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Amor

La paradoja de las risas y el código de colores

El complejo de Quantico solía ser un lugar donde los secretos se guardaban bajo llave y las caras largas eran la norma de etiqueta. Sin embargo, un martes a las diez de la mañana, el departamento de análisis técnico del FBI parecía haber sido invadido por una fuerza gravitatoria de pura alegría. El aire no solo olía a café tostado y ozono de servidor, sino a talco y loción para bebés.

Leah caminaba por el pasillo con una soltura que solo la maternidad le había otorgado. En sus brazos, sujeto por un portabebés ergonómico de última generación que Spencer había elegido tras leer cuarenta comparativas de seguridad, se encontraba Thomas. Con seis meses recién cumplidos, el pequeño era una réplica en miniatura de Reid, pero con una disposición social que el doctor no había desarrollado hasta pasados los treinta.

— ¡Ahí está el agente más peligroso de toda la unidad! —exclamó Derek Morgan, saliendo de la sala de reuniones con una carpeta bajo el brazo. Se detuvo en seco y su rostro se iluminó—. Ven aquí, pequeño genio.

Thomas, al ver a Morgan, soltó una carcajada sonora, un gorgoteo lleno de júbilo que hizo que tres analistas de datos se giraran con envidia. El bebé agitó sus manos regordetas, tratando de alcanzar la placa de Derek.

— Cuidado, Morgan —advirtió Leah con una sonrisa—. Hoy ha decidido que todo lo que brilla es comestible. Spencer dice que es una fase de exploración sensorial intensiva, pero yo creo que simplemente tiene hambre de justicia.

— O de metal —rio Morgan, dejando que Thomas agarrara su dedo índice con una fuerza sorprendente—. Mira esto, Leah. Tiene el agarre de un atleta. Reid dice que va a ser físico teórico, pero yo veo a un futuro mariscal de campo.

En ese momento, la puerta de la oficina de la UAC se abrió y Spencer Reid apareció, cargado con un bolso de pañales que parecía contener suministros para una expedición al Ártico y un termo con leche templada a exactamente treinta y siete grados centígrados.

— En realidad, Morgan —intervino Spencer, ajustándose las gafas mientras se acercaba a su familia—, la coordinación óculo-motriz que está demostrando es un indicador temprano de un desarrollo avanzado del cerebelo. Aunque la probabilidad de que se dedique a los deportes de contacto es estadísticamente baja si consideramos su linaje genético propenso a la miopía y al entusiasmo por el ajedrez.

Leah miró a su pareja con ternura. Spencer se acercó a Thomas y, con una delicadeza que aún conmovía a Leah, le acarició la mejilla con el dorso de su mano. El bebé respondió con un chillido de emoción y trató de quitarle las gafas a su padre.

— Hola, pequeño —susurró Spencer, su voz bajando tres octavas en un tono de adoración absoluta—. ¿Sabías que hoy cumples exactamente ciento ochenta y dos días de vida? Eso es aproximadamente el cuarenta y nueve por ciento de tu primer año solar.

— Spencer, dale un respiro con las estadísticas —bromeó Leah—. Solo quiere que lo lleves a ver a "la tía de los colores".

— Garcia está en estado de alerta roja desde que entraste en el edificio —asintió Reid—. Ha despejado su escritorio de cables sueltos y ha instalado un purificador de aire de grado hospitalario en su oficina.

Caminaron juntos hacia la "cueva" de Penelope Garcia. Antes de que pudieran llamar, la puerta se abrió de par en par. La analista técnica lucía una diadema con orejas de gato y unas gafas de montura rosa brillante que captaron la atención de Thomas de inmediato.

— ¡Mi pedacito de cielo! ¡Mi pequeño decodificador de corazones! —gritó Garcia, aunque bajando el volumen para no asustar al niño—. Traedlo aquí ahora mismo. Necesito mi dosis de dopamina antes de enfrentarme a estos cortafuegos rusos.

Leah desabrochó a Thomas y se lo entregó a Penelope. El bebé, lejos de ser tímido, se lanzó a los brazos de la analista, riendo a mandíbula batiente ante el tintineo de los collares de colores de Garcia.

