él se obligaba a mirar, a disfrutar de la visión de su rival académica rindiéndose ante él—. No te corras todavía. Espera a que yo te lo diga.
—No puedo... —susurró ella, con las lágrimas de frustración y placer asomando a sus ojos violetas. Su cuerpo atlético estaba tenso, cada músculo vibrando por el esfuerzo de contener el orgasmo.
—He dicho que esperes —gruñó él, su voz llena de una autoridad que no admitía réplicas—. Demuéstrame que puedes obedecer. Demuéstrame que, aunque seas una sabelotodo en clase, aquí eres mía.
Junko apretó los muslos, su mano moviéndose en un frenesí controlado. La visión de Bakugo, de pie frente a ella, vestido y en control, mientras ella estaba desnuda y entregada a su propio tacto por orden de él, era la cosa más erótica que había experimentado jamás.
—Ahora —sentenció Bakugo.
Fue como si una presa se rompiera. Junko gritó su nombre, su cuerpo sacudiéndose en un orgasmo violento que la dejó sin fuerzas, obligándola a apoyarse en el pecho de él para no caer al suelo. Sus dedos salieron de su intimidad, cubiertos de su propia esencia, y Bakugo los tomó con una mano, llevándoselos a la boca para lamerlos mientras la miraba con una intensidad animal.
—Maldita sea, Aoi —dijo él, su voz ronca de deseo—. Eres una maldita adicción.
Bakugo no esperó más. Se deshizo de su propia ropa con una urgencia que contrastaba con su calma anterior. La tomó por la cintura, levantándola con facilidad y obligándola a envolver sus piernas alrededor de su cadera. La piel pecosa de Junko ardía contra la musculatura de él.
—Ahora es mi turno —susurró él justo antes de besarla con una ferocidad que prometía una noche larga y sin tregua.
La penetró de un solo movimiento, un choque de fuerzas que hizo que Junko soltara un suspiro de plenitud. Ya no había órdenes, ya no había sumisión; ahora eran dos fuerzas de la naturaleza colisionando, buscando el equilibrio en el caos de sus cuerpos entrelazados.
—Te voy a destrozar —le prometió Bakugo al oído, marcando un ritmo frenético que la hacía ver estrellas.
—Inténtalo, rubio —replicó ella, recuperando un destello de su antigua terquedad mientras enterraba las uñas en sus hombros—. Pero recuerda que mañana... mañana te voy a ganar en el simulacro.
Bakugo soltó una carcajada ronca, acelerando las embestidas, sintiendo cómo el mundo exterior desaparecía, dejando solo el aroma a pólvora y violetas que definía su extraña y explosiva relación.
—Sigue soñando, pecosa —dijo él, antes de sumergirla de nuevo en el océano de sensaciones que solo ellos dos eran capaces de crear.
La biblioteca permaneció en silencio, testigo mudo de una tregua carnal donde las palabras sobraban y la rivalidad se transformaba en el combustible de un incendio que ninguno de los dos quería apagar. Al final, no importaba quién sacara la mejor nota o quién ganara el combate; en la oscuridad de esos encuentros, ambos sabían que se pertenecían de una forma que la lógica nunca podría explicar.