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Amigos con Derechos

Susurros en la Oscuridad y Manos Bajo la Manta

El salón del dormitorio de S—SIDE parecía un campo de batalla tras una guerra de almohadas y comida a domicilio. Era una de esas raras noches de descanso en medio de las promociones de *DUN DUN*, y la empresa les había permitido un respiro de la agenda asfixiante. En lugar de irse cada uno a su habitación, el espíritu de hermandad —o quizás la simple pereza— los había llevado a arrastrar todos los colchones al suelo de la sala principal.

Había sido una noche caótica. Jungmo y Johnny habían intentado cocinar ramen para todos, terminando en un desastre de caldo por el suelo; Daehyun y Tevin habían pasado horas compitiendo en videojuegos mientras el maknae, Sunwoo, intentaba (y fallaba) hacer un directo secreto en redes sociales antes de que el mánager lo regañara por teléfono.

Ahora, pasadas las tres de la mañana, la energía frenética se había disipado, dejando paso a una atmósfera pesada y cálida. El único sonido era el zumbido suave del aire acondicionado y la respiración acompasada de seis cuerpos agotados.

Jungmo dormía abrazado a una almohada en un extremo. Johnny y Daehyun compartían un colchón doble, de espaldas el uno al otro. Tevin y Sunwoo estaban desparramados más cerca de la televisión. Y en el centro de aquel caos de mantas y extremidades, estaban ellos.

Li Zhanwei estaba tumbado boca arriba, con los brazos cruzados sobre el pecho. El resplandor azulado de la ciudad que se colaba por las rendijas de las persianas iluminaba vagamente su perfil perfecto: el puente de su nariz, el pequeño lunar que Joon conocía de memoria y sus labios entreabiertos. Parecía dormido, pero su mente era un hervidero. La cercanía de Choi Joonho siempre le impedía desconectar del todo.

Joonho, por su parte, estaba de lado, apoyado en un codo, observando a Zhanwei con una intensidad que habría resultado intimidante para cualquiera que no fuera el chico chino. Su cabello platinado estaba revuelto, y sus ojos oscuros brillaban con una chispa de malicia que el sueño no lograba apagar.

—¿Sigues despierto? —susurró Joon, su voz apenas un hilo de aire que se perdió en el espacio entre sus colchones.

Zhanwei no abrió los ojos, pero la comisura de sus labios se contrajo apenas un milímetro.

—Duérmete, Joonho —respondió Zhanwei, hablando con esa lentitud característica, su voz grave y rasposa sonando aún más profunda en el silencio de la madrugada—. Mañana tenemos práctica de baile a las diez.

—No puedo —insistió el líder, acortando la distancia. Se deslizó fuera de su propio colchón para invadir el espacio de Zhanwei, metiéndose bajo la pesada manta de microfibra que cubría al pelirrojo—. Hace frío aquí fuera.

—Tienes tu propia manta —replicó Zhanwei, abriendo finalmente un ojo para lanzarle una mirada de advertencia—. Y este colchón es individual. No cabemos los dos.

—Haremos que quepamos —Joon sonrió, esa sonrisa de galán que Zhanwei encontraba tan irritante como adictiva.

Joon se pegó al costado de Zhanwei, pasando un brazo por encima de su cintura. El calor corporal de Joon era como un radiador; siempre parecía estar a unos grados más que el resto de los humanos. Zhanwei suspiró, dejando que su cuerpo se relajara contra el del coreano, convencido de que Joon solo quería un poco de contacto físico antes de quedarse dormido.

Se equivocaba.

La mano de Joon, grande y de dedos largos, comenzó a moverse. Primero fue un roce inocente sobre la cadera de Zhanwei, trazando círculos lentos sobre la tela fina del pantalón del pijama. Zhanwei se tensó de inmediato, sus ojos abriéndose de par en par en la penumbra.

—Joonho... —advirtió en un susurro casi inaudible—, están todos aquí. No te atrevas.

—Están muertos, Bam-ah —murmuró Joon contra su oreja, su aliento enviando una descarga eléctrica por la columna de Zhanwei—. Johnny roncó hace cinco minutos. Sunwoo no se despertaría ni aunque hubiera un terremoto.

Sin esperar permiso, la mano de Joon se deslizó bajo la cinturilla del pantalón de Zhanwei. La piel de Joon estaba caliente, un contraste violento con la frialdad que Zhanwei sentía en sus propias manos. El pelirrojo soltó un jadeo ahogado, ahogando el sonido contra el dorso de su propia mano mientras cerraba los ojos con fuerza.

—Shhh —siseó Joon, divertido—. Te vas a delatar tú solo si sigues haciendo ruidos.

Zhanwei sintió cómo los dedos de Joon rodeaban su miembro, todavía dormido pero despertando rápidamente ante el contacto experto. Joon no tenía prisa. Sabía exactamente qué botones pulsar. Empezó a mover su mano con un ritmo pausado, disfrutando de la forma en que el cuerpo de Zhanwei se arqueaba sutilmente bajo la manta, buscando más presión.

—Eres un maldito enfermo —logró articular Zhanwei, su voz quebrándose por la mitad.

—Y tú me dejas hacerte de todo —respondió Joon, su tono cargado de suficiencia.

Joon comenzó a jugar con él. No era solo la fricción; era la forma en que usaba el pulgar para acariciar la punta, o cómo bajaba para apretar con suavidad sus testículos, provocando que Zhanwei tuviera que morderse el labio inferior hasta casi hacerse sangre para no gritar. El sonido de la mano de Joon frotándose contra la tela de la manta por encima de ellos parecía un trueno en el silencio de la habitación, al menos para los oídos de Zhanwei.

