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Alivia mi Dolor

Cerradura y Llave

El aire en la base de Night Raid se había vuelto quebradizo. Se fracturaba con cada mirada desviada, con cada pasillo recorrido en direcciones opuestas. La cómoda sincronía que se había tejido entre Tatsumi y Akame durante meses se había deshilachado en una sola noche, dejando tras de sí un silencio tan denso y frío como los muros de piedra que los rodeaban.

Los rituales que habían construido se convirtieron en recordatorios dolorosos de lo que se había roto. El campo de entrenamiento al amanecer ya no era una danza, sino un ejercicio mecánico. Sus armas chocaban sin la fluidez de antes, sus movimientos eran precisos pero desprovistos de la comunicación tácita que habían compartido. Eran dos soldados cumpliendo una tarea, no dos compañeros fortaleciéndose mutuamente.

Las comidas eran peores. Tatsumi engullía su ración a toda prisa, a menudo de pie junto al fuego, evitando la mesa de la cocina que se había convertido en el escenario de su fallido acercamiento. Akame, por su parte, comía con su habitual y metódica concentración, pero había una quietud en ella, una ausencia de la sutil calidez que había empezado a irradiar. La cocina, su santuario, ahora olía a cenizas y a oportunidades perdidas.

Tatsumi se sumergió en el trabajo con una ferocidad casi maníaca. Afilaba armas que ya estaban perfectamente afiladas, reforzaba defensas que no necesitaban refuerzos, se ofrecía voluntario para las patrullas más largas y solitarias. Buscaba el agotamiento físico como un narcótico, una forma de silenciar el eco de su propio pánico, la imagen del rostro herido de Akame cuando él se apartó. La culpa era una bestia que le roía las entrañas. Culpa hacia Mine por casi traicionar su memoria. Culpa hacia Akame por haberla herido. Culpa hacia sí mismo por ser un cobarde roto.

Akame lo observaba desde la distancia. No lo presionaba, no intentaba forzar una conversación que él claramente rehuía. Le daba el espacio que parecía necesitar desesperadamente. Pero en sus ojos carmesí, normalmente tan serenos, se arremolinaba una tormenta de preocupación y una tristeza que no podía ocultar del todo. Lo veía castigarse y cada latigazo autoimpuesto resonaba en su propio corazón.

Esta tensión no pasó desapercibida. Najenda la notaba, su único ojo visible entrecerrándose con una preocupación pragmática, pero su estilo de liderazgo era dejar que sus subordinados resolvieran sus propios conflictos personales, siempre que no afectaran a la misión.

Pero Leone no compartía esa paciencia.

Para ella, la situación era intolerable. Había perdido a demasiados amigos como para quedarse de brazos cruzados mientras los dos que le quedaban más cerca se torturaban mutuamente con el silencio. El ambiente en la base se había vuelto sombrío, y Leone, que vivía de la calidez, la risa y la camaradería, se sentía como si estuviera en un mausoleo.

Una tarde, mientras observaba a Tatsumi cruzar el patio para evitar pasar por delante de la cocina donde sabía que estaba Akame, su paciencia se agotó. Con un gruñido bajo, más propio de su forma de Teigu que de la humana, se levantó de su asiento junto a la chimenea.

—Se acabó —masculló para sí misma—. Al diablo con la sutileza.

Se dirigió primero a la habitación de Tatsumi. Llamó a la puerta con tres golpes secos y autoritarios.

—¡Tatsumi! —gritó, su voz no admitía réplica—. ¡Najenda te necesita en la sala de estrategia, ahora! Dice que es urgente. Algo sobre un nuevo objetivo.

Tatsumi abrió la puerta, su rostro cansado y demacrado. La mención de una misión pareció despertarlo de su letargo.

—¿Ahora? ¿Qué ocurre?

—¡Yo qué sé, novato! ¡Deja de hacer preguntas y mueve el culo! —replicó Leone, ya dándose la vuelta.

Vio a Tatsumi salir y dirigirse a toda prisa hacia el ala de mando. Con una sonrisa maliciosa, se encaminó hacia la cocina. Encontró a Akame sentada a la mesa, limpiando a Murasame con un paño. La luz de la tarde que entraba por la ventana trazaba largas sombras en la habitación.

