Accomplice Of Boyfriends: There Are No Mistakes!
El peso de las pecas
El sol de la mañana se filtraba por las cortinas de la habitación de Ace, creando motas de polvo que bailaban en el aire. Ace se despertó con la sensación de que su cerebro estaba envuelto en algodón. La narcolepsia siempre lo dejaba con una desorientación residual, una especie de resaca sin alcohol que lo hacía cuestionar dónde terminaban sus sueños y dónde empezaba la realidad.
Se incorporó lentamente, frotándose los ojos. El recuerdo de la noche anterior lo golpeó de golpe: la cena, los gritos de Garp, el abrazo de Luffy y... Sabo.
Se miró las manos. Recordaba haber estado en el porche, hablando con Sabo sobre el éxito de su mentira, y luego, el vacío negro. Alguien lo había subido a su habitación. Alguien lo había arropado.
—Maldita sea —gruñó Ace, hundiéndose de nuevo en las almohadas—. Qué humillación.
La puerta de su habitación se abrió con un estrépito que solo podía significar una cosa: su padre no conocía el concepto de "entrar con cuidado". Roger entró con una bandeja llena de tostadas, huevos revueltos y una jarra de zumo que parecía pesar cinco kilos.
—¡Buenos días, estrella de la mañana! —exclamó Roger, dejando la bandeja sobre el escritorio con un golpe sordo—. ¡Vaya pieza te has buscado, muchacho! Garp no ha dejado de enviarme mensajes preguntando cuándo vamos a organizar la próxima barbacoa familiar. Dice que Sabo no ha dejado de sonreír desde que llegó a casa. Bueno, a su manera de estirado, claro.
Ace se tapó la cara con las sábanas, sintiendo que el calor subía por su cuello.
—No es un estirado, papá. Solo es... educado. Algo que tú no entenderías.
Roger soltó una carcajada que hizo vibrar las ventanas.
—¡Eso es! ¡Defiéndelo! Así me gusta. Sabo parece un buen chico, aunque tiene esa mirada de los que piensan demasiado. Se nota que necesita un poco de nuestro caos para espabilar. Por cierto, Rayleigh dice que hoy no tienes que ayudar en la editorial, que te tomes el día libre para "estudiar" con tu alfa.
Ace asomó un ojo por encima de la sábana.
—¿Estudiar?
—Sí, ya sabes —Roger le guiñó un ojo de forma tan obvia que resultaba dolorosa—. Libros, bibliotecas... o lo que sea que hagan los jóvenes hoy en día cuando no quieren que sus padres los vigilen. ¡Diviértete, pero no demasiado! ¡Aún soy muy joven para ser abuelo de verdad!
—¡Papá! —Ace le lanzó un cojín, pero Roger ya había salido de la habitación riendo a pleno pulmón.
Ace suspiró y se dejó caer de nuevo. Tenía que llamar a Sabo. Tenían que coordinar el siguiente paso antes de que sus familias compraran un terreno para su futura casa.
***
El encuentro tuvo lugar en un parque a medio camino entre ambas casas. Sabo ya estaba allí, sentado en un banco bajo un roble, con un iPad en el regazo y un café humeante a su lado. Se veía impecable, incluso en su día libre: una camisa de lino azul claro y pantalones oscuros. Ace, en cambio, llevaba una sudadera vieja y unos vaqueros desgastados.
—Llegas tarde —dijo Sabo sin levantar la vista de la pantalla—. Cinco minutos y doce segundos.
Ace se dejó caer en el banco a su lado, sintiendo el aroma familiar de Sabo. Esa mañana, el olor a ozono y papel viejo le resultó extrañamente reconfortante en lugar de intimidante.
—Cállate. Mi padre me retuvo con un interrogatorio sobre tus "intenciones" y un desayuno que podría alimentar a un elefante.
Sabo finalmente lo miró. Sus ojos azules recorrieron el rostro de Ace con una intensidad que hizo que el omega se removiera incómodo.
