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A travez del universo

El Trono de la Eternidad y el Adiós de las Dimensiones

El aire en el taller de Tails estaba saturado de un zumbido eléctrico que hacía que las púas de Arturo se erizaran bajo su casco. La máquina, un amasijo de metales brillantes, cables fluorescentes y tecnología que desafiaba toda lógica medieval, latía con un fulgor azulado. Arturo, el Rey de Camelot, observaba el portal con una mezcla de reverencia y urgencia. A su lado, Lancelot permanecía firme, con la mano descansando sobre el pomo de Arondight, su mirada fija en el horizonte donde el mar de Seaside Island se encontraba con el cielo.

—Es casi poético —comentó Arturo, rompiendo el silencio—. En mi reino, la magia es un susurro en los bosques, un pacto con las damas de los lagos. Aquí, la magia es este estruendo de metal y chispas. Pero al final, ambas sirven para lo mismo: unir lo que el destino ha decidido separar.

—El destino es un guerrero caprichoso, mi señor —respondió Lancelot, girándose hacia él—. Pero ni la ciencia de este joven zorro ni la hechicería de Nimue habrían servido de nada si vuestra voluntad no hubiera sido más fuerte que las barreras del tiempo.

Tails emergió de debajo de una consola, limpiándose una mancha de aceite en la mejilla. Sus dos colas se agitaban con nerviosismo, una señal clara de que el momento crítico se acercaba.

—¡Ya casi está! —gritó el pequeño genio—. La frecuencia está sincronizada con la firma de energía de Excalibur. Arturo, Lancelot, necesito que se preparen. Una vez que el portal se abra por completo, solo tendrán una ventana de sesenta segundos antes de que el núcleo de energía de la diadema se agote. Si se quedan atrapados en el limbo... bueno, no quiero ni imaginarlo.

—No temas, joven Tails —dijo Arturo, acercándose al zorro y poniendo una mano suave sobre su hombro—. Has demostrado una valentía y una sabiduría que harían palidecer a los sabios de mi corte. Camelot te debe su rey.

Lancelot asintió en señal de respeto, pero su atención se desvió hacia la puerta del taller. Sonic Boom entró caminando con su habitual aire despreocupado, aunque llevaba el brazo vendado y su paso era un poco más pesado. Detrás de él, sumergido en las sombras del marco de la puerta, Shadow Boom permanecía con los brazos cruzados, su mirada roja fija en Arturo con una intensidad gélida.

—Vaya, parece que la fiesta de despedida está por empezar —dijo Sonic, apoyándose en una de las mesas de herramientas de Tails—. ¿Ya tienen todo listo, "Su Majestad"? ¿No olvidan su corona o su sentido del drama en algún rincón?

Arturo soltó una risa ligera, una que carecía de la tensión de sus encuentros anteriores.

—Me llevo lo más importante, Caballero del Viento —respondió Arturo, señalando a Lancelot—. Y me llevo el recuerdo de vuestro mundo. Un lugar donde incluso las sombras tienen un corazón, aunque lo escondan bajo capas de orgullo y gruñidos.

Shadow soltó un bufido desde la entrada, pero no se movió. Sonic, por su parte, se acercó a Arturo y le extendió la mano que no estaba herida.

—Escucha, copia barata —dijo Sonic con una sonrisa cínica pero no carente de afecto—, intenta no ser tan intenso la próxima vez. Ese Lancelot tuyo parece un buen tipo, no lo vuelvas loco con tus ataques de celos reales. El amor es genial y todo eso, pero a veces un poco de libertad no viene mal, ¿sabes?

—Lo tendré en cuenta —respondió Arturo, estrechando la mano de Sonic—. Y vos... seguid corriendo. Este mundo parece necesitar vuestra luz tanto como el mío necesita mi orden.

Lancelot se acercó a Shadow. Los dos erizos oscuros se miraron, dos versiones de la misma alma forjadas en fuegos diferentes. Uno, un caballero cuya vida era el servicio y la devoción; el otro, un lobo solitario que solo respondía ante sus propios instintos.