—Akame. Najenda quiere verte. Sala de estrategia.

Akame levantó la vista, sus ojos interrogantes.

—¿Dijo por qué?

—Parecía seria —mintió Leone sin parpadear—. Mencionó algo sobre un convoy imperial y una oportunidad única. Será mejor que te des prisa.

Akame asintió, envainó su espada y se puso en pie. Pasó junto a Leone con su habitual paso silencioso, y Leone tuvo que reprimir una punzada de culpa al ver la confianza en su rostro. Pero la culpa era un precio pequeño a pagar por la cordura de sus amigos.

Esperó un minuto, contando los segundos en su cabeza. Luego, con pasos sigilosos impropios de su naturaleza bulliciosa, siguió a Akame. Se apostó en el pasillo, oculta tras una esquina, y observó cómo Akame llegaba a la puerta de la sala de estrategia. La vio dudar un instante al encontrarla entreabierta, y luego entrar.

Ese era su momento.

Con la velocidad de un depredador, Leone se lanzó por el pasillo. Llegó a la puerta justo cuando, desde dentro, se oía la voz confusa de Tatsumi.

—¿Akame? ¿Qué haces aquí? Leone me dijo…

*¡CLANG!*

Leone cerró la puerta de roble macizo con toda su fuerza. El sonido retumbó en el pasillo silencioso. Sin perder un segundo, sacó una pesada llave de hierro de su bolsillo —la llave maestra que había «tomado prestada» de la oficina de Najenda hacía meses para sus escapadas nocturnas— y la giró en la cerradura. El chasquido metálico del cerrojo al encajar sonó definitivo, como el cierre de una celda.

Se apoyó en la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa de triunfo.

—¡Muy bien, tortolitos! —gritó, su voz resonando a través de la madera—. ¡No vais a salir de ahí hasta que habléis como las personas adultas que se supone que sois!

Un silencio atónito desde el interior, seguido por el sonido de Tatsumi golpeando la puerta.

—¡Leone! ¡¿Qué demonios estás haciendo?! ¡Abre la puerta!

—¡Nop! —respondió ella, haciendo sonar la «p»—. Habéis convertido esta base en un funeral, y estoy harta. Tenéis dos opciones: o resolvéis vuestra estúpida pelea, o morís de hambre ahí dentro. ¡Y más os vale no intentar romper la puerta! ¡Es de roble antiguo y Najenda me mataría! ¡Bueno, os mataría a vosotros después de que yo le dijera que fuisteis vosotros!

—¡Leone, esto no es gracioso! —la voz de Tatsumi sonaba desesperada y furiosa.

—¡Claro que no es gracioso! ¡Es una intervención! —replicó Leone, su tono volviéndose sorprendentemente serio por un momento—. Os quiero, idiotas. A los dos. Y no voy a ver cómo os destrozáis el uno al otro. Así que hablad. De verdad. Yo estaré aquí fuera, asegurándome de que no os escapéis.

Tras lanzar su ultimátum, se deslizó por la pared hasta sentarse en el suelo, apoyando la espalda contra la puerta cerrada. Se estiró, bostezó y se preparó para una larga espera. Podía ser mandona, malvada y molesta, pero en el fondo, solo era una amiga que se negaba a renunciar a sus amigos.

***

Dentro de la sala de estrategia, el silencio era ensordecedor. La habitación, normalmente un centro de actividad lleno de mapas y planes, se sentía ahora como una jaula. La única luz provenía de una estrecha ventana alta, por la que se filtraban los últimos rayos anaranjados del atardecer.

Tatsumi se había alejado de la puerta como si quemara, su rostro una máscara de furia impotente y humillación. Caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado, pasando una y otra vez junto a la gran mesa de madera del centro.

Akame permanecía inmóvil junto a la pared opuesta. No había intentado golpear la puerta ni gritarle a Leone. Simplemente observaba a Tatsumi, su expresión tranquila ocultando el torbellino de emociones que sentía. La táctica de Leone era burda y coercitiva, pero también… necesaria. Sabía que, dejados a su suerte, podrían haber seguido en ese limbo doloroso durante semanas.

