amor
Simios de Azúcar y Corazones de Melaza
El lunes por la mañana en la pastelería "Bud & Co." siempre olía a una mezcla embriagadora de café recién molido y masa de hojaldre horneándose. Sin embargo, ese lunes en particular, el ambiente tenía un matiz diferente. Desde la noche de la gala, algo había cambiado entre Joe y Mary. Ya no eran solo el pastelero reservado y la dependienta coqueta; ahora había una complicidad que se traducía en miradas más largas sobre el mostrador y roces de manos que duraban un segundo más de lo estrictamente necesario.
Joe estaba en la parte trasera, concentrado en amasar una tanda de pan brioche, cuando la puerta que conectaba con la tienda se abrió de golpe. No necesitaba mirar para saber quién era. El tintineo de las pulseras y ese paso decidido solo podían pertenecer a Mary.
—¡Joe! ¡Mi pastelero favorito! ¡Necesito tu cerebro brillante y tus manos de ángel ahora mismo! —exclamó Mary, entrando en la cocina con un entusiasmo que parecía excesivo incluso para ella a las ocho de la mañana.
Joe no levantó la vista de la masa, pero una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.
—Hola, Mary. Yo también me alegro de verte. Y no, no voy a hacerte el café, la máquina está justo ahí.
Mary se acercó a la mesa de trabajo, ignorando el comentario, y se apoyó sobre la superficie enharinada, quedando peligrosamente cerca del brazo de Joe.
—No es el café, gruñón. Es algo mucho más importante. Me han hecho un encargo especial. ¡Muy especial! El zoológico municipal cumple aniversario y quieren una mesa de postres temática. Pero no cualquier cosa, quieren pasteles con formas de monitos. ¡Muchos monitos!
Joe se detuvo y la miró con una ceja arqueada.
—¿Monos? Mary, tenemos pedidos de tres bodas y el bautizo de los trillizos de la calle Mayor. No tenemos tiempo para hacer un ejército de primates de azúcar.
—Oh, vamos, Joe —ella puso su mejor cara de súplica, esa que sabía que lo derretía—. Es para los niños del orfanato que visitarán el zoo hoy por la tarde. Bud ya dijo que sí, pero me dijo que yo tenía que encargarme de la ejecución porque él tiene que ir a la cámara de comercio.
Joe suspiró, dejando caer los hombros. Sabía que Bud no se lo habría encargado a Mary si no fuera porque Joe estaba allí para salvar el desastre.
—Tú no sabes hornear nada que no venga en una caja premezclada, Mary. La última vez que intentaste hacer un bizcocho, tuvimos que llamar al servicio técnico para que despegaran la bandeja del horno.
Mary soltó una carcajada y le dio un empujoncito en el hombro, dejando una marca de mano enharinada en su camiseta oscura.
—Por eso te tengo a ti, tonto. Yo haré la parte divertida, la decoración, y tú... bueno, tú serás mi esclavo del horno. ¡Será divertido! Imagínatelo: tú y yo, solos entre harina y monitos.
Joe rodó los ojos, pero ya estaba buscando el bol más grande.
—Está bien, está bien. Pero si terminamos con la cocina llena de glaseado marrón, tú limpias todo.
—¡Trato hecho! —Mary saltó de alegría y, en un impulso, le plantó un beso rápido en la mejilla antes de ponerse un delantal rosa que desentonaba completamente con el profesionalismo de la cocina.
Las siguientes tres horas fueron un caos de risas y harina. Joe preparó una masa de bizcocho de plátano —"para que combine con el tema", según Mary— y empezó a llenar los moldes. Mary, por su parte, intentaba ayudar a batir la crema de mantequilla, pero lo hacía con tanta energía que terminó salpicando la nariz de Joe.
—¡Mary! —protestó él, limpiándose con el dorso de la mano—. Esto es una cocina profesional, no una guardería.
—Ay, Joe, no seas tan serio —dijo ella, acercándose con un dedo manchado de crema—. Tienes un poco aquí...
En lugar de dejar que se limpiara solo, ella le pasó el dedo por la mejilla, rozando sus labios en el proceso. La tensión de la noche de la gala volvió a aparecer en un instante. Joe la tomó de la muñeca, su mirada volviéndose profunda y cálida.
—Si seguimos así, los monos no van a estar listos nunca —susurró él.
Mary le guiñó un ojo, sin amilanarse.
—O tal vez salgan mucho más dulces.
Finalmente, los bizcochos salieron del horno. Eran pequeños círculos dorados y esponjosos. Joe empezó a tallarlos con una precisión quirúrgica para darles forma de cabezas de simios, mientras Mary preparaba las mangas pasteleras con chocolate y fondant.
—Mira, Joe, este se parece a ti cuando te despiertas —dijo Mary, sosteniendo un pequeño pastel al que le había puesto unas orejas de chocolate desproporcionadas—. Tiene esa misma expresión de "no me hables hasta que haya tomado café".
