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Amar es para siempre

El veredicto de la piel

El silencio en el dormitorio de Nuria no era un silencio de vacío, sino de expectación. El aire olía a la lavanda de las sábanas limpias y al aroma amaderado de la colonia de Jaime, una mezcla que para Nuria se había convertido en el sinónimo de su hogar. Se miraron a los ojos, ella sentada en el borde de la cama y él de pie, desabrochándose los gemelos con una parsimonia que resultaba casi tortuosa.

—¿Has mirado el calendario hoy? —preguntó Jaime, dejando los gemelos sobre la mesilla con un tintineo metálico.

Nuria asintió, sintiendo un nudo de nervios y esperanza en el estómago. Se deshizo de sus zapatos de tacón y dejó que su vestido cayera al suelo, quedando solo en su combinación de seda.

—Es el día, Jaime. El momento óptimo, según el médico —respondió ella, extendiendo una mano hacia él—. Sé que suena poco romántico hablar de ciclos y fechas, pero...

—Shhh —la interrumpió él, acercándose para tomar su mano y besarle la palma—. No hay nada poco romántico en querer crear algo nuestro, Nuria. Es el proyecto más importante de nuestra vida. Mucho más que cualquier bufete.

Jaime se deshizo de la camisa, revelando su torso ancho y fuerte. Se arrodilló ante ella, quedando a la altura de sus caderas. Sus manos, grandes y seguras, se posaron sobre el vientre plano de la abogada, acariciándolo con una reverencia que la hizo estremecer.

—Quiero que sea aquí —susurró Jaime, pegando su frente a la de ella—. Quiero que este niño, o esta niña, sepa que lo buscamos con toda la fuerza que tenemos.

—Entonces deja de hablar, abogado —murmuró Nuria, enredando sus dedos en el cabello oscuro de él— y demuéstramelo.

Jaime no se hizo de rogar. Sus labios buscaron los de ella en un beso profundo, cargado de una urgencia nueva. No era solo deseo; era una misión, una entrega total. La empujó suavemente hacia atrás hasta que ella quedó recostada en las almohadas, y comenzó a besar cada centímetro de su cuello, bajando por el escote de la combinación mientras sus manos subían por sus muslos.

—He estado leyendo —dijo Jaime, su voz vibrando contra la piel de Nuria— que hay formas de... de ayudar a que ocurra. Posturas que facilitan todo.

Nuria soltó una risa ahogada, entrecortada por un jadeo cuando los labios de él encontraron su pecho.

—¿Has estado estudiando manuales de anatomía además de los de derecho civil, Jaime Novoa?

—Soy un hombre de recursos —respondió él, separándose un momento para quitarle la última prenda que la cubría—. Y quiero que esta noche sea perfecta. No solo efectiva, sino inolvidable.

Él se despojó del resto de su ropa con rapidez. Cuando volvió a la cama, la luz de la luna que entraba por la persiana dibujaba rayas plateadas sobre sus cuerpos desnudos. Jaime se situó entre sus piernas, pero antes de unirse a ella, bajó su cuerpo.

—Primero quiero adorarte —murmuró.

Nuria arqueó la espalda cuando sintió la lengua de Jaime en su parte más íntima. Fue un contacto eléctrico, directo, que la hizo soltar un gemido largo que resonó en las paredes de la habitación.

—¡Ah, Jaime! —exclamó ella, hundiendo sus manos en las sábanas, apretando la tela con fuerza—. Dios mío... eso es...

—Dime qué sientes —pidió él, separándose apenas un segundo, con la mirada encendida—. Quiero oírte.

—Siento que me deshago —logró decir ella, con la respiración entrecortada—. Siento que no hay leyes, ni juicios, ni nada más que tu boca... Por favor, no pares.

Jaime continuó, más intenso, más rítmico. Sus dedos buscaban los puntos clave mientras su lengua trabajaba con una maestría que Nuria nunca le había conocido. Los gemelos de la abogada se volvieron más frecuentes, más agudos, una melodía de puro placer que Jaime absorbía como si fuera el aire que necesitaba para respirar. Ella empezó a temblar, sus caderas moviéndose por instinto, buscando más, exigiendo el clímax que ya asomaba en el horizonte.

—¡Jaime, voy a... voy a estallar! —gritó ella, echando la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados con fuerza.

Cuando el orgasmo la alcanzó, fue una explosión que la dejó sin aliento, con los músculos en tensión y el corazón galopando. Jaime esperó a que las sacudidas remitieran antes de subir de nuevo hacia ella, besando su vientre con ternura.

—Ahora tú —dijo ella, con la voz ronca, empujándolo suavemente para que él se recostara.

