A travez del universo
Lazos de Sangre, Acero y Caos
En el corazón de una Camelot que se desmoronaba bajo el peso de la ausencia, la Dama del Lago, Nimue, extendió sus manos sobre las aguas sagradas. El reflejo no mostraba el cielo gris de su reino, sino una costa vibrante y extraña. Vio a su hijo, Lancelot, y vio al Rey Arturo, sumido en una agonía que amenazaba con consumir su propia alma. El dolor de Arturo no era solo el de un monarca que pierde a su mejor guerrero; era el de un hombre al que le han arrancado el corazón del pecho.
— Mi señora, os lo suplico —la voz de Arturo era un rastro de ceniza—. Siento su presencia. Está vivo, pero está en un lugar donde mi luz no llega. Si no cruzo ese umbral, Camelot caerá, no por los enemigos, sino porque su rey ya no desea reinar en un mundo donde él no existe.
Nimue observó el rostro de Arturo. Como madre de Lancelot, sentía el mismo vacío punzante, un temor gélido que le recorría las venas. Sabía que la magia necesaria para rasgar el tejido entre dimensiones era prohibida, peligrosa y que podría costarle caro a ambos. Pero el amor de Arturo por su hijo era la única fuerza capaz de mantener la espada Excalibur en alto.
— El portal se abrirá, Arturo —sentenció Nimue, sus ojos brillando con un fulgor esmeralda—. Pero ten cuidado. Ese mundo no se rige por nuestras leyes. Allí, el tiempo y la forma son caprichosos. Si te pierdes en tu propia desesperación, podrías no encontrar el camino de regreso.
Con un grito que desgarró el silencio del lago, Nimue canalizó su poder. El agua se elevó en un torbellino violento, creando un arco de energía pura que latía como un corazón herido. Arturo no esperó. Empuñó a Excalibur y se lanzó al vacío, sintiendo cómo su cuerpo era descompuesto y reensamblado en un parpadeo de agonía y luz.
El aterrizaje fue brusco. El Rey de Camelot rodó por la arena caliente de Seaside Island, tosiendo por el aire salino que llenaba sus pulmones. Se puso en pie, tambaleándose, con su armadura pesada brillando bajo un sol demasiado intenso. A lo lejos, cerca de unas palmeras, vio una silueta familiar. Un erizo oscuro, de franjas rojas, con esa postura altiva que reconocería en cualquier vida.
— ¡Lancelot! —exclamó Arturo, su alma saltando de alivio.
Corrió hacia él, ignorando el peso de su capa. Pero a medida que se acercaba, la escena que se desplegó ante sus ojos lo dejó petrificado. Aquella silueta, que él juraría que era su caballero, no estaba sola. Un erizo azul, de brazos vendados y mirada descarada, estaba colgado de su cuello.
Sonic Boom, con su típica sonrisa de lado, soltó una carcajada burlona mientras rodeaba la cintura de Shadow Boom.
— Admítelo, negrura —dijo Sonic, ignorando por completo la presencia del Rey que se acercaba—. Me extrañaste tanto que hasta tus espinas se pusieron tristes.
— Cállate, pendejo —gruñó Shadow, aunque sus manos se cerraron sobre la cadera de Sonic con una posesión que no dejaba lugar a dudas.
Entonces, ante los ojos horrorizados de Arturo, Sonic se inclinó y besó a Shadow. Fue un beso cargado de una confianza obscena, de una intimidad que Arturo solo había compartido con Lancelot en la privacidad de sus aposentos reales. El Rey sintió como si Excalibur se hubiera vuelto contra él, atravesándole el pecho.
— ¡NO! —rugió Arturo, desenvainando su espada con un sonido metálico que hizo vibrar el aire—. ¡Sueltalo, criatura del averno! ¡Aléjate de mi caballero, bruja cambiaformas!
Sonic y Shadow se separaron lentamente. Sonic parpadeó, mirando al recién llegado con una mezcla de confusión y diversión cínica.
— Vaya, vaya —dijo Sonic, limpiándose la comisura de los labios—. Otro Shadow, pero este viene con accesorios de museo. ¿Qué pasa, amigo? ¿Te perdiste de camino a la feria renacentista?
