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Alivia mi Dolor

La Sombra de un Recuerdo

Los meses se deslizaron uno tras otro como cuentas de un rosario silencioso. La guerra, esa bestia insaciable que había devorado a tantos de sus amigos, parecía haber entrado en un letargo. Esdeath, la generala de hielo del Imperio, no había hecho ningún movimiento significativo, y la Capital, aunque seguía corrupta hasta la médula, mantenía una calma tensa y antinatural. Para los miembros restantes de Night Raid, este respiro era tan bienvenido como desconcertante. El silencio les permitía vendar sus heridas, no solo las físicas, sino las que supuraban en el alma.

En este interludio de paz precaria, una nueva normalidad se había arraigado en la base. Y en el centro de esa normalidad, como dos estrellas orbitando un centro de gravedad compartido, estaban Tatsumi y Akame.

Su rutina se había convertido en un ritual tácito. Despertaban con las primeras luces del alba, encontrándose en el campo de entrenamiento antes de que el resto del mundo se desperezara. El choque de sus armas de práctica era el primer sonido del día, una danza de estocadas, paradas y barridos que era a la vez un entrenamiento brutal y una forma de comunicación. Ya no entrenaban solo para matar; como Akame había prometido, entrenaban para proteger, para vivir. Había una nueva fluidez en sus movimientos, una sincronía que nacía de conocer cada matiz del estilo de lucha del otro.

Después, compartían el desayuno. Tatsumi, bajo la tutela sorprendentemente paciente de Akame, había aprendido a cocinar. Sus primeros intentos fueron desastrosos —carne carbonizada, arroz pegajoso, sopas con sabores indescriptibles—, pero Akame nunca se rio de él. Simplemente corregía su técnica, le mostraba cómo sostener el cuchillo, cómo medir las especias. Ahora, sus comidas eran un esfuerzo conjunto, un pequeño acto de creación en un mundo que solo parecía saber destruir.

Durante el día, cumplían con sus deberes en la base: mantenimiento de armas, patrullas, recopilación de información. Pero incluso en esas tareas, sus caminos parecían converger constantemente. Se encontraban en los pasillos y compartían una mirada de entendimiento. Se sentaban juntos durante las reuniones de estrategia de Najenda, a menudo intercambiando notas o susurros. Por las noches, cuando el frío de la piedra se hacía más intenso, a menudo se sentaban en silencio junto al fuego, el crepitar de las llamas llenando el espacio entre ellos.

Tatsumi había vuelto a la vida. La cáscara vacía que había sido durante meses se había llenado de nuevo, aunque de una manera diferente. El chico ruidoso e ingenuo se había ido para siempre, reemplazado por un joven más tranquilo, más introspectivo. La tristeza por Mine y los demás no había desaparecido; era una corriente subterránea constante en su ser. Pero ya no era un torrente que amenazaba con ahogarlo. Ahora era un río melancólico que había aprendido a navegar, y Akame era su brújula y su ancla.

Ella lo había sacado de la oscuridad, no con palabras vacías de consuelo, sino con la sólida certeza de su presencia. Le había enseñado que vivir no era una traición al recuerdo de los muertos, sino la única forma de honrarlos de verdad. Y en el proceso de salvarlo, algo en la propia Akame había comenzado a cambiar.

La asesina de ojos carmesí, la herramienta forjada en el crisol del Imperio, comenzaba a mostrar facetas que pocos habían visto. La ternura que antes reservaba para la comida o para los recuerdos lejanos de sus amigos de la infancia, ahora se manifestaba en su mirada cuando observaba a Tatsumi. Lo veía luchar con sus demonios y sentía una punzada de orgullo protector. Lo oía reír —una risa rara y un poco oxidada, pero genuina— ante una de las bromas pesadas de Leone, y una minúscula sonrisa, casi imperceptible, se dibujaba en sus propios labios. Se preocupaba por él de una manera que iba más allá de la camaradería. Veía al chico herido debajo del soldado endurecido y sentía un impulso abrumador de proteger no solo su vida, sino la frágil llama de esperanza que había vuelto a encenderse en su interior.

