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Amar es para siempre

Sin límites en la penumbra del Seat 600

La función en el Cine Capitol había terminado hacía apenas quince minutos, pero para Jaime, el tiempo se había detenido en el preciso instante en que las luces se apagaron y la mano de Nuria se deslizó, con una parsimonia casi criminal, sobre su muslo. Habían intentado ser una pareja normal, dos abogados disfrutando de un estreno en la Gran Vía, pero la tensión que arrastraban desde el bufete era una cuerda tensada a punto de romperse.

Caminaron hacia el coche aparcado en una callejuela lateral, lejos del bullicio de los cafés y las luces de neón. El frío de Madrid en aquella noche de otoño debería haberles despejado, pero solo servía para que el calor que emanaba de sus cuerpos fuera más evidente.

—La película ha sido... interesante —comentó Jaime, aunque apenas recordaba el argumento. Su voz sonaba más grave de lo habitual mientras abría la puerta del copiloto para ella.

Nuria entró, pero antes de que él pudiera cerrar la puerta, lo agarró de la solapa de la chaqueta, obligándolo a inclinarse hacia ella. Sus ojos azules centelleaban bajo la luz ambarina de una farola lejana.

—No tienes ni idea de cómo termina la película, Jaime Novoa —susurró ella, rozando sus labios con los de él—. Porque no has dejado de mirarme el escote ni un solo segundo.

Jaime soltó una risa ahogada, rindiéndose a la evidencia. Rodeó el coche y se sentó en el asiento del conductor, pero no llegó a meter la llave en el contacto. El espacio reducido del Seat 600 se sentía de repente minúsculo, cargado de un magnetismo que hacía que el vello de sus brazos se erizara.

—Es difícil concentrarse en el cine francés cuando tienes a la mujer más inteligente y provocadora de Madrid sentada al lado —respondió él, girándose hacia ella.

Nuria no respondió con palabras. Se desabrochó el abrigo, dejando a la vista el vestido de seda verde que se ajustaba a sus curvas como una segunda piel. Con un movimiento ágil, se inclinó sobre la palanca de cambios, acortando la distancia hasta que su aliento cálido golpeó la oreja de Jaime.

—¿Sabes qué me ha provocado más durante toda la cena? —preguntó ella, mientras su mano derecha bajaba con decisión hacia la bragueta del pantalón de Jaime—. Pensar en lo mucho que te gusta tener el control en el juzgado... y en lo mucho que me gusta quitártelo aquí.

Jaime soltó un gruñido cuando sintió la presión de los dedos de Nuria a través de la tela. Ella empezó a acariciarlo con un ritmo lento, experto, observando cómo la mandíbula de él se tensaba y sus nudillos se volvían blancos al apretar el volante.

—Nuria... aquí no —logró decir él, aunque su cuerpo decía todo lo contrario—. Alguien podría pasar, estamos en plena calle...

—Que miren —desafió ella, desabrochando el primer botón de su pantalón con una destreza que hizo que a Jaime se le nublara la vista—. Que vean cómo la mejor abogada del país reduce al gran Jaime Novoa a un hombre que solo puede suplicar.

Ella bajó la cremallera con un sonido metálico que resonó en el silencio del habitáculo. Sus dedos fríos entraron en contacto con la piel ardiente de él, y Jaime echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos.

—Dios, Nuria... —exhaló él, sintiendo cómo el placer empezaba a nublar su juicio—. Eres un peligro público.

—Soy una mujer que sabe lo que quiere —corrigió ella.

Se deslizó hacia abajo, acomodándose como pudo en el reducido espacio entre los asientos y el salpicadero. Jaime intentó protestar, pero cuando sintió la punta de la lengua de Nuria trazando la línea de su deseo, las palabras murieron en su garganta. Ella lo miró desde abajo, con el pelo pelirrojo cayendo sobre sus hombros, y le dedicó una sonrisa cargada de intención antes de envolverlo con sus labios.

Jaime se hundió en el asiento, sus manos buscando desesperadamente algo a lo que aferrarse. Terminó hundiéndolas en el cabello de Nuria, guiando el movimiento, mientras el sonido de la respiración agitada de ambos llenaba el coche. El contraste entre la suavidad de la boca de ella y la urgencia de su propio cuerpo lo estaba volviendo loco.

—No voy a aguantar... —advirtió Jaime con voz ronca, sintiendo que el límite estaba demasiado cerca—. Nuria, para... para ahora mismo.

Ella se separó apenas unos centímetros, con los labios húmedos y una mirada de triunfo que lo desarmó.

—¿Por qué debería parar? —preguntó ella, con un tono de voz que era pura seda—. ¿Acaso no es esto lo que querías desde que salimos del despacho esta tarde?

—Quiero más —dijo él, agarrándola por los hombros y tirando de ella hacia arriba—. Quiero sentirte de verdad. Atrás. Ahora.

No hubo tiempo para la caballerosidad. Jaime salió del coche casi tropezando y abrió la puerta trasera, mientras Nuria se deslizaba por el hueco entre los asientos con una agilidad sorprendente. El asiento trasero del coche era estrecho, pero en ese momento les pareció un campo de batalla perfecto.

Jaime entró tras ella, cerrando la puerta con un golpe seco. El ambiente allí dentro era asfixiante, cargado del aroma del perfume de Nuria y del olor a cuero y deseo. Sin mediar palabra, la atrajo hacia sí, devorando sus labios en un beso que sabía a urgencia y a meses de tensión contenida.

