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A travez del universo

El Retorno del Rey y la Danza de las Espadas

La atmósfera en Camelot era asfixiante. No por el humo de las hogueras ni por el frío de los muros de piedra, sino por el vacío que el Rey Arturo sentía en el pecho. Nimue, la Dama del Lago, observaba al soberano con una mezcla de compasión y temor contenido. El agua del lago sagrado vibraba, respondiendo a la agitación emocional de Arturo, cuya desesperación por encontrar a su caballero más fiel, Lancelot, estaba empezando a resquebrajar su cordura real.

—Majestad, os lo advierto una vez más —dijo Nimue, extendiendo sus manos sobre la superficie líquida—. Rasgar el velo entre mundos no es un acto de caballería, es un desafío a las leyes de la creación. Lo que encontréis al otro lado podría no ser lo que vuestro corazón anhela.

—Mi corazón anhela la verdad, Nimue —respondió Arturo, apretando el pomo de Excalibur hasta que sus nudillos se tornaron blancos—. Lancelot es mi espada, mi escudo y mi alma. Si está atrapado en una tierra extraña, mi lugar es a su lado. No me importa el precio; que el destino me cobre lo que quiera, pero no me pidas que reine sobre un trono de soledad.

Nimue suspiró, cerrando los ojos. El poder de la Dama del Lago comenzó a fluir, transformando el agua en un torbellino de energía esmeralda y plateada. El aire se cargó de electricidad estática, y un portal circular se abrió en el centro del lago, mostrando vislumbres de una costa brillante y palmeras que se mecían bajo un sol tropical.

—Id, Arturo —susurró Nimue—. Pero recordad: vuestra percepción es vuestra mayor aliada y vuestro peor enemigo.

Sin dudarlo, el Rey se lanzó al vacío.

El aterrizaje en Seaside Island fue violento. Arturo rodó por la arena caliente, sintiendo el peso de su armadura como una carga innecesaria bajo un sol que quemaba mucho más que el de Inglaterra. Se puso en pie, aturdido, tratando de enfocar la vista tras el visor de su casco. A lo lejos, cerca de un acantilado, divisó una silueta que le devolvió el aliento de golpe.

Era él. Aquel pelaje oscuro, las franjas rojas, la postura de guerrero indomable.

—¡Lancelot! —exclamó Arturo, corriendo con todas sus fuerzas, ignorando cómo su capa se arrastraba por la arena.

Pero a medida que se acercaba, el alivio se transformó en un horror gélido. Aquel que él creía su caballero no estaba solo. Un erizo azul, de brazos vendados y mirada descarada, estaba colgado de su cuello. Arturo se detuvo en seco cuando vio a Sonic Boom reírse con una confianza obscena antes de inclinarse y besar a Shadow Boom con una pasión que Arturo consideró un insulto a la divinidad.

Shadow, lejos de apartarlo, lo sostuvo por la cintura, respondiendo al beso con una intensidad salvaje.

—¡NO! —rugió Arturo, desenvainando a Excalibur con un estruendo metálico—. ¡Aléjate de él, bruja! ¡Sueltalo ahora mismo, criatura del averno!

Sonic y Shadow se separaron lentamente. Sonic, con su típica sonrisa de lado, miró al recién llegado con una mezcla de confusión y cinismo puro.

—Vaya, vaya —dijo Sonic, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Otro Shadow, pero este viene con un disfraz de lata bastante caro. ¿Qué pasa, amigo? ¿Te perdiste de camino a la feria renacentista o es que el sol te ha frito los sesos?

Shadow no sonrió. Sus ojos rojos se entrecerraron al sentir el inmenso poder que emanaba de la espada de Arturo.

—No sé quién eres, idiota —escupió Shadow, dando un paso al frente mientras sus guantes chispeaban con energía Chaos—, pero si vuelves a llamarme sirviente o caballero, te voy a enterrar en esta arena de un solo golpe.

Arturo estaba fuera de sí. El dolor de ver a su "amado" en brazos de otro lo cegaba.

—¡Has usado tus artes oscuras para nublar su juicio! —gritó Arturo, cargando contra ellos—. ¡Bruja! ¡Te haré pagar por profanar el honor de Lancelot con tus hechizos de cambiaformas!

Sonic soltó una carcajada genuina, apoyando las manos en sus rodillas mientras esquivaba por milímetros el primer tajo de Arturo.

—¿Bruja? ¡Jajajaja! ¡Diantres, y recién me vengo a enterar! —exclamó Sonic, burlándose—. Oye, Shads, escucha eso. ¡Soy una bruja! ¿Crees que me quede bien el sombrero puntiagudo o mis púas son demasiado geniales para eso? ¡Excali-bore está de muy mal humor hoy!

—¡Cállate, Sonic! —rugió Shadow, lanzándose al ataque con una brutalidad que Arturo no esperaba.

La batalla fue un caos de acero y energía. Shadow atacaba con la fuerza de un volcán, usando ráfagas de Chaos para intentar abrumar al Rey. Pero Arturo demostró por qué era el soberano de Camelot. Con una precisión milimétrica, bloqueó cada golpe de Shadow, devolviendo ataques que llevaban el peso de años de entrenamiento real. En un giro rápido, Arturo encontró un hueco en la defensa de Shadow y, con un tajo ascendente, le provocó un corte profundo en el hombro.

—¡Shadow! —el grito de Sonic perdió todo rastro de humor.

El erizo azul intervino violentamente, moviéndose como un rayo para interponerse entre Arturo y su pareja herida. Sonic lanzó una serie de patadas rápidas que Arturo apenas logró desviar con el plano de su espada.

