Alivia mi Dolor
El Eco de una Sonrisa
El bosque goteaba, empapado por una llovizna persistente que convertía el suelo en un lodazal y pegaba las hojas a las ramas como estampas húmedas. El aire olía a tierra mojada, a musgo y a la inminencia de la muerte. Para los soldados del Imperio que escoltaban un convoy de suministros, era un día miserable. Para Night Raid, era una oportunidad.
La emboscada fue un susurro que se convirtió en un grito sangriento. Leone, un borrón dorado y salvaje, fue la primera en atacar, sus garras de león desgarrando la garganta del capitán antes de que pudiera emitir una orden. El caos estalló. Pero en medio de los gritos de pánico y el choque del acero, una figura se movía con una eficiencia aterradora.
Tatsumi.
Ya no era el chico que tropezaba en la batalla, el que dependía de la suerte y de la ayuda de sus compañeros. Ahora era un depredador. Incursio, la Teigu que había heredado de su aniki, ya no era una armadura que se ponía; era una segunda piel, una extensión de su voluntad. Se movía entre los soldados con una fluidez que helaba la sangre, su lanza, Neuntote, un destello plateado en la penumbra del bosque.
No había ira en sus movimientos, ni la desesperada furia de un vengador. Solo una fría y metódica eficiencia. Un soldado cargaba contra él, gritando un juramento. Tatsumi no cambió de expresión. Un paso lateral, un giro de muñeca, y la punta de la lanza atravesó el hueco de la armadura del hombre con la precisión de un cirujano. Ni un movimiento desperdiciado. Deslizó la lanza hacia fuera mientras el cuerpo caía y ya estaba girando para interceptar a otros dos.
Akame lo observaba desde la rama de un árbol, con Murasame en la mano, lista para intervenir si era necesario. Pero no lo era. Su papel, por el momento, era el de una espectadora preocupada. Veía a Tatsumi moverse, veía cómo su cuerpo y la armadura eran uno solo, cómo anticipaba cada ataque, cómo cada estocada era un golpe mortal. Estaba asombrada por su crecimiento. El chico que apenas podía mantenerse en pie contra Zank el Decapitador ahora era una fuerza de la naturaleza, un torbellino de muerte que barría las filas del Imperio.
Pero no era el crecimiento lo que la preocupaba. Era el vacío.
Su rostro, visible a través del casco de Incursio, era una máscara de piedra. Sus ojos verdes, que antes brillaban con pasión, con torpeza, con una determinación ingenua y ardiente, ahora eran dos fríos estanques de jade. No había gritos de batalla, ni bravuconadas, ni siquiera el ceño fruncido de la concentración. Solo un silencio absoluto mientras trabajaba.
—¡Maldición, Tatsumi! ¡Deja algo para los demás, novato! —rugió Leone, con una sonrisa salvaje manchada de sangre, mientras partía a un hombre por la mitad.
Tatsumi no respondió. Su lanza se clavó en el pecho de un arquero que intentaba apuntar a Leone, y luego usó el cuerpo como escudo contra las flechas de otro antes de lanzar el cadáver hacia él y empalarlo contra un árbol.
En menos de cinco minutos, el silencio regresó al bosque, solo roto por el goteo del agua y la sangre desde las hojas. El convoy estaba asegurado. Los soldados, más de treinta, yacían muertos. Al menos la mitad de ellos habían caído por la mano de Tatsumi.
La armadura de Incursio se replegó con un siseo, revelando a un Tatsumi empapado de sudor y lluvia, pero sin un solo rasguño. Su expresión no cambió. Se acercó a su lanza, la limpió metódicamente con un trozo de tela que sacó de su bolsillo y la aseguró en su espalda. Su mirada recorrió el campo de batalla, no con satisfacción ni con el peso de las vidas que había tomado, sino con la indiferencia de quien revisa una lista de tareas.
Leone se acercó, volviendo a su forma humana, y le dio una palmada en la espalda que casi lo derriba.
—¡Joder, chico! Cada día das más miedo. Si sigues así, Akame y yo nos quedaremos sin trabajo.
Una broma. Un intento de camaradería. El antiguo Tatsumi se habría sonrojado, habría tartamudeado una respuesta torpe o habría intentado devolver la bravuconada. Este Tatsumi simplemente la miró.