—Guerrero de las sombras —dijo Lancelot con voz grave—. Lamento el daño que mi señor os causó. En vuestra fuerza vi un reflejo de mi propia determinación, pero vuestro espíritu es libre de las cadenas que yo porto con orgullo. Cuidad de él —señaló a Sonic—. Su luz es frágil frente a la oscuridad que siempre acecha a los héroes.

Shadow miró a Lancelot y, por un breve segundo, la hostilidad desapareció de sus ojos, reemplazada por un reconocimiento amargo.

—No necesito que un sirviente me diga qué hacer —gruñó Shadow—, pero admito que tienes agallas. Ahora lárgate a tu castillo antes de que decida que quiero esa espada tuya como trofeo.

Lancelot sonrió apenas, una expresión casi invisible bajo su casco. Se giró hacia Arturo y asintió.

—¡Atención! —gritó Tails, golpeando una tecla final—. ¡Abriendo el portal en tres... dos... uno!

Un estallido de luz blanca y azul inundó el taller. El aire se volvió denso y frío, y en el centro de la habitación se abrió una brecha circular que mostraba una imagen nítida de Camelot. Se podía ver el bosque de Sherwood bajo una lluvia fina y gris, y al fondo, las torres de mármol del castillo de Camelot brillando bajo un cielo de tormenta.

—¡Es ahora o nunca! —exclamó Tails.

Arturo tomó la mano de Lancelot. El caballero apretó los dedos del rey con una fuerza que prometía eternidad. Caminaron hacia el borde del portal, sintiendo la succión de la realidad tirando de sus capas. Justo antes de cruzar, Arturo se detuvo y miró a Sonic una última vez.

—¡Vive con audacia, Sonic Boom! —gritó el Rey sobre el estruendo de la máquina.

—¡Y tú intenta no aburrirte en ese trono, Arturo! —respondió Sonic, agitando la mano—. ¡Nos vemos en la próxima crisis dimensional!

Con un último paso firme, Arturo y Lancelot se lanzaron al vacío. El portal se cerró instantáneamente con un chasquido seco que dejó el taller sumido en un silencio repentino, solo roto por el sonido de los ventiladores de la máquina enfriándose.

Sonic se quedó mirando el espacio vacío donde antes estaba el portal. Se rascó la cabeza y dejó escapar un suspiro largo.

—Bueno, eso fue... intenso. Creo que voy a tener sueños con caballeros y espadas parlantes durante un mes.

—Eran unos idiotas —sentenció Shadow, saliendo de las sombras y caminando hacia la salida—. Pero al menos sabían pelear.

—¡Oh, vamos, Shads! —Sonic lo siguió, rodeando su cintura con un brazo—. Admite que vas a extrañar tener a alguien que te llame "Sir Lancelot" y te trate con respeto.

—Si me vuelves a llamar así, te lanzaré al mar —respondió Shadow, aunque no apartó el brazo de Sonic.

Mientras tanto, en el otro lado de la existencia, Arturo y Lancelot cayeron sobre la hierba empapada de Camelot. El olor a tierra mojada y el aire cargado de magia antigua los golpearon como un abrazo de bienvenida. A pocos metros, Nimue los esperaba, con sus vestiduras esmeralda ondeando al viento.

—Habéis vuelto —dijo la Dama del Lago, con lágrimas de alivio en los ojos—. El reino temía haber perdido a su corazón.

Arturo se puso en pie y ayudó a Lancelot a levantarse. Ambos estaban cubiertos de arena de Seaside Island, un recordatorio físico del mundo que acababan de dejar atrás. El Rey miró su castillo, sintiendo el peso de la corona regresar a sus sienes, pero esta vez no se sentía como una carga, sino como un propósito renovado.

—Hemos vuelto, mi señora —dijo Arturo, mirando a Lancelot—. Y traemos con nosotros la certeza de que no hay distancia, ni tiempo, ni dimensión que pueda romper lo que nos une.

Lancelot se arrodilló ante su Rey, pero Arturo lo tomó de los hombros y lo obligó a ponerse en pie.

—No más protocolos por hoy, Lancelot. Hemos cruzado el fin del mundo. Creo que nos hemos ganado el derecho de ser simplemente nosotros.