Un día, mientras Tatsumi y Akame limpiaban sus armas uno al lado del otro en el patio, Leone se acercó, contoneándose con su habitual confianza felina. Se apoyó en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa pícara en los labios.

—Vaya, vaya. Si no es la parejita del año —ronroneó, haciendo que Tatsumi casi se cortara un dedo con el filo de su lanza—. Cada día estáis más pegados. Si no os conociera, diría que estáis enamorados.

Tatsumi se puso rígido al instante. El color le subió a las mejillas, una mezcla de vergüenza e irritación.

—¡No digas tonterías, Leone! —replicó, su voz más aguda de lo normal—. Akame y yo solo somos… compañeros. Entrenamos juntos, eso es todo.

—¿Ah, sí? «Compañeros» —repitió Leone, saboreando la palabra—. Los compañeros no se miran como si fueran la última porción de carne del plato. Especialmente tú, Akame.

Akame, que había seguido puliendo a Murasame sin inmutarse, levantó la vista. Sus ojos rojos se encontraron con los de Leone, impasibles.

—La eficiencia en el combate mejora cuando los compañeros están sincronizados —declaró con su habitual tono práctico—. Nuestra convivencia fortalece nuestra capacidad como equipo.

Leone soltó una carcajada.

—¡Oh, claro! «Eficiencia en el combate». Es la excusa más fría y adorable que he oído nunca. Bueno, no me hagáis caso. Seguid con vuestra… «sincronización».

Les guiñó un ojo y desapareció por el pasillo, dejando tras de sí un silencio denso y cargado.

Tatsumi evitó la mirada de Akame, concentrándose con una intensidad desmesurada en un punto inexistente de su lanza. La broma de Leone le había golpeado más fuerte de lo que quería admitir. ¿Enamorado? La palabra le sonaba extraña, foránea, casi blasfema. El amor era un santuario en su corazón, un lugar sagrado y doloroso que pertenecía a una sola persona.

—Mine… —susurró para sí mismo, tan bajo que fue casi inaudible—. Mine fue la única mujer a la que he amado. Y siempre lo será.

Era una declaración, un juramento. Una reafirmación de lealtad a un fantasma. Se lo debía a ella. Cada sonrisa que esbozaba, cada comida que disfrutaba, ya venía con una punzada de culpa. ¿Cómo podría siquiera considerar la idea de sentir algo por otra persona? Sería pisotear el regalo que ella le había hecho con su último aliento.

Akame lo escuchó. Su oído de asesina no se perdía nada. No dijo nada, pero el suave movimiento de sus manos al limpiar su espada se detuvo por un instante. La mención del nombre de Mine fue como una repentina ráfaga de viento helado en un día cálido. Un recordatorio de la sombra que aún se cernía sobre el corazón de Tatsumi. Una sombra que ella, a pesar de toda su fuerza y dedicación, no sabía cómo disipar.

Continuaron su tarea en silencio, pero la cómoda camaradería de antes se había visto reemplazada por una conciencia incómoda. La inocencia de su cercanía había sido nombrada, analizada y, en el proceso, irrevocablemente alterada.

***

Esa tarde, la atmósfera seguía cargada. La lluvia había vuelto, un tamborileo suave y constante sobre el techo de la base que aislaba el mundo exterior. La mayoría de los miembros de Night Raid estaban en sus habitaciones o en la sala común. Tatsumi y Akame se encontraron en la cocina, el lugar que se había convertido en su santuario particular.

Estaban preparando la cena. Akame cortaba verduras con una precisión hipnótica mientras Tatsumi vigilaba un guiso que burbujeaba lentamente sobre el fuego. El aroma de las hierbas y la carne cocinándose llenaba el aire, un aroma hogareño y reconfortante. Habían caído de nuevo en su ritmo familiar, el silencio entre ellos ya no era incómodo, sino contemplativo.

—Me recuerdas a mi hermana, Kurome —dijo Akame de repente, su voz tan suave como la lluvia de fuera.

Tatsumi se giró, sorprendido. Akame rara vez mencionaba a su hermana, la enemiga a la que estaba destinada a enfrentarse.

—¿A Kurome? —preguntó, confundido—. ¿Por qué?

