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Amar es para siempre

Sentencia sin apelación

El eco de los tacones de Nuria contra el parqué del pasillo sonaba como una cuenta atrás. No se habían dicho ni una palabra desde que salieron de la sala de vistas, pero la electricidad entre ambos era tan palpable que Jaime sentía que el vello de sus brazos se erizaba bajo la camisa de popelín. En cuanto la puerta del piso se cerró tras ellos, el silencio estalló.

—No vuelvas a hacerme eso, Jaime —soltó Nuria de improviso, dándose la vuelta con los ojos azules echando chispas—. No vuelvas a interrumpir mi interrogatorio para ir de caballero andante. Tenía al testigo contra las cuerdas.

Jaime dejó el maletín en el suelo con un golpe seco y se acercó a ella, invadiendo su espacio personal con una determinación que la hizo retroceder hasta chocar contra la pared del recibidor.

—No iba de caballero, Nuria. Iba de abogado que sabe cuándo su socia está a punto de cometer un desacato por puro orgullo —su voz era un rugido bajo, cargado de una tensión que nada tenía que ver con el Código Civil—. Estabas magnífica, sí. Pero estabas fuera de control.

—¿Ah, sí? ¿Y quién eres tú para decidir dónde está mi límite? —Nuria le puso las manos en el pecho, intentando empujarlo, pero Jaime no se movió ni un milímetro—. Me sacas de quicio, Novoa. Esa suficiencia tuya, esa barba perfectamente recortada y esa forma de mirarme como si supieras exactamente lo que estoy pensando...

—Sé exactamente lo que estás pensando —la interrumpió él, atrapándole las muñecas y clavándolas contra la pared, por encima de su cabeza—. Estás pensando que te mueres de ganas de que te calle la boca. Estás pensando que toda esa rabia que tienes por el juicio es solo hambre acumulada.

Nuria jadeó, su pecho subiendo y bajando con fuerza, rozando el de él. El contraste entre la frialdad de sus palabras y el calor que emanaba de sus cuerpos era insoportable.

—Eres un arrogante —susurró ella, aunque sus pupilas se dilataron hasta casi borrar el azul de sus iris.

—Y tú eres una mentirosa —replicó Jaime, acercando su rostro al de ella hasta que sus narices se rozaron—. Pídeme que me detenga, Nuria. Di que no quieres esto y me iré ahora mismo.

Nuria no dijo nada. En su lugar, se liberó del agarre de Jaime con un movimiento brusco, pero no para huir, sino para rodearle el cuello con los brazos y atraerlo hacia sí con una ferocidad casi violenta. El beso no tuvo nada de tierno; fue una colisión de dientes, lengua y necesidad. Jaime la levantó en vilo, y ella enredó sus piernas alrededor de su cintura, gimiendo contra sus labios.

—Al dormitorio —ordenó ella entre besos hambrientos—. Ahora.

Jaime la llevó a tropezones, sin romper el contacto, hasta que cayeron sobre la cama. No hubo preámbulos delicados. Jaime se deshizo de la chaqueta y la corbata como si le quemaran, mientras Nuria forcejeaba con la cremallera de su vestido de oficina, ese que la hacía parecer tan profesional y distante.

—Déjame a mí —dijo Jaime con voz ronca, apartándole las manos—. Hoy las órdenes las doy yo, abogada. Te has pasado el día mandando en el juzgado, pero aquí dentro... aquí dentro vas a hacer exactamente lo que yo te diga.

Nuria lo miró con un desafío ardiente mientras él le arrancaba prácticamente el vestido, dejándola en ropa interior.

—Eso habrá que verlo —desafió ella, aunque su voz temblaba—. No acepto coacciones, Jaime.

—Esto no es coacción, es un acuerdo mutuo —dijo él, bajando la cabeza para morderle el hombro con suavidad, provocándole un escalofrío que la hizo arquearse—. Vas a estar tan ocupada sintiéndome que no vas a tener fuerzas para discutir ni una sola cláusula.

Jaime se deshizo del resto de su ropa con movimientos rápidos y eficaces. Cuando volvió sobre ella, Nuria sintió el peso de su cuerpo como una bendición. Él no perdió el tiempo; le abrió las piernas con firmeza y se situó entre ellas, observándola con una intensidad depredadora.

—Dime que me quieres —exigió él, rozando su entrada con la punta de su deseo, torturándola con la proximidad pero sin entrar todavía.

—No voy a... ah... no voy a darte esa satisfacción —respondió ella, clavándole las uñas en la espalda.

—Dilo, Nuria. Di que me necesitas tanto como yo a ti.

—Te odio tanto como te quiero —confesó ella con un gemido, incapaz de aguantar más la espera—. ¡Entra ya, maldita sea! ¡Jaime!

Él entró de un solo impulso, profundo y duro, arrancándole a Nuria un grito que se perdió en el silencio del piso. El impacto fue tan fuerte que ambos se quedaron inmóviles un segundo, asimilando la plenitud de la unión.