Shadow, por su parte, no sonreía. Sus ojos rojos se entrecerraron al sentir el inmenso poder que emanaba de la espada de Arturo.
— No sé quién eres, idiota —escupió Shadow, dando un paso al frente mientras sus guantes chispeaban con energía Chaos—. Pero si vuelves a llamarme sirviente o caballero, te voy a enterrar en esta arena.
Arturo estaba fuera de sí. El dolor de la traición visual y la confusión de ver a su "amado" siendo "corrompido" por aquel erizo azul lo cegaron.
— ¡Has usado tus artes oscuras para nublar su juicio! —gritó Arturo, cargando contra ellos—. ¡Bruja! ¡Te haré pagar por profanar el honor de Lancelot!
Sonic soltó una carcajada genuina, apoyando las manos en sus rodillas mientras esquivaba por milímetros el primer tajo de Arturo.
— ¿Bruja? ¡Jajajaja! ¡Diantres, y recién me vengo a enterar! —exclamó Sonic, burlándose—. ¡Oye, Shads, escucha eso! ¡Soy una bruja! ¿Crees que me quede bien el sombrero puntiagudo o mis púas son demasiado geniales para eso? ¡Excali-bore está de mal humor hoy!
— ¡Cállate, Sonic! —rugió Shadow, lanzándose al ataque con una brutalidad salvaje.
La pelea estalló con una violencia inaudita. Shadow atacaba con la fuerza de un volcán, usando ráfagas de Chaos para intentar abrumar al Rey. Pero Arturo demostró por qué era el soberano de Camelot. Con una precisión milimétrica, bloqueó cada golpe de Shadow, devolviendo ataques que llevaban el peso de años de entrenamiento real. En un giro rápido, Arturo encontró un hueco en la defensa de Shadow y, con un tajo ascendente, le provocó un corte brutal en el hombro.
— ¡Shadow! —el grito de Sonic perdió todo rastro de humor.
El erizo azul intervino violentamente, moviéndose como un rayo para interponerse entre Arturo y su pareja herida. Sonic lanzó una serie de patadas rápidas, pero Arturo, imperturbable, usó el plano de su espada para enviarlo hacia atrás.
— ¡Es inútil! —sentenció Arturo— ¡Tu magia no puede contra el acero sagrado!
Arturo lanzó una estocada que Sonic apenas pudo esquivar, pero el filo alcanzó el brazo del erizo azul, cortando sus vendas y dejando un rastro de sangre. Sonic retrocedió, jadeando, mientras se cubría la herida con una mueca de dolor. Arturo levantó a Excalibur para el golpe final, convencido de que estaba eliminando a un monstruo que había suplantado a su verdadero amor.
— ¡MUERE!
— ¡DETENTE, MI SEÑOR!
El choque de Arondight contra Excalibur produjo una onda expansiva que levantó la arena en un radio de diez metros. Lancelot había aparecido de la nada, bloqueando el ataque de su Rey con una fuerza desesperada.
— ¿Lancelot? —Arturo bajó la espada, sus ojos pasando del caballero frente a él al erizo oscuro que sangraba en el suelo—. Pero... si tú estás aquí... ¿quién es él?
Excalibur emitió un quejido vibrante en la mano de Arturo, pero el Rey ya no escuchaba. Al ver a su verdadero Lancelot, el brillo de locura en sus ojos desapareció, siendo reemplazado por un alivio tan profundo que lo dejó sin aliento. Arturo soltó su espada y, sin importarle la presencia de los demás, se lanzó a los brazos de su caballero.
— ¡Lancelot! —sollozó Arturo, enterrando el rostro en su hombro—. Pensé que te había perdido... vi a ese otro y creí que me habías olvidado, que habías entregado tu alma a ese bufón azul...
Lancelot correspondió al abrazo con una devoción que rozaba lo religioso. Sus manos enguantadas acariciaron la espalda de Arturo, ignorando el fragor de la batalla que acababa de cesar.
