Volver al resumen

Amar es para siempre

El rastro de la vida

El aire en el dormitorio de Nuria estaba cargado de una humedad dulce y tibia, un microclima de intimidad que solo ellos dos conocían. Habían pasado meses desde aquella noche en el Seat 600 y desde las primeras veces en que buscaron, con una precisión casi jurídica, el milagro de la concepción. Ahora, el milagro era una realidad tangible: el vientre de Nuria, a sus siete meses de embarazo, era una curva perfecta y firme que Jaime adoraba con una devoción que rozaba lo religioso.

Nuria estaba sentada en el borde de la cama, vistiendo solo una bata de seda abierta que apenas lograba cubrir sus hombros. Sus pechos, más pesados y sensibles que nunca, eran un testimonio de los cambios que su cuerpo abrazaba con orgullo. Jaime, arrodillado entre sus piernas, la observaba con una mezcla de deseo y asombro.

—Estás tan hermosa que a veces me duele mirarte, Nuria —susurró Jaime, pasando sus manos por los costados de su vientre—. Me parece increíble que hayamos hecho esto.

—Lo hemos hecho muy bien, abogado —respondió ella con una sonrisa ladeada, aunque su respiración era un poco más agitada de lo normal—. Pero últimamente este pequeño inquilino no me deja dormir. Y su padre... su padre me tiene en un estado de necesidad permanente.

Jaime rió por lo bajo, un sonido ronco que vibró en el pecho de Nuria. Se inclinó para besar la cima de su vientre y luego subió, dejando un rastro de besos ardientes por la línea del alba hasta llegar a sus pechos. Al rozar el pezón derecho con la lengua, Nuria soltó un jadeo agudo y arqueó la espalda.

—Jaime... —murmuró ella, cerrando los ojos—. Están muy sensibles.

—Lo sé —dijo él, separándose apenas unos milímetros—. Mira, Nuria...

Con una delicadeza extrema, Jaime presionó suavemente la base del pecho de ella. Una pequeña gota de líquido blanquecino, denso y brillante, asomó por el pezón. Nuria bajó la vista, sorprendida, sintiendo una conexión animal y profunda con su propia naturaleza.

—Es el calostro —susurró ella, con la voz quebrada—. El cuerpo ya se está preparando para él.

—Es fascinante —comentó Jaime, y sin poder evitarlo, atrapó la gota con su lengua—. Sabe a ti, pero más dulce. Me vuelve loco que tu cuerpo sea capaz de alimentarlo... y de hacerme sentir así.

Nuria lo agarró por el cabello, tirando de él hacia arriba para besarlo con una urgencia que Jaime no esperaba. El sabor de su propia leche en los labios de él fue un detonante erótico que la hizo humedecerse al instante.

—Quiero que me toques, Jaime. Ahora mismo —ordenó ella, con ese tono de autoridad que solía usar en las vistas orales, pero que en la cama se convertía en pura provocación—. No me trates como si fuera de cristal. Estoy embarazada, no enferma.

—Nunca pensaría eso —respondió él, poniéndose de pie para deshacerse de su ropa con una rapidez que delataba sus ganas—. Pero a veces tengo miedo de hacerte daño, o de que él lo sienta.

—Él está perfectamente protegido —dijo Nuria, ayudándolo a bajar sus pantalones—. Y lo que siente es el amor de su padre. Así que entra en la cama y demuéstrame cuánto nos quieres a los dos.

Se acomodaron de lado, la posición de la "cuchara", que se había convertido en su favorita durante el último trimestre. Jaime se pegó a la espalda de Nuria, rodeando su vientre con un brazo mientras con la otra mano buscaba el calor entre sus muslos. El contraste entre la piel fresca de Nuria y la palma ardiente de Jaime hizo que ella soltara un suspiro largo.

—Estás tan mojada, Nuria... —murmuró Jaime al oído de ella, mientras sus dedos empezaban a jugar con su clítoris—. Parece que este embarazo ha multiplicado tu deseo por diez.

—Es insoportable —confesó ella, moviendo las caderas hacia atrás para buscar el contacto con el sexo de él—. Siento todo mucho más. Cada roce es como una descarga eléctrica. No dejes de hacer eso... por favor.

Jaime aumentó el ritmo de sus dedos, explorando los pliegues hinchados y sensibles de Nuria. Ella gemía rítmicamente, escondiendo la cara en la almohada para no despertar a los vecinos, aunque en ese momento poco le importaba la discreción de los años 60. La sensibilidad extrema de su estado la llevaba al límite mucho más rápido que antes.

—Jaime, voy a... —empezó ella, pero las palabras se convirtieron en un grito ahogado cuando sintió la primera oleada de placer.

Fue un orgasmo intenso, de esos que hacen que los dedos de los pies se curven y los músculos se tensen de forma involuntaria. Jaime sintió cómo las paredes internas de Nuria lo llamaban, pulsando con una fuerza increíble. Pero lo que más lo sorprendió fue sentir cómo, en el clímax, los pechos de Nuria empezaron a gotear con más fuerza, manchando las sábanas de seda.

—Mira lo que me haces hacer —dijo ella, riendo entre lágrimas de placer al ver las manchas blancas en la cama—. Soy un desastre, Jaime.