—Maldita sea, Leone… —gruñó Tatsumi, deteniéndose para clavar la mirada en un mapa de la Capital como si quisiera prenderle fuego con los ojos—. Cuando salga de aquí, la voy a…

No terminó la frase. La ira se desvaneció tan rápido como había llegado, reemplazada por una agotada resignación. Se dejó caer en una de las sillas, apoyando los codos en la mesa y hundiendo la cara entre las manos.

El silencio se alargó. Tatsumi se negaba a mirarla. Akame decidió que ya había esperado suficiente.

—Tatsumi.

Su voz era suave, pero cortó el silencio como un cuchillo. Él no se movió.

—Huir no va a solucionar nada —continuó ella, dando un paso hacia la mesa.

—No estoy huyendo —replicó él, su voz ahogada por sus manos—. Solo… necesito espacio.

—Te has estado dando espacio durante días. Te has estado escondiendo —dijo Akame, su tono sin acusación, solo constatando un hecho—. Te escondes en el entrenamiento, te escondes en las patrullas, te escondes de mí.

Eso le hizo levantar la cabeza. Sus ojos verdes, enrojecidos por la falta de sueño y la angustia, se encontraron finalmente con los de ella.

—¡¿Y qué esperabas que hiciera?! —espetó, el hielo de los últimos días resquebrajándose para revelar la lava ardiente de su confusión y su dolor—. ¿Fingir que no pasó nada? ¿Volver a la cocina y seguir cortando verduras a tu lado como si no hubiera estado a punto de… de…?

La frase murió en sus labios, incapaz de nombrar el acto.

—¿De besarme? —terminó Akame por él, su voz firme y sin rastro de vergüenza.

Tatsumi se estremeció como si lo hubiera abofeteado. Se levantó de golpe, la silla chirriando contra el suelo de piedra.

—¡No lo entiendes! —gritó, su voz quebrándose—. ¡No tienes ni idea de lo que sentí en ese momento! ¡Fue como si… como si estuviera traicionándola!

—¿A Mine?

—¡Sí, a Mine! —confirmó, casi rugiendo el nombre—. Ella murió por mí, Akame. Me dio su vida. Su último beso fue para mí. ¿Y yo? Yo estaba allí, en la cocina, a punto de tirar todo eso por la borda. ¡A punto de reemplazarla! ¡Besarte habría sido como escupir sobre su tumba, como decir que su amor no significó nada!

La angustia en su voz era tan palpable que llenaba la habitación, una ola de dolor auto-infligido. Finalmente lo había dicho. Había puesto en palabras el miedo irracional y monstruoso que lo había estado devorando.

Akame lo escuchó sin interrumpir, dejando que todo el veneno saliera. Cuando él terminó, jadeando, con el pecho subiendo y bajando agitadamente, ella no respondió con ira ni con dolor propio. Respondió con la calma devastadora de quien conoce ese campo de batalla íntimamente.

—Cuando deserté del Imperio y me uní a Night Raid —comenzó, su voz baja y constante, atrayendo su atención a pesar de su agitación—, mi único objetivo era matar a mi hermana, Kurome. Pero antes de eso, mi vida estaba definida por mi equipo en el Grupo de Asesinos de Élite. Éramos siete. Éramos una familia, a nuestra manera retorcida.

Se acercó lentamente a la mesa, sus ojos fijos en los de Tatsumi, obligándolo a escuchar.

—Cuando caían en misiones, Gozuki nos prohibía llorar. Nos decía que el dolor era una debilidad. Pero en secreto, yo los lloraba a todos. Y me sentía culpable. Culpable por seguir viva. Culpable por cada comida que disfrutaba, porque ellos ya no podían comer. Culpable por cada amanecer que veía, porque sus ojos se habían cerrado para siempre. Sentía que si me permitía ser feliz, aunque fuera por un instante, estaba traicionando su recuerdo. Estaba olvidándolos.

Las palabras de Akame eran un eco de los propios sentimientos de Tatsumi, pero destilados a través de años de un dolor más antiguo y profundo. Él se quedó inmóvil, escuchando, la ira en su rostro dando paso a una confusa atención.

—Pero me equivocaba —continuó Akame, deteniéndose al otro lado de la mesa—. Un día, Najenda me encontró practicando hasta el agotamiento, igual que tú ahora. Y me dijo algo que nunca olvidé: «Los muertos no quieren monumentos de piedra, Akame. Quieren que las razones por las que murieron florezcan en el mundo de los vivos».

