Amor
La ecuación del crecimiento exponencial y el antojo de cacao
El ambiente en las oficinas de la Unidad de Análisis de Conducta (UAC) solía ser una mezcla de tensión profesional, café cargado y el aroma a papel viejo de los expedientes. Sin embargo, en los últimos meses, el aire parecía haber cambiado. Había una suavidad nueva, una especie de luz que emanaba del escritorio del doctor Spencer Reid.
Spencer ya no era solo el joven genio de los chalecos de punto y los datos enciclopédicos. Ahora era un hombre que sonreía a su teléfono a mitad de un perfil geográfico y que, de vez en cuando, se permitía el lujo de llegar cinco minutos tarde porque se había quedado embelesado despidiéndose de Leah en el aparcamiento.
Su relación había florecido con la precisión de un fractal: compleja, hermosa y perfectamente estructurada. Leah se había convertido en su constante, la persona que entendía que su silencio no era desinterés, sino procesamiento de datos, y que su reticencia al contacto físico no era falta de afecto, sino una sintonía sensorial diferente. Con el tiempo, Spencer se había acostumbrado a sus abrazos, a entrelazar sus dedos y a los besos que Leah depositaba en su frente como si fueran sellos de seguridad.
Pero nada, ni siquiera sus tres doctorados, lo había preparado para el momento en que Leah, con los ojos empañados y una sonrisa temblorosa, le mostró una pequeña prueba de plástico con dos líneas rosadas.
— Spencer —había dicho ella esa mañana en su apartamento—, las probabilidades de que esto ocurriera a pesar de los métodos anticonceptivos eran del tres por ciento.
Reid se había quedado mirando la varilla, su cerebro procesando la estadística antes que la realidad emocional.
— Un tres por ciento es... es una desviación significativa —susurró él, levantando la vista hacia ella—. Eso significa que vamos a ser tres. Biológicamente hablando, estamos expandiendo nuestra unidad familiar.
— Vamos a tener un bebé, Spencer —rio ella, tomándolo de las manos.
— Un bebé —repitió él, y por primera vez en su vida, el genio se quedó sin palabras. Sintió una oleada de oxitocina tan fuerte que simplemente la rodeó con sus brazos, hundiendo el rostro en su cuello—. Tendré que leer todo lo que existe sobre embriología del desarrollo y pediatría neurocognitiva. No podemos dejar nada al azar.
Seis meses después, la noticia ya no era un secreto en Quantico. De hecho, era el tema de conversación principal en la sala de descanso.
Leah, que seguía trabajando en el departamento de criptografía, caminaba por los pasillos con una incipiente barriga que Spencer vigilaba con una mezcla de adoración y paranoia científica. Él se aseguraba de que ella estuviera hidratada, de que no cargara peso y de que sus niveles de glucosa fueran los óptimos.
Sin embargo, había un factor que Spencer no había podido predecir: el instinto territorial del equipo de la UAC.
— ¡Mi reina de los algoritmos! —exclamó Penelope Garcia, entrando en la oficina de Leah con una bolsa de papel decorada con pegatinas brillantes—. He traído suministros vitales para el futuro genio o la futura genia.
Leah levantó la vista de su monitor, sonriendo.
— Penelope, acabas de traerme magdalenas hace dos horas.
— Aquello era el desayuno —declaró Garcia, sacando una caja de trufas de chocolate negro con sal marina—. Esto es un soborno preventivo. Como bien sabes, un niño necesita una madrina que sea capaz de hackear el Pentágono antes de la merienda y que tenga el mejor gusto en accesorios de oficina del mundo.
Leah soltó una carcajada, aceptando una trufa.
— ¿Estás intentando comprar mi voto para el padrinazgo con chocolate, Penelope?
— No es comprar, es... influir positivamente en el proceso de toma de decisiones —guiñó la analista técnica.
No pasó mucho tiempo antes de que los demás se sumaran a la contienda. El equipo de la UAC era una familia, y la idea de un "pequeño Reid" correteando por los pasillos los tenía a todos en un estado de euforia competitiva.