—Alguien... alguien va a oír —jadeó Zhanwei, sus dedos clavándose en el colchón, sus nudillos blancos por el esfuerzo de mantenerse quieto.

—Entonces quédate muy, muy callado —susurró Joon, aumentando la velocidad.

El líder de S—SIDE estaba disfrutando de la situación más de lo que quería admitir. Ver al visual frío e imperturbable, al hombre que siempre tenía una respuesta sarcástica y una mirada gélida, desmoronándose bajo sus dedos en una habitación llena de gente, era el mayor subidón de adrenalina que había sentido en semanas.

Joon se inclinó más, su pecho pegado a la espalda de Zhanwei, sintiendo el latido desbocado del corazón del otro chico. Con su mano libre, Joon empezó a acariciar el cuello de Zhanwei, subiendo hasta su mandíbula, obligándolo a girar un poco la cabeza para que sus labios estuvieran a centímetros.

—Mírame, Zhanwei —pidió Joon en un susurro posesivo.

Zhanwei giró el rostro, sus ojos oscuros y nublados por el deseo encontrándose con los de Joon. En ese momento, no había rastro del chico serio. Había vulnerabilidad, necesidad y un hambre que solo Joon sabía saciar.

—Te odio —dijo Zhanwei, aunque el movimiento de sus caderas contra la mano de Joon decía todo lo contrario.

—Me amas —corrigió Joon con una sonrisa ladeada—. Y te encanta que sea yo el que te tiene así.

Joon cambió el agarre, apretando con más fuerza, usando sus anillos para crear una sensación metálica y fría que contrastaba con el calor de su palma. Zhanwei soltó un quejido ronco que Joon atrapó rápidamente con su propia boca, sellando sus labios en un beso profundo y húmedo. Las lenguas se entrelazaron con una urgencia salvaje, mientras debajo de la manta, el ritmo se volvía frenético.

Zhanwei sentía que el mundo se reducía a ese pequeño espacio bajo la manta. El olor de Joon —una mezcla de perfume caro, jabón de hotel y ese aroma natural a piel— lo envolvía por completo. Cada vez que Joon apretaba, Zhanwei sentía una descarga que le nublaba el juicio.

—Joon... ya... —suplicó Zhanwei entre el beso, su cuerpo temblando violentamente.

—Casi —murmuró Joon, sus ojos fijos en los de Zhanwei, observando cómo sus pupilas se dilataban hasta casi borrar el color de su iris—. No te corras todavía. Aguanta para mí.

Joon ralentizó el movimiento de repente, deteniéndose justo antes del límite. Zhanwei soltó un gemido de pura frustración, golpeando débilmente el hombro de Joon.

—No me hagas esto —gruñó el pelirrojo, su respiración saliendo en ráfagas cortas.

—¿Qué quieres, Bam-ah? Pídemelo —retó Joon, su mano simplemente descansando allí, torturando a Zhanwei con la inacción.

Zhanwei apretó los dientes. Sabía que Joon quería que se rebajara, que admitiera cuánto lo necesitaba. Y en ese estado, con la sangre latiendo en sus oídos y el deseo quemándole las venas, Zhanwei no tenía orgullo.

—Por favor... termina —susurró, su voz apenas un ruego—. Joonho, por favor.

Joon sonrió con triunfo y volvió a la carga, esta vez con una intensidad que no dejó espacio para el pensamiento. Sus dedos se movían con una precisión quirúrgica, frotando, apretando y acariciando hasta que Zhanwei no pudo más. El pelirrojo se tensó, sus pies empujando el final del colchón, y se corrió con un espasmo largo que lo dejó completamente vacío. Joon mantuvo su mano allí, sintiendo cada pulsación, mientras Zhanwei escondía el rostro en el hueco del cuello del líder, sus jadeos amortiguados por la piel de Joon.

El silencio volvió a reinar en la sala, pero ahora se sentía diferente. Cargado. Eléctrico.

Joon retiró la mano lentamente, usando un trozo de la manta que no estaban usando para limpiarse y limpiar a Zhanwei con movimientos cuidadosos. Se acomodó de nuevo junto a él, abrazándolo por la espalda, su barbilla descansando en el hombro del pelirrojo.

—¿Ves? —susurró Joon, depositando un beso suave en el lunar de la nariz de Zhanwei—. Nadie se enteró.

Zhanwei tardó unos minutos en recuperar el aliento. Su cuerpo se sentía como gelatina, y el rastro de la excitación todavía vibraba bajo su piel. Se giró lentamente para quedar frente a Joon, sus rostros a escasos centímetros.

—Si mañana me quedo dormido en la práctica, le diré a todos que fue tu culpa por no dejarme descansar —dijo Zhanwei, recuperando un poco de su tono mordaz, aunque sus ojos eran suaves.

—Diles lo que quieras —respondió Joon, cerrando los ojos con una expresión de paz—. Total, ya saben que no puedo vivir sin ti.

Zhanwei no respondió, pero entrelazó sus dedos con los de Joon bajo la manta. Sus anillos chocaron con un tintineo casi imperceptible. Se quedaron así, compartiendo el calor y el secreto, mientras el resto de S—SIDE dormía plácidamente a su alrededor, sin sospechar que entre el líder y el visual se estaba librando una batalla de sentimientos que ninguna cámara de YG lograría captar jamás.

Poco antes de que los primeros rayos de sol empezaran a clarear el cielo de Seúl, Zhanwei se quedó dormido, arrullado por el latido constante del corazón de Joonho contra su pecho. En la penumbra de la sala, rodeados de sus compañeros, los dos chicos más altos del grupo finalmente encontraron su propio refugio, un lugar donde no tenían que ser ídolos, ni actores, ni "bad boys". Solo eran Joon y Zhanwei, perdidos en el laberinto de una relación que quemaba más que cualquier foco de escenario.