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A travez del universo

Cenizas y Promesas bajo el Cielo de Seaside

La noche en Seaside Island había recuperado una calma engañosa. El sonido rítmico de las olas rompiendo contra la orilla servía de fondo para el silencio que reinaba en la terraza de Tails. Arturo y Lancelot permanecían sentados, observando cómo el rastro de la batalla de la tarde se desvanecía en la oscuridad. El Rey de Camelot mantenía su mano entrelazada con la de su caballero, sintiendo el frío metal del guantelete contra su palma, un recordatorio tangible de que esto no era un sueño nacido de la desesperación.

— Me pregunto si Nimue sabía que este mundo era tan... ruidoso —rompió el silencio Arturo, dejando que su capa roja se arrastrara por la madera de la terraza—. Todo aquí parece moverse a una velocidad que incluso a mí me cuesta seguir. Y ese otro yo... ese Sonic...

— Es un ser carente de la carga de la corona, mi señor —respondió Lancelot, su voz resonando con esa calma solemne que solía tranquilizar las tormentas internas de Arturo—. Posee una libertad que nosotros perdimos hace mucho tiempo. Pero, aunque su lengua sea afilada y sus modales inexistentes, hay una nobleza salvaje en él. Protegió a su compañero con la misma ferocidad con la que yo os protegería a vos.

Arturo suspiró, cerrando los ojos mientras el viento marino le alborotaba las púas.

— Lo ataqué, Lancelot. Ataqué a ambos. Vi a esa sombra, a ese Shadow, y por un momento mi corazón se detuvo. Creí que habías renunciado a todo lo que somos. Creí que ese beso... —Arturo apretó la mano de su caballero, su voz quebrándose ligeramente—. La sola idea de que pudieras mirar a otro con el amor que me juraste en el lago... me volvió loco.

Lancelot se giró hacia él, arrodillándose en un movimiento fluido a pesar de la pesadez de su armadura. Tomó la otra mano del Rey y la llevó a su frente, en un gesto de sumisión y adoración absoluta.

— Mi Arturo, mi único y eterno señor —susurró Lancelot—. Podrían pasar mil eones, podría cruzar mil dimensiones y mi alma siempre reconocería la vuestra. Ese erizo oscuro... tiene vuestra misma mirada de fuego, pero carece de vuestra alma. Él es el Caos; vos sois la Orden. Él es la tormenta; vos sois el reino. Jamás podría confundir el sol con un simple destello en la oscuridad.

Arturo sonrió con tristeza y se inclinó para besar la frente de Lancelot. La paz duró apenas unos segundos antes de que la puerta del taller se abriera de par en par, dejando salir un resplandor azul eléctrico y el sonido de una explosión controlada.

— ¡Ajá! ¡Lo tengo! —gritó Tails, saliendo con los pelos de las orejas un poco chamuscados y una expresión de triunfo—. Bueno, casi lo tengo. Solo necesito que la energía se estabilice un 5% más o el portal podría dejarlos en medio de un volcán, y dudo que sus armaduras sean a prueba de lava.

— Gracias, joven maestro Tails —dijo Arturo, poniéndose en pie con elegancia real—. Vuestra sabiduría técnica rivaliza con la magia de Merlín, aunque vuestros métodos sean... explosivos.

Tails se rascó la cabeza, algo avergonzado.

— Sí, bueno, la ciencia es básicamente magia pero con más matemáticas y menos sombreros puntiagudos. Por cierto, ¿vieron a Sonic? Salió disparado hace una hora diciendo algo sobre "control de daños" y "comprar provisiones de emergencia", lo cual suele significar que va a intentar que Shadow no destruya su propia cueva por el enojo.

— El guerrero de las sombras está herido —mencionó Lancelot, su mirada volviéndose profesional y seria—. Mi señor le infligió un corte profundo. Debería haberme asegurado de que recibiera sanación.

— Oh, no te preocupes por Shadow —dijo Tails, restándole importancia con la mano—. Tiene una regeneración increíble, y además, Sonic es un experto en "molestar a la gente hasta que se sienten mejor". Estarán bien. Probablemente estén peleando ahora mismo, que es su forma de decir que se quieren.

Lejos de allí, en la entrada de una cueva oculta entre los acantilados, la tensión era de una naturaleza muy distinta. Shadow estaba sentado sobre una roca, con el torso desnudo y el hombro vendado de forma tosca. Su mirada estaba fija en el fuego que ardía frente a él, pero sus orejas se movieron al detectar el sonido de pasos veloces.

