A travez del universo
El Reino de la Libertad y el Susurro del Mar
La brisa nocturna de Seaside Island soplaba con una suavidad que Arturo encontraba casi ofensiva. En Camelot, el viento siempre traía consigo el aroma a tierra mojada, el eco de las batallas pasadas o el frío presagio de una tormenta mágica. Aquí, el aire solo olía a sal, a flores tropicales y a esa extraña libertad que emanaba de su contraparte azul.
Sentado en la arena, con la pesada capa roja extendida a su alrededor como un charco de sangre bajo la luz de la luna, el Rey de Camelot observaba sus propias manos. No tenían las cicatrices de este mundo, pero temblaban con la misma intensidad. A su lado, Lancelot permanecía en silencio, una presencia sólida y plateada que era su único ancla en esa realidad distorsionada.
— Es curioso —rompió el silencio Arturo, su voz perdiendo la autoridad real para volverse vulnerable—. En mi mundo, soy la ley, el centro de todas las miradas, el sol alrededor del cual giran mis caballeros. Pero aquí... ese erizo, Sonic... me miró como si yo no fuera más que un actor en una obra de teatro mal escrita.
Lancelot se giró hacia él. El brillo de la luna se reflejaba en su visor, pero Arturo podía sentir la mirada intensa y devota que se escondía detrás del metal.
— Él no conoce el peso de la corona, mi señor —respondió Lancelot con suavidad—. Para él, el mundo es un camino sin fin, no un reino que proteger. Su arrogancia no es malicia, es simplemente la forma en que su espíritu respira.
— Me llamó "Excali-bore" —Arturo soltó una risa seca, casi incrédula—. Se burló de la espada sagrada mientras yo intentaba cortarle el cuello. Y ese otro... la sombra...
Arturo se detuvo, recordando el manotazo de Shadow Boom y la mirada de odio puro que le había dedicado. Un escalofrío le recorrió la espalda. Había visto la oscuridad en su propio mundo, pero la amargura de ese erizo negro era algo diferente, algo más personal y herido.
— Me duele haberlos lastimado —confesó el Rey, bajando la mirada—. Actué como un tirano, no como un caballero. Mi miedo a perderte me convirtió en el monstruo que juré destruir.
Lancelot se acercó más, rompiendo la distancia protocolaria. Extendió una mano enguantada y la puso sobre la de Arturo, apretándola con firmeza.
— El amor es una fuerza que puede nublar hasta el juicio de los dioses, mi Arturo. No os culpéis por desear recuperar lo que da sentido a vuestra vida. Yo habría quemado este mundo entero si hubiera pensado que os tenían cautivo.
Arturo suspiró y apoyó la cabeza en el hombro de Lancelot. El metal estaba frío, pero el calor que emanaba del cuerpo del caballero era suficiente. Se quedaron así un largo rato, viendo cómo las olas lamían la orilla, borrando las huellas de la batalla que había tenido lugar horas antes.
Mientras tanto, en el taller de Tails, las luces parpadeaban con un ritmo errático. El joven zorro estaba sumergido bajo el panel de control de la máquina, con cables de colores rodeando su cuello como bufandas tecnológicas.
— ¡Sticks, pásame la llave de torsión interdimensional! —gritó Tails desde las profundidades del aparato.
— ¡No puedo! —respondió Sticks, quien estaba en una esquina de la habitación, vigilando la puerta con un bumerán en cada mano—. ¡Esa llave es un transmisor de control mental enviado por los iluminati del subsuelo! ¡Si la toco, sabrán cuántos dedos tengo en los pies!
— ¡Solo dámela! —Tails emergió del panel, con la cara manchada de grasa y una expresión de agotamiento—. El portal está al 98%. Si no calibro el estabilizador ahora, Arturo y Lancelot terminarán convertidos en espaguetis espaciales antes de llegar a Camelot.
Knuckles, que estaba sentado en un taburete intentando entender un manual de instrucciones al revés, levantó la vista.
— ¿Espaguetis? ¿Con albóndigas? Porque tengo hambre.
— ¡No, Knuckles! —Tails suspiró, frotándose las sienes—. Es una metáfora sobre la desintegración molecular.
— Ah... —Knuckles asintió, aunque claramente no había entendido nada—. Entonces, ¿no hay cena?
En ese momento, la puerta se abrió y Sonic entró con su habitual aire despreocupado, aunque caminaba un poco más lento de lo normal. Llevaba una bolsa de hielo sobre el corte de su brazo y una sonrisa que no terminaba de llegar a sus ojos.