—¡Es inútil! —sentenció Arturo, su voz proyectando una autoridad aterradora—. ¡Tu magia no puede contra el acero sagrado, monstruo azul!

Arturo lanzó una estocada que Sonic apenas pudo esquivar, pero el filo alcanzó el brazo del erizo azul, cortando sus vendas y dejando un rastro de sangre. Sonic retrocedió, jadeando, mientras se cubría la herida con una mueca de dolor. Arturo levantó a Excalibur para el golpe final, convencido de que estaba eliminando a una criatura que había suplantado a su verdadero amor.

—¡MUERE!

—¡DETENTE, MI SEÑOR!

El choque de Arondight contra Excalibur produjo una onda expansiva que levantó la arena en un radio de diez metros. Lancelot había aparecido de la nada, bloqueando el ataque de su Rey con una fuerza desesperada.

—¿Lancelot? —Arturo bajó la espada, sus ojos pasando del caballero frente a él al erizo oscuro que sangraba en el suelo—. Pero... si tú estás aquí... ¿quién es él?

Excalibur emitió un quejido vibrante en la mano de Arturo, pero el Rey ya no escuchaba. Al ver a su verdadero Lancelot, el brillo de locura en sus ojos desapareció, siendo reemplazado por un alivio tan profundo que lo dejó sin aliento. Arturo soltó su espada y, sin importarle la presencia de los demás, se lanzó a los brazos de su caballero.

—¡Lancelot! —sollozó Arturo, enterrando el rostro en su hombro—. Pensé que te había perdido... vi a ese otro y creí que me habías olvidado, que habías entregado tu alma a ese bufón azul...

Lancelot correspondió al abrazo con una devoción absoluta. Sus manos enguantadas acariciaron la espalda de Arturo, ignorando el fragor de la batalla que acababa de cesar.

—Jamás, mi Arturo —susurró Lancelot—. Ni en este mundo ni en cien más podría olvidaros. Sois mi sol y mi única verdad. Perdonad mi ausencia, pues mi alma ha languidecido cada segundo lejos de vuestro lado.

El momento era de un romanticismo trágico, una burbuja de devoción medieval en medio de una isla moderna. Pero la burbuja fue pinchada por un comentario cargado de sarcasmo.

—Vaya... esto es más empalagoso que un camión de malvaviscos volcado en una piscina de miel —dijo Sonic, sentado en la arena mientras terminaba de vendarse el brazo con sus propias vendas—. En serio, chicos, consigan una habitación o un castillo. Mis dientes ya duelen de tanta dulzura.

Sonic miró a Shadow, quien se estaba poniendo en pie con dificultad, ignorando la sangre que corría por su hombro. El erizo negro miraba a Arturo y a Lancelot con un desprecio absoluto.

—Patético —escupió Shadow—. Un rey que llora como un niño y un sirviente que se arrodilla ante un tonto. Son una vergüenza.

Lancelot se tensó, poniéndose de inmediato frente a Arturo en postura defensiva, pero el Rey puso una mano suave sobre su hombro. Arturo, ahora con la compostura recuperada, miró a Shadow con una mezcla de respeto y culpa.

—Mis disculpas, guerrero de las sombras —dijo Arturo con nobleza—. Mi juicio fue nublado por la desesperación. He herido a vuestro compañero y a vos mismo sin razón justa. Permitidme compensar el daño.

Arturo extendió su mano hacia Shadow en un gesto de paz. Shadow miró la mano extendida como si fuera un bicho asqueroso. Con un gruñido cargado de odio, Shadow levantó su propia mano y golpeó la de Arturo con violencia, apartándola de un manotazo.

—No te me acerques, copia barata —siseó Shadow—. La próxima vez que intentes cortarme, asegúrate de terminar el trabajo, porque yo no tendré piedad.

Shadow se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia su cueva, dejando un rastro de sangre y una estela de furia contenida. Arturo bajó la mirada, entristecido; comprendía perfectamente el orgullo herido de aquel erizo.

—Déjalo, bro —dijo Sonic, levantándose con un salto—. Ese emo siempre es así con todos. Tiene el carisma de una piedra con mal humor, no te lo tomes personal.

Sonic se acercó a Arturo y le dio una palmadita en el hombro, ignorando la diferencia de estatus.

—En fin, tengo cosas que hacer en lugar de quedarme a ver lo empalagosos que son ustedes dos. ¡Suerte con el portal, "Su Majestad"!

Con un estallido de velocidad, Sonic desapareció tras Shadow. Lancelot y Arturo se quedaron solos en la playa. El caballero miró a su Rey, y por un momento, la distancia desapareció. Se unieron en un beso tierno, largo, que sellaba su reencuentro antes de caminar hacia la casa de Tails.

Allí, el joven zorro los recibió con una sonrisa de alivio.

—¡Arturo! ¡Lancelot! —exclamó Tails—. Justo a tiempo. He logrado estabilizar la frecuencia. La máquina está casi hecha.

Arturo y Lancelot respiraron con tranquilidad. Con el peso del mundo fuera de sus hombros, decidieron dar un último paseo por la playa. Se sentaron juntos en la arena, viendo cómo el sol se hundía en el horizonte.

—Es un mundo extraño, ¿verdad? —comentó Arturo, apoyando su cabeza en el hombro de Lancelot.

—Lo es, mi señor —respondió Lancelot, rodeando la cintura de Arturo con su brazo—. Pero mientras estéis a mi lado, cualquier mundo es un reino que vale la pena proteger.

Allí, bajo el primer destello de las estrellas, el Rey y su Caballero finalmente encontraron la paz, esperando el momento de volver a las sombras y glorias de su amada Camelot.