Accomplice Of Boyfriends: There Are No Mistakes!
El eco de una promesa entre cenizas
La mañana siguiente a la fiesta del club de remo no trajo la paz que Ace tanto ansiaba. Al contrario, el silencio de su habitación se sentía cargado, como si las paredes hubieran absorbido el aroma a tormenta de Sabo y se negaran a soltarlo. Ace estaba tumbado boca arriba, observando el techo, intentando procesar el hecho de que su "falso novio" lo había defendido con una ferocidad gélida que todavía le provocaba escalofríos.
No era solo la defensa. Era la forma en que Sabo lo había mirado durante aquel baile improvisado. No había rastro del estratega calculador en esos ojos azules; solo había una curiosidad hambrienta que Ace no sabía cómo clasificar.
Un golpe rítmico en la puerta interrumpió sus pensamientos. No era el estruendo de Roger ni la ligereza de Rayleigh. Era un golpe seco, educado y firme.
—¿Ace? Soy Sabo. Tu padre me ha dejado pasar.
Ace se incorporó de un salto, casi cayéndose de la cama. Se revisó el cabello en el espejo —un desastre de rizos negros— y trató de poner su mejor cara de indiferencia.
—Pasa, está abierto.
Sabo entró con la misma elegancia de siempre, pero traía una carpeta de cuero bajo el brazo y dos vasos de café humeante. Se detuvo en el umbral, escaneando la habitación llena de libros de navegación, ropa tirada y pósteres de bandas de rock.
—Traigo cafeína y malas noticias —dijo Sabo, extendiéndole uno de los vasos—. ¿Cuál quieres primero?
—El café —respondió Ace, dándole un sorbo largo—. Ahora suéltalo. ¿Qué ha hecho Garp ahora? ¿Ha alquilado una valla publicitaria con nuestras fotos?
Sabo se sentó en la silla del escritorio de Ace, cruzando las piernas con una pulcritud que contrastaba con el caos del cuarto.
—Casi. Mi padre y tu padre han estado hablando. Dragon ha decidido que, dado que nuestra relación parece "progresar favorablemente", sería una excelente idea que pasáramos el próximo fin de semana en la residencia de verano de los Monkey.
Ace casi se atraganta con el café.
—¿La residencia de verano? ¿Te refieres a esa mansión en el acantilado que parece el escenario de una novela de misterio?
—Esa misma —asintió Sabo con una mueca de disgusto—. Y no estaremos solos. Dragon quiere aprovechar para cerrar un trato con un inversor extranjero, y cree que mostrar una "imagen familiar sólida" ayudará. Mi abuelo Garp irá para asegurarse de que nadie se aburra, lo que significa que habrá entrenamientos a las seis de la mañana y probablemente carne asada para desayunar.
Ace se dejó caer en la cama con un gemido de desesperación.
—Es una trampa. Sabo, esto es una emboscada en toda regla. Rayleigh estará allí, ¿verdad?
—Estará allí. Y Luffy también.
—Estamos terminados —sentenció Ace, cubriéndose los ojos con el brazo—. En un entorno cerrado, durante cuarenta y ocho horas, bajo la mirada de Rayleigh y la intensidad de Dragon... Uno de los dos va a cometer un error. O yo me quedaré dormido en el momento más inoportuno y diré algo en sueños, o tú dejarás de actuar como un príncipe y le darás un puñetazo a alguien.
Sabo dejó el café sobre la mesa y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. Su expresión se volvió seria, casi sombría.
—Por eso estoy aquí, Ace. Necesitamos elevar el nivel del juego. Ya no basta con caminar tomados de la mano o bailar en una fiesta. Si vamos a sobrevivir a ese fin de semana, tenemos que conocer los detalles íntimos del otro.
Ace bajó el brazo y lo miró con desconfianza.
—¿Detalles íntimos? ¿Cómo qué?
—Cicatrices, miedos, anécdotas de la infancia, gustos culinarios específicos —enumeró Sabo—. Dragon me hará preguntas. Rayleigh te interrogará a ti. Si no sabemos cuál es tu comida favorita o por qué tienes esa cicatriz en el cuello, se darán cuenta de que todo es una fachada.
Ace tragó saliva. La idea de abrirse ante Sabo, incluso bajo el pretexto de una estrategia, le resultaba más aterradora que enfrentarse a Garp en un combate de práctica.
—Está bien —cedió Ace—. Empecemos por lo fácil. Me gusta la carne. Mucha carne. Odio los vegetales verdes y tengo una debilidad secreta por los postres que hace Rayleigh, aunque nunca lo admitiré en voz alta.
Sabo esbozó una pequeña sonrisa y abrió su carpeta, sacando una hoja en blanco y un bolígrafo.