—Toda esa seguridad que tienes ante el juez... —murmuró Jaime entre beso y beso, mientras sus manos subían por los muslos de ella, levantando el vestido verde—. Me vuelve loco, Nuria. Pero me gusta más cuando tiemblas así bajo mis manos.

—No cantes victoria, Novoa —respondió ella, jadeando, mientras ayudaba a Jaime a deshacerse de su propia ropa con movimientos frenéticos—. Todavía no he empezado contigo.

Nuria se sentó a horcajadas sobre él, aprovechando el poco espacio que el techo del Seat les permitía. El contacto de su piel desnuda contra la de Jaime fue como una descarga eléctrica. Él la agarró por las caderas, clavando los dedos en su piel, admirando la silueta de su cuerpo recortada contra la tenue luz exterior.

—Estás increíble —susurró él, con una devoción casi religiosa—. No sé cómo he podido vivir tanto tiempo sin esto. Sin ti.

—Pues asegúrate de que no se te olvide nunca —replicó ella, arqueando la espalda cuando Jaime empezó a besar sus pechos con una voracidad que la hizo gemir con fuerza—. ¡Jaime!

—Shhh —la calló él con una sonrisa pícara, aunque sus ojos ardían—. Que nos van a oír en toda la manzana.

—Me da igual —dijo ella, buscando desesperadamente el contacto total—. Entra, Jaime. Por favor. Ahora.

Él no la hizo esperar más. Se unieron en un movimiento fluido y salvaje, un choque de cuerpos que buscaban desesperadamente el desahogo. El coche se balanceaba suavemente sobre sus amortiguadores, un ritmo acompasado al de sus embestidas. Nuria echó la cabeza hacia atrás, golpeando accidentalmente el cristal de la ventanilla, pero no le importó. Solo existía la sensación de Jaime llenándola, la fuerza de sus manos sosteniéndola y el calor abrasador que los envolvía.

—Mírame, Nuria —pidió él, su voz era un rugido bajo—. Quiero ver esos ojos azules cuando sepas que eres mía. Solo mía.

—Siempre lo he sido —confesó ella, con la voz quebrada por el placer—. Incluso cuando nos gritábamos en el estrado... siempre era por ti.

El ritmo aumentó, volviéndose frenético. El espacio era tan pequeño que cada movimiento provocaba un roce constante, una fricción que los llevaba al límite. Jaime sentía el corazón de Nuria latiendo contra su pecho, una carrera desenfrenada hacia el abismo. Ella se aferró a sus hombros, clavando las uñas en su espalda, mientras sus jadeos se convertían en súplicas silenciosas.

—¡Jaime, voy a...! —empezó ella, pero su voz se perdió en un grito ahogado contra el cuello de él.

El clímax la golpeó con la fuerza de un rayo, sacudiendo su cuerpo en oleadas de placer puro. Jaime, espoleado por la reacción de ella, dio un último empuje profundo, dejándose llevar por la marea que lo arrastraba. Se desplomó contra ella, rodeándola con sus brazos mientras el mundo exterior, con sus leyes y sus juicios, dejaba de existir por completo.

Durante varios minutos, el único sonido fue el de sus respiraciones tratando de recuperar la normalidad. El vaho había empañado los cristales del coche, aislándolos en una burbuja de intimidad en mitad de la noche madrileña.

Jaime le apartó con cuidado un mechón de pelo sudado de la frente y le dio un beso tierno en la punta de la nariz.

—Definitivamente, esto no estaba en el código civil —bromeó él, aunque su voz aún temblaba ligeramente.

Nuria soltó una carcajada suave, apoyando la cabeza en su hombro.

—Es una laguna legal, Jaime. Y como buenos abogados, hemos sabido aprovecharla.

Él la estrechó más fuerte, sintiendo una plenitud que nunca había experimentado entre las paredes de un bufete o en la soledad de su casa.

—Mañana, cuando entremos en el despacho y nos veamos las caras... ¿cómo vamos a fingir que nada de esto ha pasado? —preguntó Jaime, acariciando la curva de su espalda.

Nuria se incorporó un poco, mirándolo con esa chispa de inteligencia y picardía que tanto lo fascinaba.

—No vamos a fingir nada, Jaime. Simplemente, cuando me veas defender ese caso de la inmobiliaria, recordarás que debajo de esta fachada de mujer implacable, hay alguien que te desea tanto que es capaz de jugarse la reputación en un coche de dos puertas.

Jaime sonrió, tomándole la mano y besando sus nudillos.

—Eres única, Nuria Hidalgo.

—Lo sé —respondió ella con suficiencia, empezando a buscar su ropa entre el caos del asiento trasero—. Y ahora, arranca este trasto antes de que pase un sereno y tengamos que explicarle por qué dos respetables abogados están en paños menores en medio de la calle.

Jaime soltó una risa limpia, la primera de muchas que compartirían. Mientras se vestían con torpeza en la penumbra, ambos sabían que aquella noche no era solo un desahogo. Era la confirmación de que, después de tantos pleitos y tantas palabras, por fin habían encontrado el veredicto más importante de sus vidas: se pertenecían el uno al otro, sin cláusulas, sin condiciones y, a partir de ahora, sin límites.

El motor del 600 rugió al arrancar, rompiendo el silencio de la calle, y mientras se alejaban hacia el piso de Nuria, las luces de Madrid parecían brillar con una intensidad nueva, testigo mudo de una pasión que apenas acababa de empezar.