—¿Cómo estás? —preguntó Sabo. Su voz había bajado un tono—. Te quedaste dormido en mis brazos anoche.
Ace sintió que el mundo se detenía un segundo.
—Yo... lo siento. Es la narcolepsia. A veces, cuando me relajo demasiado o el estrés baja de golpe, simplemente me apago. No fue porque me estuvieras aburriendo, si es lo que piensas.
Sabo cerró la tapa de su iPad y se inclinó hacia él.
—No pensé que me estuvieras ignorando, Ace. Pero me di cuenta de algo. Si vamos a fingir esto, tengo que saber manejar tus episodios. No puedo entrar en pánico cada vez que te desmayes en público.
—No entro en pánico —replicó Ace, cruzándose de brazos—. Solo me duermo.
—Para alguien que no lo sabe, parece un síncope —dijo Sabo con calma—. Anoche, cuando te llevé a tu cama...
—¿Tú me llevaste? —Ace lo interrumpió, con los ojos muy abiertos—. ¿Subiste las escaleras conmigo a cuestas?
—No pesas tanto como crees —respondió Sabo, y por primera vez, una sonrisa genuina, pequeña y algo traviesa, asomó a sus labios—. Tu padre intentó ayudarme, pero Rayleigh lo detuvo. Dijo que era "buen entrenamiento para un alfa joven". Tu familia es... fascinante, por no decir aterradora.
Ace soltó un bufido, ocultando su vergüenza tras un mechón de pelo negro.
—Rayleigh es un manipulador. Solo quería ver si podías con el peso. Escucha, Sabo, esto se nos está yendo de las manos. Mi padre ya está hablando de barbacoas y el tuyo... bueno, Dragon no parece el tipo de hombre que disfruta de las reuniones sociales.
La expresión de Sabo se enfrió instantáneamente al mencionar a su padre.
—Dragon es un hombre de negocios. Para él, todo es una transacción. El hecho de que yo esté "saliendo" con el hijo de Gol D. Roger es la mejor noticia que ha recibido en años. Le da una conexión directa con la editorial D. y una estabilidad que él cree que yo no tenía.
—¿Estabilidad? —Ace escupió la palabra—. ¿Por qué todos los alfas están obsesionados con esa palabra? No soy un estabilizador de tensión, Sabo. Soy una persona.
—Lo sé —dijo Sabo, y su mano se movió sobre el banco, quedando a escasos centímetros de la de Ace—. Y créeme que yo tampoco busco esa estabilidad de catálogo. Pero mi beca depende de que él crea que soy el heredero perfecto, y tu tranquilidad depende de que tus amigos dejen de acosarte. Seguimos ganando.
—¿A qué precio? —susurró Ace, mirando a unos niños jugar a lo lejos—. Estamos mintiendo a las personas que más nos quieren. Bueno, en mi caso. En el tuyo, supongo que solo le mientes a Dragon. Pero Luffy... Sabo, Luffy me dio un abrazo anoche como si fuera su hermano perdido. Me sentí como la peor persona del mundo.
Sabo guardó silencio. El nombre de Luffy siempre era su punto débil.
—Luffy es... especial —admitió Sabo—. No sabe filtrar. Si él cree que eres parte de la familia, lo eres. No hay términos medios para él.
—Por eso mismo —dijo Ace, girándose para enfrentarlo—. Tenemos que poner límites. No más cenas familiares sorpresa. No más contacto físico innecesario. Tenemos que establecer una "hoja de ruta" para nuestra ruptura.
Sabo arqueó una ceja, volviendo a su máscara de calculador.
—¿Una ruptura? Acabamos de empezar, Ace. Si rompemos en dos semanas, nadie se lo creerá. Sospecharán que fue un montaje. Tenemos que aguantar al menos hasta que me den la confirmación de la beca, en tres meses.