Joe miró el pastel y luego a ella.
—Y este se parece a ti —replicó él, tomando un trozo de fondant rosa y haciendo un lazo diminuto—. Es ruidoso, llama la atención y probablemente cause dolor de cabeza si se consume en grandes cantidades.
—¡Qué malo eres! —Mary se rió y le lanzó un puñado de virutas de colores.
Joe no se quedó atrás y le sopló un poco de harina fina que se posó sobre su cabello rubio, haciéndola parecer un hada invernal en medio de la primavera. Entre bromas y juegos, terminaron los cincuenta pasteles. Eran adorables: algunos tenían caras traviesas, otros llevaban sombreritos y todos tenían ese brillo que solo el trabajo hecho con cariño posee.
—Tenemos que llevarlos ahora —dijo Joe, mirando el reloj—. La furgoneta está lista.
El viaje al zoológico fue tranquilo. Mary no paraba de hablar sobre lo mucho que le gustaban los animales, mientras Joe conducía con cuidado para que los "monitos" no sufrieran ningún accidente. Al llegar, el bullicio de los niños ya se escuchaba cerca de la zona de los primates.
Cuando bajaron con las cajas, un grupo de niños del orfanato corrió hacia ellos. Mary, con una naturalidad asombrosa, se agachó a su altura, abriendo las cajas con un gesto teatral.
—¡Atención, exploradores! —anunció con voz animada—. ¡Han llegado los refuerzos de azúcar! Pero cuidado, estos monos son muy traviesos y solo se dejan comer por niños que sonrían mucho.
Joe se quedó parado a unos pasos, sosteniendo una de las cajas pesadas, observando la escena. Siempre había sabido que Mary era una mujer vibrante, pero verla allí, rodeada de niños, con la cara todavía manchada de un poco de harina y los ojos brillando de pura bondad, le encogió el corazón de una manera nueva. No era solo atracción física o la chispa de sus peleas constantes; era una ternura profunda.
—¡Mira, señor! —un niño pequeño tiró de la pernera del pantalón de Joe—. ¡Este monito tiene una gorra como la suya!
Joe se agachó, suavizando sus facciones habitualmente duras.
—Es porque ese es el jefe de los pasteleros —dijo Joe con voz suave, entregándole el dulce al niño—. Ten cuidado, es muy valiente.
Mary miró a Joe en ese momento y le dedicó una sonrisa tan dulce que hizo que el hombre se sintiera el más afortunado del mundo. No necesitaba galas ni hoteles de lujo; aquel momento en el césped del zoo, viendo a Mary repartir alegría, era mucho más valioso.
Después de que los niños terminaron de comer y se fueron a ver a los animales reales, Mary y Joe caminaron un poco hacia la zona de los recintos de los monos. El sol de la tarde empezaba a caer, bañando todo de un tono dorado. Dejaron una pequeña caja especial con trozos de fruta y bizcochos aptos para animales que el cuidador les permitió ofrecer.
—Lo has hecho muy bien, Mary —dijo Joe de repente, rompiendo el silencio—. Bud tenía razón, eres buena para estas cosas. No solo para las ventas, sino para... esto. Para hacer que la gente se sienta bien.
Mary se detuvo y lo miró, sorprendida por el cumplido sincero. Se acercó a él y le rodeó la cintura con los brazos, apoyando la cabeza en su pecho.
—No podría haberlo hecho sin ti, Joe. Tú pusiste la estructura, yo solo puse los colores.
—Somos un buen equipo —admitió él, rodeándola con sus brazos fuertes y besando la coronilla de su cabeza—. Aunque seas un desastre limpiando la cocina.
—Prometo que mañana limpiaré hasta los rincones más oscuros de la pastelería —murmuró ella, cerrando los ojos—. Pero hoy... hoy solo quiero quedarme aquí un rato. Mira a ese chimpancé, Joe. Se parece a Bud cuando intenta explicar las cuentas de fin de mes.
Joe soltó una carcajada que espantó a un par de aves cercanas.
—Pobre Bud. Si te oyera...
—Le daría igual, porque sabe que lo quiero. Como te quiero a ti, aunque seas un gruñón testarudo.
Joe se tensó un momento ante la confesión, pero luego se relajó, apretándola más contra sí.
—Y yo a ti, Mary. A pesar de la harina en mi camiseta y de los monitos de plátano.
Se quedaron allí, abrazados frente al recinto de los animales, bajo la mirada curiosa de un par de monos reales que parecían preguntarse de dónde habían salido esos humanos tan extraños y tan felices. En ese momento, entre el olor a naturaleza y el rastro dulce del azúcar, ambos supieron que su historia apenas estaba comenzando a hornearse, y que el resultado iba a ser mucho mejor que cualquier pastel que hubieran hecho jamás.