—Solo cumplo con la misión —dijo, su voz plana.
La sonrisa de Leone vaciló por una fracción de segundo. La calidez de su victoria se enfrió un poco.
—Claro… la misión. Bueno, vamos a ver qué tesoros llevaban estos idiotas. ¡Espero que haya buen sake!
Se alejó hacia los carros, pero su paso era un poco menos alegre que de costumbre.
Akame descendió del árbol con la gracia de una hoja cayendo. Aterrizó sin hacer ruido a unos metros de Tatsumi. Sus ojos rojos se encontraron con los verdes de él. Durante un largo momento, no dijeron nada. Akame vio la fuerza en él, la disciplina que había forjado a fuego en los últimos meses. Pero también vio la grieta, la profunda fractura que recorría su alma. Había llenado el agujero que dejó Mine no con curación, sino con acero y hielo.
—Buen trabajo, Tatsumi —dijo ella, su voz tan tranquila como siempre.
Él asintió una vez, un gesto corto y seco.
—Gracias.
Se dio la vuelta, listo para ayudar a Leone a registrar los carros.
—Tatsumi.
Se detuvo, pero no se giró.
—Espera en el campo de entrenamiento cuando volvamos a la base —continuó ella—. Tenemos que hablar.
No fue una petición. Fue una orden. Sintió la rigidez en sus hombros, una leve resistencia. Pero después de un momento, asintió de nuevo, sin mirarla, y caminó hacia el convoy.
Akame se quedó allí, mirando su espalda. El chico enérgico que había llegado a la capital lleno de sueños se había ido. El joven apasionado que se había enamorado de Mine estaba enterrado. En su lugar, había un soldado. Un arma perfecta. Y Akame sabía, por experiencia propia, que las armas perfectas siempre terminan por romperse. No iba a permitir que eso sucediera. Se lo debía a él. Se lo debía a todos los que habían muerto creyendo en él.
***
El sol de la tarde teñía el cielo de naranja y púrpura cuando Tatsumi llegó al campo de entrenamiento. Estaba vacío, excepto por los postes de madera llenos de cortes y las armas de práctica apoyadas en un estante. El aire era fresco y limpio después de la lluvia.
Había pasado las últimas horas en un silencio casi absoluto. Ayudó a descargar los suministros, comió la ración que le correspondía sin decir palabra y afiló su lanza hasta que el filo pudo cortar un cabello en el aire. Hacía todo lo que se esperaba de él. Era el soldado modelo. Y se sentía más vacío que nunca.
Tomó una lanza de práctica, más pesada y sin filo que Neuntote, y comenzó a moverse. Estocada, parada, barrido. Una y otra vez. Los movimientos que Bulat le había enseñado, perfeccionados hasta convertirse en un instinto. El sudor no tardó en perlar su frente, pero no se detuvo. En el agotamiento físico encontraba una especie de paz, un ruido blanco que ahogaba los susurros de su memoria. El susurro del nombre de Mine. La sensación de su cuerpo enfriándose. El sabor de su último beso.
Luchar. Entrenar. Matar. Era lo único que mantenía a raya a los fantasmas.
—Tu forma es impecable.
La voz de Akame lo sacó de su trance. Estaba de pie junto a la entrada del campo, observándolo. No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Se detuvo, con la lanza en alto, respirando profundamente.
—Aniki me enseñó bien —respondió, sin mirarla.
—Lo hizo. Y tú has honrado sus enseñanzas —dijo Akame, acercándose lentamente—. Te has vuelto fuerte. Increíblemente fuerte. Incursio responde a ti como si fuera una extensión de tu propio cuerpo. Hoy, en el bosque, te movías como un veterano.
Tatsumi finalmente se giró para mirarla. Había un matiz de algo en su expresión, ¿orgullo, quizás?
—Es necesario. Para ganar esta guerra. Para que no muera nadie más.
—¿Y qué hay de ti? —preguntó ella, su tono suave pero incisivo.
Él frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir? Estoy bien. Soy más útil que nunca para Night Raid.
—No he preguntado si eres útil. He preguntado por ti. Por Tatsumi.
Akame se detuvo a solo unos pasos de él. Sus ojos carmesí parecían perforar la fachada que él había construido con tanto esmero.