—¿Tres meses? —Ace se llevó las manos a la cabeza—. ¡Voy a morir de un ataque de nervios! Deuce y Masky ya me están pidiendo que te lleve a la fiesta de fin de mes en el club de remo. Dicen que quieren ver si "el príncipe" sabe divertirse.
Sabo soltó una risa seca.
—Iré.
—¿Qué? No, no tienes que...
—Iré, Ace —repitió Sabo, mirándolo fijamente—. Si tus amigos son el problema original, tenemos que convencerlos a ellos primero. Si ellos se lo traten, el resto del instituto caerá detrás. Además, quiero ver cómo te comportas tú en una fiesta. Sospecho que eres de los que acaban bailando sobre las mesas o peleándose con alguien por un comentario fuera de lugar.
—¡Oye! Solo me peleo si se lo merecen —protestó Ace, aunque sabía que tenía razón—. Está bien. Iremos a esa estúpida fiesta. Pero nada de besos. Ni siquiera en la mejilla.
Sabo lo observó con una curiosidad científica.
—¿Te pongo nervioso, Ace?
—¡En tus sueños, rubio estirado! —Ace se puso en pie de un salto, con el rostro encendido—. Es por protocolo. Para que no te acostumbres.
Sabo también se levantó, cerrando su iPad con un clic seco.
—Bien. Sin besos. Por ahora.
***
Los días siguientes fueron un ejercicio de equilibrio precario. En el instituto, Sabo y Ace se convirtieron en el centro de todas las miradas. No era para menos: el omega más impetuoso y rebelde del último año estaba saliendo con el alfa más brillante y reservado de la institución.
Caminaban por los pasillos juntos, a veces en silencio, a veces discutiendo en susurros sobre qué decir si alguien preguntaba por su "aniversario". Sabo era un maestro de la narrativa; había inventado una historia sobre cómo se conocieron en una librería de viejo, compartiendo un interés por un volumen raro de historia naval.
—Nadie se va a creer que yo estaba en una librería de viejo —le siseó Ace mientras caminaban hacia la cafetería.
—Por eso es perfecto —respondió Sabo sin inmutarse—. Es el "efecto del amor". Te he cambiado, Ace. Me he convertido en tu influencia civilizadora. A la gente le encantan esas historias de redención.
—Te odio —masculló Ace, aunque no pudo evitar notar cómo la presencia de Sabo a su lado hacía que los alfas de tercero, esos que solían soltar comentarios degradantes sobre su dinámica, se mantuvieran a una distancia prudencial.
El aroma de Sabo, aunque él no lo estuviera forzando, marcaba el territorio de una manera sutil pero efectiva. Era como si el aire alrededor de Ace se hubiera vuelto más denso, más seguro.
El viernes de la fiesta llegó más rápido de lo que Ace hubiera deseado. El club de remo estaba situado a orillas del río, un edificio de madera con una gran terraza que esa noche estaba iluminada con guirnaldas de luces y llena de adolescentes con ganas de olvidar los exámenes.
Deuce y Masky estaban en la entrada, vigilando como gárgolas. Cuando vieron llegar el coche de Sabo —un sedán negro, sobrio y caro—, se intercambiaron una mirada de triunfo.
Ace bajó del coche sintiéndose como si fuera al patíbulo. Sabo bajó después, luciendo una chaqueta oscura sobre una camiseta blanca. Se veía ridículamente bien, y Ace odió el hecho de que su propio corazón diera un vuelco involuntario.
—Recuerda —susurró Ace mientras se acercaban a sus amigos—, nada de escenas raras.
—Confía en mí —respondió Sabo.
Antes de que Ace pudiera reaccionar, Sabo deslizó una mano por su cintura, atrayéndolo hacia su costado. El contacto fue eléctrico. Ace sintió el calor de la palma de Sabo a través de su camisa, y su omega interior, ese que él intentaba ignorar con tanta fuerza, soltó un ronroneo mental que lo dejó horrorizado.