—Eres perfecta —insistió él, girándola con cuidado para quedar frente a ella—. Eres la vida misma, Nuria. Y ahora, necesito estar dentro de ti.

La penetración fue lenta, cuidadosa, adaptándose al nuevo volumen del cuerpo de ella. Jaime entró desde atrás, manteniendo un ángulo que no presionara su vientre. Nuria apoyó los brazos en el cabecero de la madera tallada, ofreciéndose a él con una entrega total.

—Eso es... —jadeó ella—. Oh, Jaime, se siente tan lleno... tan bien.

—Te siento tan cálida, tan estrecha a pesar de todo —dijo él, marcando un ritmo profundo y constante—. No puedo creer que seas mía. Que estemos aquí.

El movimiento era una danza de amor y biología. Cada vez que Jaime empujaba, Nuria sentía una presión deliciosa que se extendía desde su vientre hasta su pecho. Los pechos de Nuria seguían goteando, y Jaime se estiró para acariciarlos, mezclando el calostro con el sudor de ambos, creando una lubricación natural que hacía que el roce fuera aún más sensitivo.

—Jaime, mírame —pidió ella, girando un poco la cabeza.

Él la miró, y en sus ojos oscuros Nuria vio una promesa de eternidad. No era solo el sexo; era la construcción de una estirpe, de una familia que desafiaba las convenciones de una España gris.

—Te quiero, Nuria —susurró él, acelerando el paso—. Te quiero por la abogada brillante que eres y por la madre increíble en la que te estás convirtiendo.

—Y yo a ti, mi amor —respondió ella, sintiendo que una nueva marea empezaba a subir—. ¡Jaime, otra vez! ¡Viene otra vez!

Esta vez, el orgasmo fue diferente. Fue más profundo, más expansivo. Nuria sintió una liberación de tensión tan grande que sus músculos se relajaron por completo, y una descarga de fluido brotó de ella con una fuerza que empapó las sábanas y los muslos de Jaime.

—¡Oh! —exclamó Jaime, sintiendo la calidez del "squirting" de Nuria envolviendo su propio sexo—. Nuria... cielo...

—No puedo controlarlo —dijo ella, jadeando, con el cuerpo aún sacudido por los espasmos—. Es como si todo en mí quisiera salir, entregarse a ti.

Jaime, espoleado por la intensidad de la reacción de ella, dio unos últimos empujes frenéticos, buscando su propio desahogo. Se corrió dentro de ella con un gemido largo, sintiendo la plenitud de la vida en cada gota que entregaba. Se desplomó sobre ella con cuidado, repartiendo su peso en los codos para no aplastarla, y se quedó así, respirando el mismo aire.

El silencio volvió a la habitación, solo roto por el tictac del reloj de pared y el susurro de la lluvia que empezaba a caer sobre Madrid.

—Mañana vamos a tener que cambiar las sábanas —comentó Nuria con humor, recuperando poco a poco el aliento—. Y explicarle a la asistenta por qué hay manchas de leche y de... de todo lo demás por toda la cama.

Jaime soltó una carcajada limpia y le besó el hombro.

—Le diremos que los abogados Hidalgo y Novoa han estado redactando un contrato de máxima urgencia. Un contrato que no admite demoras.

Nuria se giró en sus brazos, acomodando su vientre entre ambos. Le acarició la barba a Jaime, esa barba que tanto la había hecho soñar en los pasillos de los juzgados.

—¿Crees que será un buen abogado? —preguntó ella, señalando con la mirada su barriga.

—Espero que sea lo que quiera ser —respondió Jaime con seriedad—. Pero si hereda tu tenacidad y tu pasión, el mundo se le va a quedar pequeño.

—Y si hereda tu nobleza, Jaime, será la mejor persona que conozca.

Se quedaron abrazados, sintiendo las patadas suaves del bebé, que parecía haber despertado con el alboroto. Era una escena que ninguno de los dos habría imaginado un año atrás, cuando sus únicas preocupaciones eran los códigos y las sentencias.

—¿Sabes? —dijo Nuria, cerrando los ojos—. A veces tengo miedo de que esto sea un sueño. De que me despierte y siga siendo esa mujer solitaria que solo vivía para sus expedientes.

—No es un sueño, Nuria —aseguró Jaime, besándola con ternura—. Es nuestra vida. Y esto —dijo señalando la cama revuelta y las manchas que daban fe de su pasión— es la prueba de que lo nuestro es lo más real que existe.

Nuria se acurrucó contra él, sintiendo el calor de su cuerpo y la seguridad de sus brazos. El vaho en los cristales los aislaba del frío exterior, de la política, de las familias complicadas y de los juicios pendientes. Allí, en la penumbra de su hogar, el veredicto era claro: se amaban por encima de todas las leyes humanas, y ese amor estaba a punto de traer una nueva vida al mundo, una vida forjada en la libertad de sus cuerpos y la sinceridad de sus almas.

—Duerme, mi amor —susurró Jaime—. Mañana será otro día.

—Mañana —repitió ella, antes de quedarse dormida— será el primer día del resto de nuestra historia.

Y mientras el sueño los vencía, el aroma a lavanda, leche y deseo permanecía en el aire, como un sello indeleble de una noche en la que no hubo límites, solo la verdad desnuda de dos personas que se habían encontrado para no soltarse jamás.