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Amor

La teoría del apego y el peso de la alegría

El Hospital Inova Fairfax olía a desinfectante, a flores frescas y a esa extraña quietud que solo se encuentra en las alas de maternidad a las tres de la mañana. Spencer Reid, sin embargo, no sentía la fatiga. Sus ojos, generalmente fijos en libros de texto o fotos de escenas del crimen, estaban anclados en la pequeña cuna de metacrilato junto a la cama de Leah.

Dentro de la cuna, envuelto en una manta de algodón con dibujos de constelaciones que Garcia había tejido a mano, dormía el motivo por el cual el mundo de Spencer acababa de reiniciarse.

— Es... es asombroso —susurró Spencer, sin atreverse a tocarlo todavía, temiendo que su torpeza pudiera romper la perfección de aquel momento—. Sus mejillas tienen un índice de masa adiposa que excede el promedio neonatal, pero según las tablas de crecimiento de la OMS, está en el percentil noventa y cinco. Es un bebé muy robusto, Leah.

Leah, cansada pero con una luz en la mirada que hacía que Spencer se sintiera el hombre más afortunado del multiverso, soltó una risita débil.

— Spencer, puedes decir que es gordito. No pasa nada.

— Es precioso —corrigió él, acercando un dedo con extrema lentitud.

El bebé, que habían decidido llamar Thomas en honor al abuelo de Leah y a la curiosidad intelectual que ambos compartían, movió una mano diminuta. Sus dedos, como pequeños brotes de seda, se cerraron alrededor del dedo índice de Spencer. El agente de la UAC se quedó sin aliento. La descarga de oxitocina fue tan violenta que sintió un nudo en la garganta.

— Sus reflejos de prensión palmar son excelentes —murmuró Spencer, aunque su voz se quebró—. Hola, Thomas. Soy tu padre. Tengo un coeficiente intelectual de 187, pero ahora mismo no recuerdo cómo se respira adecuadamente.

La puerta de la habitación se abrió con una suavidad que delataba que alguien estaba intentando, sin éxito, ser discreto. Una marea de rostros conocidos se asomó por el umbral. El equipo de la UAC no había podido esperar a las horas de visita oficiales.

— ¡Oh, por todos los cielos tecnológicos! —exclamó Penelope Garcia en un susurro que resonó en toda la planta—. ¡Mirad esos mofletes! Es como un pequeño querubín de chocolate blanco.

— Shh, Penelope, vas a despertarlo —advirtió JJ, aunque ella misma tenía lágrimas en los ojos al ver a Reid en su nuevo papel.

Morgan, Rossi, Prentiss, Alvez y Simmons entraron en fila india, llenando la habitación de una energía cálida y protectora. Se detuvieron alrededor de la cuna como una guardia pretoriana moderna.

— Buen trabajo, chico —dijo Morgan, poniendo una mano en el hombro de Spencer. Reid no se tensó; en aquel momento, el contacto de su mejor amigo se sentía como un ancla necesaria—. Se parece a ti, pero tiene la nariz de Leah. Menos mal, porque tu nariz es un poco... aerodinámica de más.

— Los estudios genéticos sugieren que la morfología nasal es un rasgo poligénico —respondió Spencer por puro instinto, aunque sonreía—. Pero sí, es mucho más guapo que yo.

Rossi se aclaró la garganta, ajustándose la solapa de su abrigo italiano.

— Bueno, ahora que el heredero de la inteligencia de la UAC ha llegado, tenemos que abordar un asunto pendiente. El asunto que casi provoca una guerra civil en la oficina durante el último trimestre.

Leah se incorporó un poco en la cama, ayudada por Spencer, que colocó las almohadas con una precisión milimétrica.

— Os referís a los padrinos —dijo ella, mirando la montaña de regalos que ya empezaba a acumularse en el rincón.

— Hemos estado pensando —intervino Emily Prentiss, cruzándose de brazos con una sonrisa—. Y hemos llegado a la conclusión de que ninguno de nosotros está dispuesto a ceder. Si eliges a uno, los otros seis empezaremos a perfilar tus decisiones vitales hasta que te arrepientas.

— Es una amenaza muy seria —añadió Alvez con humor—. Yo ya le he comprado su primera pelota de béisbol.

Spencer miró a Leah. Habían pasado noches enteras discutiendo esto. ¿Cómo elegir entre la familia que habían construido en medio del caos y la oscuridad de su trabajo?

— En realidad —dijo Spencer, dando un paso hacia sus amigos—, Leah y yo hemos llegado a una conclusión basada en la teoría de sistemas. Un niño no necesita un solo padrino. Necesita una red de apoyo diversificada que cubra todas las áreas de su desarrollo cognitivo, emocional y social.

— ¿Qué significa eso en español para los que no tenemos diez doctorados, Einstein? —preguntó Morgan con una sonrisa.

Leah tomó la palabra, extendiendo la mano hacia el equipo.