Lancelot sonrió, una sonrisa llena de paz. Se acercó a Arturo y, bajo la lluvia fina de Camelot, unió sus labios con los del Rey en un beso que sabía a victoria y a hogar. Nimue se retiró en silencio, dejando a los amantes recuperar el tiempo perdido entre las sombras de los árboles milenarios.

Esa noche, en el gran salón de Camelot, no hubo banquetes ni celebraciones ruidosas. Arturo y Lancelot se retiraron a los aposentos reales, donde el fuego de la chimenea proyectaba sombras danzantes en las paredes de piedra. Arturo se quitó la capa y la corona, dejándolas sobre una mesa de roble, mientras Lancelot se despojaba de su armadura plateada.

—¿Creéis que ellos estarán bien? —preguntó Lancelot, refiriéndose a sus contrapartes de Seaside Island.

—Ese Sonic es un espíritu libre, Lancelot —respondió Arturo, sentándose en el borde de la gran cama—. Y esa sombra... tiene una oscuridad que solo alguien como Sonic puede iluminar. Estarán bien. A su manera caótica y extraña, se tienen el uno al otro, igual que nosotros.

Lancelot se acercó y se sentó al lado del Rey, rodeándolo con sus brazos.

—Me alegra estar en casa, mi señor. Por un momento, en aquel mundo de arena y sol, temí que la luz de ese otro Sonic os cautivara tanto que no desearais volver a las sombras de Camelot.

Arturo tomó el rostro de Lancelot entre sus manos y lo miró a los ojos con una intensidad que hizo que el caballero contuviera el aliento.

—Ese Sonic era la libertad, es cierto. Pero vos, Lancelot... vos sois mi hogar. La libertad no significa nada si no tengo vuestra mano para sostenerla. Mi trono no es de piedra ni de oro; mi trono es el lugar que ocupo en vuestro corazón.

Lancelot no respondió con palabras. Se inclinó y besó a Arturo con una pasión que quemó cualquier rastro de duda que pudiera quedar. En la quietud de la noche, rodeados por las murallas de un reino que habían jurado proteger, el Rey y su Caballero se entregaron el uno al otro, celebrando el milagro de haber regresado de las cenizas de la realidad.

A la mañana siguiente, el sol de Camelot salió con una claridad inusual, dispersando las nubes de tormenta. Arturo salió al balcón de su habitación, respirando el aire puro de la mañana. A su lado, Lancelot observaba a los caballeros que comenzaban sus entrenamientos en el patio inferior.

—Parece que el mundo sigue girando, a pesar de nuestras aventuras —comentó Arturo.

—Y seguirá haciéndolo, mi señor —respondió Lancelot—. Mientras haya una espada que empuñar y un amor que defender, Camelot seguirá en pie.

Arturo miró hacia el horizonte, preguntándose por un breve segundo si en ese mismo instante, en una isla lejana rodeada de palmeras, un erizo azul estaba despertando con una broma en los labios mientras un erizo oscuro lo miraba con fingido desprecio. Sonrió para sí mismo, sabiendo que, en algún rincón del multiverso, el equilibrio se mantenía gracias a esos extraños lazos de amor y caos.

—Lancelot —dijo Arturo, volviéndose hacia su caballero.

—¿Sí, mi señor?

—Hoy no habrá audiencias reales. Hoy, quiero que cabalguemos hasta el lago. Quiero ver el reflejo del agua y saber que no hay más portales, solo nosotros.

—Como deseéis, mi rey —respondió Lancelot con una reverencia que Arturo cortó rápidamente con un abrazo.

Caminaron juntos por los pasillos del castillo, sus pasos resonando con la seguridad de quienes han vencido al destino. El eco de Camelot ya no era una melancolía, sino un himno de esperanza. Porque al final, la historia de Arturo y Lancelot no era una tragedia escrita en las estrellas, sino una promesa forjada en el fuego de un deseo que ninguna dimensión podía apagar.

Y así, mientras el sol doraba las torres de la ciudadela, el Rey y su Caballero salieron de las murallas, listos para enfrentar cualquier nueva sombra que el futuro decidiera arrojar sobre su reino, siempre juntos, siempre unidos por el hilo invisible que conecta a los amantes a través de la eternidad.