—¡Vaya, vaya! —exclamó Deuce, acercándose con una bebida en la mano—. El hombre del momento. Pensábamos que Ace te tenía escondido en una torre.
—Tenía mucho trabajo —dijo Sabo con su mejor sonrisa diplomática—. Pero no podía perderme la oportunidad de conocer mejor a los amigos de mi novio.
La palabra "novio" salió de los labios de Sabo con una naturalidad que casi convenció al propio Ace.
La fiesta fue un torbellino. Sabo se manejó con una soltura envidiable, respondiendo a las preguntas capciosas de Masky y manteniendo conversaciones inteligentes con Deuce, todo mientras mantenía su mano posesivamente cerca de Ace.
Sin embargo, a mitad de la noche, el ambiente cambió. Un grupo de alfas de otro instituto, conocidos por ser problemáticos, empezaron a merodear cerca de donde Ace estaba pidiendo una bebida.
—Mira qué tenemos aquí —dijo uno de ellos, un tipo corpulento que olía a sudor y a un aroma de alfa barato y agresivo—. El omega de los D. Me han dicho que has dejado de ser un lobo solitario para convertirte en el perrito faldero de un niño rico.
Ace apretó el vaso de plástico en su mano. Su temperamento, siempre a flor de piel, empezó a burbujear.
—Si valoras tus dientes, te sugiero que cierres la boca y te des la vuelta —dijo Ace con una voz peligrosamente baja.
—¿O qué? —El tipo se acercó, invadiendo el espacio personal de Ace—. ¿Vas a llamar a tu alfa para que te defienda? ¿O vas a quedarte dormido encima de mí?
La mención a su narcolepsia fue la gota que colmó el vaso. Ace estaba a punto de lanzar el primer puñetazo cuando una sombra se interpuso entre él y el agresor.
No fue un movimiento violento, sino una presencia absoluta. Sabo no gritó, no empujó. Simplemente se colocó delante de Ace, y el aire alrededor de ellos pareció enfriarse diez grados. La presión que emanaba de Sabo era diferente a la de los alfas comunes; era una autoridad gélida, una que no necesitaba ruido para ser sentida.
—Creo que el caballero ha sido muy claro —dijo Sabo. Su voz era tranquila, pero tenía el filo de una guillotina—. Estás molestando a mi pareja. Y eso es algo que no tolero.
El otro alfa retrocedió un paso, instintivamente intimidado por la mirada de Sabo. Había algo en los ojos del rubio, una falta total de miedo combinada con una capacidad de violencia calculada, que lo hizo dudar.
—Solo estábamos bromeando... —masculló el tipo, dándose la vuelta para perderse entre la multitud.
Ace se quedó mirando la espalda de Sabo, con el corazón latiéndole en los oídos. La rabia se había disipado, reemplazada por una confusión abrumadora.
Sabo se giró hacia él. Su expresión volvió a ser la de siempre, pero sus ojos todavía conservaban un rastro de esa intensidad protectora.
—¿Estás bien? —preguntó, poniendo una mano en el hombro de Ace.
—Podía haberme encargado yo solo —dijo Ace, aunque su voz carecía de su fuerza habitual.
—Lo sé. Pero no tienes por qué hacerlo siempre —respondió Sabo.
En ese momento, la música de la fiesta cambió a una melodía más lenta. Algunos grupos se dispersaron y las luces se atenuaron. Deuce, que los observaba desde lejos, les hizo una seña con el pulgar hacia arriba.
—Tenemos que bailar —susurró Sabo.
—¿Qué? ¡Ni hablar! —protestó Ace.
—Ace, todo el mundo nos está mirando. Si después de este "incidente" no mostramos algo de afecto, van a pensar que somos una pareja de conveniencia política. Solo un baile.