Dio la vuelta a la mesa, acercándose a él.

—Mine no murió para que te convirtieras en su monumento. No se sacrificó para que te encerraras en una prisión de luto eterno. Ella luchó y murió por un futuro donde la gente pudiera ser feliz. Donde tú pudieras ser feliz.

—Pero amarla… amarla significa serle leal —susurró Tatsumi, su defensa desmoronándose.

—¿Y crees que sentir algo por otra persona borra ese amor? —preguntó Akame, ahora a solo un paso de él—. El corazón no es una habitación pequeña con espacio para un solo huésped, Tatsumi. Es un castillo con innumerables estancias. El amor que sientes por Mine es una parte de ti. Siempre lo será. Es una habitación preciosa y sagrada a la que siempre podrás volver. Pero eso no significa que no puedas construir otras. No significa que debas cerrar el resto del castillo y dejar que se llene de polvo y fantasmas.

Levantó una mano y, con una vacilación casi imperceptible, la posó suavemente sobre el brazo de él. Su tacto era fresco, pero firme. Un ancla.

—Lo que sentiste en la cocina… lo que yo sentí… no era una traición a Mine. No era para reemplazarla. Era algo nuevo. Algo que nacía de nosotros. De todo lo que hemos pasado juntos. De las cicatrices que compartimos.

Tatsumi miró su mano sobre su brazo, y luego a sus ojos. La sinceridad en ellos era abrumadora. No había rastro de la herida que él le había causado, solo una profunda e inquebrantable comprensión.

—El otro día, cuando me apartaste… —dijo ella, su voz bajando a un susurro íntimo—, no me sentí ofendida, Tatsumi. No estaba enfadada.

Hizo una pausa, y por primera vez, él vio una grieta en su fachada de calma. Una vulnerabilidad que le partió el corazón.

—Me sentí… triste. Muy triste. Pero no por mí. Estaba triste por ti. Porque vi cuánto te estás castigando. Vi al chico que me sacó de mi propia oscuridad, al chico que me enseñó que se puede luchar con el corazón y no solo con la espada… ahogándose en su propio dolor. Y no supe cómo ayudar.

La confesión quedó suspendida en el aire. No era solo una defensa de sus acciones, era una declaración. Una admisión de la profundidad de sus propios sentimientos por él.

Tatsumi sintió que algo dentro de él se rompía. La presa de culpa y miedo que había construido con tanto esmero se hizo añicos bajo la fuerza de sus palabras. La tensión abandonó su cuerpo de golpe, y sus rodillas cedieron. Cayó de rodillas al suelo, no con un ruido sordo, sino con la silenciosa rendición de un hombre que ha luchado hasta el agotamiento absoluto.

Las lágrimas que había reprimido durante días, las que se había negado a derramar por orgullo y por miedo, brotaron por fin. No eran sollozos violentos, sino un llanto silencioso y desolado. Lloraba por Mine. Lloraba por sus amigos caídos. Lloraba por la herida que le había causado a Akame. Y lloraba por sí mismo, por el chico perdido que no sabía cómo volver a casa.

Akame se arrodilló frente a él sin dudarlo. No dijo nada. Simplemente lo rodeó con sus brazos, atrayéndolo hacia ella en un abrazo que no era apasionado ni romántico, sino profundamente reconfortante. Era un abrazo que decía: «Estoy aquí. No estás solo. Entiendo tu dolor».

Tatsumi se aferró a ella, hundiendo el rostro en su hombro, su cuerpo sacudido por los temblores de su llanto. El olor de Akame —una mezcla de acero limpio, hierbas del bosque y algo únicamente suyo— lo envolvió, una extraña y tranquilizadora sensación de hogar.

Permanecieron así durante un largo rato, mientras la luz del exterior se desvanecía por completo y la habitación quedaba sumida en la penumbra. El único sonido era la respiración entrecortada de Tatsumi y el latido constante del corazón de Akame contra su pecho.

Cuando finalmente el llanto amainó, Tatsumi se apartó lentamente, aunque sin romper el abrazo del todo. Levantó el rostro, sus ojos hinchados y su cara surcada por las lágrimas.