Nuria se deslizó hacia abajo. Quería devolverle cada gramo de placer, quería que él estuviera tan perdido como ella lo había estado. Cuando lo tomó en su boca, Jaime soltó un gruñido profundo, un sonido gutural que nacía desde lo más hondo de su pecho.

—Nuria... —jadeó él, agarrándose al cabecero de la cama—. Vas a matarme. No sabía que podías... ah...

—Soy una Hidalgo, Jaime —dijo ella, separándose un instante para mirarlo con picardía—. Nunca hago nada a medias.

Continuó con una dedicación absoluta, usando sus manos y sus labios para llevar a Jaime al borde del abismo. Él se retorcía bajo ella, susurrando su nombre como una letanía, con el sudor empezando a brillar en su frente.

—Para... para, por favor —suplicó Jaime, con la voz rota—. Si sigues, no podré... no podremos terminar como queremos. Quiero estar dentro de ti cuando pase.

Nuria asintió y subió sobre él, pero Jaime la detuvo suavemente.

—Espera —dijo él, ayudándola a ponerse de rodillas sobre la cama—. He leído que esta posición... es la mejor para lo que buscamos.

Él se situó detrás de ella, pegando su pecho a su espalda. El contacto de la piel caliente de Jaime contra la suya hizo que Nuria soltara un suspiro de anticipación. Él la sujetó por las caderas, sus manos firmes marcando el territorio.

—¿Estás lista? —preguntó él al oído, su aliento caliente provocándole un escalofrío.

—Más que lista —respondió ella, apoyando las manos en el colchón—. Hazme tuya, Jaime. Haz que este momento cuente.

Él entró en ella con un movimiento lento y profundo, una unión que se sintió definitiva. Nuria soltó un grito ahogado, llenando sus pulmones con el aroma de la pasión. Jaime comenzó a moverse con un ritmo pausado pero implacable, cada embestida enviando ondas de placer a través del cuerpo de ella.

—¡Oh, sí! —gemía Nuria, moviendo sus caderas al compás de las de él—. Así, Jaime... no te detengas.

—Eres tan estrecha... tan perfecta —murmuró él, aumentando la velocidad—. Siente cómo nos convertimos en uno solo. Siente cómo estamos creando nuestro futuro.

El sonido de la carne chocando contra la carne, los jadeos acompasados y los susurros de amor llenaban la estancia. Jaime la sujetó con más fuerza, sus dedos casi hundiéndose en la piel de sus caderas. Nuria se sentía completa, invadida por una fuerza que trascendía lo físico.

—¡Jaime, más rápido! —pidió ella, con la urgencia quemándole las venas—. ¡Necesito sentirte todo lo profundo que puedas!

Él obedeció, dándolo todo, su respiración volviéndose un rugido. El coche, el despacho, los problemas con la justicia... todo había desaparecido. Solo existía ese rincón del mundo, ese acto de entrega total. Nuria sentía que el placer volvía a subir, una marea imparable que amenazaba con ahogarla.

—¡Ahora, Jaime! ¡Ahora! —gritó ella, sintiendo cómo sus paredes internas se contraían alrededor de él.

—¡Nuria! —exclamó él, alcanzando su propio límite.

Jaime se entregó por completo, quedándose profundamente dentro de ella mientras ambos temblaban por el esfuerzo y la liberación. Se quedaron en esa posición unos segundos, unidos por el sudor y el latido frenético de sus corazones, antes de dejarse caer sobre las sábanas, agotados pero inmensamente felices.

Jaime la rodeó con sus brazos desde atrás, acurrucándola contra su pecho. Sus respiraciones empezaron a calmarse, volviéndose un susurro en la penumbra.

—Ha sido... —empezó Jaime, pero se quedó sin palabras.

—Ha sido el mejor alegato de tu carrera, abogado —completó ella con una sonrisa cansada, girándose en sus brazos para mirarlo.

Él le dio un beso suave en la frente.

—¿Crees que lo habremos conseguido? —preguntó con una vulnerabilidad que rara vez mostraba.

Nuria le acarició la mejilla, sintiendo la aspereza de su barba.

—Si las leyes de la naturaleza son tan justas como las que defendemos, Jaime, estoy segura de que sí. Pero si no... —ella le guiñó un ojo con picardía—, siempre podemos seguir practicando. Mañana también es un buen día según mi calendario.

Jaime soltó una carcajada y la estrechó más fuerte contra sí.

—Me parece un trato justo, Nuria Hidalgo. Un trato que pienso cumplir cada noche de mi vida.

Se quedaron dormidos entrelazados, ajenos al mundo que despertaría en unas horas, soñando con un futuro que ya no solo dependía de ellos, sino de la pasión indomable que acababan de desatar entre aquellas cuatro paredes.