—La forma en que te concentras cuando cocinas —explicó ella, sin dejar de cortar—. Siempre fruncías el ceño así cuando intentabas aprender algo nuevo. Eras terrible al principio, igual que tú.

Una pequeña sonrisa tiró de la comisura de los labios de Tatsumi.

—Vaya, gracias por el cumplido.

—Pero luego te volvías bueno. Muy bueno —continuó Akame, y su mirada se suavizó, volviéndose distante, como si mirara a través de las paredes hacia un tiempo pasado—. Siempre querías superarme en todo. En la lucha, en la caza… incluso en ver quién comía más dulces.

Tatsumi se apoyó en el mostrador, escuchando atentamente. Eran estos pequeños fragmentos de su pasado, ofrecidos como preciosas y raras joyas, los que más valoraba. Le permitían ver más allá de la asesina legendaria a la chica que había debajo.

—¿Y alguna vez te ganó? —preguntó con curiosidad.

Akame se detuvo y lo miró. Una emoción compleja, una mezcla de nostalgia y una tristeza profunda, nubló sus ojos carmesí.

—Una vez. En encontrar un tipo raro de baya dulce en el bosque. Estuvo presumiendo de ello durante una semana.

Una risa genuina y suave brotó de la garganta de Tatsumi. No fue una risa forzada ni oxidada. Fue cálida y real. El sonido pareció sorprenderlos a ambos. Hacía mucho tiempo que no se reía así, con tanta naturalidad.

La risa se desvaneció lentamente, dejando un eco de calidez en el aire. Se quedaron mirándose el uno al otro. La distancia entre ellos, apenas un par de metros, de repente pareció cargada de una energía palpable. El sonido de la lluvia, el burbujeo del guiso, todo se desvaneció en un segundo plano.

El mundo se redujo a los ojos del otro.

Tatsumi vio en los ojos de Akame algo que nunca antes había visto tan claramente. No era la calma del guerrero ni la concentración del asesino. Era una vulnerabilidad suave, una ternura que parecía llamarlo. El rojo de sus iris no era el color de la sangre, sino el de las brasas de una hoguera, prometiendo calor y refugio.

Akame, a su vez, vio la tormenta amainar en los ojos verdes de Tatsumi. Vio al chico que había conocido, el que se sonrojaba con facilidad y luchaba con un corazón demasiado grande. Vio la gratitud, el afecto y algo más profundo, algo que él mismo se negaba a reconocer. Vio a un hombre que había sufrido lo indecible y que, a pesar de todo, aún era capaz de reír.

El tiempo pareció detenerse.

Ninguno de los dos supo quién se movió primero. Quizás fueron ambos, atraídos por una fuerza invisible y magnética. Dieron un paso, luego otro, hasta que solo un suspiro de espacio los separó. Tatsumi levantó una mano, sus dedos temblando ligeramente, y apartó con delicadeza un mechón de cabello negro del rostro de Akame. Su piel era suave y fría al tacto.

Akame no se apartó. Al contrario, se inclinó ligeramente hacia su contacto, cerrando los ojos por un instante, como si saboreara ese simple gesto.

Sus corazones latían al unísono, un ritmo atronador en el silencio de la cocina.

Lentamente, como con una reverencia, Tatsumi comenzó a inclinarse. Akame levantó el rostro para encontrarlo. Sus miradas estaban fijas, un universo de emociones no dichas pasando entre ellos. Vio el deseo en sus ojos, pero también la duda, la lucha interna. Él vio en los suyos una aceptación silenciosa, una invitación.

Sus labios se acercaron. Podía sentir el calor de su aliento en su piel, un hálito dulce que olía a las hierbas que habían estado cocinando. Milímetros. Solo faltaban milímetros. La promesa de un contacto, de una fusión, de algo nuevo y aterrador y maravilloso, pendía en el aire. La culminación de meses de dolor compartido, de apoyo silencioso, de una conexión forjada en el fuego y la sangre.

Estaban a punto de besarse.

Y entonces, ocurrió.

Como un relámpago en su mente, una imagen lo asaltó.

Una sonrisa. Una sonrisa teñida de sangre, débil pero llena de amor. Cabello rosado, enmarcado contra un cielo gris. Una voz susurrando su nombre.

*«Te amo, Tatsumi».*

Mine.