—Carne, nada de verde, postres de Rayleigh. Anotado. Mi turno. No soporto el té demasiado dulce. Me relaja el sonido de la lluvia y tengo una colección de mapas antiguos que Dragon considera una pérdida de tiempo.
—¿Mapas? —Ace arqueó una ceja—. Vaya, eres más aburrido de lo que pensaba.
—Son piezas de historia, Ace —replicó Sabo con un brillo de entusiasmo en los ojos que no había mostrado antes—. Algunos muestran rutas que ya no existen, tierras que fueron devoradas por el mar. Es como tener un registro de los sueños de los antiguos exploradores.
Ace se quedó callado un momento, observando cómo la luz de la mañana iluminaba el perfil de Sabo. Había algo en la pasión contenida del alfa que lo hacía parecer menos una máquina de eficiencia y más un ser humano con anhelos propios.
—Mi cicatriz —dijo Ace de repente, señalando una pequeña marca cerca de su clavícula— me la hice intentando rescatar a un gato de un árbol cuando tenía ocho años. Resultó que el gato no necesitaba rescate y yo me caí sobre una valla de madera. Mi padre Roger lloró más que yo cuando me vio sangrar.
Sabo dejó de escribir. Sus ojos se suavizaron mientras observaba la marca.
—La mía —dijo Sabo, señalando la gran cicatriz que cruzaba su ojo izquierdo— no es una historia de héroes. Fue un accidente durante un entrenamiento cuando era niño. Dragon quería que fuera el mejor en todo, incluso en esgrima. Un descuido, una hoja mal afilada... y el resto es historia. Mi padre no lloró. Solo me dijo que un líder debe aprender a ver incluso con un solo ojo.
El silencio que siguió fue denso, pero no incómodo. Era un silencio de reconocimiento. Ambos habían crecido bajo el peso de apellidos legendarios, uno rodeado de un amor asfixiante y el otro en una soledad dorada.
—Tu padre es un imbécil —dijo Ace con sinceridad.
Sabo soltó una carcajada corta y seca.
—Lo es. Pero es el imbécil que tiene la llave de mi beca.
—¿Y por qué quieres tanto esa beca, Sabo? —preguntó Ace, sentándose más cerca—. Tienes dinero, tienes estatus. Podrías estudiar donde quisieras.
Sabo guardó silencio, jugueteando con el bolígrafo. Por un momento, Ace pensó que volvería a ponerse la máscara, pero el alfa suspiró y lo miró directamente.
—Porque es la única forma de ser libre, Ace. Si estudio aquí, siempre seré "el hijo de Dragon". Si me voy, si consigo esa beca por méritos propios en el extranjero, podré construir algo que sea solo mío. Sin apellidos, sin expectativas, sin el peso de los D.
Ace asintió lentamente. Él entendía eso mejor que nadie. Toda su vida había sido "el hijo de Roger", el omega que debía ser protegido, el heredero de una alegría que a veces sentía que no le pertenecía.
—Supongo que ambos estamos huyendo de algo —murmuró Ace.
—Supongo que sí.
Pasaron las siguientes dos horas intercambiando información como si estuvieran preparando el examen más importante de sus vidas. Ace aprendió que Sabo dormía con la ventana abierta incluso en invierno, que prefería el azul cobalto sobre cualquier otro color y que, a pesar de su apariencia fría, tenía una debilidad absoluta por Luffy. Sabo, por su parte, memorizó que Ace tenía pesadillas cuando comía demasiado picante, que su primer perro se llamaba "Stefan" y que, cuando estaba realmente feliz, sus pecas parecían brillar más de lo normal.
—Creo que estamos listos —dijo Sabo, cerrando la carpeta—. Al menos, sobre el papel.
—Falta una cosa —intervino Ace, poniéndose de pie—. El contacto físico. En la fiesta... fue raro. Si vamos a estar en esa casa, no podemos parecer dos estatuas que se tocan por accidente.
Sabo se levantó también, quedando a pocos centímetros de él. La diferencia de altura no era mucha, pero la presencia de Sabo llenaba el espacio de una manera que hacía que Ace se sintiera pequeño y, al mismo tiempo, extrañamente completo.
—Tienes razón —dijo Sabo. Su voz se había vuelto más profunda—. ¿Qué sugieres?
Ace extendió la mano, dudando un segundo antes de apoyar la palma en el pecho de Sabo. Podía sentir el latido constante y fuerte del corazón del alfa.
—No te tenses tanto —le pidió Ace en un susurro—. Se nota que estás calculando cada movimiento. Un novio real no piensa dónde poner la mano, simplemente lo hace.
Sabo exhaló un suspiro y relajó los hombros. Sus manos buscaron la cintura de Ace, atrayéndolo hacia él con una firmeza que no era agresiva, sino posesiva. Ace apoyó la cabeza en el hombro de Sabo, cerrando los ojos.