— Vete, Sonic —gruñó Shadow sin mirar atrás—. No estoy de humor para tus estupideces.

— ¡Vaya recibimiento! Y yo que traje la artillería pesada —dijo Sonic, apareciendo en el círculo de luz del fuego. Llevaba una bolsa de papel que olía deliciosamente a especias y carne—. Traje chili dogs extragrandes, dos botellas de refresco y un kit médico que no robé de la casa de Amy, sino que "tomé prestado indefinidamente".

Shadow soltó un bufido, pero no lo echó. Sonic se acercó y se sentó a su lado, invadiendo su espacio personal como siempre hacía. Con una delicadeza que rara vez mostraba al mundo, Sonic comenzó a retirar las vendas mal puestas de Shadow.

— Ese tipo del reino de los castillos sí que te dio un buen tajo, ¿eh? —comentó Sonic, examinando la herida que ya empezaba a cerrarse gracias al ADN de Black Doom—. Tiene técnica, te lo concedo. Pero sigo pensando que es un dramático. ¿Viste cómo abrazó al otro? Parecía una escena de esas novelas que Amy lee a escondidas.

— Es un debilucho —escupió Shadow, aunque dejó que Sonic limpiara la sangre seca con una gasa—. Un rey no debería mostrar esa vulnerabilidad. Se dejó llevar por sus emociones. Si hubiera querido, podría haberlo matado mientras lloraba sobre el hombro de su sirviente.

Sonic se detuvo y miró a Shadow a los ojos. El tono burlón desapareció por un instante.

— No era vulnerabilidad, Shads. Era miedo. Miedo de perder lo único que le da sentido a su corona. Tú habrías hecho lo mismo si alguien me llevara a otra dimensión y me encontraras besando a un tipo que se parece a ti pero que habla como si hubiera salido de un diccionario antiguo.

Shadow guardó silencio, sus ojos rojos brillando con una intensidad peligrosa. De repente, agarró a Sonic por la nuca y lo atrajo hacia él con brusquedad, uniendo sus frentes.

— Si alguien te toca, no importa de qué dimensión venga, quemaré su mundo hasta que solo queden cenizas —susurró Shadow, su voz cargada de una posesividad oscura—. No soy un caballero, Sonic. No sigo códigos de honor. Soy la Forma de Vida Suprema, y tú eres mío.

Sonic soltó una risita baja, una que vibraba con pura adrenalina.

— Tan romántico como un huracán, negrura. Por eso me encantas.

El beso que compartieron no tuvo nada de la dulzura melancólica de Arturo y Lancelot. Fue un choque de voluntades, un intercambio de mordiscos y respiraciones entrecortadas que sellaba un pacto de pertenencia mucho más salvaje. Sonic se separó apenas unos milímetros, jadeando.

— Deberíamos volver —dijo Sonic, recuperando su tono cínico—. El zorro de dos colas dice que el portal está casi listo. Y sinceramente, quiero ver cómo se despiden esos dos antes de que me dé un coma diabético por tanta ternura.

De vuelta en el taller, el ambiente era de una solemnidad casi sagrada. Tails había terminado de calibrar la máquina. Un arco de energía dorada y azul vibraba en el centro de la habitación, distorsionando el aire y mostrando destellos de un bosque oscuro y una ciudad de torres plateadas al otro lado.

— Es el momento —anunció Tails, limpiándose el sudor de la frente—. La conexión es estable, pero no durará mucho. Tienen que cruzar ahora.

Arturo se colocó frente al portal, con Excalibur envainada a su espalda. Se volvió hacia el equipo de Seaside Island. Knuckles estaba apoyado contra la pared, asintiendo con respeto; Amy se secaba unas lágrimas con un pañuelo; y Sticks observaba el portal con una lanza, murmurando algo sobre "invasiones de hologramas mágicos".

— Nunca olvidaré este lugar —dijo Arturo, su voz proyectando la autoridad de un soberano—. Ni la extraña bondad de sus habitantes. Joven Tails, vuestro ingenio ha salvado a un reino hoy. Guerrero Gawain... —miró a Knuckles—, mantened vuestra fuerza siempre al servicio de los débiles.

— Lo haré, Majestad —respondió Knuckles, cuadrándose por primera vez en su vida.