— ¿Cómo va el proyecto "Regreso al Pasado", Tails? —preguntó Sonic, apoyándose en la mesa de herramientas.
— Casi listo, Sonic. ¿Dónde está Shadow?
Sonic hizo una mueca y señaló con el pulgar hacia la oscuridad del exterior.
— Está en la cueva, lamiéndose las heridas y planeando cómo asesinar a Arturo en siete idiomas diferentes. Ya sabes, lo de siempre. Le llevé unos chili dogs para calmar a la bestia, pero creo que solo logré que me gruñera con más ritmo.
Amy, que había estado preparando un botiquín en silencio, se acercó a Sonic y comenzó a cambiarle el vendaje del brazo con movimientos bruscos.
— ¡Te dije que no debías meterte en medio! —regañó Amy, aunque su voz temblaba de preocupación—. Ese rey no estaba jugando, Sonic. Casi te corta a la mitad.
— ¡Bah! Solo fue un rasguño, Ames —Sonic se burló, aunque siseó cuando ella apretó el vendaje—. Además, fue divertido. ¿Vieron la cara que puso cuando le dije lo de la bruja? Creo que su cerebro medieval hizo cortocircuito. "¡Oh, por mi corona, una criatura que usa sarcasmo! ¡Rápido, traigan el agua bendita!".
Tails salió de debajo de la máquina, limpiándose las manos con un trapo.
— Sonic, Arturo se sentía realmente mal por lo que pasó. Es un rey, pero también es... bueno, es como tú, pero con más peso sobre sus hombros.
Sonic se quedó callado un segundo, mirando hacia la playa donde las siluetas de Arturo y Lancelot se recortaban contra la luna.
— Lo sé, Tails. Lo sé. Es solo que... ver a alguien con mi cara actuando de forma tan dramática me pone los pelos de punta. Y ese Lancelot... es como si Shadow hubiera ido a una escuela de modales y hubiera decidido que su único propósito en la vida es ser un tapete para su rey. Es raro.
— Se llama devoción, Sonic —dijo Amy con un suspiro soñador—. Es romántico.
— Es empalagoso —corrigió Sonic, aunque una pequeña chispa de respeto brilló en sus ojos—. Pero supongo que en un mundo lleno de dragones y caballeros locos, necesitas a alguien que te mire como si fueras el último chili dog del desierto.
De vuelta en la playa, Arturo y Lancelot se pusieron en pie al ver a Tails haciéndoles señas desde la terraza. El momento había llegado.
— Es hora de volver —susurró Arturo, sintiendo una mezcla de alivio y una extraña melancolía.
— Camelot nos aguarda, mi señor —respondió Lancelot, recogiendo a Arondight de la arena—. El pueblo se preguntará dónde ha estado su rey.
— Les diré que fui a un lugar donde el sol nunca se pone y donde la gente corre más rápido que el viento —Arturo sonrió y miró a Lancelot—. Y donde encontré la prueba de que mi caballero es el hombre más paciente de todas las dimensiones por aguantar mis celos.
Caminaron hacia la casa, donde el resto del equipo los esperaba alrededor del portal. La energía azul y dorada zumbaba con una intensidad que hacía que el vello de los brazos se erizara.
— El portal será estable durante exactamente tres minutos —explicó Tails, gritando para hacerse oír sobre el ruido de la máquina—. Si no cruzan ahora, la ventana se cerrará y la energía residual podría causar... bueno, cosas malas.
Arturo se detuvo frente a Sonic. Por un momento, el cinismo del erizo azul desapareció y la seriedad del rey se suavizó.
— Gracias por no matarme cuando tuviste la oportunidad, bufón —dijo Arturo con un tono que mezclaba la burla y el respeto.
— No hay de qué, Su Majestad —respondió Sonic, extendiendo una mano—. Intenta no quemar tu reino por un ataque de celos la próxima vez. Y en serio, búscate un pasatiempo que no involucre espadas sagradas. El surf es genial, deberías probarlo.
Arturo estrechó la mano de Sonic, sintiendo la energía vibrante de ese mundo una última vez. Luego, miró hacia la oscuridad, buscando a Shadow, pero el erizo negro no apareció. Sabía que estaba allí, observando desde las sombras, demasiado orgulloso para despedirse.
— Dile a tu sombra que sus ataques son formidables —dijo Arturo—. Y que espero que algún día encuentre la paz que su corazón tanto parece rechazar.