— Es increíble —comentó Rossi, que se había unido al grupo discretamente—. Nunca he visto a un bebé tan risueño. Spencer, ¿estás seguro de que es tuyo? No se ha quejado de la iluminación fluorescente ni una sola vez.

— Es un rasgo heredado de Leah —respondió Spencer, observando a su hijo con una mezcla de orgullo y desconcierto científico—. Aunque he estado leyendo sobre el temperamento neonatal y parece que Thomas tiene una alta puntuación en el rasgo de "extroversión proactiva". Es fascinante observar cómo procesa los estímulos sociales sin el filtro de la ansiedad que yo sufría a su edad.

— Eso es porque sabe que es el rey de la UAC —añadió JJ, acercándose con una pequeña bolsa de tela—. Leah, te he traído esos mordedores orgánicos que te comenté. A los seis meses, las encías empiezan a ser un problema serio.

— Gracias, JJ —respondió Leah, suspirando con alivio—. Últimamente intenta morder hasta las esquinas de los libros de Spencer.

— ¡Mis libros! —exclamó Reid con un fingido horror—. Ayer lo encontré intentando ingerir un capítulo sobre la balística de las heridas. Tuve que explicarle que la información se absorbe mediante la lectura, no mediante la digestión enzimática.

El equipo estalló en carcajadas. Thomas, contagiado por el sonido, empezó a saltar en los brazos de Garcia, emitiendo sonidos que sonaban sospechosamente como intentos de palabras.

— ¿Habéis visto eso? —dijo Garcia, emocionada—. ¡Ha dicho "G"! ¡Ha dicho mi inicial!

— En realidad, Penelope, es un fonema gutural común en la etapa del balbuceo canónico —explicó Spencer, aunque su sonrisa lo delataba—. Pero si quieres interpretarlo como una referencia a tu nombre, la probabilidad de error es aceptable en un entorno afectivo.

La mañana transcurrió entre consultas de casos y pañales. Leah se instaló en una mesa auxiliar en la oficina de Spencer para poder terminar unos informes de criptografía mientras el bebé realizaba su "ronda de vigilancia". Era una imagen inusual: el perfilador más brillante del FBI analizando patrones de un asesino en serie mientras mecía una hamaca con el pie.

— ¿Necesitas ayuda, Spence? —preguntó Emily Prentiss, asomándose a la oficina. Se detuvo al ver a Thomas profundamente dormido con un pequeño peluche de un Doctor Who que Spencer le había comprado.

— He terminado el perfil del sospechoso de Boston —susurró Reid, señalando una carpeta—. Pero el sujeto de la cuna tiene una resistencia asombrosa a la siesta matutina. Ha necesitado tres lecturas del primer capítulo de "Relatividad Especial" para cerrar los ojos.

— ¿Le lees física para que se duerma? —Prentiss arqueó una ceja, divertida.

— El ritmo de la prosa científica es muy constante y predecible —argumentó él en voz baja—. Reduce la frecuencia cardíaca. Además, nunca es demasiado pronto para entender que el espacio-tiempo es curvo.

Leah levantó la vista de su ordenador y le guiñó un ojo a Emily.

— Es su forma de conectar, Emily. Anoche le explicaba la diferencia entre el estructuralismo y el funcionalismo mientras le cambiaba el pañal. Thomas solo lo miraba y le soplaba burbujas de saliva. Creo que es el único que realmente entiende a Spencer.

— Es una conexión sináptica única —añadió Spencer, mirando a Leah con esa chispa en los ojos que solo ella lograba encender.

A mediodía, el equipo decidió almorzar en la sala de descanso. Rossi había ordenado comida italiana de alta calidad, alegando que Thomas necesitaba estar expuesto a los aromas de la "verdadera civilización".

El bebé, ya despierto y más activo que nunca, estaba sentado en una trona portátil. Leah le daba pequeñas cucharadas de puré de manzana, pero Thomas parecía más interesado en lo que ocurría a su alrededor. Cada vez que alguien pasaba, el niño regalaba una sonrisa radiante, ganándose el corazón de agentes que normalmente eran conocidos por su frialdad.