Sonic y Shadow aparecieron en la entrada justo en ese momento. Sonic tenía un brazo rodeando los hombros de Shadow, quien se veía notablemente más calmado, aunque seguía manteniendo su expresión de pocos amigos.

— ¡Hey! ¿Ya se van sin decir adiós? —exclamó Sonic, caminando hacia ellos—. Y yo que pensaba pedirle a Lancelot que me enseñara ese truco con la espada.

Lancelot dio un paso adelante y realizó una perfecta reverencia ante Sonic.

— Vuestra luz es necesaria en este mundo, Caballero del Viento. Cuidad de vuestro... compañero. Aunque su corazón sea de piedra, vuestro calor parece ser lo único capaz de agrietarlo.

Shadow emitió un gruñido de advertencia, pero no atacó. Arturo, por su parte, se acercó a Sonic. Los dos "Sonics" se miraron de frente. Uno, un rey cargado de responsabilidades y un amor épico; el otro, un erizo libre que vivía por la siguiente broma y el siguiente beso robado.

— Sed feliz, mi otro yo —dijo Arturo con una sonrisa suave—. A vuestra manera caótica y extraña. El destino nos ha dado rostros iguales, pero caminos distintos. Espero que el vuestro siempre esté lleno de la paz que yo debo conquistar cada día.

— Lo mismo digo, Rey de las Gafas —respondió Sonic, extendiendo el puño—. Y en serio, relájate un poco. Un reino no se va a caer porque te tomes un descanso para comer un chili dog con tu caballero.

Arturo chocó su puño con el de Sonic, un gesto que selló un vínculo entre dimensiones. Luego, el Rey extendió su mano hacia Lancelot.

— ¿Vamos, mi fiel caballero? Camelot nos espera.

— Hasta el fin de los tiempos, mi señor —respondió Lancelot, tomando su mano.

Juntos, caminaron hacia el resplandor del portal. Justo antes de cruzar, se detuvieron y se miraron el uno al otro. En ese último instante en Seaside Island, no eran un Rey y un Caballero, sino simplemente dos almas que se habían encontrado en la inmensidad del multiverso. Se dieron un beso rápido pero cargado de toda la historia de su mundo, y luego desaparecieron en el torbellino de energía.

El portal se cerró con un chasquido sordo, dejando la habitación en un silencio repentino. Tails suspiró, dejándose caer en su silla de trabajo.

— Bueno... eso fue intenso —dijo el zorro, mirando los monitores que ahora mostraban solo estática—. Espero que hayan llegado bien.

— Llegaron —dijo Sonic, mirando hacia el lugar donde el portal había estado—. Tipos como ellos siempre encuentran el camino a casa. Tienen ese... no sé, ese hilo invisible que los une.

Shadow puso una mano en el hombro de Sonic, apretando con fuerza.

— Deja de filosofar, erizo. Es irritante.

— ¡Oh, vamos, Shads! Admite que te cayeron un poquito bien —provocó Sonic, rodeando la cintura de Shadow con su cola—. Al menos el tipo de la armadura tenía buen gusto para los novios.

— Cállate —sentenció Shadow, aunque no se apartó.

Esa noche, mientras Arturo y Lancelot despertaban en las orillas del Lago de Nimue, rodeados por el aire familiar de su reino y el abrazo de la Dama del Lago, Sonic y Shadow caminaban por la playa de Seaside Island.

El mundo de Camelot era uno de honor, espadas y sacrificios eternos. El mundo de Seaside era uno de libertad, sarcasmo y batallas diarias contra robots. Pero mientras la luna brillaba sobre ambos mundos, la verdad seguía siendo la misma en cualquier realidad: no importaba el nombre, el título o el tiempo; el erizo azul y el erizo oscuro siempre estarían destinados a colisionar, a amarse y a ser el ancla del otro en medio del caos de la existencia.

— ¿Sonic? —llamó Shadow mientras se detenían frente a la cueva.

— ¿Sí, negrura?

— Si alguna vez te pierdes en otra dimensión... no esperes a que un portal se abra. Iré a buscarte y destruiré a quien sea que intente retenerte.

Sonic sonrió, una sonrisa de verdad, sin rastro de cinismo.

— Lo sé, Shadow. Lo sé.

Y bajo el cielo estrellado, los dos se fundieron en la oscuridad, dejando que el eco de Camelot se perdiera en el susurro de las olas.