El recuerdo no fue un susurro, fue un grito. Un grito de traición. La imagen de sus labios casi tocando los de Akame se superpuso con la del primer y último beso que compartió con Mine. Un beso de despedida, un beso que sabía a sangre y a promesas rotas.

El pánico lo atenazó, frío y afilado. ¿Qué estaba haciendo?

Con un jadeo ahogado, Tatsumi se apartó.

El movimiento fue brusco, violento. Rompió el hechizo al instante. Dio un paso atrás, tropezando ligeramente, como si el contacto con Akame lo hubiera quemado. Sus ojos, que momentos antes estaban llenos de una suave emoción, ahora estaban abiertos de par en par, llenos de horror y autodesprecio.

Akame abrió los ojos, la sorpresa y la confusión reemplazando la tierna expectación. Lo vio mirarla no a ella, sino a través de ella, a un fantasma que solo él podía ver. La calidez se drenó de su rostro, dejándola pálida bajo la luz del fuego.

Tatsumi bajó la mirada al suelo, incapaz de enfrentarse a la de ella. Sus manos se cerraron en puños a sus costados, sus nudillos blancos. Su cuerpo temblaba.

—Yo… —comenzó, su voz un graznido ronco.

Se aclaró la garganta, pero no levantó la vista. La vergüenza y la culpa lo ahogaban. Había estado a punto de traicionarla. A Mine. Había estado a punto de profanar su memoria, de reemplazarla. Y lo peor de todo… lo había deseado. Por un momento fugaz y glorioso, había querido besar a Akame más que nada en el mundo.

La culpa era un veneno abrasador.

—Lo siento —murmuró.

Una sola palabra. Una disculpa que lo dictaba todo. No era una disculpa por casi besarla. Era una disculpa por no poder hacerlo. Una disculpa por estar roto. Una disculpa por la sombra que lo gobernaba.

El silencio que siguió fue más pesado y doloroso que cualquier grito. El guiso seguía burbujeando en el fuego, indiferente al drama humano que se desarrollaba a su lado. La lluvia seguía cayendo.

Akame se quedó inmóvil. No había ira en su rostro, ni resentimiento. Solo una profunda y abrumadora tristeza. Tocó sus propios labios con la punta de los dedos, donde casi había sentido el contacto de los de él. Entendía. Oh, Dios, sí que entendía. Conocía el poder de los fantasmas, las cadenas que los muertos forjan alrededor de los corazones de los vivos. Había visto la lucha en sus ojos y, por un instante, había esperado que él pudiera ganar.

Pero la sombra de Mine era demasiado larga. Demasiado oscura.

Tatsumi finalmente levantó la cabeza, y el dolor en su rostro fue como una herida física.

—No puedo —susurró, y su voz se quebró—. Akame, yo… no puedo.

No necesitaba decir más. Ella asintió lentamente, una sola vez. Un gesto de comprensión que era, a su manera, más desgarrador que cualquier reproche.

—Necesito… —Tatsumi dio otro paso atrás, hacia la puerta—. Necesito estar solo.

Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y prácticamente huyó de la cocina, dejando a Akame sola con el guiso a medio hacer y el eco de un beso que nunca fue.

Se quedó allí, en medio de la cocina cálida y aromática, sintiendo un frío que ninguna llama podía ahuyentar. El momento se había roto. La frágil burbuja de intimidad que habían construido había estallado, dejando al descubierto la cruda y dolorosa verdad.

Tatsumi no la había olvidado. No estaba listo. Y quizás, nunca lo estaría.

Akame miró el cuchillo y las verduras a medio cortar sobre la tabla. El trabajo de un asesino era limpio, preciso, definitivo. Las emociones, sin embargo, eran un desastre. Eran un campo de batalla mucho más complicado y sangriento que cualquiera en el que hubiera luchado. Y en este, por primera vez en mucho tiempo, se sentía completamente desarmada.

Apagó el fuego bajo el guiso. De repente, había perdido todo el apetito. La sombra de un recuerdo no solo pertenecía a Tatsumi. Ahora, ella también tenía la suya: la sombra de un beso casi robado, un momento de conexión tan intenso y fugaz que se preguntaba si alguna vez volvería.