—Lo siento —susurró, y esta vez, la disculpa era clara como el cristal. No era por lo que casi había pasado. Era por cómo había reaccionado, por el dolor que le había infligido—. Lo siento, Akame. Por hacerte daño. Por ser un completo idiota. Tenía tanto miedo…

—Lo sé —respondió ella, y con el pulgar, le secó una lágrima de la mejilla. El gesto fue tan tierno y natural que a Tatsumi se le cortó la respiración—. El miedo es la sombra del amor, Tatsumi. Significa que te importa. Pero no puedes dejar que la sombra te impida vivir en la luz.

Él asintió, una comprensión lenta y profunda asentándose en su alma. No estaba curado. La cicatriz de Mine seguía ahí, y siempre lo estaría. Pero las palabras de Akame le habían enseñado que no era una herida supurante, sino una marca de honor. Una parte de su historia. Y su historia podía continuar.

—Yo… —comenzó él, su voz todavía ronca—, no sé qué pasará ahora, Akame. No sé si estoy listo para…

—No tienes que estar listo para nada —lo interrumpió ella suavemente—. Solo tienes que estar aquí. Con nosotros. Conmigo. Un día a la vez.

Le dedicó una pequeña y tímida sonrisa, una de esas sonrisas raras y preciosas que eran más elocuentes que cualquier palabra.

Tatsumi sintió que el peso de un mundo se levantaba de sus hombros. Le devolvió la sonrisa, una sonrisa igualmente pequeña y temblorosa, pero genuina. La primera en días.

—Un día a la vez —repitió, como un juramento.

Se quedaron un momento más en el suelo, en el círculo de su abrazo, la tensión rota, el aire finalmente limpio.

*TOC, TOC.*

Un par de golpes suaves en la puerta.

—¿Hola? ¿Hay alguien vivo ahí dentro? —la voz de Leone sonaba extrañamente vacilante, desprovista de su habitual bravuconería—. El guiso se va a enfriar…

Tatsumi y Akame intercambiaron una mirada. Una chispa de diversión brilló en los ojos de ambos. Se pusieron de pie, un poco torpes, sin soltarse las manos del todo.

Tatsumi se acercó a la puerta.

—Estamos bien, Leone —dijo, su voz más clara y firme de lo que había sonado en mucho tiempo—. Puedes abrir.

Hubo una pausa, y luego el sonido metálico de la llave girando. La puerta se abrió con un chirrido, revelando a una Leone que parecía genuinamente ansiosa. Su mirada saltó de Tatsumi a Akame, buscando señales de una catástrofe. Lo que vio, en cambio, fueron sus rostros tranquilos, sus ojos enrojecidos pero claros, y el sutil pero innegable cambio en la atmósfera entre ellos.

Una lenta sonrisa de alivio se extendió por su rostro.

—Bueno, ya era hora —dijo, tratando de recuperar su tono burlón, aunque no lo consiguió del todo—. ¿Habéis terminado vuestra terapia de pareja? Porque me muero de hambre.

Tatsumi soltó una pequeña risa.

—Sí. Creo que sí —miró a Akame, que asintió levemente—. Gracias, Leone.

La genuina gratitud en su voz pareció sorprender a la mujer león. Se sonrojó un poco y desvió la mirada.

—Bah, no ha sido nada. Solo estaba cansada de tanto drama —gruñó, aunque su sonrisa la delató—. Ahora, vamos. Ese guiso no se va a comer solo.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar por el pasillo.

Tatsumi se giró hacia Akame. La pregunta estaba en sus ojos.

—¿Vamos? —preguntó ella, su voz de nuevo la de siempre, pero con un matiz de calidez que antes no estaba.

Él asintió.

Salieron de la sala de estrategia y caminaron uno al lado del otro por el pasillo oscuro. No se tocaban, pero la distancia entre ellos ya no era un abismo, sino un espacio cómodo, lleno de promesas silenciosas y un entendimiento recién forjado. La sombra del recuerdo de Mine seguía allí, pero ya no lo envolvía por completo. Ahora, a su lado, caminaba otra luz, pequeña pero persistente, y por primera vez, Tatsumi sintió que quizás, solo quizás, podría aprender a vivir bajo el brillo de ambas.