Esa tarde, Spencer entró en la sala de descanso y se encontró con una escena inusual. Derek Morgan estaba sentado frente a Leah, deslizándole una barra de chocolate suizo de edición limitada por la mesa.
— Escucha, Leah —decía Morgan con su tono más encantador—, Reid es mi hermano, lo que técnicamente me convierte en el tío favorito. Pero para que los papeles sean oficiales, necesito ese título de padrino. Y sé que a este pequeño le gusta el chocolate de alta calidad.
— ¡Morgan! —protestó Spencer, acercándose con un montón de libros bajo el brazo—. Estás interfiriendo con las variables de elección. Además, el consumo excesivo de teobromina puede causar irritabilidad en el feto.
— Relájate, Chico Genio —rio Morgan, dándole una palmada en el hombro que hizo que Spencer se tambaleara ligeramente—. Solo me aseguro de que el niño sepa quién es el que tiene los mejores contactos.
— Si hablamos de contactos y protección, yo soy la opción lógica —intervino Emily Prentiss, apareciendo por la puerta con una caja de bombones belgas—. Piénsalo, Leah. Puedo enseñarle tres idiomas antes de que empiece el preescolar y cómo salir de una situación comprometida en cualquier embajada de Europa. El chocolate es solo un pequeño adelanto de los beneficios.
Leah miró la montaña de dulces que empezaba a acumularse en la mesa y luego a Spencer, que parecía estar tratando de calcular mentalmente el índice glucémico de toda la habitación.
— Chicos, os agradezco mucho el interés —dijo Leah, dándole un mordisco a un bombón de avellana—, pero creo que Spencer y yo aún no hemos tomado una decisión.
— En realidad —añadió Spencer, ajustándose las gafas—, estamos evaluando las capacidades de tutoría, estabilidad emocional y...
— ¡Y quién trae el mejor chocolate! —interrumpió David Rossi, entrando con una elegancia natural y dejando sobre la mesa una caja de madera tallada que contenía chocolates italianos artesanales—. Spencer, hijo, no intentes convertir esto en un examen del FBI. Leah, querida, este chocolate viene directamente de una pequeña tienda en Florencia. Consideradlo un regalo de vuestro futuro padrino, el que tiene la mejor bodega de vinos y la casa más grande para las fiestas de cumpleaños.
JJ, que había estado observando la escena desde la cafetera, se acercó con una sonrisa maternal y una simple tableta de chocolate con leche.
— Yo no voy a sobornarte, Leah —dijo JJ con un guiño—. Pero recuerda que soy la única en este equipo que ha sobrevivido a dos niños y sabe exactamente qué hacer cuando el bebé decida que las tres de la mañana es la hora perfecta para practicar sus cuerdas vocales.
Leah suspiró, sintiéndose abrumada pero profundamente querida.
— Spencer, creo que hemos creado un monstruo —susurró ella.
— Es un fenómeno sociológico fascinante —respondió él, sentándose a su lado y acariciando con extrema delicadeza el dorso de su mano—. El grupo está mostrando un comportamiento de nidificación colectiva. Están proyectando sus deseos de protección sobre nosotros. Aunque, técnicamente, la cantidad de chocolate en esta mesa podría alimentar a una pequeña nación durante una semana.
— ¿Tienes hambre, Spence? —preguntó Leah, ofreciéndole un trozo de la tableta de Rossi.
— El cerebro consume mucha energía cuando intenta procesar por qué mis amigos están compitiendo por un puesto eclesiástico simbólico mediante el uso de dulces —admitió él, aceptando el chocolate—. Además, los flavonoides son buenos para la memoria.