—Esa seriedad… ese vacío en tus ojos… —continuó ella—. Me recuerdas a mí misma cuando estaba en el Grupo de Asesinos de Élite. Gozuki nos enseñó a suprimir nuestras emociones. A convertirnos en herramientas. Nos dijo que los sentimientos eran una debilidad que el enemigo explotaría. Que el dolor por un camarada caído era una distracción inútil.
Tatsumi apretó la madera de la lanza de práctica.
—El dolor es una distracción. Te nubla el juicio.
—No —replicó Akame, su voz firme—. El dolor te recuerda por qué luchas. El amor te da la fuerza para seguir luchando. Lo que tú estás haciendo no es controlar el dolor. Lo estás enterrando bajo una capa de hielo. Te estás convirtiendo en la misma clase de herramienta sin alma que el Imperio crea y desecha. ¿Es eso por lo que luchamos? ¿Para convertirnos en ellos?
La acusación flotó en el aire entre ellos, afilada y fría.
—¡No sabes nada! —espetó Tatsumi, y por primera vez en semanas, el hielo de su voz se resquebrajó, revelando la lava ardiente que había debajo—. ¡Es fácil para ti decirlo! ¡Tú siempre has sido así, fría y distante!
Se arrepintió de las palabras en cuanto salieron de su boca. Sabía que no eran justas. Recordaba la noche en que ella le había contado sobre sus amigos caídos, la vulnerabilidad que le había mostrado. Pero la verdad de Akame era una amenaza para la frágil paz que había construido, y arremetió como un animal acorralado.
Akame no se inmutó. Su expresión no cambió, pero sus ojos se entristecieron.
—Tienes razón. No debería haberlo dicho así. Pero no estoy equivocada, Tatsumi. Nos unimos a Night Raid para crear un mundo donde la gente pueda vivir y reír libremente. Un mundo donde los niños no sean convertidos en asesinos y los amigos no tengan que morir en los brazos de otros. Si tú, que siempre has sido el corazón de este grupo, olvidas cómo sonreír… ¿qué esperanza nos queda?
—¿Y qué se supone que haga, Akame? —Su voz se quebró, cargada de una angustia que había mantenido a raya durante meses—. ¿Reírme? ¿Contar chistes mientras el recuerdo de Mine se desvanece? ¿Fingir que todo está bien? ¡Ella murió en mis brazos! ¡Murió para salvarme! ¡Sonreír sería traicionarla! ¡Sería como si no me importara!
Lanzó la lanza de práctica con un grito de frustración. El arma se estrelló contra un poste de madera con un ruido sordo y cayó al suelo. Se llevó las manos a la cabeza, con los dedos enredados en su cabello castaño, su cuerpo temblando.
—Cada vez que cierro los ojos, la veo. Veo su sonrisa antes de… antes del final. Siento cómo su calor se va. Si dejo de luchar, si me permito sentir algo que no sea este deber, este impulso de matar a cada soldado del Imperio que se cruce en mi camino… ese recuerdo me consumirá. Me ahogaré en él.
Akame se acercó y, con un movimiento suave, le bajó las manos de la cabeza. Sus dedos eran fríos, pero su tacto era firme, un ancla en su tormenta.
—Mine no murió para que te convirtieras en un fantasma, Tatsumi.
Él levantó la vista, con los ojos enrojecidos y llenos de lágrimas que se negaba a derramar.
—Ella te amaba —continuó Akame, su voz ahora un susurro bajo pero intenso—. Te amaba por ser tú. Por ser torpe, por ser ruidoso, por ser desesperadamente optimista incluso cuando todo parecía perdido. A Mine le encantaba tu sonrisa estúpida.
La palabra "estúpida" fue dicha con una extraña ternura, un eco de la propia forma de hablar de Mine. A Tatsumi se le cortó la respiración.
—Luchó por el chico que se sonrojaba con sus bromas, no por el soldado sin rostro que ha ocupado su lugar. Bulat no te entrenó para ser una máquina; te entrenó para ser un héroe, y los héroes sienten, Tatsumi. Sienten dolor, sienten rabia, pero también sienten alegría y esperanza. Eso es lo que los hace fuertes.
Le soltó las manos y dio un paso atrás, dándole espacio.