— ¿Sabes, Leah? —dijo Hotchner, sentándose a la mesa con una expresión inusualmente relajada—. Me recuerda mucho a Jack cuando tenía esa edad. Disfruta de estos momentos. Antes de que te des cuenta, estará pidiéndote las llaves del coche o preguntándote por qué el cielo es azul y no te servirá una respuesta estadística.

— Oh, para eso tengo a Spencer —rio Leah—. Él le dará la explicación de la dispersión de Rayleigh en tres idiomas.

— Y yo le enseñaré a hackear el sistema de multas por si acaso —añadió Garcia, ganándose una mirada de reproche de Hotch, aunque sin verdadera convicción.

De repente, Thomas soltó un grito de alegría y señaló hacia la pizarra donde el equipo solía colgar las fotos de los sospechosos. Spencer se tensó por un momento, pero Leah le puso una mano en el brazo.

— Solo está señalando los colores, Spence —susurró ella.

Reid se levantó, tomó a su hijo en brazos y lo llevó frente a una pizarra blanca que estaba vacía. Tomó un rotulador azul y dibujó una forma geométrica simple.

— ¿Ves esto, Thomas? Es un triángulo de Reuleaux. Tiene una anchura constante —explicó Spencer.

El bebé extendió su mano y tocó la línea azul, riendo y mirando a su padre como si acabara de revelarle el secreto del universo.

— Es increíble cómo lo mira —comento Alvez desde la barra de la cocina—. No tiene ni idea de lo que dice, pero confía plenamente en él.

— Es la teoría del apego seguro en su máxima expresión —respondió Spencer, sin apartar la vista de su hijo—. Él no necesita entender el concepto matemático. Solo necesita saber que yo estoy aquí para explicárselo.

Al final de la jornada, mientras el sol empezaba a descender sobre los edificios de Virginia, Leah y Spencer se preparaban para marchar. El equipo los despidió en la entrada, como si fueran una comitiva real.

— Volved pronto —pidió Garcia, lanzándole un beso al aire a Thomas—. ¡La tía Penelope necesita sus abrazos!

— Volveremos el jueves —prometió Leah, acomodando al bebé en su sillita del coche—. Gracias por cuidarlo hoy. Ha sido... refrescante.

Spencer rodeó a Leah con el brazo mientras caminaban hacia su vehículo. El silencio del aparcamiento solo se veía interrumpido por los balbuceos finales de un Thomas exhausto por tanta interacción social.

— ¿Estás bien, Spencer? —preguntó Leah antes de subir al coche—. Has estado muy callado los últimos diez minutos.

Reid se detuvo y miró a su hijo, que ya empezaba a cerrar los ojos.

— Estaba pensando en las notas —admitió él—. En cómo empezó todo esto. Un trozo de papel amarillo con un dato curioso sobre la serendipia.

— Fue el mejor hallazgo de mi vida, Spence.

— El mío también —dijo él, sacando de su bolsillo un pequeño post-it de color verde brillante. Se lo entregó a Leah antes de arrancar—. Lo escribí mientras Thomas dormía la siesta.

Leah lo leyó bajo la luz interior del coche.

— «La risa de un bebé tiene una frecuencia de entre 300 y 600 Hercios. Es una de las pocas señales acústicas que el cerebro humano está programado para interpretar siempre como una recompensa positiva. Hoy, mi sistema de recompensa ha estado saturado. Gracias por traerlo, Leah. Gracias por traerme a casa. S.R.»

Leah sintió que los ojos se le humedecían. Se inclinó y besó a Spencer, un beso largo y cálido que sabía a familia y a futuro.

— Te quiero, genio —susurró ella.

— Y yo a ti —respondió él, poniendo en marcha el motor—. Según mis cálculos, Thomas dormirá exactamente diez horas esta noche después de tanta estimulación. Eso nos deja tiempo para terminar de ver ese documental sobre la arquitectura de las termitas.

Leah soltó una carcajada, la misma risa que Thomas había heredado.

— Eres incorregible, Spencer Reid. Pero no te cambiaría ni por todos los datos curiosos del mundo.

El coche se alejó de Quantico, dejando atrás el edificio gris y lleno de sombras, llevando consigo la luz más brillante que Spencer Reid jamás había analizado: la de una vida que apenas comenzaba, escrita nota a nota, sonrisa a sonrisa.