—¿Es esto lo que querías? —preguntó Jaime, empezando a moverse con un ritmo implacable, sin quitarle los ojos de encima—. ¿Es esto lo que buscabas cuando me desafiabas delante del juez?

—¡Sí! —gritó ella, echando la cabeza hacia atrás—. ¡Más, Jaime! ¡No te detengas!

El ritmo se volvió salvaje. Jaime no la trataba con la delicadeza de otras veces; hoy era una cuestión de poder, de entrega absoluta. Sus manos sujetaban las de Nuria contra el colchón, mientras sus cuerpos chocaban con un sonido sordo y rítmico que marcaba el compás de su pasión.

—Mírame, Nuria —ordenó él, su voz era un rugido bajo—. Quiero ver cómo te rompes. Quiero ver cómo pierdes el juicio por mí.

—Ya lo he perdido... —jadeó ella, con el sudor pegando su cabello pelirrojo a la frente—. Estoy loca por ti... ¡más fuerte, Jaime! ¡Más!

Nuria envolvió la cintura de Jaime con sus piernas, obligándolo a entrar aún más profundo. Cada embestida era una sentencia, una afirmación de que, a pesar de las leyes y las convenciones de la época, ellos eran libres en esa cama. Jaime sentía que estaba a punto de perder el control, espoleado por los gemidos de Nuria y por la forma en que ella lo buscaba, exigiendo cada vez más.

—Eres... increíble —logró decir Jaime, con los músculos de sus brazos tensos como cuerdas de violín—. No hay mujer en este mundo que pueda compararse contigo.

—Cállate y hazme tuya —replicó ella, mordiéndose el labio para no gritar—. ¡Hazme tuya de verdad!

Jaime aumentó la velocidad, llevándola al límite. Nuria sentía que el mundo se desvanecía, que no existían los expedientes, ni los clientes, ni el miedo al qué dirán. Solo existía ese hombre, esa fuerza de la naturaleza que la reclamaba con cada movimiento.

—¡Jaime, voy a...! —empezó ella, con la voz quebrada.

—¡Conmigo, Nuria! ¡Ahora! —gritó él.

El clímax los golpeó con la violencia de una tormenta. Nuria se contrajo alrededor de él, gritando su nombre mientras oleadas de placer puro la sacudían. Jaime, incapaz de aguantar más, se entregó a ella con un último empuje profundo, dejándose llevar por la marea que lo arrastraba hacia el abismo.

Se quedaron así durante lo que parecieron horas, con los corazones latiendo al unísono y la respiración entrecortada. El aire en la habitación era denso, cargado del olor al sexo y al perfume de Nuria. Jaime se dejó caer a su lado, atrayéndola hacia su pecho, todavía temblando.

—Eso ha sido... —empezó Jaime, pero se quedó sin aliento.

—Un desacato en toda regla —completó Nuria, con una sonrisa de satisfacción pintada en los labios—. Creo que el tribunal te condenaría a cadena perpetua por esto, Novoa.

Jaime soltó una carcajada ronca y le besó la frente, apartándole los mechones húmedos de la cara.

—Acepto la condena. Siempre que la cárcel sea esta habitación y mi carcelera seas tú.

Nuria se incorporó un poco, apoyando la barbilla en el pecho de él. Sus ojos azules, antes llenos de rabia, ahora brillaban con una ternura infinita.

—¿Sabes? —dijo ella, trazando círculos en el pecho de Jaime—. A veces me asusta lo mucho que puedes llegar a alterarme. En el juzgado, cuando me has interrumpido... por un momento he querido matarte.

—Y cinco minutos después querías hacerme lo que me has hecho —comentó él con picardía—. Somos un caso perdido, Nuria. Dos abogados que no saben seguir sus propias reglas.

—Las reglas están para romperse, Jaime. Al menos las nuestras —ella se inclinó y le dio un beso corto y dulce—. Pero no te acostumbres. Mañana en el bufete volveré a ser la jefa.

—Eso está por ver —replicó él, volviendo a girarse para quedar sobre ella, con una chispa de deseo renaciendo en sus ojos—. Porque creo recordar que todavía tenemos un par de puntos del orden del día que no hemos discutido a fondo.

Nuria soltó una carcajada y lo rodeó con los brazos, rindiéndose a la evidencia de que, por mucho que discutieran de leyes, la única ley que realmente importaba era la que dictaban sus cuerpos cuando estaban juntos.

—Está bien, abogado —susurró ella contra su oído—. Presente sus pruebas. Estoy dispuesta a escuchar su alegato... toda la noche si hace falta.

Jaime no necesitó más invitación. Mientras la luna de Madrid observaba a través del ventanal, los dos abogados se sumergieron de nuevo en ese juicio sin fin donde el único veredicto posible era el amor, un amor que ardía con más fuerza que cualquier código escrito y que prometía ser, para siempre, su mejor defensa.