Lancelot se despidió con una reverencia impecable hacia cada uno de los presentes. Cuando llegó frente a Tails, puso una mano en el hombro del pequeño zorro.
— Vuestra magia de metal es asombrosa, joven Tails. Que vuestro ingenio siempre ilumine este mundo.
— ¡Gracias, señor Lancelot! —Tails se sonrojó, agitando sus colas con entusiasmo.
Arturo y Lancelot se tomaron de la mano y se colocaron frente al arco de energía. El reflejo de Camelot, con sus bosques brumosos y sus torres de piedra, comenzó a hacerse más nítido a través del velo.
— ¿Listo? —preguntó Arturo, mirando a su caballero.
— Siempre a vuestro lado, mi rey —respondió Lancelot.
Sin mirar atrás, se lanzaron al portal. La luz estalló en un fulgor cegador que obligó a todos a cubrirse los ojos. Un segundo después, el zumbido cesó. El portal se desvaneció en una lluvia de chispas azules y el taller quedó sumido en un silencio sepulcral.
Tails revisó sus monitores y soltó un suspiro de alivio.
— Lo lograron. La señal se ha estabilizado en su coordenada original. Están de vuelta en casa.
Sonic se acercó a la barandilla de la terraza y miró hacia el mar. La luna seguía allí, indiferente a los viajes dimensionales y a las batallas reales.
— Bueno —dijo Sonic, estirando los brazos sobre su cabeza—, eso fue una experiencia. Creo que voy a necesitar unos diez chili dogs para procesar todo esto.
— ¡Yo te acompaño! —exclamó Knuckles—. ¡Sigo pensando en los espaguetis!
Mientras el grupo comenzaba a dispersarse, Sonic sintió una presencia a su espalda. No tuvo que girarse para saber quién era. El olor a pólvora y el frío de la energía Chaos eran inconfundibles.
— Se fueron —dijo Shadow, saliendo de las sombras de la terraza. Su hombro estaba vendado y su expresión seguía siendo de pocos amigos.
— Sí, se fueron —confirmó Sonic, dándose la vuelta para apoyarse en la barandilla—. Arturo te envió sus saludos. Dijo que eres un guerrero formidable, aunque creo que en realidad quería decir que eres un dolor de cabeza.
Shadow gruñó y se colocó al lado de Sonic, mirando también hacia el horizonte.
— Ese rey era un idiota —sentenció Shadow—. Pero al menos sabía lo que era suyo.
Sonic soltó una risita y rodeó la cintura de Shadow con un brazo, pegándose a él.
— ¿Estás admitiendo que te gustó que te defendiera de un "caballero de brillante armadura", Shads?
— Estoy admitiendo que si vuelves a dejar que un extraño te corte el brazo, yo mismo terminaré el trabajo —Shadow lo miró de reojo, pero no se apartó del contacto—. No necesito a un rey para saber cómo proteger lo que me pertenece.
Sonic sonrió y le dio un beso rápido en la mejilla, disfrutando de cómo Shadow se tensaba antes de relajarse casi imperceptiblemente.
— Eres un romántico empedernido, negrura. Solo que tu estilo involucra más amenazas de muerte que poemas.
— Cállate, Sonic.
Lejos de allí, en una Camelot bañada por la luz del amanecer, dos figuras emergieron de las aguas del Lago de Nimue. Estaban empapados, cansados y sus armaduras pesaban más que nunca, pero cuando sus pies tocaron la hierba de su hogar, Arturo y Lancelot sintieron que finalmente podían respirar.
Nimue los esperaba en la orilla, con una expresión de alivio que iluminaba su rostro maternal.
— Habéis vuelto —susurró la Dama del Lago, abrazando a su hijo y luego inclinándose ante su rey.
— Hemos vuelto, mi señora —dijo Arturo, mirando hacia el castillo que se alzaba en la distancia—. Y traemos con nosotros el recuerdo de un mundo donde el viento corre libre y donde incluso las sombras tienen a alguien que las ame.
Lancelot miró a Arturo y, por primera vez en mucho tiempo, no hubo necesidad de palabras, de votos o de protocolos. Bajo el cielo de Camelot, el Rey y su Caballero caminaron hacia su destino, sabiendo que no importa cuántas dimensiones los separaran, sus corazones siempre encontrarían el camino de regreso al otro.
La aventura en el mundo de la libertad había terminado, pero en Camelot, la verdadera historia de Arturo y su caballero más fiel apenas comenzaba una nueva y más brillante página.