— Jamás, mi Arturo —susurró Lancelot, con los ojos cerrados—. Ni en este mundo ni en cien más podría olvidaros. Sois mi sol y mi única verdad. Perdonad mi ausencia, pues mi alma ha languidecido cada segundo lejos de vuestro lado.
El momento era de un romanticismo trágico y puro, una burbuja de devoción medieval en medio de una isla moderna. Pero la burbuja fue pinchada por un comentario cargado de sarcasmo.
— Vaya... esto es más empalagoso que un camión de malvaviscos volcado en una piscina de miel —dijo Sonic, sentado en la arena mientras terminaba de vendarse el brazo con sus propias gasas—. En serio, chicos, consigan una habitación o un castillo, lo que sea que usen allá en la época de las cavernas. Mis dientes ya duelen de tanta dulzura.
Sonic miró a Shadow, quien se estaba poniendo en pie con dificultad, ignorando la sangre que corría por su hombro. El erizo negro miraba a Arturo y a Lancelot con un desprecio absoluto.
— Patético —escupió Shadow—. Un rey que llora como un niño y un sirviente que se arrodilla ante un tonto. Son una vergüenza.
Lancelot se tensó, poniéndose de inmediato frente a Arturo en postura defensiva, pero el Rey puso una mano suave sobre su hombro. Arturo, ahora con la compostura recuperada, miró a Shadow con una mezcla de respeto y culpa.
— Mis disculpas, guerrero de las sombras —dijo Arturo con nobleza—. Mi juicio fue nublado por la desesperación. He herido a vuestro compañero y a vos mismo sin razón justa. Permitidme compensar el daño.
Arturo extendió su mano hacia Shadow en un gesto de paz. Shadow miró la mano extendida como si fuera un bicho asqueroso. Con un gruñido cargado de odio, Shadow levantó su propia mano y golpeó la de Arturo con violencia, apartándola de un manotazo.
— No te me acerques, copia barata —siseó Shadow—. La próxima vez que intentes cortarme, asegúrate de terminar el trabajo, porque yo no tendré piedad.
Shadow se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia su cueva, dejando un rastro de sangre y una estela de furia contenida. Arturo bajó la mirada, entristecido; comprendía perfectamente el orgullo herido de aquel erizo.
— Déjalo, bro —dijo Sonic, levantándose con un salto y sacudiéndose el polvo—. Ese emo siempre es así con todos. Tiene el carisma de una piedra con mal humor, no te lo tomes personal.
Sonic se acercó a Arturo y le dio una palmadita en el hombro, ignorando la diferencia de estatus.
— En fin, tengo cosas que hacer en lugar de quedarme a ver lo empalagosos que son ustedes dos. Shads necesita que alguien le recuerde que no puede desangrarse por puro orgullo. ¡Suerte con el portal, "Su Majestad"!
Con un estallido de velocidad, Sonic desapareció tras Shadow, dejando solo una estela azul. Lancelot y Arturo se quedaron solos en la playa. El caballero miró a su Rey, y por un momento, la distancia desapareció. Se unieron en un beso tierno, largo, que sellaba su reencuentro antes de caminar hacia la casa de Tails.
Allí, el joven zorro los recibió con una sonrisa de alivio.
— ¡Arturo! ¡Lancelot! —exclamó Tails, ajustándose las gafas—. Justo a tiempo. He logrado estabilizar la frecuencia. La máquina está casi hecha. Solo faltan unos minutos para que el portal sea permanente.
Arturo y Lancelot respiraron con tranquilidad. Con el peso del mundo fuera de sus hombros, decidieron dar un último paseo por la playa. Se sentaron juntos en la arena, viendo cómo el sol se hundía en el horizonte, tiñendo el cielo de violeta y oro.
— Es un mundo extraño, ¿verdad? —comentó Arturo, apoyando su cabeza en el hombro de la armadura de Lancelot.
— Lo es, mi señor —respondió Lancelot, rodeando la cintura de Arturo con su brazo—. Pero mientras estéis a mi lado, cualquier mundo es un reino que vale la pena proteger.
Allí, bajo el primer destello de las estrellas, el Rey y su Caballero finalmente encontraron la paz, esperando el momento de volver a las sombras y glorias de su amada Camelot.