Ace maldijo entre dientes, pero dejó que Sabo lo guiara hacia la pista improvisada. Se movieron con torpeza al principio. Ace no sabía dónde poner las manos, y Sabo parecía estar procesando la cercanía física de una manera que no había previsto.
Finalmente, Ace apoyó las manos en los hombros de Sabo, y el alfa rodeó su cintura con suavidad.
—Hueles a fuego —dijo Sabo de repente, con la voz apenas audible por encima de la música.
—Y tú a tormenta —respondió Ace, escondiendo la cara en el hueco del cuello de Sabo para que nadie viera lo rojo que estaba—. Es una combinación terrible.
—O tal vez es la única que tiene sentido —replicó Sabo.
Se quedaron así, balanceándose lentamente. Por un momento, el trato, la beca, las mentiras a sus padres y las expectativas de Garp desaparecieron. Solo existía el calor del otro, el ritmo de sus corazones y la extraña sensación de que, en medio de aquel engaño, habían encontrado algo peligrosamente real.
Ace sintió que el sueño lo invadía de nuevo, pero esta vez no era el apagón repentino de su condición, sino una somnolencia dulce, nacida de la seguridad.
—Sabo —susurró Ace.
—¿Dime?
—Si esto termina mal... si Rayleigh nos pilla y mi padre me prohíbe volver a verte...
Sabo apretó un poco más el agarre en su cintura.
—Nadie va a prohibirnos nada, Ace. Soy un estratega, ¿recuerdas? Tengo planes para todos los escenarios posibles.
—¿Incluso para este? —Ace levantó la vista, encontrándose con los ojos azules de Sabo a escasos centímetros de los suyos.
Sabo guardó silencio por un momento, observando las pecas de Ace, que bajo las luces de la fiesta parecían estrellas sobre su piel.
—No —admitió Sabo con una honestidad que lo asustó—. Para esto no tenía ningún plan.
Antes de que alguno de los dos pudiera decir algo más, un grito familiar rompió la atmósfera.
—¡¡ACE!! ¡¡SABO!! ¡¡HE TRAÍDO CARNE!!
Luffy apareció de la nada, saltando la valla del club de remo con una mochila llena de comida y una sonrisa que desafiaba todas las leyes de la lógica. Detrás de él, Koala corría intentando detenerlo, con cara de circunstancias.
—¡Luffy! ¿Qué haces aquí? —exclamó Sabo, soltando a Ace a regañadientes.
—¡El abuelo dijo que estabais en una fiesta y que seguro que teníais hambre! —Luffy llegó hasta ellos, ignorando por completo el ambiente romántico—. ¡Ace, prueba esto! ¡Rayleigh lo hizo especialmente para ti!
Ace tomó un trozo de carne de la bolsa que Luffy le tendía, sintiendo que la realidad volvía a golpearlo con la fuerza de un camión. La burbuja se había roto, pero el rastro de la electricidad de Sabo seguía quemándole la piel.
Koala llegó jadeando, ajustándose la gorra. Miró a Sabo, luego a Ace, y finalmente a la mano de Sabo, que aún rozaba la cadera del omega.
—Siento la interrupción —dijo Koala con una sonrisa cómplice que hizo que Sabo se pusiera tenso—. Pero Garp está convencido de que necesita "supervisar" la integración social de su nieto. Creo que Dragon también está en camino.
Sabo y Ace se miraron. El pánico era mutuo.
—Tenemos que salir de aquí —dijeron al unísono.
Mientras corrían hacia el coche, con Luffy saltando a su alrededor y Koala riendo, Ace se dio cuenta de que su pequeña mentira ya no era una simple farsa. Se había convertido en un incendio forestal, y lo peor de todo era que no estaba seguro de si quería apagarlo.
Porque mientras Sabo le abría la puerta del coche con esa caballerosidad irritante, Ace supo que el problema no era que los demás creyeran la mentira.
El problema era que él estaba empezando a desear que fuera verdad.