—Honrar a Mine no es dejar de vivir. Es vivir la vida que ella te regaló. Vivir plenamente. Luchar con todo tu corazón, sí, pero también reír con tus amigos. Comer hasta hartarte. Disfrutar de un amanecer. Llorar cuando lo necesites. Todas esas cosas… son la prueba de que estás vivo. Y mientras tú vivas, una parte de ella, de Bulat, de Sheele, de Lubbock… todos ellos viven contigo.
Tatsumi se quedó inmóvil, las palabras de Akame lavando la capa de hielo que cubría su corazón. No era una inundación cálida; era más como el lento deshielo de la primavera, doloroso y confuso. La verdad en sus palabras era innegable. Había estado tan concentrado en el sacrificio de Mine que había olvidado por completo su amor. Había convertido su regalo de vida en una sentencia de servidumbre a la venganza.
Recordó la sonrisa de Mine. No la última, la ensangrentada y débil. Recordó la sonrisa pícara que le dedicaba cuando lo molestaba. La sonrisa triunfante después de una batalla exitosa. La sonrisa genuina y suave que rara vez mostraba, pero que atesoraba más que nada. Esas sonrisas no pedían luto eterno. Pedían ser recordadas con cariño, no con un dolor que lo paralizara.
—No sé cómo… —susurró, su voz ronca—. No sé cómo volver a ser ese chico. Siento que murió con ella.
—No murió —dijo Akame—. Solo está herido. Y está asustado. Pero no está solo.
Se inclinó y recogió la lanza de práctica. Se la ofreció.
—Mañana volveremos a entrenar. Pero no entrenaremos para matar. Entrenaremos para proteger. Entrenaremos para vivir. Y después… —hizo una pausa, y una diminuta, casi imperceptible curva apareció en sus labios—, te enseñaré a cocinar un filete de Rey del Río como es debido. Es hora de que dejes de comer como si fuera solo combustible.
Tatsumi miró la lanza, luego a Akame. Vio en sus ojos rojos no solo la determinación de una asesina, sino la preocupación de una amiga. La misma amiga que le había llevado un plato de comida cuando no era más que una cáscara vacía. La que entendía la carga de los fantasmas mejor que nadie y aun así seguía adelante, no como una máquina, sino como una persona.
Lentamente, tomó la lanza. El peso se sentía diferente en su mano. No era solo el peso de un arma, sino el de una responsabilidad. La responsabilidad de vivir.
—¿Un filete de Rey del Río? —preguntó, y el atisbo de curiosidad en su voz fue la primera nota de color en su mundo gris.
—Es mi especialidad —respondió Akame, asintiendo con seriedad—. Te hará recordar lo que es disfrutar de la comida.
Se dio la vuelta para marcharse.
—Akame.
Ella se detuvo y lo miró por encima del hombro.
—Gracias —dijo él, y esta vez, las palabras no eran una formalidad vacía. Salieron del fondo de su pecho, frágiles pero sinceras—. Por… todo.
Ella simplemente asintió y salió del campo de entrenamiento, dejándolo solo con el crepúsculo y sus pensamientos.
Tatsumi se quedó allí, sosteniendo la lanza. Miró hacia el oeste, donde las últimas brasas del día se extinguían en el horizonte. Levantó una mano y se tocó la comisura de los labios. Pensó en la sonrisa estúpida que Mine amaba. Intentó esbozarla.
El resultado fue una mueca torpe y dolorosa. Sus músculos faciales se sentían extraños, como si hubieran olvidado cómo moverse de esa manera. El gesto no llegó a sus ojos. Se sintió falso, forzado. Una parodia.
Pero fue un intento.
Por primera vez en meses, no apartó la mirada de su propio dolor. Lo enfrentó. Y en la quietud del campo de entrenamiento, bajo un cielo lleno de estrellas que comenzaban a parpadear, Tatsumi no sonrió. Pero tampoco se rindió. Dejó caer la mano y respiró hondo, sintiendo el aire fresco llenar sus pulmones.
Era una sensación nueva. La sensación de estar, simple y complejamente, vivo. Y por ahora, eso era suficiente. Era un comienzo. El eco de su sonrisa perdida era débil, casi inaudible, pero estaba allí, esperando pacientemente a que él estuviera listo para volver a encontrar la melodía.