— Significa que todos sois los padrinos. Pero con especialidades.

El equipo se quedó en silencio, escuchando con atención.

— Penelope —comenzó Leah—, tú serás la Madrina de la Imaginación y el Color. Te encargarás de que Thomas nunca olvide que el mundo puede ser brillante y que siempre hay un truco para hacer que la magia ocurra en una pantalla.

Garcia se llevó las manos a la boca, sollozando de alegría.

— ¡Acepto! ¡Tendrá el guardarropa más fabuloso y el firewall más impenetrable de la guardería!

— Derek —continuó Spencer—, tú serás el Padrino de la Resiliencia. Quiero que le enseñes a levantarse cuando caiga y que la fuerza no está solo en los músculos, sino en proteger a los que amas.

Morgan asintió con gravedad, sus ojos brillando con un respeto profundo.

— Cuenta con ello, hermano. Nadie tocará a este niño mientras yo respire.

— JJ —dijo Leah—, tú serás la Madrina de la Empatía. Nadie en este mundo entiende el corazón humano como tú. Enséñale a escuchar lo que la gente no dice.

JJ apretó la mano de Leah, asintiendo con una sonrisa dulce.

— Y Rossi —añadió Spencer—, tú serás el Padrino de la Cultura y el Buen Vivir. Enséñale que la cocina es química, que la música es matemática y que siempre hay que tener un plan de jubilación sólido.

— Y a cocinar un risotto que haga llorar a los ángeles —añadió Rossi con un guiño—. Me parece una división de responsabilidades excelente.

— Emily, Alvez, Simmons —concluyó Leah—, vosotros seréis los Padrinos de la Aventura y la Estrategia. Enseñadle a ser valiente, a explorar el mundo y a saber que siempre tiene un equipo que le cubre las espaldas.

El ambiente en la habitación se transformó en algo sagrado. No era solo un nombramiento; era una promesa de protección sobre aquel pequeño ser que seguía durmiendo, ajeno a que acababa de heredar a los mejores protectores del país.

— Es una solución muy elegante, Reid —comentó Hotchner desde la puerta. No había entrado para no abarrotar el espacio, pero su presencia era imponente y cálida—. Un perfil perfecto para un futuro brillante.

— Gracias, Hotch —dijo Spencer.

Poco a poco, el equipo comenzó a retirarse para dejar que los nuevos padres descansaran. Uno a uno, se acercaron a la cuna para dedicarle un último pensamiento al pequeño Thomas. Cuando finalmente se quedaron solos, el silencio regresó, pero era un silencio diferente. Estaba lleno.

Spencer se sentó en el borde de la cama de Leah, contemplando a su hijo. Sacó un pequeño bloque de notas de su bolsillo, el mismo tipo de papel que había usado para conquistar a la mujer que ahora dormitaba a su lado.

— ¿Otra nota, Spencer? —preguntó ella a media voz, cerrando los ojos.

— Es para él —respondió Reid.

Escribió con cuidado, su caligrafía pulcra deslizándose sobre el papel amarillo.

*«Thomas: Las probabilidades de que existieras eran de 1 entre 400 billones. Las probabilidades de que nacieras rodeado de tanta gente capaz de dar su vida por ti son incalculables. No sé si heredarás mi memoria eidética o mi miedo a los gérmenes, pero espero que heredes la capacidad de ver la belleza en los detalles. Bienvenido al mundo. Tu padre ya ha calculado que te querrá durante aproximadamente el resto de la eternidad. S.R.»*

Pegó la nota en el lateral de la cuna.

— Spencer —susurró Leah, estirando la mano para buscar la suya.

Él la tomó, entrelazando sus dedos. Ya no había vacilación, ya no había miedo al contacto. El hombre que encontraba seguridad en las estructuras lógicas había descubierto que el amor era la estructura más sólida de todas.

— ¿Crees que dormirá toda la noche? —preguntó ella.

— Estadísticamente, los recién nacidos de su peso tienden a tener ciclos de sueño más largos debido a la reserva de glucógeno —explicó Spencer, besando el dorso de su mano—. Pero, por si acaso, he memorizado todos los volúmenes de cuentos de los hermanos Grimm. En su idioma original, por supuesto. La métrica alemana es muy relajante para el sistema nervioso central.

Leah sonrió, quedándose dormida con el sonido de la voz de Spencer explicándole la importancia de los patrones rítmicos en las nanas.

Spencer se quedó despierto un rato más, vigilando el sueño de su familia. Miró al pequeño Thomas, tan gordito y tranquilo, y luego a la nota amarilla que brillaba bajo la tenue luz del hospital. Por primera vez en su vida, el doctor Spencer Reid no necesitaba un libro para saber qué pasaría después. El futuro ya no era una serie de proyecciones inciertas; era una habitación llena de amigos, un corazón lleno de valor y un pequeño niño que, sin saberlo, acababa de resolver la ecuación más difícil de su vida.