—Hueles a fuego y a casa, Ace —murmuró Sabo, hundiendo por un segundo la nariz en el cabello oscuro del omega.
—Y tú hueles a problemas —respondió Ace, aunque no hizo ningún intento por separarse.
Se quedaron así durante lo que parecieron horas, pero solo fueron unos minutos. Era una práctica, se dijeron a sí mismos. Una simulación necesaria para el fin de semana. Pero ninguno de los dos podía ignorar la forma en que sus cuerpos encajaban a la perfección, ni cómo el aroma de uno parecía calmar las ansiedades del otro.
La puerta se abrió de golpe, y esta vez fue Rayleigh quien entró, con una ceja arqueada y una bandeja con galletas.
—Vaya, lamento interrumpir el "entrenamiento" —dijo Rayleigh con un tono cargado de sarcasmo—. Pero Roger está empezando a planear el menú para la residencia de verano y necesita saber si Sabo es alérgico a algo además de a la espontaneidad.
Ace se separó de Sabo tan rápido que casi se golpea con la estantería. Sabo, sin embargo, recuperó la compostura con una rapidez asombrosa, aunque sus orejas estaban ligeramente teñidas de rojo.
—No soy alérgico a nada, señor Silvers —respondió Sabo con voz firme—. Y le aseguro que estoy disfrutando mucho de la espontaneidad de su familia.
Rayleigh dejó la bandeja sobre la cama y miró a los dos jóvenes con una intensidad que los hizo sentir desnudos.
—Espero que así sea, muchacho. Porque en esa casa de verano, las máscaras tienden a caerse muy rápido. El aire del mar tiene esa costumbre de revelar lo que uno intenta ocultar.
Cuando Rayleigh salió de la habitación, el ambiente se sintió más ligero, pero las palabras del omega mayor quedaron flotando en el aire como una advertencia.
***
El viaje hacia la residencia de verano fue un ejercicio de nerviosismo contenido. Ace viajaba en el coche de Roger y Rayleigh, mientras que Sabo iba con Dragon en un silencio que se podía cortar con un cuchillo. Luffy, por supuesto, iba saltando de un coche a otro cada vez que se detenían en una gasolinera.
Cuando finalmente llegaron a la mansión —una estructura imponente de piedra y cristal que colgaba sobre un acantilado—, el sol comenzaba a ponerse, tiñendo el mar de un rojo sangre.
Garp ya estaba allí, de pie en la entrada con los brazos cruzados y una sonrisa que prometía caos.
—¡Ya era hora! —rugió Garp, dándole a Sabo un golpe en la cabeza que resonó en todo el patio—. ¡Pensé que te habías perdido por el camino, nieto inútil! ¡Y tú, Ace! ¡Ven aquí, pequeño demonio!
Ace fue envuelto en un abrazo quebrantahuesos por Garp, mientras Roger se unía a la melé con risas estruendosas. En medio del ruido, Ace buscó la mirada de Sabo. El alfa estaba de pie junto a su padre, Dragon, quien observaba la escena con una frialdad clínica.
Sabo le dio un pequeño asentimiento casi imperceptible. "Empieza el juego", pareció decir.
La cena de esa noche fue una prueba de fuego. La mesa era larga, de madera oscura, y estaba presidida por Dragon en un extremo y Roger en el otro. Garp y Rayleigh se sentaron a los lados, con Luffy, Ace y Sabo ocupando el centro.
—Dime, Sabo —empezó Dragon, rompiendo el silencio tras el primer plato—, he oído que has estado pasando mucho tiempo en la editorial de los D. ¿Es por interés profesional o es simplemente una excusa para ver a Ace?
Sabo dejó los cubiertos con delicadeza, sin mostrar ni un ápice de nerviosismo.
—Ambas cosas, padre. La editorial tiene un catálogo histórico fascinante, pero no negaré que la compañía de Ace es el principal atractivo. Tiene una perspectiva de la vida que... no había encontrado antes.
—¡Es porque es un desastre! —gritó Roger, riendo—. ¡Mi Ace es como un volcán! Nunca sabes cuándo va a entrar en erupción, pero siempre calienta la casa.
—Hablando de erupciones —intervino Rayleigh, observando a Ace—, me ha sorprendido lo bien que Sabo maneja tus episodios de narcolepsia, Ace. Me contó Garp que incluso te llevó a la cama la otra noche. Qué caballeroso.
Ace sintió que la cara le ardía.
—Fue solo una vez, Rayleigh. No es para tanto.
—Oh, lo es —dijo Dragon, fijando sus ojos en Ace—. En mi familia valoramos la responsabilidad. Si Sabo ha decidido hacerse cargo de alguien con tu... condición, debe ser porque ve algo muy valioso en ti.