La jornada continuó entre risas y perfiles, pero el "Gran Concurso de los Padrinos" no se detuvo. Cada vez que Leah iba al baño o a por agua, encontraba un nuevo dulce en su escritorio. Una piruleta de chocolate de Hotchner (quien simplemente la dejó allí con un asentimiento serio, sin decir una palabra, pero con una mirada que decía "yo también estoy en la lista"), caramelos de dulce de leche de parte de Alvez, y hasta unas galletas caseras que Simmons había traído de su casa.
Al final del día, Spencer ayudó a Leah a recoger sus cosas. La bolsa de ella pesaba el doble debido a los "sobornos".
— ¿Estás bien? —preguntó Spencer mientras caminaban hacia el ascensor. Se mantenía cerca de ella, protegiendo su espacio personal en el cubículo lleno de gente—. Pareces un poco cansada.
— Estoy bien, Spencer. Solo un poco abrumada por tanto amor... y por el hecho de que mi hijo probablemente nazca con una predisposición genética al chocolate de lujo —bromeó ella, apoyando la cabeza en el hombro de él por un segundo.
Spencer se tensó un instante, como siempre hacía por instinto, pero inmediatamente se relajó, rodeándola con el brazo.
— Sabes —dijo él mientras las puertas del ascensor se cerraban—, he estado pensando en la estructura de los padrinos. Históricamente, el papel era para asegurar el cuidado del niño en caso de que los padres no estuvieran. Dado nuestro trabajo, es una decisión estadísticamente relevante.
— ¿Y qué dice tu mente de genio? —preguntó Leah, mirándolo con cariño.
— Que no podemos elegir a uno solo —respondió Spencer con una sonrisa pequeña y honesta—. Sería como tratar de elegir cuál de mis libros favoritos es el mejor. Cada uno de ellos aporta una variable necesaria para el desarrollo del bebé. Morgan aporta confianza, Garcia aporta creatividad, Rossi aporta sabiduría, JJ aporta experiencia, Prentiss aporta resiliencia...
— Entonces, ¿vamos a tener un consejo de padrinos? —rio Leah—. Pobre niño, no va a poder salirse con la suya nunca con tantos agentes de la UAC vigilándolo.
— En realidad —dijo Spencer, deteniéndose frente a su coche—, creo que es el niño más afortunado del mundo. Las probabilidades de nacer en una familia tan disfuncional pero tan profundamente leal son de una entre un millón.
Leah se puso de puntillas y le dio un beso suave en los labios.
— Tienes razón, doctor Reid. Por cierto, me queda un último bombón de los de Rossi. ¿Lo compartimos?
Spencer sonrió, esa sonrisa que solo le pertenecía a ella.
— Solo si me prometes que mañana no dejaremos que Garcia le traiga una fuente de chocolate entera a la oficina. Mis cálculos dicen que el equipo de limpieza no estaría muy contento.
— No prometo nada, Spence. Sabes que Penelope es imparable cuando se trata de bebés.
Subieron al coche mientras el sol se ponía sobre Quantico. Spencer conducía con una precaución extrema, consultando los espejos cada tres segundos, mientras Leah comía el último trozo de chocolate.
En el bolsillo de su chaqueta, Spencer llevaba un pequeño post-it que había escrito esa tarde, uno que aún no le había dado. Mientras Leah miraba por la ventana, él se lo deslizó sobre el regazo. Ella lo tomó y lo leyó bajo la luz de las farolas.
*«La embriogénesis humana dura aproximadamente 38 semanas desde la fecundación. Todavía nos quedan 12 semanas para conocerlo. Pero no necesito más tiempo para saber que, de todas las conclusiones a las que he llegado en mi vida, tú eres la única que no necesita pruebas para ser verdad. Te quiero. S.R.»*
Leah no dijo nada, simplemente tomó la mano de Spencer y la llevó hacia su vientre, donde sintieron un pequeño y rítmico movimiento. No era un dato curioso, ni una estadística, ni una teoría. Era la vida, abriéndose paso entre el papel y la tinta, en el corazón de un hombre que finalmente había aprendido que el amor era la única ecuación que no necesitaba ser resuelta, sino simplemente vivida.