El tono de Dragon no era amable; era un desafío. Ace sintió que la rabia empezaba a burbujear en su pecho. Nadie hablaba de él como si fuera una carga, y mucho menos un extraño con traje caro.
Sabo notó la tensión en los hombros de Ace y, por debajo de la mesa, buscó su mano. La apretó con fuerza, un gesto de apoyo silencioso que detuvo la réplica mordaz de Ace.
—No es una carga, padre —dijo Sabo con una voz que hizo que incluso Garp dejara de masticar—. Es una elección. Y es la mejor que he tomado en mucho tiempo.
El resto de la cena transcurrió en una tensa calma. Luffy intentó robarle la comida a todo el mundo, Garp y Roger discutieron sobre viejas anécdotas de la marina y la editorial, y Rayleigh se mantuvo como un observador silencioso, captando cada mirada y cada roce entre la "pareja".
Después de la cena, todos se retiraron a sus habitaciones. Debido a la falta de espacio (o a una conspiración de Rayleigh), a Ace y Sabo les habían asignado habitaciones contiguas con un balcón compartido.
Ace salió al balcón, dejando que el aire frío del mar golpeara su rostro. Necesitaba despejarse. La presión de la mentira estaba empezando a pesarle más de lo que quería admitir.
—Ha sido intenso —dijo Sabo, saliendo desde su habitación y apoyándose en la barandilla a su lado.
—Tu padre es un monstruo, Sabo —dijo Ace sin rodeos—. ¿Cómo has podido vivir con él toda tu vida?
—Aprendiendo a ocultar lo que siento —respondió Sabo, mirando hacia el horizonte oscuro—. Si no muestras debilidad, no pueden usarla en tu contra. Pero hoy... cuando te defendió mi abuelo y luego tú casi saltas sobre Dragon... me di cuenta de que tu familia es lo opuesto. Ellos muestran todo.
—Es agotador —admitió Ace—. Pero al menos sé dónde estoy parado.
Sabo se giró hacia él. La luz de la luna bañaba su rostro, resaltando la cicatriz y la determinación en sus ojos.
—Ace, sobre lo que dije en la mesa... No era solo parte del guion.
Ace sintió que el corazón se le detenía.
—¿A qué te refieres?
—Me refería a que eres valioso —dijo Sabo, dando un paso hacia él—. No por tu apellido, ni por ser un omega, ni por nada de eso. Eres valioso porque no tienes miedo de ser tú mismo, incluso cuando eres un desastre. Y eso es algo que yo envidio profundamente.
Ace no supo qué responder. Su impulsividad habitual le falló. En lugar de una broma o un insulto, sintió un impulso irracional de acortar la distancia.
—Sabo... —susurró Ace.
Antes de que pudiera ocurrir nada, un ruido sordo provino del interior de la habitación de Ace. Ambos entraron corriendo, solo para encontrar a Luffy dormido en medio de la alfombra, abrazado a una de las almohadas de Ace.
—Se ha colado por la ventana —dijo Sabo con un suspiro de alivio y una pizca de decepción—. Siempre hace eso cuando se siente solo.
Ace se acercó y arropó al pequeño con una manta, sintiendo una calidez en el pecho que no tenía nada que ver con la calefacción de la casa.
—Es un idiota —dijo Ace con ternura.
—Es nuestro idiota —corrigió Sabo.
Se quedaron allí, de pie en la penumbra de la habitación, observando al niño que los unía de una manera que ninguna mentira podría deshacer. Sabo puso una mano en el hombro de Ace y, por primera vez, el contacto no se sintió como una práctica. Se sintió como una necesidad.
—Mañana será más difícil —advirtió Sabo—. Garp querrá llevarnos a navegar y Dragon buscará cualquier grieta en nuestra historia.
—Que lo intenten —dijo Ace, mirando a Sabo con un brillo desafiante—. Si hemos sobrevivido a esta cena, podemos con cualquier cosa.
Sabo sonrió, una sonrisa real que iluminó sus ojos.
—Tienes razón. Buenas noches, Ace.
—Buenas noches, Sabo.
Cuando Sabo regresó a su habitación, Ace se tumbó al lado de Luffy, escuchando el rugido del mar contra los acantilados. Se dio cuenta de que Rayleigh tenía razón. El aire del mar estaba revelando cosas. Estaba revelando que Sabo no era solo un aliado en un trato, y que él mismo no era tan indiferente como pretendía.
El problema de las mentiras, pensó Ace mientras cerraba los ojos, es que a veces se convierten en la única verdad que vale la pena defender. Y en esa casa llena de secretos y leyendas, la verdad de lo que sentía por Sabo estaba empezando a quemar más que cualquier fuego.